En la sombra
Segunda parte » 87
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Mi amigo Thomas salía con una mujer que vivía en Los Ángeles, así que nuestra primera parada fue en su casa. Ella organizó una fiesta de bienvenida a la que invitó a unos cuantos amigos. Todos los presentes teníamos los mismos hábitos con respecto al alcohol; en otras palabras: estábamos dispuestos a consumirlo en grandes cantidades en un breve espacio de tiempo.
En lo que no estábamos de acuerdo era en la clase de bebida alcohólica.
Yo, como buen británico, pedí un gin-tonic.
—¡No, joder! —exclamaron los norteamericanos entre risas—. Estamos en Estados Unidos, tío, pídete una copa de verdad. Tómate un tequila.
Estaba acostumbrado al tequila, pero al que servían en las discotecas, el que se toma bien entrada la noche. Lo que ahora me ofrecían era tequila de verdad, del fino, y me instruyeron bien sobre todas las formas de tomarlo. Veía acercarse a mí un vaso tras otro con tequila preparado de todas las maneras posibles: solo, con hielo, el margarita o con un toque de soda y lima.
Me los tomé todos, hasta la última gota, y empecé a sentirme de puta madre.
«Me caen bien, estos norteamericanos —pensé—. Me caen muy bien».
Era un momento extraño para declararse proestadounidense. El mundo, en general, no lo era. El Reino Unido seguro que no. Muchos británicos se oponían a la guerra de Estados Unidos contra Afganistán y estaban resentidos por haberse visto arrastrados al campo de batalla. En algunos casos, el sentimiento antiestadounidense era muy intenso. Me recordaba a mi infancia, cuando todo el mundo me prevenía constantemente contra los norteamericanos. Eran demasiado ruidosos, demasiado ricos, demasiado felices. Demasiado seguros de sí mismos, demasiado directos, demasiado sinceros.
«Bah —pensaba yo siempre—. Los yanquis no se andan por las ramas, no pierden el tiempo con risitas de cortesía y carraspeos antes de ir al grano». Fuera lo que fuese lo que tenían en mente, lo soltaban sin más, como un estornudo; y aunque algunas veces eso podía suponer un problema, por lo general lo prefería a la alternativa.
Que nadie dijese lo que realmente sentía.
Que nadie estuviera dispuesto a escuchar cómo se sentía uno.
Yo ya había experimentado eso con doce años. Y ahora, a los treinta y uno, aún lo notaba más.
Aquel día lo pasé flotando en una nube rosa de aroma de tequila. No; no flotaba, no es cierto. La nube rosa la pilotaba yo. Y cuando por fin aterricé —hice un aterrizaje de manual, por cierto—, me desperté sin el más mínimo síntoma de resaca. Un milagro.
Al día siguiente, o al otro, por algún motivo cambiamos de casa. Dejamos la casa de la novia de Thomas y nos trasladamos a la casa de Courteney Cox, que era amiga de la novia de Thomas y tenía más espacio libre. Además, viajaba con frecuencia por motivos de trabajo, y no le importaba que, mientras, nos quedáramos allí.
Ninguna queja por mi parte. Como fanático de Friends, la idea de quedarme a dormir en casa de Monica me atraía muchísimo. Y me divertía. Pero entonces… apareció Courteney. Me sentía muy confundido. ¿Habían cancelado su viaje de trabajo? No creía que fuera cosa mía preguntarlo. Y además:
—¿Eso significa que tenemos que marcharnos?
Ella sonrió.
—Claro que no, Harry, aquí hay mucho espacio.
Genial. Pero seguía sintiéndome confundido porque… ella era Monica. Y yo era como Chandler. Me preguntaba si en algún momento reuniría el valor para decírselo. ¿Había suficiente tequila en California para darme el coraje necesario?
Poco después de llegar a casa, Courteney invitó a más gente. Empezó otra fiesta, y entre los invitados había un tío que me resultaba familiar.
—Es un actor —me sopló mi amigo.
—Sí, ya sé que es un actor, pero ¿cómo se llama?
Mi amigo no se acordaba.
Me acerqué a hablar con el actor. Era de esas personas abiertas y agradables, y me cayó bien enseguida. Seguía sin situarlo ni recordar su nombre, pero su voz me resultaba más familiar aún, lo cual me producía más fastidio.
—¿De qué conozco a ese tío? —le susurré a mi amigo.
Él se echó a reír.
—Es Batman.
—¿Cómo dices?
—Que es Batman.
Yo ya llevaba tres o cuatro tequilas en el cuerpo, de modo que me resultó sumamente difícil procesar y comprender esa nueva información tan relevante.
—¡Joder, claro! ¡Es Batman! ¡El de La LEGO película!
Me volví hacia el actor.
—¿Es verdad?
—¿El qué?
—¿Eres… él?
—Si soy…
—Batman.
Él sonrió.
—Sí.
¡Menuda anécdota para contar!
—Hazlo —le supliqué.
—¿Que haga qué?
—Poner esa voz.
Él cerró los ojos. Su primera reacción habría sido negarse, pero no quiso ser descortés. O quizá es que sabía que yo no lo habría dejado en paz. Me clavó sus ojos azul hielo y se aclaró la garganta; y entonces, con una grave voz de Batman perfecta, me dijo:
—Hola, Harry.
¡Oh! ¡Cuánto me gustó!
—¡Otra vez!
Volvió a hacerlo, y aún me gustó más.
Los dos nos reímos a carcajadas.
Luego, tal vez para librarse de mi amigo y de mí, nos llevó hasta la nevera, de la que sacó un refresco. Mientras la puerta estaba abierta vislumbré una caja enorme de bombones de setas mágicas en forma de diamantes negros de chocolate.
Alguien detrás de mí dijo que eran para todo el mundo.
—Vosotros mismos, chicos.
Mi amigo y yo cogimos unos cuantos y los engullimos con ayuda del tequila.
Esperábamos que Batman también se diera un capricho, pero no lo hizo. A lo mejor no eran santo de su devoción.
«¿Qué te parece? —nos dijimos—. ¡Ese tío acaba de mandarnos solitos a la puta batcueva!».
Salimos al exterior, nos sentamos junto al foso de una hoguera y esperamos.
Recuerdo que al cabo de un rato me levanté y entré para ir al lavabo.
Me costaba andar por aquella casa, con tanto mueble moderno con ángulos y tanta superficie de cristal. Además, no había mucha luz. Pero al final conseguí dar con un lavabo.
«Qué sitio tan agradable», pensé al cerrar la puerta.
Miré alrededor.
Bonitas pastillas de jabón de manos. Toallas limpias de color blanco. Vigas de madera vistas.
Luz regulable.
Vaya con los yanquis.
Junto a la taza del váter había un cubo redondo plateado, de esos con un pedal para abrir la tapa. Me lo quedé mirando. Y él me miró a mí.
—¿Qué miras?
Ahora el cubo era… una cabeza.
Pisé el pedal y la cabeza abrió la boca. Una boca enorme que reía de oreja a oreja.
Me entró la risa. Aparté la vista del cubo e hice pis.
Ahora el váter también era una cabeza. La taza era una enorme mandíbula abierta y las bisagras de la tapa eran sus penetrantes ojos de acero.
«¡Aaah!», decía.
Terminé, tiré de la cadena y le cerré la boca.
Volví a mirar el cubo plateado, pisé el pedal y le eché de comer un paquete vacío de cigarrillos que llevaba en el bolsillo.
—Qué boca tan abierta.
—Aaah. Gracias, tío.
—De nada, tío.
Salí del lavabo riendo y fui directo a buscar a mi amigo.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
Le dije que fuese enseguida a aquel lavabo, que viviría la mejor experiencia de su vida.
—¿Qué experiencia?
—No puedo explicártelo, tienes que verlo por ti mismo. En comparación, haber conocido a Batman no tiene ninguna importancia.
Mi amigo llevaba una amplia chaqueta acolchada con el cuello forrado de pelo, exactamente igual a la que había llevado yo en los viajes al Polo Norte y al Polo Sur, y entró en el lavabo sin quitársela.
Mientras, yo fui a prepararme otro tequila.
Al cabo de unos minutos, mi amigo apareció a mi lado. Tenía la cara más blanca que el papel.
—¿Qué te ha pasado?
—No quiero hablar de ello.
—Cuéntamelo.
—Mi chaqueta… se ha convertido en un dragón.
—¿Un dragón? ¿Dentro del lavabo?
—Y quería comerme.
—Madre mía.
—Me has mandado a la guarida de un dragón.
—Mierda. Lo siento, tío.
Lo que para mí había sido un agradable viaje, para él había sido un infierno.
Qué mala suerte. Qué interesante.
Lo acompañé fuera tranquilamente y le dije que todo iría bien.
87
Al día siguiente fuimos a otra fiesta en otra casa. Era en una población del interior, pero el aire seguía oliendo a mar.
Me sirvieron más tequila. Me bombardearon con más nombres.
Y me invitaron a más setas.
Empezamos a jugar a un juego, una especie de charadas… Creo. Alguien me pasó un porro. Fantástico. Di una calada y miré el nítido azul pastel del cielo de California. Alguien me dio unos golpecitos en el hombro y me dijo que quería presentarme a Christina Aguilera.
—Ah, hola, Christina.
Me pareció un poco masculina. Ah, no, se ve que me había confundido. No era Christina Aguilera, era el tío que había compuesto la letra de una de sus canciones.
«Genie in a Bottle».
¿Quizá me sabía la letra? ¿Quizá me la dijo él?
I’m a genie in a bottle
You gotta rub me the right way.[6]
Daba igual. Aquel tío había hecho una fortuna componiendo letras de canciones y ahora vivía a lo grande.
—Me alegro por ti, tío.
Me alejé de él, crucé el patio, y ya no me acuerdo de nada más hasta al cabo de un rato. Creo recordar que hubo otra fiesta… ¿Ese mismo día? ¿Al día siguiente?
Al final, de algún modo, conseguimos volver a casa de Monica. Es decir, de Courteney. Era de noche. Sé que bajé una escalera hasta la playa y allí me quedé, con el agua rozándome los pies, observando cómo las rizadas olas se acercaban, se alejaban, se acercaban… Y así me pareció estar siglos. Mi mirada iba del mar al cielo y del cielo al mar.
Entonces miré directamente a la luna.
Me estaba hablando.
Como el cubo del lavabo y la taza del váter.
¿Qué me decía?
Que el año que empezaba sería bueno para mí.
—Bueno, ¿en qué sentido?
—Pasará algo importante.
—¿De verdad?
—Muy importante.
—¿No será más de lo mismo?
—No, será especial.
—¿De verdad, Luna?
—Te lo prometo.
—Por favor, no me mientas.
Tenía casi la misma edad que mi padre cuando se casó, y de él decían que era una flor tremendamente tardía. A los treinta y dos años, se burlaban de él por su incapacidad o su poca disposición para encontrar pareja.
Mis treinta y dos estaban a la vuelta de la esquina.
—Algo tiene que cambiar. Por favor.
—Y cambiará.
Abrí la boca para dirigirme al cielo, a la luna.
Al futuro.
—¡Aaah!