En la sombra
Tercera parte » 87
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Al cabo de poco rato, había conseguido formar un pequeño ramillete.
Nos acercábamos a una zona de bosque calcinada a causa de los incendios recientes.
Entre el paisaje negruzco, divisé un interesante trozo de corteza de un árbol de plomo. Lo agarré y lo coloqué dentro de la bolsa.
Regresamos al campamento para la puesta de sol. Escribí la segunda carta, quemé un poco los bordes del papel, lo envolví con las flores y lo coloqué en el interior de la corteza de árbol chamuscada. Luego le hice una foto con el teléfono de Adi. Se la mandé a Meg y conté los segundos que pasaban antes de recibir su respuesta, con la firma «Tu chica».
Mediante la improvisación y la más absoluta determinación conseguí de alguna manera mantener un constante contacto con Meg durante todo el tiempo que duró el viaje de chicos. Cuando por fin regresé al Reino Unido, me sentía colmado por una sensación de éxito. No había permitido que nada, ni un aparato empapado, ni unos colegas borrachos, ni la falta de señal en el móvil, ni una decena de obstáculos más, arruinara el inicio de aquella preciosa…
¿Cómo llamarla?
Sentado en Nott Cott, rodeado de bolsas, miraba fijamente la pared mientras pensaba, perplejo: «¿Qué es esto? ¿Cuál es la palabra para describirlo?».
«Es…».
«¿La mujer de mi vida?».
«¿La he encontrado?».
«¿Por fin, después de tanto tiempo?».
Siempre había pensado que en las relaciones hay reglas estrictas, por lo menos en lo que respecta a la realeza, y la principal era que obligatoriamente debías salir con una mujer durante tres años antes de dar el paso definitivo. ¿De qué otro modo podías llegar a conocerla bien? ¿De qué otro modo podía ella conocerte bien, y conocer bien la vida de la realeza? ¿De qué otro modo podíais estar seguros de que era eso lo que queríais, de que seríais capaces de superar juntos los obstáculos?
No todo el mundo era apto para ello.
Pero Meg parecía la maravillosa excepción a esa regla. A todas las reglas. Tuve la sensación de que la conocía bien desde el primer momento, y ella me conocía a mí, al verdadero yo. Podía parecer insensato, pensé; podía parecer ilógico; pero era cierto. Por primera vez, de hecho, sentía que estaba viviendo acorde con la verdad.
10
No paraba de escribirle mensajes y llamarla por FaceTime. Aunque nos hallábamos a miles de kilómetros de distancia, en realidad nunca estábamos lejos. Me despertaba y le escribía. Al instante llegaba la respuesta. A continuación, mensajes y más mensajes. Luego, después de comer, llamada de FaceTime. Luego, por la tarde, otra vez mensajes y más mensajes. Y ya tarde, por la noche, una llamada de FaceTime maratoniana.
Y, aun así, no bastaba. Estábamos desesperados por volver a vernos. Nos reservamos los últimos días de agosto para encontrarnos de nuevo; faltaban unos diez días.
Convinimos en que lo mejor era que ella viniera a Londres.
El gran día, en cuanto llegó a la ciudad, me telefoneó en el mismo momento en que entraba en su habitación del Soho House.
—¡Ya estoy aquí! ¡Ven a verme!
—No puedo. Voy en coche.
—¿Qué haces?
—Una cosa para mi madre.
—¿Para tu madre? ¿Dónde?
—En Althorp.
—¿Qué es Althorp?
—Donde vive mi tío Charles.
Le dije que se lo explicaría más tarde. Aún no habíamos hablado de… todo eso.
Estaba bastante seguro de que no había buscado información sobre mí en Google, porque no paraba de hacerme preguntas. Parecía no saber casi nada, lo cual para mí era un soplo de aire fresco. Demostraba que no la impresionaba la vida de la realeza, lo que en mi opinión era el primer paso para sobrevivir a ella. Además, puesto que no había llevado a cabo un análisis demasiado exhaustivo de lo que decían los medios y la opinión pública, no tenía la cabeza llena de información falsa.
Después de que Willy y yo depositáramos las flores sobre la tumba de nuestra madre, regresamos juntos en coche a Londres. Telefoneé a Meg y le dije que estaba de camino. Intenté adoptar un tono despreocupado porque no quería delatarme ante Willy.
—El hotel tiene una entrada secreta —me comunicó ella—. Y luego encontrarás un montacargas.
Su amiga Vanessa, que trabajaba en el Soho House, me esperaría y me ayudaría a colarme dentro.
Todo salió según el plan. Después de encontrarme con su amiga y abrirme paso en una especie de laberinto por las entrañas del Soho House, me hallé por fin frente a la puerta de Meg.
Llamé con los nudillos y contuve la respiración mientras esperaba.
La puerta se abrió.
Esa sonrisa.
El cabello le cubría parcialmente los ojos, y estiraba los brazos hacia mí. Con un movimiento ágil, me atrajo hacia el interior de la habitación a la vez que daba las gracias a su amiga. A continuación cerró la puerta deprisa, antes de que nos viera alguien.
Quise proponerle que colgáramos una señal de «No molestar» en la puerta.
Pero creo que no tuvimos tiempo.
11
Por la mañana necesitábamos sustento, de modo que avisamos al servicio de habitaciones. Cuando llamaron a la puerta, miré alrededor, frenético, en busca de un sitio donde esconderme.
En la habitación no había nada. Ni vestidor, ni ropero, ni armario de ninguna clase.
Por eso opté por quedarme tumbado en la cama y taparme la cabeza con la colcha. Meg me susurró que me metiera en el baño, pero yo prefería mi escondite.
Por desgracia, el desayuno no nos lo sirvió un camarero cualquiera, nos lo trajo un ayudante de dirección del hotel que adoraba a Meg y a quien ella también adoraba, de manera que se puso a charlar con ella. No reparó en que la bandeja contenía dos desayunos. No reparó en las curvas abultadas de la colcha. Habló y habló, y la puso al corriente de todas las últimas noticias mientras yo, en mi guarida, empezaba a quedarme sin aire.
Di gracias por todo aquel tiempo que había practicado en el maletero del coche de policía de Billy.
Cuando por fin el hombre se marchó, me incorporé. Estaba sin aliento.
Y de tanto como nos reímos, pronto fuimos los dos quienes estábamos sin aliento.
Decidimos cenar esa noche en mi casa e invitar a algunos amigos. Pensábamos cocinar nosotros. Sería divertido, dijimos, pero eso significaba que antes teníamos que ir a comprar. En la nevera solo me quedaban uvas y pastelitos de carne.
—Podemos ir a Waitrose —propuse.
Debíamos descartar ir juntos, por supuesto, ya que nos arriesgábamos a que se armara un buen alboroto. De manera que trazamos un plan para ir a comprar los dos a la vez, en paralelo y con disimulo, sin dar muestras de que nos conocíamos.
Meg salió tres minutos antes que yo. Se había vestido con una camisa de franela, un abrigo acolchado y una boina, pero aun así me sorprendió que nadie la reconociera.
Muchos británicos veían Suits, sin duda, pero nadie se fijó. Yo, en cambio, la habría distinguido entre miles de personas.
A nadie le dio tampoco por mirar dos veces su carrito, donde llevaba las maletas y dos grandes bolsas del Soho House que contenían unas batas de boatiné que había comprado para ambos al marcharse del hotel.
Yo, protegido también por el anonimato, cogí una cesta y empecé a recorrer los pasillos del súper con aire despreocupado. Cuando estaba junto a las frutas y verduras vi pasar a Meg por mi lado, caminando tranquilamente. Bueno, más que caminar, se contoneaba. Con cierto descaro. Nos miramos, solo un instante, y enseguida volvimos la vista hacia otro lado.
Meg había recortado una receta de salmón asado de la revista Food & Wine y nos habíamos repartido los ingredientes en dos listas. Ella se estaba encargando de buscar una bandeja para el horno mientras yo me ocupaba de encontrar el papel sulfurizado.
Le envié un mensaje.
«¿Qué c… es el papel sulfurizado?».
Ella me respondió por el mismo medio.
«Lo tienes encima de tu cabeza».
Di media vuelta. La tenía a poca distancia, observándome desde detrás de un expositor.
Los dos nos echamos a reír.
Volví la vista hacia la estantería.
«¿Este?».
«No, el de al lado».
Nos partíamos de risa.
Cuando hubimos terminado con todo lo de la lista, pagué en la caja y luego le mandé un mensaje a Meg para concretar dónde nos encontraríamos.
«Al pie de la rampa del aparcamiento, debajo de la tienda, hay un coche con los cristales tintados».
Momentos después, con la compra bien guardada en el maletero y la Roca al volante, salimos del aparcamiento a todo gas en dirección a Nott Cott. Vi pasar la ciudad, las casas y la gente. «Estoy impaciente por que la conozcáis», pensé.
12
Me emocionaba recibir a Meg en mi casa, pero también sentía vergüenza. Nott Cott no era ningún palacio sino un añadido a un palacio; eso era lo mejor que podía decirse del sitio. La observé recorrer el camino de entrada y cruzar la valla blanca, y, para mi tranquilidad, no dio ninguna muestra de sentirse decepcionada ni dejó entrever la más mínima desilusión.
Hasta que entró. Entonces comentó que aquello parecía una residencia de estudiantes.
Eché un vistazo. No iba muy desencaminada.
La bandera británica en una esquina. (La misma que había ondeado en el Polo Norte). Una vieja escopeta sobre el mueble de la televisión. (Un regalo de Omán, tras una visita oficial). La consola Xbox.
—Solo es el sitio donde guardo mis cosas —le expliqué mientras trasladaba algunos papeles y unas cuantas prendas de vestir—. No vengo muy a menudo.
Además, lo habían construido para personas más bajitas, de una época anterior, de modo que las habitaciones eran diminutas y los techos tenían la altura de una casa de muñecas. La guie en una visita rápida que solo nos llevó treinta segundos.
—¡Cuidado con la cabeza!
No me había dado cuenta hasta ese momento de lo desgastados que estaban los muebles. El sofá era marrón, y el sillón puff era más marrón incluso. Meg se detuvo delante del sillón.
—Ya lo sé, ya lo sé.
Nuestros invitados a la cena fueron mi prima Euge; su novio, Jack, y mi amigo Charlie. El salmón quedó perfecto y todo el mundo alabó a Meg por sus dotes culinarias. También les encantaron sus historias. Querían saberlo todo sobre Suits. Y sobre sus viajes. Yo me sentí agradecido por su interés y su amabilidad.
Disfrutamos del vino tanto como de la compañía, y lo había en cantidad. Después de cenar nos trasladamos al saloncito, pusimos música, nos colocamos unos divertidos sombreros y bailamos. Conservo un vago recuerdo, además de un vídeo granuloso en el teléfono, sobre Charlie y yo rodando por el suelo mientras Meg, sentada cerca, se partía de risa.
Luego la emprendimos con el tequila.
Recuerdo a Euge abrazando a Meg como si fueran hermanas. Recuerdo a Charlie haciéndome una señal de aprobación con los pulgares hacia arriba. Recuerdo que pensé que si presentarla al resto de la familia resultaba igual de fácil, tendríamos el campo libre. Pero entonces me di cuenta de que Meg no se encontraba bien. Se quejaba de molestias en el estómago y se la veía terriblemente pálida.
«Vaya, tiene poco aguante», deduje.
Se fue a la cama. Yo, tras una última copa, despedí a los invitados y limpié un poco. Me acosté alrededor de medianoche y caí rendido, pero sobre las dos de la madrugada me desperté y la oí en el cuarto de baño, vomitando; pero vomitando de verdad, no por la bebida como yo había imaginado. Le ocurría algo.
Una intoxicación alimentaria.
Me confesó que al mediodía había comido calamares en un restaurante.
¡Calamares británicos! Misterio resuelto.
Desde el suelo, se dirigió a mí con un hilo de voz.
—Por favor, dime que no estás teniendo que sujetarme el pelo hacia atrás mientras vomito.
—Sí, sí que lo estoy haciendo.
Le acaricié la espalda y, finalmente, la acompañé a la cama. Muy débil y al borde de las lágrimas me dijo que había imaginado un final muy distinto para la cuarta cita.
—Para —la interrumpí—. ¿Cuidar el uno del otro? De eso se trata.
«El amor es eso», pensé, aunque conseguí guardarme las palabras para mí.
13
Justo antes de que Meg regresara a Canadá fuimos a los jardines de Frogmore a dar un paseo.
Fue de camino al aeropuerto.
Le dije que era uno de mis lugares favoritos. A ella también le gustó. Sobre todo, le encantaron los cisnes y, en especial, uno que parecía muy gruñón. (Le pusimos Steve). Le expliqué que la mayoría de los cisnes son gruñones. Majestuosos, pero amargados. Siempre me había preguntado si, ya que todos los cisnes de Gran Bretaña son propiedad de Su Majestad la reina, cualquier maltrato dirigido a ellos constituiría un delito.
Charlamos sobre Euge y Jack, a quienes Meg adoraba. Hablamos de su trabajo. Hablamos del mío. Pero, sobre todo, hablamos de nuestra relación, un tema tan inconmensurable que resultaba inagotable. Seguimos con la conversación cuando regresamos hasta el coche y fuimos al aeropuerto, y continuamos hablando en el aparcamiento, donde la dejé a escondidas. Acordamos que, si íbamos en serio con lo de darnos una oportunidad, una oportunidad de verdad, necesitábamos un auténtico plan. Lo que significaba, entre otras cosas, hacer un juramento de que nunca dejaríamos pasar más de dos semanas sin vernos.
Ambos habíamos tenido relaciones a distancia; siempre habían sido difíciles y, en parte, el motivo en todos los casos había sido la falta de un auténtico plan. El esfuerzo. Había que luchar a causa de la distancia, vencerla. Lo que suponía viajar. Viajar muchísimo.
El problema era que mis movimientos atraerían mucha más atención, más cobertura mediática. Los gobiernos debían ser alertados cuando yo cruzaba fronteras internacionales, había que notificarlo a la policía local. Todos mis guardaespaldas debían reorganizarse. Toda la carga, por tanto, recaería en Meg. Al principio, tendría que ser ella la que pasara horas en el avión, tendría que ser ella la que cruzara el océano de un lado para otro, mientras seguía trabajando a tiempo completo en Suits. Muchas veces, el coche que la recogía para llevarla al estudio llegaba a las cuatro y cuarto de la mañana.
No era justo que Meg cargara con todo el peso, pero ella quería hacerlo, eso dijo. No había otra salida, pensaba. La alternativa era no verme y eso no era viable. Ni soportable.
Por enésima vez desde el 1 de julio, sentí que el corazón se me salía del pecho.
Entonces volvimos a despedirnos.
—Nos vemos dentro de dos semanas.
—Dos semanas. Dios. Sí.
14
Poco después de ese día, Willy y Kate me invitaron a cenar.
Sabían que me pasaba algo y querían averiguar qué era.
No estaba seguro de estar listo para contárselo. De hecho, no sabía si contárselo a nadie precisamente en ese momento. Pero entonces, sentados en la sala donde tenían la tele, con los dos niños metidos ya en la cama, me pareció un momento adecuado.
Mencioné, como de pasada, que había… una nueva mujer en mi vida.
Ambos se abalanzaron hacia delante.
—¿Quién es?
—Os lo contaré, pero, por favor, por favor, necesito que ambos me guardéis el secreto.
—Sí, Harold, sí, sí… ¿Quién es?
—Es una actriz.
—¿Eh?
—Es estadounidense.
—Eh…
—Trabaja en una serie llamada Suits.
Se quedaron boquiabiertos. Se miraron entre sí.
Entonces Willy se volvió hacia mí.
—¡Venga ya! —me dijo.
—¿Qué?
—Ni hablar.
—¿Perdón?
—¡Es imposible!
Yo me sentí confuso hasta que Willy y Kate me explicaron que veían Suits a menudo; no, que en realidad eran devotos de la serie.
Genial, pensé riendo. Me había preocupado por el motivo equivocado. Todo ese tiempo había estado pensando que Willy y Kate no darían la bienvenida a Meg a la familia, pero en ese momento me preocupó que la acosaran para que les firmara un autógrafo.
Me bombardearon a preguntas. Les conté un poco sobre cómo nos conocimos, les conté lo de Botsuana, les conté lo de Waitrose, les conté que estaba muy pillado, pero, en general, seguí un guion previo. No quería desvelarles demasiado.
También les dije que estaba impaciente por que la conocieran, que tenía muchas ganas de que los cuatro pasáramos tiempo juntos y les confesé, por enésima vez, que ese había sido mi sueño durante mucho tiempo: estar en compañía de ambos con mi propia pareja. Para convertirnos en un cuarteto. Se lo había dicho a Willy infinidad de veces.
—Puede que no ocurra, Harold. Y tendrás que conformarte —me decía siempre.
Bueno, pues en ese momento yo sentía que sí iba a ocurrir y se lo dije, pero él insistió en bajarme los ánimos.
—Al fin y al cabo, es una actriz estadounidense, Harold. Podría ocurrir cualquier cosa.
Asentí en silencio, un tanto herido. Luego los abracé a Kate y a él y me marché.
15
Meg regresó a Londres una semana después.
Era octubre de 2016.
Comimos con Marko y su familia y se la presenté a otros amigos íntimos. Todo bien. A todo el mundo le encantó.
Envalentonado, pensé que era un buen momento para presentársela a mi familia.
Ella estuvo de acuerdo.
Primera parada, Royal Lodge. Para encontrarnos con Fergie, porque Meg ya conocía a su hija, Euge, y a Jack, y parecía lo más lógico empezar por ese pequeño pasito. Pero, cuando nos acercábamos a Royal Lodge, recibí un mensaje en el móvil.
Mi abuela estaba allí.
Se había presentado por sorpresa.
A la salida de la iglesia, de regreso al castillo.
—¡Qué bien! —dijo Meg—. Me encantan las abuelas.
Le pregunté si sabía cómo hacerle la reverencia. Ella me dijo que creía que sí. Aunque no sabía muy bien si yo hablaba en serio.
—Estás a punto de conocer a la reina.
—Ya lo sé, pero es tu abuela.
—Sí, pero es la reina.
Entramos por el camino con el coche, cruzamos el espacio de grava, aparcamos junto al gran seto cuadriculado.
Fergie salió, un tanto acelerada.
—¿Sabes cómo hacerle la reverencia? —preguntó a Meg.
Ella negó con la cabeza.
Fergie se lo enseñó una vez. Meg la imitó.
No había tiempo para un tutorial más detallado. No podíamos tener a mi abuela esperando.
Mientras caminábamos hacia la puerta, Fergie y yo nos acercamos a Meg para susurrarle un par de detalles de última hora.
—Cuando te dirijas a ella por primera vez, la llamas «Su Majestad». A partir de ahí, solo es «señora». Que rima con «ahora».
—Hagas lo que hagas, no la pises al hablar —le dijimos ambos, pisándonos al hablar.
Entramos en la enorme sala de estar que da a la fachada de la casa y allí estaba ella. Mi abuela. La monarca. La reina Isabel II. De pie, en el centro de la estancia. Se volvió ligeramente. Meg avanzó directamente hacia ella y realizó una profunda y perfecta reverencia.
—Su Majestad. Es un placer conocerla.
Euge y Jack estaban cerca de mi abuela y casi pareció que fingían no conocer a Meg. Estaban muy callados, muy correctos. Cada uno dio un rápido beso en la mejilla a Meg, pero fue un gesto digno de la realeza. Puramente británico.
Había un tío del otro lado de mi abuela y pensé: «Aeronave no identificada a las doce». Meg me miró buscando alguna pista sobre la identidad del tipo, pero no podía ayudarla; nunca lo había visto. Euge me susurró al oído que era un amigo de su madre. Ah, vale. Lo miré detenidamente: «Genial. Felicidades por estar presente en uno de los momentos más trascendentales de mi vida».
Mi abuela iba vestida para ir a misa: un vestido de color llamativo y sombrero a juego. No puedo recordar el color, ojalá pudiera, pero era intenso. Elegante. Me di cuenta de que Meg lamentaba ir con sus vaqueros y su jersey negro.
Yo también lamenté llevar los pantalones zarrapastrosos. Sentí ganas de decirle a mi abuela que no lo habíamos planeado, pero ella ya estaba ocupada preguntando sobre la visita de Meg.
—Ha sido genial —dijimos—. Maravillosa.
Le preguntamos a ella por el oficio religioso.
—Encantador.
Era todo muy agradable. Mi abuela incluso le preguntó a Meg qué opinión le merecía Donald Trump. (Esto ocurrió justo antes de las elecciones de noviembre de 2016, y todo el mundo pensaba y hablaba sobre el candidato republicano). Meg opinaba que la política era un asunto en el que nadie salía ganando, por eso cambió de tema y pasó a hablar de Canadá.
Mi abuela entrecerró los ojos.
—Creía que eras estadounidense.
—Sí lo soy, pero llevo siete años viviendo en Canadá, por trabajo.
Mi abuela parecía encantada. Un miembro de la Commonwealth. Bien, muy bien.
Pasados veinte minutos, mi abuela anunció que tenía que irse. Mi tío Andrés, sentado a su lado, cogió el bolso de mi abuela y empezó a acompañarla hasta la salida. Euge también fue con ella. Antes de llegar a la puerta, mi abuela se volvió para despedirse de Jack y del amigo de Fergie.
Miró fijamente a Meg, se despidió con la mano y una cálida sonrisa.
—Adiós.
—Adiós, encantada de conocerla, señora —y Meg repitió la reverencia.
Todos volvimos enseguida a la sala en cuanto mi abuela se hubo alejado en el coche. La atmósfera había cambiado por completo. Euge y Jack volvían a ser los de siempre y alguien sugirió tomar algo de beber.
Sí, por favor.
Todos felicitaron a Meg por su reverencia. ¡Fue genial! ¡Tan perfecta!
Pasado un rato, Meg me preguntó algo sobre el ayudante de la reina. Le pregunté a quién se refería.
—A ese hombre que le llevaba el bolso. Ese hombre que la ha acompañado hasta la puerta.
—Ese no era su ayudante.
—¿Y quién era?
—Ese era su segundo hijo. Andrés.
Estaba claro que no nos había buscado en Google.
16
El siguiente fue Willy. Sabía que me mataría si dejaba pasar un minuto más. Así que Meg y yo nos dejamos caer por su casa una tarde, poco antes de que él y yo tuviéramos que partir a una salida de caza. Cuando nos dirigíamos hacia su residencia, la conocida como apartamento 1A, tras pasar bajo el enorme arco, mientras cruzaba el patio, me sentía más nervioso que justo antes de encontrarme con mi abuela.
Me pregunté por qué.
Pero no se me ocurrió ninguna razón.
Subimos la escalinata de peldaños de piedra gris, tocamos al timbre.
No hubo respuesta.
Tras un tiempo de espera, la puerta se abrió y ahí estaba mi hermano mayor, un tanto elegante para la ocasión. Pantalones bonitos, camisa bonita y el cuello desabrochado. Le presenté a Meg, quien se adelantó y le dio un abrazo, cosa que dejó pasmado a Willy.
Mi hermano retrocedió.
Willy no abrazaba a muchos desconocidos. Mientras que Meg abrazaba a la mayoría de los desconocidos. El momento fue el típico choque cultural, Estados Unidos/Reino Unido, lo que me pareció tan divertido como encantador. Más adelante, no obstante, me pregunté si habría algo más. A lo mejor Willy esperaba que Meg lo saludara con una reverencia. Habría sido la norma de protocolo al conocer a un miembro de la familia real, pero ella no lo sabía, y yo no se lo había dicho. Cuando conoció a mi abuela, yo lo había dejado claro: era la reina. Pero cuando conoció a mi hermano, él era simplemente Willy, a quien le encantaba Suits.
En cualquier caso, él lo superó. Intercambió un par de palabras amables con Meg, justo cuando ella entró en el vestíbulo de baldosas a cuadros blancos y negros. Entonces nos interrumpió el spaniel de mi hermano, Lupo, ladrando como si fuéramos ladrones. Willy hizo callar al perro.
—¿Dónde está Kate?
—Fuera, con los niños.
—Vaya, qué lástima. Bueno, para la próxima.
Y llegó la hora de despedirse. Willy tenía que terminar de hacer el equipaje y ambos debíamos irnos. Meg me dio un beso, nos deseó que nos divirtiéramos en nuestro fin de semana de caza y se marchó para pasar su primera noche a solas en Nott Cott.
Durante los días siguientes no pude dejar de hablar de Meg. Ahora que la abuela y ella ya se habían conocido, ahora que Willy y ella ya se habían conocido, que ya no era un secreto para mi familia, tenía muchas cosas que decir. Mi hermano escuchaba, atento, siempre sonriendo con contención. Aburrido de oír a alguien enamorado hablar sin parar, lo sé, pero es que no podía evitarlo.
A favor de mi hermano debo decir que no se burló ni me dijo que cerrara el pico. Todo lo contrario: dijo lo que yo esperaba que dijera, lo que incluso necesitaba que dijera.
—Me alegro mucho por ti, Harold.
17
Pasadas unas semanas, Meg y yo cruzábamos con el coche la entrada en dirección a los suntuosos jardines de Clarence House, que la dejaron asombrada.
—Deberías verlos en primavera. Los diseñó mi padre personalmente. En honor a Gan-Gan, ya sabes —añadí—. Ella vivió aquí antes que él.
Ya le había hablado a Meg de Gan-Gan. También le había contado que viví en Clarence House desde los diecinueve hasta los veintiocho años. Cuando me marché de allí, Camila convirtió mi habitación en su vestidor. Intenté no sentirme afectado. Pero sí que me afectó la primera vez que lo vi.
Nos detuvimos un rato delante de la puerta de entrada. Las cinco en punto, ni un minuto más ni uno menos. No habría estado bien llegar tarde.
Meg estaba preciosa y se lo dije. Llevaba un vestido largo blanco y negro, con estampado floral, y cuando le puse la mano en la espalda noté el delicado tacto de la tela. Llevaba el pelo suelto, porque yo se lo había sugerido.
—A mi padre le gustan las mujeres con el pelo suelto.
Y a mi abuela también. A menudo había hablado de la «preciosa melena de Kate».
Meg llevaba poco maquillaje, algo que también le había sugerido. A mi padre no le gustaba que las mujeres se maquillaran demasiado.
La puerta se abrió y nos recibió el mayordomo gurka de mi padre. Y Leslie, su eterno jefe de mayordomos, quien también había trabajado para Gan-Gan. Nos condujeron por el largo pasillo, pasando junto a los enormes cuadros y los espejos de elegantes marcos, pisando la moqueta carmesí con el rodapié del mismo color, junto a la enorme vitrina de cristal llena de reluciente porcelana y exquisitas reliquias familiares; subimos la crujiente escalera, por la que se ascendía tres escalones antes de girar a la derecha, subir otros doce escalones y volver a girar a la derecha. Allí, por fin, en el rellano que quedaba por encima de nosotros, se encontraba mi padre.
Y, junto a él, estaba Camila.
Meg y yo habíamos ensayado ese momento varias veces.
—Para mi padre, una reverencia. Tienes que tratarlo de «alteza real» o «señor». A lo mejor puedes darle un beso en ambas mejillas si se acerca a ti; si no, estréchale la mano. En el caso de Camila, nada de reverencias. No es necesario, basta con un beso fugaz o con estrecharle la mano.
—¿Nada de reverencias? ¿Seguro?
No me parecía apropiado.
Todos entramos en una amplia sala de estar. De camino, mi padre preguntó a Meg si era verdad, como le habían dicho, que era la protagonista de un culebrón estadounidense. Ella sonrió. Yo sonreí. Me moría por decir: «¿Un culebrón? No, eso es nuestra familia, papá».
Meg le contó que estaba en una serie de una plataforma privada que emitían por las noches. Sobre abogados. Que se titulaba Suits.
—Maravilloso —dijo mi padre—. ¡Espléndido!
Nos sentamos a una mesa redonda cubierta por un mantel blanco. Junto a ella había un carrito para el té con: pastel de miel, barritas de avena, sándwiches, crumpets calientes, galletas saladas con algún untable cremoso y albahaca fresca picada por encima, lo que más le gustaba a mi padre. Todo dispuesto pulcramente. Mi padre estaba sentado dando la espalda a una ventana abierta, tan lejos como era posible del fuego chisporroteante. Camila estaba sentada frente a él, de espaldas al fuego. Meg y yo estábamos sentados entre ambos, uno frente al otro.
Yo devoré un crumpet con Marmite; Meg se tomó dos sándwiches de salmón ahumado. Estábamos hambrientos. Habíamos estado todo el día tan nerviosos que no habíamos comido.
Mi padre le ofreció a Meg unas barritas de avena. A ella le encantaron.
Camila le preguntó cómo le gustaba el té, muy negro o más aguado, y Meg se disculpó por no saberlo. «Yo pensaba que el té era solo té». Esto inició una acalorada discusión sobre el té, el vino y otras libaciones, y las costumbres británicas frente a las estadounidenses, y luego nos adentramos en el tema más amplio de «cosas que nos gustan a todos», que derivó automáticamente en una conversación sobre perros. Meg habló de sus dos «bebés peludos», Bogart y Guy, ambos rescatados. Guy tenía una historia especialmente triste. Meg lo encontró en una perrera de Kentucky donde exterminaban a los animales, alguien lo había abandonado en medio del bosque, sin agua ni comida. Los beagles, según explicó, eran abandonados en Kentucky más que en cualquier otro estado, y cuando vio a Guy en la web del refugio se enamoró al instante.
Me fijé en que la expresión de Camila se ensombrecía. Era madrina del refugio para animales Battersea Dogs & Cats Home, así que esa clase de historias siempre le afectaban muchísimo. A mi padre también. No podía soportar pensar en el sufrimiento de ningún animal. Sin duda, se acordaba de su querido perro, Pooh, que se perdió en el coto de caza de Escocia —seguramente al adentrarse en una madriguera de conejos— y no se le volvió a ver jamás.
La conversación fluía con facilidad, los cuatro hablábamos al mismo tiempo, pero entonces mi padre y Meg empezaron una charla en voz baja, y yo me volví hacia Camila, quien parecía más interesada en intentar pillar algo de lo que decían los otros dos comensales que en hablar con su hijastro, pero, mala suerte: estaba atrapada conmigo.
No tardamos en cambiar de interlocutores. Me pareció curioso que estuviéramos observando, de forma instintiva, el mismo protocolo que seguiríamos en una cena de Estado con mi abuela.
Al final, la conversación volvió a abrirse para incluirnos a todos. Hablamos sobre interpretación y el mundo del arte en general. Mi padre opinó que debía de ser muy duro abrirse camino en un negocio así. Tenía muchas preguntas sobre la trayectoria de Meg y pareció impresionado por la forma en que ella respondía. Le impactó la seguridad con la que hablaba, creo que su inteligencia lo pilló por sorpresa.
Entonces se nos acabó el tiempo. Mi padre y Camila tenían otro compromiso. La vida de la realeza. Muy reglamentada, con exceso de compromisos, etcétera.
Me anoté mentalmente explicárselo más adelante a Meg.
Todos nos levantamos. Meg se acercó a mi padre. Yo me estremecí; al igual que Willy, mi padre no era de los que abrazan. Gracias a Dios, ella se limitó a despedirse a la manera británica de rigor, dándole un beso al aire en sendas mejillas, lo que a él pareció encantarle.
Guie a Meg hasta la salida de Clarence House y los exuberantes y perfumados jardines, sintiéndome exultante.
«Bueno, pues ya está —pensé—. Bienvenida a la familia».
18
Volé a Toronto a finales de octubre de 2016. Meg estaba emocionada por mostrarme su vida, sus perros, su casita, que adoraba. Y yo estaba deseando verlo todo, conocer hasta el último detalle sobre ella. (Aunque ya me había escapado de incógnito a Canadá una vez, muy brevemente, esa iba a ser mi primera visita en condiciones). Paseamos a los perros por grandes y abiertos barrancos y parques. Exploramos los recovecos y rincones del vecindario. Toronto no era Londres, pero tampoco Botsuana. Así que nos dijimos que debíamos andar siempre con cautela. Mantener la burbuja. Seguir llevando disfraces.
Hablando de disfraces. Invitamos a Euge y a Jack a pasar Halloween con nosotros. Y al mejor amigo de Meg, Markus. El Soho House de Toronto celebraba una gran fiesta y el tema era «El Apocalipsis». Había que vestirse adecuadamente.
Le conté a Meg que no había tenido muy buena suerte en las fiestas de disfraces con temática, pero les daría otra oportunidad. Buscando ayuda para el disfraz, recurrí a un amigo, el actor Tom Hardy, antes de viajar a Canadá. Lo llamé y le pregunté si podía prestarme su vestuario de la película Mad Max.
—¿Con todo?
—¡Sí, por favor, tío! ¡Todo el conjunto!
Me lo entregó entero antes de partir desde Reino Unido y, ya en Toronto, estaba probándomelo en el pequeño lavabo de Meg. Cuando salí, ella se partió de la risa.
Resultaba divertido y daba un poco de miedo. Pero lo principal era que estaba irreconocible.
Meg, por su parte, llevaba unos shorts rotos de color negro, un top de camuflaje y medias de rejilla. Si eso era el Apocalipsis, bienvenido fuera el fin del mundo.
La fiesta fue ruidosa, oscura, ebria… Ideal. Varias personas miraron dos veces a Meghan mientras ella pasaba de una estancia a otra, pero nadie volvía a mirar a su distópico acompañante. Deseé poder llevar ese disfraz a diario. Deseé poder volver a utilizarlo al día siguiente e ir a visitarla al plató de Suits.
Aunque, pensándolo bien, mejor que no. Había cometido el error de buscar en Google y ver algunas de sus escenas amorosas en internet. La había visto a ella y a un compañero de rodaje enrollándose en una especie de despacho o sala de reuniones… Me haría falta tratamiento por electrochoque para quitarme esas imágenes de la mente. No necesitaba verlas en directo. De todas formas, el tema era irrelevante: al día siguiente sería domingo y ella no tenía que ir a trabajar.
Y luego todo fue irrelevante, todo cambió para siempre, porque al día siguiente fue cuando la noticia de nuestra relación se hizo pública.
Bueno, nos dijimos, mirando con ansiedad nuestros móviles, al final iba a ocurrir de todas formas.
De hecho, ya nos habían adelantado que era probable que ocurriera ese día. Nos habían dado el soplo, antes de salir hacia nuestro Apocalipsis de Halloween, de que se avecinaba otro Apocalipsis. Más pruebas del retorcido sentido del humor del universo.
—Meg, ¿estás lista para lo que nos espera?
—Más o menos. ¿Y tú?
—Sí.
Estábamos sentados en su sofá, momentos antes de que yo partiera hacia el aeropuerto.
—¿Estás asustada?
—Sí. No. Puede.
—Nos van a perseguir. No pasarán ni dos días.
—Me comportaré como si estuviéramos en la sabana.
Me recordó lo que le había dicho en Botsuana, cuando los leones estaban rugiendo.
«Confía en mí. No dejaré que te pase nada».
Me dijo que entonces me había creído. Y que me creía también en ese momento.
Cuando toqué tierra en Heathrow, la historia estaba… ¿apagándose?
No estaba nada confirmado, y no había fotos, así que no había nada con que echar leña al fuego.
¿Un alivio momentáneo? Puede que sí, pensé, todo irá bien.
De eso nada. Era la calma antes de la tormenta de mierda.
19
Durante esas primeras horas y días de noviembre de 2016 sufría un nuevo bajón cada pocos minutos. Me sentía impactado y me reprendía por sentirme así. Y por no estar mentalizado. Me había preparado para la locura habitual, para las calumnias de siempre, pero no había previsto ese nivel de mentiras sin límite.
Ante todo, no me había preparado para el racismo. Ni para el racismo soterrado, ni para el racismo evidente, vulgar y escupido a la cara.
El Daily Mail fue el primero. Su titular: «La novia de Harry ha salido (casi) directamente de Compton» y el subtítulo: «Descubrimos la casa de la madre en un barrio tomado por la lucha de bandas; ¿irá el novio a tomar el té?».
Otra publicación sensacionalista saltó al cuadrilátero con su escandaloso: «¿Se casará Harry con la realeza pandillera?».
No daba crédito. Se me heló la sangre. Estaba furioso, aunque sentía algo peor: vergüenza. ¿Mi madre patria? ¿Actuando así? ¿Con ella? ¿Con nosotros? ¿En serio?
Como si ese titular no fuera suficiente desgracia, el Mail siguió en su línea y afirmó que Compton había sido escenario de cuarenta y siete crímenes solo durante la semana anterior. Cuarenta y siete, ¡madre mía! Daba igual que Meg jamás hubiera vivido en Compton, ni siquiera cerca de allí. Había vivido a media hora de distancia, tan lejos del mentado barrio como el palacio de Buckingham del castillo de Windsor. Pero olvidemos eso: si efectivamente hubiera vivido allí, ya fuera hacía años o en la actualidad, ¿qué problema había? ¿A quién le importaba cuántos crímenes se habían cometido en Compton o en cualquier otro lugar, mientras no hubiera sido Meg quien los hubiera cometido?
Un día o dos después, el Mail volvió a la carga, esta vez con un artículo escrito por la hermana del antiguo alcalde de Londres, Boris Johnson, prediciendo que Meg haría algo… desde un punto de vista genético… a la familia real. «Si es cierta su supuesta unión con el príncipe Harry, los Windsor enriquecerán su aguada sangre azul, la pálida piel de los Spencer y el cabello pelirrojo con algún ADN contundente y exótico».
La hermana de Johnson también decía que la madre de Meg, Doria, era de «la parte mala del barrio» y como prueba irrefutable mencionaba las rastas de Doria. Esa basura estaba publicándose para que la leyeran tres millones de británicos, sobre Doria, la encantadora Doria, nacida en Cleveland, Ohio, graduada en el instituto de Fairfax, en una zona de Los Ángeles de clase media hasta la médula.
The Telegraph entró en la pugna con un artículo ligeramente menos repugnante, pero igual de desquiciado, en el que el articulista analizaba, desde todos los ángulos, la candente cuestión de si yo tenía o no el derecho legal de casarme con una (¡horror!) divorciada.
Dios, ya estaban rebuscando en su pasado y analizando su primer matrimonio.
Daba igual que mi padre, un divorciado, estuviera casado en ese momento con una divorciada, o que mi tía, la princesa Ana, se hubiera vuelto a casar tras divorciarse; la lista continuaba. En 2016, la prensa británica consideró que el divorcio equivalía a una letra escarlata.
A continuación, The Sun indagó en las redes sociales de Meg y descubrió una antigua foto de ella con un amigo y jugador profesional de hockey, y generó un elaborado bulo sobre la tórrida relación entre Meg y el deportista. Le pregunté sobre ello.
—No, él salía con una amiga mía. Yo los presenté.
Así que le pedí al abogado de la Casa Real que contactara con ese periódico y les dijera que la historia era totalmente falsa y difamatoria, y que debían retirarla de la publicación de inmediato.
La respuesta del periódico fue la indiferencia y hacernos la peineta.
—Están siendo muy temerarios —les dijo el abogado a los editores.
—¡Qué cansino! —respondieron ellos.
Ya sabíamos de buena tinta que los periódicos habían puesto detectives privados tras el rastro de Meg, y el de todos los de su círculo, de su vida e incluso el de muchas personas que no estaban en su vida, por eso sabíamos que eran expertos en su pasado y en sus novios. Eran «Mególogos»: sabían más sobre Meg que nadie en el mundo, salvo Meg, y por eso sabían que todo lo que habían publicado sobre ella y el jugador de hockey era basura humeante. Pero siguieron respondiendo a las continuas advertencias del abogado de la Casa Real con la misma omisión de respuesta, que se resumía en una provocación burlona: «Nos. Da. Igual».
Me reuní con el abogado en un intento de averiguar cómo proteger a Meg de ese ataque y de todos los demás. Me pasaba gran parte de los días, desde el momento en que abría los ojos hasta bien pasada la medianoche, tratando de detenerlo.
No paraba de decirle al abogado que los demandara, una y otra vez. Él me explicaba, una y otra vez, que la demanda era lo que querían los periódicos. Estaban deseando que los demandara, porque, si lo hacía, eso confirmaría la relación, y entonces podrían tirar la casa por la ventana.
Estaba loco de rabia. Y de culpa. Había infectado a Meg, y a su madre, con mi enfermedad contagiosa, también conocida como «mi vida». Le había prometido que la cuidaría y ya la había defraudado en medio de ese peligro.
Cuando no estaba con el abogado, estaba con el responsable de comunicación de la Casa Real de Kensington, Jason. Era muy inteligente, aunque, en mi opinión, se mostraba un tanto despreocupado con toda la crisis desatada. Me urgió a no hacer nada: «No lograría más que alimentar a la bestia. El silencio es la mejor opción».
Pero el silencio no era una opción. De todas las opciones, el silencio era la menos deseable, la menos defendible. No podíamos dejar sin más que la prensa siguiera haciéndole eso a Meg.
Incluso después de haber convencido al abogado de que debíamos hacer algo, decir algo, cualquier cosa, la Casa Real dijo que no. El personal de la Casa Real se negaba en redondo. No podía hacerse nada, decían. Y, por tanto, no se haría nada.
Lo acepté como la última palabra. Hasta que leí un artículo del Huffington Post. La articulista decía que la tibia reacción de los británicos ante ese estallido de racismo era de esperar, ya que eran los herederos de colonialistas racistas. Sin embargo, lo que resultaba realmente «imperdonable», aseguraba, era mi silencio.
El mío.
Enseñé el artículo a Jason, y le dije que necesitábamos una corrección de rumbo inmediata. Se acabaron los debates y las discusiones. Necesitábamos hacer una declaración pública.
Un día después, ya teníamos un borrador. Consistente, preciso, airado, honesto. No creí que fuera el fin, pero, quizá, sí el principio del fin.
Lo leí una última vez y le pedí a Jason que lo propagara.
20
Horas antes de que la declaración se hiciera pública, Meg estaba viajando para venir a verme. Fue en coche hasta el aeropuerto internacional Pearson de Toronto con los paparazzi persiguiéndola, y se abrió paso cuidadosamente entre la multitud de viajeros, sintiéndose nerviosa, expuesta. La sala de embarque estaba llena, así que un asistente de Air Canada se apiadó de ella y la ocultó en un cuarto apartado. Incluso le llevó una bandeja de comida.
En el momento en que aterrizó en Heathrow, mi declaración pública ya estaba en todas partes. Y no había cambiado nada. El ataque violento continuaba.
De hecho, mi declaración generó un nuevo tipo de ataque: el protagonizado por mi familia. Mi padre y Willy estaban furiosos. Me echaron la bronca. Mi declaración los hacía quedar mal, dijeron ambos.
¿Por qué narices?
Porque ellos jamás habían hecho una declaración para defender a sus novias o esposas cuando fueron ellas las acosadas.
La visita que Meg me hizo en esa ocasión no fue como las anteriores, sino todo lo contrario. En lugar de pasear por los jardines de Frogmore, o sentarnos en mi cocina para soñar juntos sobre el futuro o ir conociéndonos mejor, estábamos estresados, reuniéndonos con abogados, buscando maneras de combatir aquella locura.