En la sombra
Tercera parte » 87
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1
Estaba sentado en Nott Cott, consultando Instagram. En mi feed vi un vídeo. Mi amiga Violet. Y otra chica.
Estaban jugando con una nueva aplicación que pone filtros tontos en las fotos. Violet y su acompañante tenían orejas de perro, hocico de perro y sacaban una lengua larga y roja de perro.
A pesar de la cómica imagen canina, me incorporé de golpe.
Aquella chica que estaba con Violet… Madre mía.
Reproduje el vídeo varias veces y luego me obligué a dejar el teléfono.
Pero enseguida volví a cogerlo y volví a reproducir el vídeo.
Había viajado por todo el mundo, de punta a punta, literalmente. Había saltado de continente en continente. Había conocido a cientos de miles de personas. Me había cruzado con una muestra extraordinariamente numerosa de los siete mil millones de habitantes del planeta. Durante treinta y dos años había visto pasar caras por delante de mí como maletas en la cinta del equipaje, y muy pocas me habían hecho mirar dos veces. Pero aquella chica hizo que se parara la cinta. De hecho, la dejó inutilizada.
Nunca había visto a ninguna mujer tan guapa.
¿Por qué la belleza sienta como un puñetazo en la garganta? ¿Tiene algo que ver con nuestra tendencia humana a desear el orden? ¿No es eso lo que dicen los científicos? ¿Y los artistas? ¿Que la belleza es simetría y por eso representa un alivio entre tanto caos? Desde luego, hasta ese momento mi vida había sido caótica. No puedo negar que me moría de ganas de tener orden, no puedo negar que buscaba un poco de belleza. Acababa de regresar de un viaje a Francia con mi padre, Willy y Kate, donde habíamos celebrado el aniversario de la batalla del Somme, habíamos rendido homenaje a los caídos británicos y yo había leído un poema cargado de nostalgia, «Antes de entrar en la batalla». Lo escribió un soldado dos días antes de morir en combate. Terminaba así:
Ayúdame a morir, Señor.
Al leerlo en voz alta me di cuenta de que no quería morir, quería vivir.
Una revelación bastante sorprendente para mí en ese preciso momento.
Pero la belleza de esa mujer, y mi respuesta ante ello, no se basaba simplemente en la simetría.
Desprendía una energía especial, revelaba una naturaleza alegre y juguetona. Había algo singular en su forma de sonreír, en la forma como interactuaba con Violet, en su forma de mirar a la cámara. Segura de sí misma. Libre. Podía notar que vivía con la convicción de que la vida era una gran aventura. Menudo privilegio, pensé, acompañarla en esa aventura.
Obtenía toda esa información de su cara. Una cara luminosa y angelical. Yo nunca había logrado formarme una opinión clara en relación con una cuestión: ¿existe en este mundo una sola persona para cada uno de nosotros? Sin embargo, en ese momento sentí que para mí existía una sola cara.
Esa cara.
Le mandé un mensaje a Violet.
«¿Quién… es… esa… mujer?».
Me respondió de inmediato.
«Ya, hay seis tíos más que me han preguntado lo mismo».
«Genial», pensé.
«¿Quién es, Violet?».
«Una actriz. Sale en una serie de la tele que se llama Suits».
Era un drama judicial. Ella hacía de asistente legal.
«¿Es norteamericana?».
«Sí».
«¿Y qué está haciendo en Londres?».
«Ha venido por el tenis».
«¿Y qué está haciendo en Ralph Lauren?».
Violet trabajaba en Ralph Lauren.
«Está aquí por un fitting. Puedo poneros en contacto, si quieres».
«Hum, sí, por favor».
Violet me preguntó si estaba de acuerdo en que le pasara a esa mujer, la norteamericana, mi cuenta de Instagram.
«Claro».
Era viernes, 1 de julio. Yo tenía que abandonar Londres a la mañana siguiente en dirección a la casa de sir Keith Mills. Iba a tomar parte en una regata en el yate de sir Keith, alrededor de la isla de Wight. Justo cuando estaba acabando de colocar las últimas cosas en la bolsa de viaje, miré el teléfono.
Un mensaje en Instagram.
De aquella mujer.
La norteamericana.
«¡Hola!».
Me decía que Violet le había pasado el contacto. Alabó mi perfil de Instagram. Unas fotos muy bonitas.
«Gracias».
Eran, sobre todo, fotos de África. Yo sabía que ella había estado allí, porque también había examinado su perfil de Instagram y había visto fotos suyas con gorilas en Ruanda.
Me explicó que también había tomado parte en algunas tareas humanitarias. Con niños. Compartimos nuestra visión de África, de la fotografía, de los viajes.
Al final nos dimos los números de teléfono y continuamos la conversación por el móvil hasta bien entrada la noche. Por la mañana me trasladé de Nott Cott al coche sin dejar de escribir. Estuve chateando con ella durante el largo trayecto hasta casa de sir Keith, continué en el vestíbulo —«¿Qué tal, sir Keith?»—, por la escalera y en la habitación de invitados, donde cerré la puerta con llave y me refugié para seguir escribiendo. Me senté en la cama y estuve chateando como un adolescente hasta que se hizo la hora de bajar a cenar con sir Keith y su familia. Luego, tras el postre, regresé rápidamente a mi habitación y seguí con los mensajes.
No conseguía teclear lo bastante rápido. Tenía los pulgares agarrotados. Había tanto que decir, teníamos tantas cosas en común a pesar de que procedíamos de mundos muy distintos. Ella era estadounidense. Yo era británico. Ella había recibido una buena formación académica y yo siempre había sido mal estudiante. Ella era libre como un pájaro y yo estaba encerrado en una jaula de oro. Y, en cambio, ninguna de esas diferencias inhabilitaba a nadie y ni siquiera parecían importantes. Al contrario, aportaban una nota humana, me llenaban de energía. Las contradicciones generaban la siguiente sensación:
«Oye… Yo te conozco».
Pero a la vez: «Necesito conocerte».
«Oye, es como si te conociera de toda la vida».
Pero a la vez: «Llevo buscándote toda la vida».
«Oye, gracias a Dios que estás aquí».
Pero a la vez: «¿Por qué has tardado tanto?».
La habitación de invitados de sir Keith daba a un estuario. Muchas veces, mientras escribía un mensaje, me acercaba a la ventana y me asomaba. Las vistas me recordaban al Okavango. También me hacían pensar en el destino y en la serendipia. Esa convergencia del río con el mar, de la tierra con el cielo, reforzaba una leve sensación de que estaba a punto de tener lugar una unión importante.
Se me ocurrió pensar hasta qué punto resultaba misterioso, irreal, extraño, que aquella conversación maratoniana hubiera empezado el 1 de julio de 2016.
El día en que mi madre hubiera cumplido cincuenta y cinco años.
De noche, ya tarde, mientras aguardaba su siguiente mensaje, busqué el nombre de aquella norteamericana en Google. Había cientos de fotos, a cual más deslumbrante. Me pregunté si también ella me estaría buscando en Google. Aunque tenía la esperanza de que no lo hiciera.
Antes de apagar la luz, le pregunté cuánto tiempo iba a quedarse en Londres. Mierda… Se marchaba pronto. Tenía que regresar a Canadá para continuar con el rodaje de la serie.
Le pregunté si podíamos vernos antes de que se marchara.
Fijé la vista en el teléfono, a la espera de su mensaje, observando la oscilación incesante de los puntos suspensivos en la pantalla.
…
Y entonces:
«¡Claro!».
«Genial».
Y, ahora, ¿dónde encontrarnos?
Le propuse que viniera a mi casa.
«¿A tu casa? ¿En una primera cita? Va a ser que no».
«No, no me refería a eso».
Ella no se daba cuenta de que formar parte de la realeza era como estar hecho de material radiactivo, de que no podía sentarme tranquilamente en una cafetería o en un pub. Como no me atrevía a darle una explicación exhaustiva, intenté apuntarle los riesgos de que nos vieran. Pero se ve que no lo hice bien.
Ella me propuso una alternativa. El Soho House, en el 76 de Dean Street. Era su cuartel general siempre que iba a Londres. Reservó una mesa para dos en una sala tranquila.
No habría nadie más.
La mesa estaba reservada a su nombre.
Meghan Markle.
2
Después de pasarme la noche chateando hasta altas horas, cuando sonó el despertador temprano solté un gruñido. Era hora de subir al barco de sir Keith. Pero también me sentía agradecido. Una regata era la única forma de que me despegara del móvil.
Y era necesario que me despegara de él, solo durante un rato, para poner las ideas en orden.
Para tranquilizarme.
El barco de sir Keith se llamaba Invictus. Un homenaje a los juegos; bien por él. Ese día éramos once tripulantes, incluido uno de los dos atletas que a la sazón competían en los juegos. La carrera de cinco horas nos llevó a rodear The Needles y nos metió de lleno en un temporal. Hacía un viento feroz y muchos otros barcos abandonaron la regata.
Yo había montado en barco muchas veces —me acordé de unas vacaciones doradas con Henners, en que intentamos volcar el pequeño velero en el que viajábamos, Laser, solo por diversión—, pero nunca así, en mar abierto y con unas condiciones atmosféricas tan turbulentas. Las olas se elevaban intimidantes ante nosotros. Nunca había temido la muerte, pero en ese momento me descubrí pensando: «Por favor, no dejes que me ahogue antes de esa cita tan importante». Entonces me asaltó otro temor. El temor de que en el barco no hubiera lavabo. Me aguanté tanto tiempo como me fue posible, hasta que no me quedó otro remedio. Arqueé el cuerpo sobre la borda, hacia el mar revuelto…, pero aun así no pude mear, sobre todo por el pánico escénico. Toda la tripulación me estaba mirando.
Al final regresé a mi puesto, me rendí y, completamente abochornado, me meé en los pantalones.
«Uf —pensé—. Si la señorita Markle me viera ahora mismo».
Nuestra embarcación ganó en nuestra categoría y quedamos segundos en total. «¡Hurra!», exclamé, y apenas hice una pequeña pausa para celebrarlo con sir Keith y la tripulación. Mi única preocupación era saltar al agua, limpiarme la meada de los pantalones y regresar cuanto antes a Londres, donde estaba a punto de empezar la carrera de verdad, la definitiva.
3
Había un tráfico horroroso. Era domingo por la noche y la muchedumbre volvía a la ciudad tras pasar el fin de semana en el campo. Además tuve que cruzar Piccadilly Circus, lo cual, incluso en la hora más tranquila, era de por sí una pesadilla. Embotellamientos, obras, accidentes, colapso… Me topé con todos los obstáculos posibles. Una y otra vez mis guardaespaldas y yo nos encontrábamos completamente parados sin otra opción que permanecer sentados en el coche. Cinco minutos. Diez.
Refunfuñando y sudoroso, le gritaba mentalmente a la masa de vehículos inmóviles. «¡Venga! ¡Vamos!».
Al final no me quedó más remedio que mandar un mensaje por el chat.
«Llego un poco tarde. Lo siento».
Ella ya había llegado.
Me disculpé.
«Hay un tráfico horrible».
«Vale».
«Y si se va…», me dije a mí mismo.
—Al final se irá —les dije a mis guardaespaldas.
Mientras nos aproximábamos a paso de tortuga al restaurante, volví a escribirle.
«Avanzamos, pero muy despacio».
«¿Y no puedes bajarte del coche y ya está?».
¿Cómo explicárselo? No, no podía. No podía ponerme a correr por las calles de Londres. Habría sido como ver a una llama recorriéndolas. Montaría un número, sería una auténtica pesadilla para el personal de seguridad, por no hablar de los medios, que acudirían como moscas. Si me pillaban dirigiéndome a toda prisa al Soho House, sería el fin de toda privacidad que pudiéramos soñar con tener, aunque fuese por un breve espacio de tiempo.
Además, me acompañaban tres guardaespaldas. No podía pedirles que, de repente, echaran a correr como si aquello fuera un pentatlón.
Pero, claro, era imposible resumir todo eso en un mensaje del chat, así que… opté por no contestar, lo cual seguro que la pondría de mal humor.
Por fin llegué. Media hora tarde, acalorado, resoplando y sudoroso entré corriendo en el restaurante, me dirigí al salón interior y la encontré en un pequeño reservado, sentada en un sofá bajo de terciopelo frente a una mesita de café.
Ella levantó la cabeza y sonrió.
Me deshice en disculpas. Imaginaba que no habría muchos hombres que hubiesen llegado tarde a una cita con aquella mujer.
Me instalé en el sofá y me disculpé de nuevo.
Ella me dijo que me perdonaba.
Estaba tomándose una cerveza, una IPA. Yo pedí una Peroni. No me apetecía la cerveza, pero me pareció lo más fácil.
Hubo un silencio. Estábamos captando la importancia del momento.
Ella llevaba puesto un jersey negro, unos tejanos y zapatos de tacón. Yo no tenía ni idea de ropa, pero supe que iba elegante. Luego me percaté de que cualquier cosa que ella llevara puesta resultaría elegante, incluso un saco de dormir. Lo que más noté fue el abismo que separa internet de la realidad. Había visto muchas fotografías suyas en reportajes de moda y en programas de televisión, y todas tenían mucho brillo y mucho glamour; pero ahí estaba ella, la de carne y hueso, sin adornos, sin filtros… y más guapa todavía. Tan guapa que solo con verla se te paraba el corazón. Estaba intentando asimilar todo eso, esforzándome por comprender qué les estaba ocurriendo a mi sistema circulatorio y mi sistema nervioso, y como resultado mi cerebro no era capaz de procesar nada más. Conversar normalmente, usar frases de cortesía, saber formar una simple oración… En ese momento todo era un auténtico reto.
Ella se ocupó de llenar los huecos que yo dejaba en la conversación. Me habló de Londres. Estaba allí continuamente, me dijo. A veces dejaba el equipaje en el Soho House durante varias semanas, y ellos se lo guardaban sin preguntar. La gente de allí era como su familia.
«¿Estás en Londres continuamente? ¿Y cómo no te he visto nunca?», me pregunté.
Daba igual que en Londres vivieran nueve millones de personas, o que yo apenas saliera de casa, tenía la sensación de que, si ella estaba allí, yo debería haberlo sabido. ¡Deberían haberme informado!
—¿Y cómo es que vienes tanto por aquí?
—A ver a amigos. Por trabajo.
—Ah. ¿Por trabajo?
El trabajo de actriz era su principal ocupación, me dijo, aquello por lo que era conocida, pero se dedicaba a varias cosas. Escribía artículos sobre lifestyle, sobre viajes, era portavoz de una gran empresa, emprendedora, activista, modelo. Había viajado por todo el mundo, había vivido en varios países, había trabajado para la embajada de Estados Unidos en Argentina… Tenía un currículum asombroso.
Todo formaba parte del plan.
—¿Qué plan?
—Ayudar a la gente, hacer cosas buenas, ser libre.
La camarera volvió a aparecer. Nos dijo su nombre, Mischa. Tenía acento de Europa del Este, una sonrisa tímida y muchos tatuajes. Le preguntamos por ellos, y Mischa estuvo más que contenta de darnos explicaciones. Hizo el papel de amortiguador, nos ayudó a frenar un poco el ritmo y tomarnos un respiro, y creo que ella sabía que estaba cumpliendo con esa misión y la aceptó con gusto. La adoré por ello.
Mischa nos dejó y la conversación empezó a fluir de verdad. La incomodidad inicial se había desvanecido y regresó la calidez de nuestros mensajes del chat. Los dos habíamos vivido primeras citas en las que no tenías nada que decirte, y ahora ambos sentíamos esa emoción especial de cuando tienes mucho de lo que hablar, cuando no hay tiempo suficiente para expresar todo lo que quieres decir.
Y, hablando de tiempo…, el nuestro se había terminado. Ella recogió sus cosas.
—Lo siento, tengo que irme.
—¿Ya? ¿Tan pronto?
—He quedado para cenar.
Si yo no hubiera llegado tarde, habríamos dispuesto de más tiempo. Me maldije a mí mismo mientras me ponía de pie.
Nos dimos un breve abrazo de despedida.
Le dije que yo me ocuparía de pagar la cuenta y ella respondió que, en ese caso, se ocuparía de costear las flores de agradecimiento para Violet.
—Peonías —puntualizó.
Yo me eché a reír.
—De acuerdo. Adiós.
—Adiós.
Zas. Se esfumó.
En comparación con ella, Cenicienta era la reina de las despedidas largas.
4
Yo había hecho planes para encontrarme después con mi amigo. En ese momento le telefoneé, le dije que estaba de camino y al cabo de media hora me encontraba empujando la puerta de su casa, cerca de King’s Road.
—¿Qué ha ocurrido? —me preguntó nada más verme la cara.
No quería contárselo. No paraba de repetirme: «No se lo cuentes, no se lo cuentes, no se lo cuentes».
Se lo conté.
Le expliqué nuestra cita con todo detalle.
—Mierda, tío. ¿Y ahora qué hago? —le imploré.
Sacó el tequila. Sacó la maría. Bebimos, fumamos y vimos… Del revés.
Una película de animación… sobre las emociones. Perfecto. El que estaba completamente del revés era yo.
Luego me quedé beatíficamente relajado.
—Buena maría, tío.
En ese momento sonó mi teléfono.
—Oh, mierda. —Le enseñé la pantalla a mi amigo—. Es ella.
—¿Quién?
—¡Ella!
No era una llamada normal, sino una videoconferencia por FaceTime.
—¿Hola?
—Hola.
—¿Qué haces?
—Hum, estoy con mi amigo.
—¿Qué es lo que se oye de fondo?
—Ah, hum…
—¿Estáis viendo dibujos animados?
—No. Quiero decir, sí. Más o menos. Es… Del revés.
Me trasladé a un rincón más tranquilo del piso. Ella estaba de vuelta en el hotel. Se había lavado la cara.
—Dios, me encantan tus pecas —le solté.
Ella ahogó un pequeño grito. Cada vez que le hacían fotos, le retocaban las pecas para eliminarlas, según me explicó.
—¡Qué locura! Son preciosas.
Ella dijo que sentía haber tenido que marcharse corriendo. No quería que pensara que no lo había pasado bien conmigo.
Yo le pregunté cuándo podríamos volver a vernos.
—¿El martes?
—Me marcho el martes.
—Ah. ¿Y mañana?
Hubo una pausa.
—Vale.
Era el Cuatro de Julio.
Concertamos otra cita. En el Soho House.
5
Pasó el día entero en Wimbledon animando a su amiga Serena Williams, desde la tribuna de Serena. Me envió un mensaje después del último set mientras regresaba corriendo al hotel, y luego volvió a escribirme mientras se cambiaba, y de nuevo mientras se dirigía a toda prisa al Soho House.
Esa vez yo ya estaba allí, esperándola. Sonriente. Orgulloso de mí mismo.
Ella entró, ataviada con un bonito vestido suelto de verano de color azul con rayas blancas. Estaba radiante.
Me puse de pie.
—Te he traído un regalo —le dije.
Era una caja rosa. Se la coloqué delante.
Ella la agitó.
—¿Qué es?
—¡No! ¡No la agites!
Los dos nos echamos a reír.
Abrió la caja. Contenía cupcakes; cupcakes de color rojo, blanco y azul, para ser exactos, en honor al día de la Independencia. Dije algo así como que la visión que los británicos tenían de ese día era muy distinta a la de los yanquis, pero que bueno, que vale.
Ella dijo que tenían una pinta increíble.
Apareció la misma camarera que el día de nuestra primera cita, Mischa. Parecía verdaderamente contenta de vernos y descubrir que había una segunda cita. Notaba lo que estaba sucediendo, captó que estaba siendo testigo de ello y que formaría parte para siempre de nuestra historia personal. Después de servirnos una ronda de bebidas, se marchó y no volvió hasta al cabo de un buen rato.
Cuando lo hizo, estábamos absortos en medio de un beso largo.
No era el primero.
Meghan me agarraba por el cuello de la camisa y me atraía hacia ella, muy cerca. Cuando vio a Mischa me soltó al instante y todos nos echamos a reír.
—Discúlpanos.
—No pasa nada. ¿Otra ronda?
De nuevo la conversación era fluida, animada. Llegaron las hamburguesas, y se las llevaron intactas. Yo tenía una abrumadora sensación de Obertura y preludio con timbales, acto I. Y al mismo tiempo sentía que algo estaba tocando a su fin. Una etapa de mi vida —¿la primera mitad?— estaba a punto de terminar.
A medida que se acercaba el final de la noche tuvimos una conversación muy sincera. No había forma de obviarla.
Ella se llevó una mano a la mejilla y exclamó:
—¿Y qué vamos a haceeeer?
—Tendremos que iniciar esto tal como se merece.
—¿Qué quiere decir eso? Yo vivo en Canadá. ¡Me marcho mañana!
—Nos veremos. Te haré una visita larga. Este verano.
—Ya tengo todo el verano planeado.
—Yo también.
Seguro que en algún momento a lo largo del verano encontraríamos un poco de tiempo.
Ella negó con la cabeza. Pensaba hacer el pack completo de Come, reza, ama.
—¿Come… qué?
—Es un libro.
—Ah. Lo siento. No me van demasiado los libros.
Aquello me intimidó. Ella era todo lo opuesto a mí. Leía. Era culta.
No importaba, dijo riendo. Lo que pasaba era que iba a viajar a España con tres amigas, y luego a Italia con otras dos, y luego…
Miró su agenda. Yo miré la mía.
Ella levantó los ojos y sonrió.
—¿Qué pasa? Dímelo.
—De hecho, hay un pequeño hueco…
Recientemente, me explicó, un compañero de reparto la había avisado de que no tuviera tan planificado su verano de pack completo. Que dejara una semana libre, le recomendó aquel compañero, para reservar espacio a la magia. De modo que rechazó todo lo que le propusieron con tal de dejar libre aquella semana. Incluso había dicho que no a un viaje de ensueño por los campos de lavanda del sur de Francia.
Yo consulté mi agenda.
—También tengo una semana libre.
—¿Y si resulta que nuestras semanas coinciden?
—¿Y si es así?
—¿Te imaginas?
—Sería una locura, ¿verdad?
Teníamos libre la misma semana.
Le propuse pasarla en Botsuana. Le hice la mejor propaganda de aquel lugar. Era la cuna de la humanidad, el país menos poblado del planeta, el verdadero jardín del Edén, con un cuarenta por ciento del territorio ocupado únicamente por la naturaleza.
Además, tenía una población de elefantes mayor que ningún otro país del mundo.
Por encima de todo, era el lugar donde me había encontrado a mí mismo, donde siempre volvía a encontrarme a mí mismo, donde siempre me sentía cerca de… ¿la magia? Si le interesaba la magia, debía venir conmigo, vivir la experiencia conmigo. Acampar bajo las estrellas, en mitad de la nada, que en realidad lo es todo.
Ella me miraba boquiabierta.
—Ya sé que es una locura —dije—. Pero salta a la vista que todo esto lo es.
6
No pudimos volar juntos. Había dos motivos. El primero era que yo ya estaría en África. Habían planeado que viajara a Malaui para ocuparme de trabajos de conservación con African Parks.
El otro motivo no se lo dije, y era que no podíamos arriesgarnos a que nos vieran juntos, a que los medios descubrieran lo nuestro. Todavía no.
De manera que terminó con su historia de Come, reza, ama y a continuación voló de Londres a Johanesburgo y luego a Maun, donde le pedí a Teej que fuera a recogerla. (Deseaba hacerlo yo en persona, por supuesto, pero era imposible sin montar una escena). Tras una odisea que duró once horas, y que incluía una escala de tres horas en Johanesburgo, y un raudo trayecto en coche hasta la casa, Meghan tenía todo el derecho a estar de mal humor. Pero no lo estaba. Con ojos brillantes y llena de entusiasmo, se mostraba preparada para cualquier cosa.
Y su aspecto… rayaba en la perfección. Llevaba puestos unos shorts deshilachados de tela tejana, botas de senderismo desgastadas y un sombrero Panamá arrugado que había visto en su página de Instagram.
Mientras abría la verja de entrada de casa de Teej y Mike, le ofrecí un sándwich de ensalada de pollo envuelto con film transparente.
—He supuesto que tendrías hambre.
De repente pensé que ojalá me hubiera hecho con unas flores, un regalo, algo además de aquel miserable sándwich. Nos abrazamos, y tuve una sensación rara, no solo por lo del sándwich sino por la inevitable tensión. Habíamos hablado por teléfono y por FaceTime innumerables veces desde nuestras primeras citas, pero aquello era nuevo y diferente. Y un poco extraño.
Los dos pensábamos lo mismo. «¿Funcionará en otro lugar, en otro continente?».
«¿Y si no es así?».
Le pregunté cómo había ido el vuelo. Ella se rio acordándose de la tripulación de Air Botswana. No se perdían Suits, de forma que le habían pedido que posara para una foto.
—Qué bien —le dije, cuando en realidad pensaba: «Mierda. Si a un miembro de la tripulación se le ocurre colgar esa foto, se destapará el pastel».
Nos subimos a una camioneta con asiento corrido de tres plazas. Mike iba al volante; mis guardaespaldas nos seguían de cerca. Nos pusimos en marcha, directos hacia el sol. Tras una hora de recorrido por carreteras de asfalto, nos quedaban por delante cuatro más por caminos de tierra. Para que el tiempo pasara más deprisa le mostraba todas las flores, todas las plantas, todos los pájaros. «Eso es un francolín. Eso otro es un toco piquirrojo; es como Zazu de El rey león. Eso es una carraca lila macho, y parece que está representando su danza de apareamiento».
Tras un tiempo que consideré prudencial, la cogí de la mano.
Después, cuando la carretera se hizo más llana, me atreví con un beso.
Fue tal como los dos recordábamos.
Mis guardaespaldas, a cincuenta metros de nosotros, fingieron no ver nada.
Cuando nos adentramos más en la maleza, a medida que nos acercábamos al Okavango, la fauna empezó a cambiar.
—¡Ahí! ¡Mira!
—Oh, Dios, si son… ¡jirafas!
—¡Y allí! ¡Mira!
Una familia de facóqueros.
Vimos un grupo de elefantes con sus crías: padres, madres y bebés.
—Hola, chicos.
Enfilamos una carretera que hacía las veces de cortafuegos y observé que los pájaros se estaban volviendo locos, lo cual hizo que un extraño escalofrío me recorriera la espalda.
—Hay leones cerca.
—No puede ser —dijo ella.
Algo me impulsó a volverme a mirar atrás. Claro que sí; vi una cola que desapareció con un movimiento rápido. Le grité a Mike para que parase. Él pisó el freno y dio marcha atrás con la camioneta. Allí estaba, justo delante de nosotros, un macho enorme. Era el padre. Y más allá cuatro ejemplares jóvenes descansando a la sombra de un arbusto, con sus madres.
Los contemplamos durante un rato y proseguimos nuestro camino.
Poco antes de que anocheciera, llegamos a un pequeño campamento satélite que Teej y Mike habían preparado. Llevé nuestras bolsas a una tienda de campaña tipo bell junto a un enorme árbol de la salchicha. Estábamos en el límite de un gran bosque, frente a una suave pendiente que descendía hasta el río; y más allá, una llanura aluvial rebosante de vida.
Meghan —a quien ya llamaba Meg, o a veces simplemente M— estaba anonadada. Aquellos colores tan vivos. Aquel aire puro y fresco. Había viajado mucho, pero jamás había visto nada parecido. Eso era el mundo antes de que existiera el propio mundo.
Abrió su pequeña maleta, necesitaba coger algo. «Ya está —pensé—. El espejo, el secador, el estuche de maquillaje, la chaqueta acolchada, los diez pares de zapatos». Me estaba dejando llevar por los estereotipos de forma vergonzosa: una actriz norteamericana equivale a una diva. Pero, para mi sorpresa y mi alegría, en aquella maleta no había sino cosas esenciales. Pantalones cortos, tejanos deshilachados y tentempiés. Y una esterilla de yoga.
Nos sentamos en unas sillas de lona, vimos ponerse el sol y salir la luna. Preparé unos cócteles campestres; whisky con un toque de agua de río. Teej le ofreció a Meg un vaso de vino y le mostró cómo cortar la base de una botella de agua de plástico para transformarla en una copa. Nos contamos historias, nos reímos mucho. Luego Teej y Mike nos cocinaron una cena riquísima.
Cenamos junto a la hoguera, contemplando las estrellas.
A la hora de acostarnos, guie a Meg por la oscuridad hasta la tienda de campaña.
—¿Dónde está la luz? —me preguntó.
—¿Te refieres a la linterna?
Los dos nos echamos a reír.
La tienda de campaña era muy pequeña, y muy austera. Si Meg se esperaba una estancia lujosa, a esas alturas sus fantasías ya se habrían disipado. Entramos y nos tumbamos boca arriba saboreando el momento, dándole todo su valor.
Había dos sacos de dormir separados como resultado de muchas cavilaciones y muchas conversaciones con Teej. No quería ser atrevido.
Los colocamos juntos y nos tumbamos hombro con hombro. Nos quedamos mirando el techo, escuchando, hablando, observando el movimiento de las sombras que la luz de la luna proyectaba en la lona.
Entonces oímos algo que masticaba haciendo mucho ruido.
Meg se incorporó de golpe.
—¿Qué es eso?
—Un elefante —contesté.
Solo había uno, según me parecía. Estaba justo detrás de la tienda, comiendo tranquilamente de los arbustos que la rodeaban.
—Es hembra. No nos hará daño.
—¿Estás seguro?
Poco después, la tienda de campaña tembló a causa de un fuerte rugido.
Leones.
—¿No es peligroso?
—No. No te preocupes.
Ella volvió a tumbarse y apoyó la cabeza en mi pecho.
—Confía en mí —le dije—. No dejaré que te pase nada.
7
Me levanté justo antes del amanecer, abrí silenciosamente la cremallera de la tienda y salí de puntillas. Se respiraba la quietud de una típica mañana en Botsuana. Observé a una bandada de gansos enanos que volaban río arriba, y a un impala y un lechwe tomar su primer trago matutino en la orilla.
El canto de los pájaros era increíble.
Mientras salía el sol, di las gracias por ese nuevo día, y a continuación me dirigí al campamento principal para tomar una tostada. Cuando volví encontré a Meg haciendo estiramientos sobre una esterilla de yoga junto al río.
La postura del guerrero. La del perro boca abajo. La del niño.
Esperé a que terminara.
—El desayuno está servido —anuncié.
Comimos bajo una acacia, y ella me preguntó emocionada cuál era el plan.
—Tengo algunas sorpresas.
Para empezar, un recorrido en coche de buena mañana. Nos subimos a la vieja camioneta sin puertas de Mike y nos adentramos en el bosque a toda velocidad. Con el sol en las mejillas y el cabello al viento, cruzamos arroyos, ascendimos dando tumbos por las colinas, ahuyentamos a los leones de entre la alta maleza.
—¡Gracias por haber armado semejante escándalo ayer, chicos!
Llegamos junto a un gran grupo de jirafas que comían hojas de los árboles; sus pestañas parecían rastrillos. Movieron afirmativamente la cabeza para darnos los buenos días.
No todo el mundo era igual de amable. Al pasar junto a un vasto abrevadero, vimos una nube de polvo justo delante de nosotros. Un facóquero gruñón nos plantó cara, pero se retiró cuando vio que no cedíamos terreno.
También los hipopótamos resoplaron con aire beligerante. Hicimos señas con la mano, reculamos y volvimos a subir a la camioneta.
Interrumpimos a una manada de perros salvajes que intentaban robarles un búfalo muerto a dos leonas. No les estaba yendo muy bien, y los dejamos que siguieran intentándolo.
La hierba tenía una pátina dorada y se mecía con el viento.
—Es la estación seca —le expliqué a Meg.
El aire era cálido, limpio, daba gusto respirarlo. Sacamos el pícnic con la comida y lo acompañamos con un par de botellines de sidra Savanna. Después, fuimos a nadar en un estuario del río, manteniendo la distancia con los cocodrilos. «Nunca te adentres en las aguas oscuras».
Le expliqué a Meg que esas aguas eran las más limpias y puras del mundo, porque estaban filtradas por todos aquellos papiros. Era un agua más pura incluso que la de la antigua bañera de Balmoral, aunque… mejor no pensar en Balmoral.
Faltaban pocas semanas para el aniversario.
Al caer la tarde, nos tumbamos en el capó de la camioneta y contemplamos el cielo. Cuando salieron los murciélagos, fuimos a encontrarnos con Teej y Mike. Pusimos música, reímos, charlamos, cantamos y cenamos de nuevo junto a la hoguera. Meg nos habló un poco de su vida, de que se había criado en Los Ángeles, de su lucha para hacerse actriz, de los rápidos cambios de ropa para las audiciones en su cascado SUV, en el que no siempre funcionaban los mecanismos de las puertas. Una vez tuvo que entrar por el maletero. Nos habló de su creciente carrera como emprendedora, de su blog sobre lifestyle, que tenía decenas de miles de seguidores. En su tiempo libre se dedicaba a proyectos filantrópicos, y ponía especial ahínco en los que tenían que ver con las causas en defensa de las mujeres.
Me sentía fascinado, me deleitaba con cada palabra mientras de fondo oía un suave rumor que decía: «Es perfecta, es perfecta, es perfecta».
Chels y Cress solían mencionar mi doble naturaleza, tipo doctor Jekyll y Mr. Hyde. En Botsuana era Spike el Feliz y en Londres, el tenso príncipe Harry. Nunca era capaz de conjugar las dos personalidades, y eso les preocupaba a ellas y me preocupaba a mí. Pero con esa mujer, pensé, sería capaz de conseguirlo. Sería Spike el Feliz para siempre.
Claro que Meg no me llamaba Spike. A esas alturas ya se había acostumbrado a llamarme Haz.
Cada instante de esa semana fue una revelación y una bendición. Y sin embargo cada instante a su vez nos acercaba más y más al desgarrador momento en que tendríamos que decirnos adiós. No había vuelta de hoja, Meghan tenía que regresar. Y yo tenía que volar a la capital, Gaborone, para reunirme con el presidente de Botsuana y comentar asuntos relativos a la conservación del territorio, tras lo cual me embarcaría en un viaje de chicos en tres etapas que teníamos planeado desde hacía varios meses.
Por mí lo cancelaría, le expliqué a Meg, pero mis amigos nunca me lo perdonarían.
Llegó el momento de la despedida, y Meg se echó a llorar.
—¿Cuándo volveré a verte?
—Pronto.
—Aun así falta mucho.
—Sí, falta mucho.
Teej la rodeó con el brazo y me prometió que la cuidaría bien hasta el momento de su vuelo, para el que faltaban varias horas.
Luego nos dimos un último beso. Y nos dijimos adiós con la mano.
Mike y yo nos montamos en su Land Cruiser blanco y nos dirigimos al aeropuerto de Maun, donde subimos a su pequeña avioneta y finalmente, aunque a mí se me partía el corazón, nos alejamos de allí.
8
Éramos once. Estaba Marko, por supuesto. Y Adi, claro. Y los dos Mikes. Y Brent, y Bidders, y David, y Jakie, y Skippy, y Viv. Toda la pandilla. Me reuní con ellos en Maun. Cargamos tres barcas plateadas de fondo plano y nos pusimos en marcha. Fueron días de flotar por las aguas, navegar sin rumbo, pescar y bailar. Por la noche armábamos mucho escándalo y nos portábamos mal. De día cocinábamos huevos fritos con beicon en la hoguera y nadábamos en las aguas frías. Yo tomaba cócteles campestres y cerveza africana, y consumía ciertas sustancias con control.
Cuando empezó a hacer calor de verdad, decidimos arrancar la moto de agua. Por suerte se me encendió la bombilla y me saqué el iPhone del bolsillo para guardarlo en el compartimento de la Jet Ski, tras lo cual me felicité por mi gran sensatez. Luego Adi se montó en la parte trasera de la moto, seguido por Jakie, que iba totalmente a su aire y hacía lo que le daba la gana.
Eso ya no era tan sensato.
Le pedí a Jakie que se bajara.
—Tres somos demasiados.
Pero no quiso escucharme. ¿Qué podía hacer yo?
Nos pusimos en marcha.
Surcamos las aguas de aquí para allá, riendo, tratando de sortear a los hipopótamos. Pasamos a toda pastilla junto a un banco de arena en el que un cocodrilo de tres metros dormitaba al sol. En el momento en que viraba con la moto hacia la izquierda, vi que el cocodrilo abría los ojos y se deslizaba dentro del agua.
Al cabo de unos instantes, a Adi se le voló el sombrero.
—¡Vuelve, vuelve! —exclamó.
Hice un cambio de sentido, lo cual no resultaba fácil con tres personas a bordo. Me acerqué adonde estaba el sombrero y Adi se estiró para recogerlo. Entonces Jakie también se estiró para ayudarlo. Los tres nos caímos al río.
Noté que se me resbalaban las gafas de sol de la cara y vi cómo se hundían en el agua. Me zambullí para buscarlas. En el momento en que salí para coger aire, me acordé del cocodrilo.
Vi que Adi y Jakie estaban pensando lo mismo. Entonces miré hacia la moto de agua. Estaba flotando, volcada. Mierda.
«¡Mi iPhone!».
«¡Con todas las fotos, y los números de teléfono!».
«¡Meg!».
La moto de agua quedó encallada en el banco de arena. La enderezamos y saqué el teléfono del compartimento donde lo había guardado. Había quedado empapado, inservible. ¡Con todas las fotos que Meg y yo nos habíamos hecho!
¡Y los mensajes!
Sabía que en esa escapada con mis colegas pasaría de todo, de modo que por precaución les había enviado unas cuantas fotos a Meg y a otros amigos antes de marcharme. Aun así, seguro que había perdido el resto.
Además, ¿cómo iba a ponerme en contacto con ella?
Adi me dijo que no me preocupara, que cubriríamos el teléfono con arroz y que eso era un remedio muy bueno para quitarle toda la humedad.
Horas más tarde, en cuanto estuvimos de vuelta en el campamento, fue lo primero que hicimos. Sumergimos el teléfono en un paquete entero de arroz blanco.
Me quedé mirando el paquete de arroz, incrédulo.
—¿Cuánto tiempo tiene que estar ahí?
—Un par de días.
—Ni hablar. Necesito solucionarlo ahora mismo.
Entonces Mike y yo trazamos un plan. Podía escribirle una carta a Meg, que él llevaría consigo a Maun. Teej haría una foto de la carta y se la mandaría a Meg en un SMS. (Tenía guardado el número de Meg en su móvil porque se lo di yo cuando fue a buscarla al aeropuerto).
Ahora solo me quedaba escribir esa carta.
El primer reto era encontrar un boli entre los objetos personales de semejante pandilla de ineptos.
—¿Alguien tiene un boli?
—¿Un qué?
—Un boli.
—¡Yo tengo una pluma de epinefrina!
—¡No! Un boli. ¡Un bolígrafo! ¡Mi reino por un bolígrafo!
«Oh, un bolígrafo. Guau».
Encontré uno en alguna parte. El siguiente reto era localizar un sitio donde escribir.
Me refugié debajo de un árbol.
Pensé. Miré al cielo. Escribí.
Hola, preciosa. Vale, me has pillado. No puedo dejar de pensar en ti y te echo de menos. Mucho. Se me ha caído el teléfono al río. (Icono de cara triste). Aparte de eso, lo estoy pasando en grande. Ojalá estuvieras aquí.
Mike se marchó con la carta en la mano.
Unos días más tarde pusimos fin a la etapa en barca del viaje de chicos y regresamos a Maun. Allí nos encontramos con Teej, que me tranquilizó de inmediato.
—Relájate, ya me ha contestado.
De modo que no había sido un sueño. Meg era real. Todo aquello era real.
Entre otras cosas, Meg me decía en su respuesta que se moría de ganas de hablar conmigo.
Con gran alegría, inicié la segunda etapa del viaje de chicos por la reserva de Moremi. En esa ocasión me llevé un teléfono satelital. Mientras los demás terminaban de cenar, busqué un claro y trepé al árbol más alto, ya que pensaba que allí la señal sería mejor.
Marqué el número de Meg, y ella contestó. De hecho, me atropelló con sus palabras antes de que yo pudiera abrir la boca.
—¡No debería decirte esto, pero te echo de menos!
—¡Yo tampoco debería decirte esto, pero también te echo de menos!
Y luego nos echamos a reír y nos quedamos escuchando la respiración del otro.
9
Al día siguiente, sentí una presión enorme al sentarme a escribir la segunda carta. Sufría un episodio grave del síndrome de bloqueo del escritor. No lograba encontrar las palabras para expresar mi entusiasmo, mi dicha, mi anhelo. Mis esperanzas.
Un posible recurso en ausencia de palabras bellas, según se me ocurrió, era conseguir que la carta fuera bella en sí misma.
Pero claro, no estaba en el lugar más apropiado para ponerme a hacer manualidades. Acabábamos de iniciar la tercera etapa del viaje de chicos: un trayecto de ocho horas en camioneta por el culo del mundo para contemplar la naturaleza salvaje.
¿Qué podía hacer?
Durante un descanso, me bajé de la camioneta y corrí a adentrarme en la maleza.
—Spike, ¿adónde vas?
No respondí.
—¿Qué le pasa?
En esos sitios no es nada recomendable andar sin saber dónde te metes. Estábamos en pleno territorio de leones. Pero yo estaba empeñado en encontrar… algo.
Avanzaba con dificultad, tropezaba y no veía nada más que una extensión infinita de hierba marrón.
«¿Acaso estamos en el puto desierto?».
Adi me había enseñado a buscar flores en el desierto. En relación con los espinos, él siempre decía que buscara en las ramas más altas. Y eso hice. Claro que sí: ¡bingo! Trepé al espino, cogí las flores y las guardé en una pequeña bolsa que llevaba colgada al hombro.
Más adelante en nuestro trayecto llegamos a un bosque de mopane, donde divisé dos lirios impala de un rosa vivo.
También los cogí.