En la sombra
Segunda parte » 87
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Siempre le había tocado hacer el papel de nuestro adlátere, pero allí, no. La novia y él eran las estrellas del espectáculo, el centro de atención, y mi viejo amigo lo estaba saboreando con todo el derecho del mundo. Me hizo muy feliz verlo tan contento, aunque de vez en cuando, cuando alguna pareja hacía mutis o unos amantes se dirigían como quien no quiere la cosa hacia un rincón o se contoneaban al compás de una canción de Beyoncé o Adele, yo me acercaba a la barra y pensaba: «¿Cuándo será mi turno? Igual soy la persona que más desea esto de casarse y formar una familia, y nunca pasará». Con una rabia que tenía no poco de infantil, pensaba: «El universo no es justo».
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Pero el universo solo estaba calentando. Al poco de volver a Gran Bretaña, la principal villana del escándalo de las escuchas, Rehabber Kooks, fue absuelta por orden del tribunal.
Junio de 2014.
Todo el mundo decía que las pruebas eran sólidas.
No lo bastante, según el jurado. Ellos creyeron lo que Rehabber Kooks declaró en el estrado, aunque había tensado la credulidad. No, había abusado de la credulidad. Había tratado a la credulidad como otrora trató a un adolescente pelirrojo de la realeza.
Con su marido sucedió otro tanto. Lo habían pillado en vídeo tirando a un cubo bolsas de basura negras llenas de ordenadores, discos duros portátiles y otros efectos personales, pocas horas antes de que la policía registrara su casa. Pero él juraba que aquello era pura coincidencia, de manera que el sistema judicial, en su infinita sabiduría, decretó que no había existido manipulación de pruebas. Sigan a lo suyo, aquí no ha pasado nada. Nunca creía lo que leía, pero llegado ese momento realmente no di crédito a lo que estaba leyendo. ¿Iban a dejar que esa mujer se fuera de rositas? ¿Y no había un clamor en contra por parte de la opinión pública? ¿Acaso la gente no comprendía que aquello iba más allá del derecho a la intimidad, de la seguridad pública, de la familia real? En realidad, el escándalo de las escuchas estalló en un principio a causa de la pobre Milly Dowler, una adolescente a la que habían secuestrado y asesinado. Los esbirros de Rehabber Kooks habían pirateado el teléfono de Milly después de que la dieran por desaparecida; se habían ensañado con los padres en lo más hondo de su dolor y les habían dado falsas esperanzas de que su hijita a lo mejor estaba viva, porque alguien había escuchado sus mensajes. Poco podían imaginar que era el equipo de Rehabber el que los escuchaba. Si esos periodistas habían sido lo bastante desalmados para cebarse en los Dowler en su momento más aciago, y se habían salido con la suya, ¿estaba alguien a salvo?
¿Acaso a la gente no le importaba?
Pues no. No le importaba.
Mi fe en el sistema entero sufrió un duro revés cuando aquella mujer salió limpia de polvo y paja. Necesitaba un reinicio, algo que reverdeciera mi fe. Así que fui adonde siempre.
Al Okavango.
A pasar unos balsámicos días con Teej y Mike.
Me ayudó.
Pero, cuando volví a Gran Bretaña, me atrincheré en Nott Cott.
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No salía casi nunca. A lo mejor una cena, de vez en cuando. Alguna que otra fiesta en una casa.
A veces entraba en un club y salía enseguida.
Sin embargo, no valía la pena. Al salir, siempre me encontraba la misma escena. Paparazzi por aquí, paparazzi por allá, paparazzi por todas partes. El día de la marmota.
El dudoso placer de salir de fiesta nunca compensaba la molestia.
Pero luego pensaba: ¿cómo voy a conocer a alguien si no salgo?
Así que lo volvía a intentar.
Y: día de la marmota.
Una noche, al salir de un club, vi que dos hombres doblaban una esquina y se acercaban corriendo. Iban derechos hacia mí y uno llevaba la mano sobre la cadera.
Alguien gritó:
—¡Va armado!
Pensé: «Bueno, adiós a todos, no ha estado mal».
Billy, la Roca, saltó adelante con la mano en la pistola y estuvo a punto de dispararles a los dos.
Pero solo eran Taratontín y Taratontón. No llevaban armas de fuego y no sé qué buscaba uno de ellos en la zona de su cadera, pero Billy lo agarró y le gritó a la cara:
—¿Cuántas veces os lo tenemos que decir? Vais a conseguir que alguien acabe muerto.
No les importaba. No les importaba.
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La Torre de Londres. Con Willy y Kate. Agosto de 2014.
El motivo de nuestra visita era una instalación artística. A lo largo del foso seco habían colocado decenas de miles de amapolas de cerámica de color rojo brillante. El plan era que, al final, hubiese ochocientas ochenta y ocho mil doscientas cuarenta y seis flores como esas repartidas por todo el foso, una por cada soldado de la Commonwealth que había muerto en la Primera Guerra Mundial. El centenario del inicio de la guerra se estaba conmemorando en toda Europa.
Aparte de su extraordinaria belleza, la instalación era un modo distinto de hacer visible la mortandad de la guerra; en verdad, de visibilizar la muerte en sí. Me afectó: todas esas vidas, todas esas familias.
No ayudó el que aquella visita a la Torre se produjera, para más inri, tres semanas antes del aniversario de la muerte de mi madre, o que siempre la relacionase a ella con la Gran Guerra, porque su cumpleaños, el 1 de julio, coincidía con el inicio de la batalla del Somme, que fue la jornada más sangrienta de la guerra, el día más sangriento en la historia del Ejército británico.
In Flanders Fields the poppies blow…[5]
Todo aquello convergía en mi corazón y mi cabeza, con la Torre como telón de fondo, cuando una persona se adelantó, me entregó una amapola y me pidió que la colocase. (Los artistas responsables de la instalación querían que cada flor la pusiera una persona viva; miles de voluntarios se habían ofrecido ya). A Willy y Kate también les dieron sendas amapolas y les pidieron que las colocasen en el lugar de su elección.
Cuando terminamos, los tres dimos un paso atrás, enfrascados en nuestros pensamientos.
Creo que fue justo entonces cuando apareció el condestable de la Torre, que nos saludó y nos habló de la amapola y de cómo había llegado a ser el símbolo británico de la guerra. Era lo único que florecía en aquellos campos de batalla anegados en sangre, nos explicó el condestable, que no era otro que… el general Dannatt.
El hombre que me había mandado de vuelta a la guerra.
En verdad, todo convergía.
Nos preguntó si nos gustaría hacer un recorrido breve por la Torre.
Por supuesto, dijimos.
Subimos y bajamos por las empinadas escaleras de la Torre, nos asomamos a sus rincones oscuros y pronto nos encontramos ante una vitrina de grueso cristal.
Dentro había joyas deslumbrantes, entre ellas… la corona.
Hostias. La corona.
La que habían puesto sobre la cabeza de la abuela en 1953, en su coronación.
Por un momento, pensé que también era la misma que habían colocado sobre el féretro de Gan-Gan durante el cortejo fúnebre. Parecía igual, pero alguien señaló varias diferencias clave.
Ah, sí. O sea que esta era la corona de la abuela, y solo suya, y en ese momento recordé que me había contado lo increíblemente pesada que le había parecido la primera vez que se la había puesto sobre la cabeza.
Parecía pesada. También mágica. Cuanto más la contemplábamos, más brillante se volvía; ¿era eso posible? Y el resplandor en apariencia era interno. Las joyas contribuían, sí, pero la corona parecía poseer alguna clase de fuente interior de energía, algo que iba más allá de la suma de sus partes: el cerco enjoyado, las flores de lis doradas, los arcos entrecruzados y la resplandeciente cruz. Y, por supuesto, la base de armiño. No pude evitar pensar que un fantasma que alguien se encontrara en plena noche dentro de la Torre podría emitir un brillo parecido. Desplacé la mirada poco a poco para apreciarla de arriba abajo. Era una maravilla, una obra de arte trascendente y evocadora, no muy distinta de las amapolas, pero lo único que podía pensar en aquel momento era en lo trágico que resultaba que tuviese que permanecer encerrada en esa Torre.
Una prisionera más.
—Parece un desperdicio —les dije a Willy y Kate, a lo cual recuerdo que no repusieron nada.
A lo mejor estaban contemplando ese círculo de armiño y recordando mi parlamento en su boda.
A lo mejor no.
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Unas semanas después, tras más de un año hablándolo y planificándolo, pensándolo y dándole vueltas, siete mil seguidores se apiñaban en Queen Elizabeth Olympic Park para la ceremonia de apertura. Habían nacido los Invictus Games.
Se había decidido que el nombre «International Warrior Games» era demasiado largo y difícil de pronunciar, y un inteligente miembro de la Marina Real ideó ese otro alternativo, mucho más apropiado.
En cuanto lo sugirió, todos dijimos: ¡claro! ¡Como el poema de William Ernest Henley!
Todos los británicos conocían ese poema, y muchos se sabían el primer verso de memoria.
En la noche que me envuelve…
¿Y qué estudiante no se había topado por lo menos una vez en la vida con los sonoros versos finales?
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma.
Unos minutos antes de mi discurso inaugural en la ceremonia de apertura, estaba entre bastidores y sostenía en las manos, visiblemente temblorosas, las tarjetas con las anotaciones. El podio, situado frente a mí, me parecía un patíbulo. Leí las notas una y otra vez mientras nueve acróbatas de las fuerzas aéreas efectuaban una demostración, dejando a su paso una estela de humo de color rojo, blanco y azul. Luego Idris Elba leyó Invictus, probablemente mejor de lo que cualquiera lo haya leído nunca, y a continuación Michelle Obama pronunció, vía satélite, unas elocuentes palabras sobre el significado de los juegos. Por fin dio paso a mi intervención.
Un largo camino. Por un laberinto tapizado de rojo. También mis mejillas estaban tapizadas de rojo. Tenía una sonrisa fija en la cara y la reacción de lucha o huida totalmente activada. Me regañé a mí mismo en voz baja por ser así. En esos juegos se honraba a hombres y mujeres que habían perdido un miembro, que forzaban sus cuerpos hasta el límite y más allá, y ahí estaba yo, muerto de miedo por un pequeño discurso.
Pero no era culpa mía. Llegados a ese punto la ansiedad se había apropiado de mi cuerpo, de mi vida. Y ese discurso, que según creía significaba tanto para tantas personas, no hacía sino exacerbar mis limitaciones.
Además, el productor me había dicho en el momento de subir al escenario que íbamos con retraso. «Ah, qué bien. Una preocupación más. Gracias».
Cuando llegué junto al atril, que yo mismo me había ocupado de colocar en una buena posición, me reproché la perfecta visión de todos los competidores que se alcanzaba desde allí. Todas esas caras confiadas, rebosantes de salud, expectantes… contaban conmigo. Me obligué a mirar hacia otro lado, hacia nada en concreto. Y a toda prisa, exageradamente pendiente del reloj, solté: «Para algunos de quienes aquí participan esto supondrá un ascenso a la categoría del deporte de élite, pero para otros marcará el final de un capítulo de su recuperación y el inicio de uno nuevo».
Me alejé y bajé a buscar mi sitio en primera fila, al lado de mi padre, quien me posó una mano en el hombro. «Bien hecho, mi querido hijo». Lo dijo por cortesía. Él sabía que había pronunciado el discurso a toda prisa. Pero, por una vez, me alegré de no oír de su boca la verdad pura y dura.
Solo por la cifra de espectadores, los Invictus Games ya eran todo un éxito. Dos millones de personas los estaban siguiendo por televisión, miles llenaban el estadio en cada evento. Entre los más destacados, para mí estaba la final de rugby en silla de ruedas, el Reino Unido contra Estados Unidos, con miles de seguidores animando al equipo británico a obtener la victoria en el Copper Box.
Fuera adonde fuese durante esa semana, la gente se me acercaba, me estrechaba la mano, me contaba su historia. Niños, padres, abuelos, todos con los ojos arrasados en lágrimas, me decían que esos juegos les habían devuelto algo que creían perdido para siempre: el verdadero espíritu de un hijo, una hija, un hermano, una hermana, una madre o un padre. Una mujer me dio unos golpecitos en el hombro y me explicó que yo había resucitado la sonrisa de su marido.
—Ah, esa sonrisa —dijo—. No había vuelto a verla desde que lo hirieron.
Yo sabía que los Invictus harían un bien al mundo, lo tenía claro, pero me pilló por sorpresa semejante muestra de gratitud y aprecio. Y de alegría.
Luego empezaron los e-mails. Miles de ellos, cada uno más conmovedor que el anterior.
«Llevo cinco años con una lesión en la espalda, pero hoy, después de ver a esos hombres y mujeres tan valientes, me he levantado del sofá y me siento dispuesto a volver a empezar».
«He estado sufriendo una depresión desde que volví de Afganistán, pero esta demostración humana de valentía y resiliencia me ha hecho ver que…».
En la ceremonia de clausura, momentos después de que hubiera presentado a Dave Grohl y a los Foo Fighters, un hombre y una mujer se acercaron a mí, con su joven hija entre ambos. La niña, que llevaba puesta una sudadera rosa y unos auriculares de protección auditiva de color naranja, levantó la cabeza y me miró.
—Gracias por hacer que mi padre… vuelva a ser mi padre.
El hombre había ganado una medalla de oro.
Solo había un problema, dijo la niña. No veía a los Foo Fighters.
—¡Vaya! ¡Pues eso no podemos consentirlo!
La senté en mis hombros y estuvimos los cuatro viendo juntos el concierto, bailando, cantando y celebrando el hecho de poder gozar de la vida.
Era mi treinta cumpleaños.
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Poco después de los juegos, informé a la Casa Real de que pensaba dejar el Ejército. Elf y yo trabajamos en el comunicado oficial. Me costaba elegir bien las palabras, saber cómo explicarlo a la gente, tal vez porque yo mismo no tenía clara la explicación. Pensándolo con detenimiento, veía que era difícil explicar el motivo de la decisión porque, en sí, no lo había decidido. Simplemente, era el momento.
Pero ¿el momento de qué, con exactitud, más allá de dejar el Ejército? A partir de entonces haría algo que no había hecho nunca: ser miembro de la realeza a tiempo completo.
¿Cómo iba a apañármelas?
¿Y era eso lo que de verdad quería?
Para alguien que se había pasado la vida encadenando crisis existenciales, era un auténtico fastidio. ¿En quién te conviertes cuando ya no puedes ser aquello que has sido siempre, aquello para lo que te has formado?
De repente, un día me pareció vislumbrar la respuesta.
Fue un martes, cerca de la Torre de Londres; el ambiente era fresco. Me encontraba en mitad de la calle y, de repente, allí estaba él, marchando a paso ligero. Era el joven Ben, el soldado con quien había efectuado el vuelo de regreso de Afganistán en 2008, aquel al que había visitado y animado cuando escalaba una pared con su nueva pierna ortopédica. Seis años después de aquel viaje, como había prometido, estaba corriendo una maratón. No se trataba de la maratón de Londres, lo cual ya habría sido toda una hazaña. Estaba corriendo su propia maratón, una que había diseñado él mismo cuyo recorrido tenía la forma de una gran amapola delineada sobre la ciudad de Londres.
Había completado un circuito de casi cincuenta kilómetros, nada más y nada menos, para recaudar dinero y aumentar la conciencia colectiva (además de sus pulsaciones).
—No me lo creo —dijo al encontrarme allí.
—¿Tú no te lo crees? —contesté—. Pues ya somos dos.
Al verlo allí, con su actitud de soldado pese a que ya no lo era en sentido estricto…, obtuve la respuesta a la cuestión que llevaba tanto tiempo intentando resolver.
La pregunta es la siguiente: ¿cómo dejas de ser soldado cuando siempre lo has sido y nunca has deseado ser otra cosa?
Y aquí está la respuesta: no dejas de serlo.
Aunque dejes de ser soldado, no tienes por qué dejar de serlo.
Jamás.
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Una misa por la guerra de Afganistán en la catedral de San Pablo seguida de una recepción en el Guildhall ofrecida por la Corporación de la Ciudad de Londres y luego el inicio de la marcha Walk Of Britain de la organización Walking With The Wounded, y luego una visita al equipo de rugby de Inglaterra, y luego asistir a su entrenamiento para un partido contra Francia, y luego seguirlos hasta Twickenham y animarlos, y luego la inauguración de un monumento en honor del jinete olímpico Richard Meade, el más brillante de la historia del Reino Unido, y luego un viaje a Turquía con mi padre para asistir a varias ceremonias en conmemoración del centenario de Galípoli, y luego una reunión con los descendientes de los hombres que lucharon en aquella batalla épica, y luego de vuelta a Londres para entregar las medallas a los participantes en la maratón de la ciudad.
Así fue mi inicio del año 2015.
Y eso solo por destacar los acontecimientos más importantes.
Los periódicos estaban llenos de historias sobre el vago de Willy, y los medios se habían aficionado a colgarle esa etiqueta, lo cual era ofensivo y tremendamente injusto porque andaba muy ocupado teniendo hijos y formando una familia. (Kate volvía a estar embarazada). Además, aún estaba atado económicamente a nuestro padre, que era quien controlaba los asuntos monetarios. Willy hacía todo lo que él quería, y a veces no quería que hiciera gran cosa porque a mi padre y a Camila no les gustaba que Willy y Kate obtuvieran demasiada publicidad. Mi padre y Camila no deseaban que Willy y Kate desviaran la atención de ellos ni de sus causas. Muchas veces habían regañado abiertamente a mi hermano por ese motivo.
Por ilustrarlo con un ejemplo: un portavoz de la oficina de prensa de mi padre reprendió al equipo de Willy porque Kate tenía previsto hacer una visita a un club de tenis el mismo día en que mi padre tenía otro compromiso. Cuando le dijeron que era demasiado tarde para cancelar la visita, el portavoz advirtió: «¡Pues asegúrense de que la duquesa no salga en ninguna foto con una raqueta de tenis en la mano!».
Sin duda, una fotografía de ese estilo, tan atractiva y victoriosa, habría apartado a mi padre y a Camila de toda primera plana. Y eso no podían tolerarlo bajo ningún concepto.
Willy me contó que tanto Kate como él se sentían acorralados y perseguidos sin motivo por la prensa y por nuestro padre y Camila, de modo que en el año 2015 sentí cierta necesidad de hacer de abanderado en nombre de los tres. No obstante, por puro egoísmo tampoco deseaba que los medios vinieran a por mí. ¿Y que me trataran de vago? Me estremecía solo de pensarlo. Durante años me habían llamado tonto, y díscolo, y racista, pero si se atrevían a llamarme vago… No podía asegurar que no fuera directo a Fleet Street y empezara a arrancar a la gente de detrás de su mesa de trabajo.
Hasta meses más tarde no comprendí que los medios tenían motivos adicionales para colocar a Willy en el punto de mira. Por una parte, los había puesto nerviosos al rehusar seguirles el juego y negarles el libre acceso a su familia. Varias veces se había opuesto a exhibir a Kate como si fuera un caballo de carreras premiado, y eso era pasarse de la raya.
Luego había osado dar la cara y pronunciar un discurso anti-Brexit, lo cual les había tocado mucho las narices. El Brexit era su pan de cada día. Cómo se atrevía a sugerir que era una mierda.
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Me marché a Australia para una ronda de instrucción militar y allí me enteré de que Kate y William habían tenido a su segundo hijo. Una niña, Charlotte. Yo volvía a ser tío, y eso me hacía muy feliz.
Sin embargo, como era de esperar, ese día o al siguiente un periodista me entrevistó al respecto y lo pintó como si acabaran de darme un diagnóstico terminal.
—Qué va, tío. Estoy supercontento.
—Pero eso le hace descender en la lista de herederos al trono.
—Me alegro muchísimo por Willy y Kate.
El periodista siguió insistiendo: el quinto en la línea sucesoria… Hum… Ya ni siquiera era el Repuesto del Repuesto.
«En primer lugar —pensé—, siempre es bueno alejarse del ojo del huracán. En segundo, ¿qué clase de monstruo estaría pensando en sí mismo y su puesto en la línea sucesoria en un momento así, en vez de recibir con los brazos abiertos al nuevo ser que ha venido al mundo?».
Una vez oí comentar a un miembro del personal de la Casa Real que cuando eras el quinto o el sexto en la línea de herederos «estabas a tan solo un accidente de avión del primer puesto». Lo siento, pero no lograba imaginarme viviendo de ese modo.
El periodista volvió a la carga. ¿Ese nuevo nacimiento no hacía que me planteara mi modo de vida?
—¿Mi modo de vida?
—¿No es hora de que busque la estabilidad?
—Pues, hum…
—La gente está empezando a compararlo con Bridget Jones.
«¿En serio? —pensé—. ¿Bridget Jones? Uf».
El periodista aguardó.
—Algún día lo haré —le aseguré a aquel hombre, o a aquella mujer, no me acuerdo de su cara, solo de la retahíla de preguntas absurdas.
—¿Y cuándo piensa contraer matrimonio, señor?
—Será cuando tenga que ser —le solté con el mismo tono que si estuviera hablando con una pariente pelmazo.
Aquella persona sin rostro se me quedó mirando como si le inspirara… lástima.
—Pero… ¿algún día lo hará?
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Mucha gente hacía conjeturas sobre el hecho de que me aferraba a mi vida de soltero porque era muy glamurosa. Y yo muchas noches pensaba: «Pues si me vieran ahora mismo…».
Luego seguía doblando la ropa interior mientras veía «El de la boda de Chandler y Monica».
Además de hacer la colada (que solía poner a secar encima de los radiadores), me ocupaba personalmente de la limpieza de la casa, de cocinar y de hacer la compra. Cerca del palacio había un supermercado adonde iba como mínimo una vez por semana, siempre en plan informal.
Por supuesto, planificaba cada visita al supermercado con tanto detalle como si se tratara de una misión en Musa Qala. Llegaba a horas distintas, al azar, para despistar a los medios. Iba camuflado con una gorra de béisbol calada hasta las cejas y un abrigo ancho. Andaba por los pasillos a velocidad supersónica y agarraba los filetes de salmón que más me gustaban y los yogures de la marca que más me gustaba. (Previamente había memorizado un plano de la tienda). Además de unas cuantas manzanas Granny Smith y unos cuantos plátanos. Y, por supuesto, patatas fritas.
Luego me dirigía a la caja a toda pastilla.
Había reducido el tiempo de la compra de comestibles a diez minutos, igual que conseguí reducir el tiempo del chequeo prevuelo en el Apache. Pero una tarde a última hora llegué al súper, empecé a recorrer los pasillos arriba y abajo, y… todo estaba cambiado de sitio.
Fui corriendo a hablar con un empleado.
—¿Qué ha ocurrido?
—¿Cómo dice?
—¿Dónde están las cosas?
—¿Que dónde están…?
—¿Por qué lo han cambiado todo de sitio?
—¿Con franqueza?
—Sí, con franqueza.
—Pues para que la gente se entretenga más tiempo. Así compran más.
Me dejó de piedra. ¿Eso se puede hacer? ¿Lo permite la ley?
Con cierto pánico, reanudé mi recorrido por los pasillos mientras hacía lo posible por llenar el carro sin apartar la vista del reloj, hasta que por fin me dirigí a la caja. Ese era siempre el momento más peliagudo, porque ahí no había forma de acelerar, todo dependía de los otros. Además, el mostrador de la caja estaba situado justo al lado de las estanterías con la prensa, donde se exponían todos los tabloides y las revistas, y en la mitad de las fotos de las primeras planas y las portadas aparecía mi familia. O mi madre. O yo.
Más de una vez había visto a los clientes leyendo cosas sobre mí y había oído sus comentarios al respecto. En 2015 muchas veces los oía hablar sobre si llegaría o no a casarme. Sobre si era o no era feliz. Sobre si era o no era gay. Siempre me sentía tentado de darles unos toquecitos en el hombro y… «¡Hola!».
Una tarde a última hora, ataviado con mi indumentaria de camuflaje, mientras escuchaba a unos clientes que conversaban sobre mí y mi estilo de vida, llegaron a mis oídos unos gritos desde el principio de la cola. Un matrimonio mayor estaba insultando a la cajera. Al principio la situación era incómoda, pero luego se volvió intolerable.
Me acerqué hasta allí, me destapé la cara y me aclaré la garganta.
—Disculpen, no sé lo que está pasando, pero no creo que tengan derecho a hablarle así.
La cajera estaba al borde de las lágrimas. Las dos personas que la estaban insultando se volvieron y me reconocieron. Sin embargo, no se sorprendieron lo más mínimo. Solo estaban ofendidas porque les había impedido seguir maltratándola.
Cuando se marcharon y me llegó el turno de pagar, la cajera quiso darme las gracias mientras colocaba los aguacates de mi compra en una bolsa. Yo no quise oír ni una palabra. Le di ánimos, agarré las cosas y me fui de allí a toda velocidad, como el Avispón Verde.
Ir a comprar ropa era mucho menos complicado.
Por lo general, no me preocupaba de la indumentaria. Básicamente, me importaba bien poco la moda y no comprendía por qué había personas que estaban tan pendientes de las tendencias. Los medios solían mofarse de mí porque llevaba la ropa mal conjuntada o los zapatos desgastados. Los periodistas añadían un comentario a una foto mía y se preguntaban por qué llevaba los pantalones tan largos o la camisa tan arrugada.
(No se imaginaban que la había puesto a secar encima del radiador).
Seguro que opinaban que no era muy propio de un príncipe.
«Tenéis razón», pensaba yo.
Mi padre lo intentó. Me regaló un par de zapatos brogue negros, preciosos. Una auténtica obra de arte. Pesaban tanto como dos bolas de bowling. Los lucí hasta que les salieron agujeros en las suelas, y cuando empezaron a burlarse de mí por llevar las suelas de los zapatos agujereadas, los hice reparar.
Todos los años recibía de mi padre una paga oficial para comprar ropa, pero eso solo cubría la indumentaria formal. Trajes, corbatas y atuendos de ceremonia. Para la ropa informal del día a día iba a T.K. Maxx, la tienda de los descuentos. Era especialmente fan de las grandes rebajas que hacían una vez al año, donde abundaban las prendas de GAP o J. Crew, prendas de la temporada anterior o con pequeñas taras. Si estabas pendiente de la fecha y te plantabas allí el primer día de rebajas, podías conseguir la misma ropa por la que otros pagaban precios astronómicos en la zona comercial de la ciudad. Por doscientas libras parecías un modelo de anuncio.
También para eso tenía mi método. Llegaba a la tienda quince minutos antes de que cerraran. Cogía una cesta roja. Subía corriendo a la última planta. Empezaba a recorrer sistemáticamente los pasillos, uno en un sentido y el siguiente en el contrario.
Si veía algo que me parecía que valía la pena, me lo ponía por encima, sosteniéndolo delante de la parte del cuerpo para la que estaba destinado, y me miraba al espejo. Nunca me entretenía demasiado pensando en el color o en la forma, y desde luego jamás me acercaba a un probador ni por asomo. Si algo me parecía bonito y cómodo… ¡a la cesta! Y si no terminaba de tenerlo claro, le preguntaba a la Roca. A él le encantaba hacerme también de asesor de imagen.
A la hora de cerrar, salíamos corriendo de allí con dos bolsas gigantes llenas de ropa y un sentimiento de triunfo. Y, a partir de ese momento, los periódicos dejaban de tacharme de zarrapastroso. Por lo menos durante un tiempo.
Mejor todavía; no tenía que volver a preocuparme por la ropa hasta al cabo de seis meses.
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Si omitimos las compras ocasionales, en 2015 dejé de salir de casa.
Dejé de salir del todo.
Nada de cenas informales con amigos. Nada de fiestas en casa de alguien. Nada de discotecas. Nada de nada.
Todas las tardes volvía directamente a casa del trabajo, comía algo de pie en la cocina y me dedicaba un rato al papeleo mientras veía Friends de pasada con el volumen bajito.
De vez en cuando el chef de mi padre me llenaba el congelador con pastel de pollo o de ternera. Me alegraba no tener que aventurarme a ir tanto al supermercado… Aunque a veces el pastel me hacía pensar en los gurkas y su estofado de cabra, sobre todo porque resultaba tan poco especiado. Echaba de menos a los gurkas; echaba de menos el Ejército. Echaba de menos la guerra.
Después de cenar, me fumaba un porro, asegurándome de que el humo no llegara al jardín de mi vecino, el duque de Kent.
Luego, me acostaba temprano.
Era una vida solitaria. Una vida extraña. Me sentía solo, pero era mejor eso que tener ataques de pánico. Estaba empezando a descubrir algunos remedios saludables para el pánico, pero, hasta que no estuviera más seguro de su eficacia, hasta que no supiera mejor qué terreno pisaba, prefería fiarme de ese otro remedio que sin duda era muy poco saludable.
La evitación.
Sufría agorafobia.
Cosa que no podía permitirme dada mi proyección pública.
Después de pronunciar un discurso que me había sido imposible evitar ni cancelar y durante el cual estuve a punto de desmayarme, Willy se acercó a hablar conmigo entre bastidores. Se estaba riendo.
—¡Harold! ¡Mírate! Estás empapado.
Yo no alcanzaba a comprender su reacción. Precisamente él, que estaba presente cuando me dio el primer ataque de pánico. Con Kate. Nos dirigíamos en coche a un partido de polo en Gloucestershire, en su Range Rover. Yo viajaba detrás y Willy me miró por el retrovisor. Vio que estaba sudando y que tenía la cara muy roja. «¿Estás bien, Harold?». No; no estaba bien. Fue un viaje que duró varias horas y cada pocos kilómetros tenía ganas de pedirle que parara para poder bajar del coche y tratar de respirar con normalidad.
Él sabía que algo pasaba, que me estaba ocurriendo algo malo. Ese mismo día, o poco después, me dijo que necesitaba ayuda. ¿Y ahora se reía de mí? No comprendía cómo podía ser tan insensible.
Pero yo también tenía parte de culpa. Los dos deberíamos haber tenido más conocimiento y haber identificado qué eran aquellos episodios en los que me derrumbaba emocional y mentalmente, en especial ahora que habíamos empezado a hablar del lanzamiento de una campaña pública para concienciar a la gente sobre la salud mental.
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Fui al East London, al hospital benéfico Mildmay, para conmemorar su ciento cincuenta aniversario y celebrar su reciente restauración. Una vez mi madre realizó una visita a ese lugar que se hizo famosa: cogió de la mano a un hombre seropositivo y eso cambió el mundo. Demostró que el VIH no era la lepra, que no era una maldición. Demostró que esa enfermedad no robaba a las personas el derecho a tener amor y dignidad. Le recordó al mundo que el respeto y la compasión no son privilegios, son lo mínimo que nos debemos los unos a los otros.
Supe que aquella famosa visita fue, en realidad, una entre muchas otras. Una empleada del hospital me llamó para que me acercara y me contó que mi madre entraba y salía de allí continuamente. Sin alardes. Sin fotos. Tan solo se dejaba caer, daba ánimos a unas cuantas personas y volvía a casa.
Otra mujer me contó que había estado ingresada allí durante una de aquellas visitas relámpago. Era seropositiva de nacimiento y recordaba que mi madre la sentó en su regazo. Solo tenía dos años cuando pasó, pero se acordaba.
—Yo la abracé. Abracé a su madre. Sí.
Me puse rojo como un tomate. Sentía mucha envidia.
—Ah, ¿sí?
—Sí, la abracé, y fue maravilloso. ¡Qué bien sentaban sus abrazos!
—Sí, me acuerdo.
Pero no me acordaba.
Por mucho que me esforzara, apenas recordaba nada.
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Viajé a Botsuana y pasé unos cuantos días con Teej y Mike. Anhelaba verlos; sentía la necesidad imperiosa de salir a dar un paseo con Mike, de sentarme otra vez con la cara posada en el regazo de Teej, de hablar y sentirme seguro.
De sentirme en casa.
Era muy a finales de 2015.
Me sinceré con ellos y los hice partícipes de mi lucha contra la ansiedad.
Nos encontrábamos junto a la hoguera, donde siempre era más fácil hablar de esas cosas. Les expliqué que últimamente había descubierto algunos remedios que más o menos surtían efecto.
De modo que… había esperanzas.
Por ejemplo, una terapia. Había seguido el consejo de Willy y, aunque tardé en encontrar a una psicóloga que me gustara, el simple hecho de hablar con unos cuantos profesionales me había abierto la mente a las posibilidades.
Además, uno de los psicólogos me dijo sin pensarlo demasiado que estaba claro que yo sufría estrés postraumático, y eso me hizo atar cabos. Hizo que me moviera, creo, en la dirección correcta.
Otra cosa que me ayudó fue la meditación. Aquietaba mi mente acelerada y me aportaba cierta calma. Yo no era persona de rezar. Mi Dios seguía siendo la naturaleza, pero en los peores momentos cerraba los ojos y me tranquilizaba. A veces también pedía ayuda, aunque nunca estaba seguro de a quién.
De vez en cuando, sentía la presencia de una respuesta.
Las drogas psicodélicas también me ayudaban. Había experimentado con ellas a lo largo de los años, por simple diversión, pero ahora había empezado a tomarlas con fines terapéuticos, como medicina. No solo me permitían evadirme de la realidad durante un rato, sino que me permitían transformar esa realidad, darle otro sentido. Bajo la influencia de esas sustancias conseguía deshacerme de las rígidas ideas preconcebidas y ver que había otro mundo más allá de mi percepción sensorial altamente limitada, un mundo que era igual de real y doblemente bello; un mundo donde no existía la nube roja ni los motivos para que existiera. Solo existía la verdad.
Cuando desaparecía el efecto de las drogas psicodélicas, mis recuerdos de ese mundo persistían. «Esto no es todo lo que existe». Todos los mayores videntes y filósofos dicen que nuestra vida diaria es una ilusión. Yo siempre había sentido que esa afirmación era cierta. Con todo, cuánto me tranquilizaba vivir la experiencia por mí mismo tras comer un bocado de una seta o tomar ayahuasca.
El remedio que resultó más efectivo, sin embargo, fue el trabajo. Ayudar a los demás, hacer un poco de bien al mundo, mirar hacia fuera en lugar de hacia dentro. Ese era el camino. África y los Invictus eran las dos causas a las que me sentía más apegado desde hacía tiempo. No obstante, ahora tenía la necesidad de ir más allá. Durante el último año había estado hablando con pilotos de helicóptero, cirujanos veterinarios o guardas forestales, y todos me aseguraban que estábamos viviendo una guerra; una guerra para salvar el planeta. ¿Alguien ha dicho guerra?
Contad conmigo.
Solo había un pequeño problema. Willy. África era cosa suya, decía. Y tenía todo el derecho a decirlo, o por lo menos él así lo sentía, porque era el Heredero. Siempre tenía el poder de vetarme lo que yo sentía que era cosa mía, y estaba más que decidido a poner en práctica, e incluso hacer evidente, su poder de veto.
Nos habíamos peleado varias veces por ello; se lo conté a Teej y a Mike. Un día estuvimos a punto de emprenderla a puñetazos delante de nuestros amigos de la infancia, los hijos de Emilie y Hugh.
—¿Por qué no podéis trabajar en África los dos? —preguntó uno de los hijos.
Willy se puso hecho una furia y se abalanzó contra él por atreverse a sugerirlo.
—¡Porque los rinocerontes y los elefantes son míos!
Era todo muy obvio. No le preocupaba tanto encontrar su verdadero objetivo o su verdadera pasión como proclamarse vencedor en la eterna competición contra mí.
Tras unas cuantas disputas acaloradas, resultó que Willy, cuando yo me marché al Polo Norte, se había quedado tristemente dolido. Se sintió desplazado por no ser él a quien habían invitado. A la vez, afirmaba que él mismo se había hecho a un lado por cortesía, para permitir que yo fuera, y también había permitido que me ocupara de los militares heridos.
—Yo te he cedido a los veteranos de guerra. ¿Por qué no me cedes tú los rinocerontes y los elefantes de África?
Me quejé a Teej y Mike de que, ahora que por fin había descubierto cuál era mi camino, cuando por fin había dado con algo capaz de llenar el vacío de mi corazón por haber dejado el Ejército, algo que, de hecho, era más sostenible, Willy se interponía en mi camino.
Se quedaron horrorizados.
—Sigue luchando —me dijeron—. En África hay lugar para los dos. Os necesitamos a los dos.
De modo que, con su aliento, me embarqué en un viaje de cuatro meses en busca de evidencias que me acercaran a la verdad sobre la guerra del marfil. Botsuana. Namibia. Tanzania. Sudáfrica. Fui al parque nacional Kruger, un gran extensión de tierra árida y estéril del tamaño de Israel. En la guerra de los cazadores furtivos, el parque Kruger era el frente de batalla por excelencia. La población de rinocerontes que allí habitaba, tanto negros como blancos, estaba descendiendo a marchas forzadas por culpa de los ejércitos de cazadores incentivados por las organizaciones criminales chinas y vietnamitas. Un cuerno de rinoceronte proporcionaba una suma muy suculenta, de modo que, por cada cazador furtivo al que detenían, había cinco más dispuestos a ocupar su puesto.
Los rinocerontes negros eran más raros de encontrar, y por ende más valiosos. También eran más peligrosos. Al ser animales de ramoneo, vivían entre la densa maleza y aventurarse a seguirlos podía resultar mortal. Ellos no sabían que estabas allí para ayudarlos. Alguna vez habían arremetido contra mí, y tuve suerte de escapar sin que me destrozaran. (Un consejo: ten siempre localizada la rama de árbol más cercana, porque puede que tengas que trepar a ella). Algunos amigos no tuvieron tanta suerte.
Los rinocerontes blancos eran más dóciles, y más abundantes, pero tal vez esa abundancia durase poco tiempo precisamente por su docilidad. Al ser animales de pastoreo, vivían en el espacio abierto de las praderas. Era más fácil verlos, y dispararles.
Yo participé en múltiples patrullas contra la caza furtiva. Después de varios días en el parque nacional Kruger, siempre llegábamos demasiado tarde. Debí de ver como unos cuarenta cadáveres de rinocerontes cosidos a balazos.
Los cazadores furtivos de otras zonas de Sudáfrica, según supe, no siempre usaban balas contra los rinocerontes. Las municiones eran caras, y los disparos los delataban. Por eso les arrojaban un dardo con un sedante y les arrancaban el cuerno mientras estaban dormidos. El rinoceronte se despertaba con la cara desfigurada y se precipitaba hacia el interior de la maleza para morir.
Estuve presente durante una larga operación practicada a un rinoceronte hembra llamado Hope para reconstruirle la cara. Le recompusimos las membranas que habían quedado expuestas dentro del agujero que antes albergaba el cuerno. Tanto yo como el equipo de cirujanos acabamos traumatizados. Nos preguntábamos si estábamos haciendo lo correcto por aquella hembra. La pobre sufrió muchísimo.
Pero no podíamos dejar que se muriera sin más.
84
Una mañana, mientras sobrevolábamos el parque nacional Kruger en helicóptero, empezamos a trazar grandes círculos en el aire en busca de señales que delataran la presencia de cazadores furtivos.
—¡Allí! —exclamé.
Eran buitres.
Descendimos rápidamente.
Una densa masa de buitres alzó el vuelo en el momento en que tomamos tierra.
Nos bajamos del helicóptero de un salto, observamos unas huellas apresuradas en la tierra y casquillos de bala que lanzaban destellos bajo la luz del sol. Había sangre por todas partes. Seguimos el reguero hacia el interior de la maleza y encontramos un enorme rinoceronte blanco con un hueco en el sitio que antes alojaba el cuerno arrancado. Tenía heridas por todo el lomo. Quince cortes profundos, si conté bien.
Su cría de seis meses yacía a su lado, muerta.
Atamos cabos sobre lo ocurrido. Los cazadores furtivos habían disparado a la madre. Ella y la cría habían salido huyendo. Los cazadores les habían dado alcance en ese lugar. La madre aún se sentía con fuerzas de defender o cubrir a su cría, de modo que los cazadores la habían emprendido a hachazos contra su lomo para inmovilizarla. Mientras aún estaba viva, desangrándose, le arrancaron el cuerno.
Yo no tenía palabras. El sol caía a plomo desde el abrasador cielo azul.
Mi guardaespaldas le hizo una pregunta al guarda forestal.
—¿A quién han matado primero, a la cría o a la madre?
—Es difícil saberlo.
Entonces yo le hice otra pregunta.
—¿Cree que los cazadores andan cerca? ¿Podemos encontrarlos?
—Imposible.
Aunque estuvieran por la zona, sería como buscar una aguja en un pajar.
85
En Namibia, cruzando el desierto del norte en busca de rinocerontes, me encontré con un amigable doctor que estaba siguiendo la pista a unos leones del desierto, los cuales en esa parte del país sufrían una intensa persecución porque solían invadir las tierras de cultivo. El doctor estaba disparando dardos sedantes a unos cuantos para examinar su estado de salud y sus movimientos. Se anotó nuestro número y nos dijo que nos avisaría si veía alguno.
Esa noche montamos el campamento junto a un arroyo seco. Todos los demás se acostaron en las tiendas, en los camiones, pero yo desenrollé la colchoneta al lado de la hoguera y me tapé con una fina manta.
Todos los componentes de mi equipo pensaron que estaba bromeando.
—En esta zona hay muchos leones, jefe.
Les dije que no me pasaría nada.
—Lo he hecho millones de veces.
Alrededor de medianoche, oí el zumbido de la radio. Era el doctor. Estaba a cuatro kilómetros de distancia y acababa de sedar a dos leones.
Nos montamos en el Land Cruiser y descendimos por el camino a toda velocidad. Los soldados namibios que nos había asignado el Gobierno insistieron en venir también, así como la policía local de la zona. A pesar de que era noche cerrada, encontramos fácilmente al doctor. Se hallaba de pie junto a dos leones enormes. Ambos yacían boca abajo con la cabeza inerte apoyada sobre sus patas gigantes. Acercó la linterna a los leones, y vimos cómo su pecho subía y bajaba. Respiraban tranquilos.
Me arrodillé al lado de la hembra, le acaricié la piel y observé sus ojos ambarinos medio cerrados. No puedo explicarlo y no tengo argumentos para defender lo que digo, pero… sentí que la conocía de algo.
Cuando me puse de pie, uno de los soldados namibios se abrió paso a mi lado y se agachó junto al otro león. Era un macho de gran tamaño. El soldado levantó su AK-47 y le pidió a uno de sus colegas que le hiciera una foto. Parecía que hubiera cazado al león.
Estuve a punto de decirle algo, pero la Roca se me adelantó. Le ordenó al soldado namibio que se largara a tomar viento y dejara a los leones en paz.
El soldado se escabulló con mala cara.
En ese momento volví la cabeza para decirle algo al doctor. Hubo un destello, y me volví de nuevo para ver de dónde procedía, qué soldado había utilizado la cámara del móvil, cuando oí a los hombres dar un grito ahogado.
Me volví otra vez. La leona se encontraba de pie detrás de mí. Había despertado.
Avanzó con paso inseguro.
—No pasa nada —dijo el doctor—. No pasa nada.
La leona se dejó caer, justo a mis pies.
Buenas noches, dulce princesa.
Miré a izquierda y derecha. No había nadie cerca. Todos los soldados habían corrido a refugiarse en los camiones, y el del AK-47 estaba subiendo la ventanilla. Incluso la Roca había retrocedido un paso.
—Lo siento mucho —se disculpó el doctor.
—No tiene por qué.
Regresamos al campamento. Todo el mundo trepó a las tiendas y a los camiones, excepto yo.
Me tumbé otra vez en la colchoneta, junto a la hoguera.
—Está de broma —exclamaron todos—. ¿Y si vienen los leones? Acabamos de comprobar que ahí afuera los hay, jefe.
—No pasa nada, creedme. Esa leona no le hará daño a nadie.
De hecho, es probable que nos estuviera protegiendo.
86
De nuevo me encontraba en Estados Unidos. Con dos buenos amigos. Era enero de 2016.