El primer lienzo
Lugar desconocido. Javier
Página 49 de 57
Lugar desconocido. Javier
El dolor que crece en mi cabeza hace que tome consciencia una vez más. Ya no consigo discernir entre la realidad y la imaginación. No sé si tengo los ojos abiertos o cerrados. Si estoy despierto o dormido. Si vivo o ya he muerto.
Dicen que mientras duele es que sigues vivo, y ahora mismo siento un dolor tremendo por todo el cuerpo. Eso debe de significar que todavía no he muerto. Pero queda poco, sé que queda poco. Mi cuerpo tiembla cada vez que intento respirar y mi cabeza parece que vaya a estallar en cualquier momento.
No puedo continuar.
Apenas consigo respirar con normalidad y los susurros son cada vez más intensos en mi cabeza. He vuelto a oírlo. En mi cabeza está siempre. Cada vez que despierto y el dolor vuelve a ser una parte de mí, su voz me ataca con fiereza. Esa voz grave e insidiosa.
Siento que voy a desmallarme una vez más. Esta vez apenas he llegado a contar hasta cincuenta. Cada vez pierdo el control mucho más rápido. ¿Será esta la última vez?
Solo sé que algo me distrae antes de volver a hundirme en mis recuerdos. Esos que también me han abandonado en las últimas recaídas.
Ahora es distinto.
Un ligero susurro de aire fresco acaricia mi cuello y hace que su voz resurja en mi cabeza. Intento gritar, pero mi boca reseca no lanza sonido alguno. Es cuando decido rendirme que el momento de nuestra última conversación vuelve a mi cabeza. Justo antes de que todo lo demás desaparezca.
—No sé cuánto tiempo pasará aquí, inspector, así que voy a hacer un pequeño agujero en el techo, uno a este lado y otro afuera. No me gustaría que se quedara sin oxígeno.
El Bosco comienza a romper el techo de yeso. En un par de golpes siento cómo pequeños trozos duros arañan mis piernas inmóviles.
—Todavía no me has dicho tu plan.
—¿Necesita saberlo? ¿No es mejor vivir en la ignorancia?
—La ignorancia hace que te vuelvas confiado, y nunca he sido una persona confiada. No me fio ni del tipo que me mira cuando me lavo los dientes —respondo con ironía.
Aunque no puedo verlo, siento su sonrisa afilada. Oigo cómo escupe el aire que le sobra de los pulmones en forma de risa suave.
—Buena observación. Pero la información es muy relativa. Usted siempre recibirá tantas versiones como personas te las cuenten. Y siempre acabará creyendo a la persona con la que tenga mayor afinidad. Por eso la información está sobrevalorada. Porque solo sirve para aplacar el sentimiento de vacío que crea en nosotros el desconcierto.
—¿Me vas a decir cuál es tu plan? —insisto, cansado de su diarrea dialéctica.
Él no responde. Se guarda unos segundos mientras sigue haciendo algo. Oigo un ruido seco, como si estuviera trabajando con herramientas. Cuando el sonido se detiene, su voz vuelve a resurgir.
—Mi plan siempre fue el mismo, inspector. Lo único es que ustedes jamás supieron identificarlo.
Mi mente se nubla por un momento. Recuerdo su última llamada cuando todo terminó. Cuando cerramos el caso de El Bosco, pero él no sintió que hubiera acabado.
—Es decir, que llevas planeando esto desde antes de que te capturáramos. ¿Es eso?
—Muy hábil. Llevo planeando esto desde hace años, querido amigo. Desde antes incluso de que usted supiera que íbamos a encontrarnos.
—Lo sé, lo sé. Recuerdo tus historietas de lo del círculo. ¿Lo que me gustaría saber es qué se te ha ocurrido ahora?
De nuevo oigo su risa aflojada. Siento su mirada sobre mí.
—¿Ahora? Inspector, aunque crea que todo esto es por usted, esta vez siento desilusionarlo. Es cierto que, cuando llevamos a cabo el plan de Mateo, su papel fue fundamental. Tanto que incluso yo llegué a dudar de mis propósitos. Hubo un momento en que pensé que realmente era una causa divina y Mateo tenía razón. Que toda la tragedia que sacudía su vida era debido a su pasado. Pero vivimos en un mundo de coincidencias y tal vez muchas de ellas pudieron ser provocadas. A veces creemos que las coincidencias son las que nos llevan a ciertos lugares, sin entender que somos nosotros los que provocamos esas extrañas situaciones.
—¿Quieres decir que tú hiciste todo?
—Para nada. Yo me limité a estudiarlos. Los estudié desde el primer día. Inspector, la obra que están a punto de presenciar se ideó hace décadas. Y, justo mientras preparé esto, apareció, como por arte de magia, la figura de Mateo. Su papel fue clave para llegar hasta aquí. Su cometido era especial y, a pesar de estar realmente loco, cumplió como se esperaba de él.
—Al grano, no tengo todo el día.
Esta vez, El Bosco ríe con verdadero descaro ante mi ironía burlona.
—Solo tiene que saber que mi plan no te incluyó jamás. Fuiste una pieza más que apareció de la nada. Eso sí, una pieza clave. Sin ti, Mateo jamás habría accedido a cumplir con mi obra.
Mi cuerpo se tensa al oír eso. ¿Una pieza más?
—¿Qué quieres decir?
—Es simple. Mi objetivo principal jamás fue usted, inspector.
—Entonces ¿por qué me tienes aquí? ¿Por qué no me matas de una puta vez?
—Porque su destino lo decidirán sus compañeros. Permítame recordar otra frase de mi querido libro.
—Vete a la mierda.
—¿Sabe algo? Yo leo siempre que puedo. Y siempre me quedo con alguna frase del libro que tengo en las manos. ¿Quiere entender por qué está aquí? —pregunta con naturalidad.
No contesto. No pienso responder más hasta que sea claro; conciso. Él parece darse cuenta de mi silencio, por lo que continúa.
—Si hubiese leído El arte de la guerra sabría por qué no lo mato. Hay un par de frases que pueden servir. Una de ellas dice que, si utilizas al enemigo para vencer al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas.
—Vamos, que soy tu comodín —espeto en un acto impulsivo.
—Podría decirse, pero no. No es un comodín. Está ahí porque tiene que estar. Porque es necesario.
—Entonces, según tus palabras. ¿Quién es tu enemigo?
Su risa es la última respuesta que recibo. Tras eso, de nuevo penumbra absoluta. Silencio demoledor.