El primer lienzo
17 de marzo de 2018, 16:01. Valencia
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17 de marzo de 2018, 16:01. Valencia
Esta vez todo es distinto.
Los nervios de Aura sacuden su cuerpo con fuerza. El temor nubla su mente. La realidad retuerce su estómago como una amarga noticia. Como cuando alguien espera esa información triste del médico. Como cuando alguien recibe un mensaje de «tenemos que hablar».
Esta vez es todo distinto.
La sirena del zeta retumba con más fuerza en las fachadas de los edificios, el silencio de Leo se hace casi tan denso como el olor a sudor de su propio cuerpo. Pero nada de eso le importa. Lo único que desea es llegar al apartamento de Javier cuanto antes.
Y lo hacen en un silencio que aúlla en sus cabezas. Leo ha guardado respeto hasta encontrarse frente al edificio de Javier. Aura lo ha hecho porque las palabras se han extinguido en su garganta desde que vio la fotografía de Ignacio Nobles.
Pero todo cambia cuando enfilan los últimos metros hacia la verdad.
—¿Vas a decirme qué coño está pasando? —inquiere Leo completamente hastiado. Con un cierto retazo de ignorancia lastimosa en su voz. Como si la duda le doliera. Como si estuviera obligado a adivinar lo que pasa por la mente de Aura.
Ella saca su teléfono y lo desbloquea.
—¿Recuerdas el olor que sentimos en casa de Javier el día que llegamos?
Leo arruga la frente e intenta descifrar los recuerdos de aquella mañana.
—Sí, olía como a un disolvente suave. Como la acetona.
—A pintura —especifica ella.
Leo asiente sin comprender bien el camino que Aura ha tomado. Tampoco la situación está resultando beneficiosa para resolver esa duda, pues, cuando la subinspectora termina su frase, la puerta de Javier frena su explicación.
No se limita a llamar al timbre. Tampoco busca perder tiempo. Arranca la banda policial que protege la entrada y empuja con fuerza. Apenas encuentra resistencia. La puerta cede con un gemido agónico mientras se abre arañando el suelo.
Aura entra con una pequeña linterna que rompe la penumbra por algunas zonas y comienza a dirigir el haz de luz por cada rincón. La luz baila por el salón mostrando la danza aleatoria de pequeñas partículas de polvo en suspensión, hasta que se centra en el pasillo que lleva hasta su habitación.
—¿Puedes decirme qué estamos buscando? —insiste de nuevo Leo, cuando ve que Aura se ha olvidado de continuar.
Ella reacciona y desbloquea otra vez su teléfono. Esta vez sí termina de cumplir con sus intenciones. Selecciona la imagen de Nobles y se la muestra a Leo.
—Esto me ha mandado Nobles.
Leo no puede responder. Es incapaz de reaccionar y respira gracias al acto reflejo de hacerlo. La imagen muestra la misma escena que El Bosco dejó en su casa. La escena de la virgen con el trozo de pared. Pero esa escena es distinta. En ella se aprecia un rostro, oculto en el cuadro original. Un rostro que parece estar dentro de la pared.
—¿Qué mierda es esto?
—Un arrepentimiento —responde Aura justo cuando entra en la habitación. Intenta encender la luz, pero solo se oye el clic sordo del interruptor—. Dice Nobles que cuando le hicieron una radiografía al cuadro salió este rostro. Fue un rostro que El Bosco cubrió más tarde. Era la forma que tenían los pintores de borrar ciertos fallos.
—Entonces. El olor que sentimos no era la pintura del cuadro.
Aura niega con una débil sonrisa dibujada en su rostro. Una sonrisa que se llena de esperanza. De una pequeña esperanza que al menos la aferra a una posibilidad real. Respira con fuerza y recorre cada pared con la linterna.
No se aprecia nada extraño.
Leo aprovecha para golpear todas las paredes de la habitación, sin encontrar nada fuera de lo normal.
—Aquí está todo en orden —dice con resignación.
Ella, en cambio, no se rinde. No está dispuesta a marcharse con las manos vacías. No quiere volver a sentir la derrota en su cuerpo, por lo que sigue buscando una pista en mitad de toda esa oscuridad.
De pronto se detiene en el texto que todavía reluce en la pared; en la frase. Y es entonces cuando algo llama su atención.
Junto al texto está el armario empotrado, pero hay algo extraño en sus puertas. Con el corazón acelerado, se acerca y, justo cuando lleva la linterna hasta la madera, un pequeño estallido sordo retumba sobre ella.
Tanto Aura como Leo se tiran al suelo al encontrarse, de pronto, envueltos en una luz blanca y casi cegadora. Una luz que devuelve a la vida esa habitación. Todo se ha iluminado de pronto y los dos agentes se miran con desconcierto.
Aura toma su arma.
Leo hace lo mismo y ambos se acercan con sigilo hacia el marco de la puerta. Intentan dilucidar cómo ha llegado la luz a la habitación y solo encuentran una opción: una tercera persona.
Pronto esa hipótesis se vuelve una certeza cuando el ruido de unos pasos los pone en alerta.
Aura traga saliva y suspira con levedad para no hacer ruido. Leo mira a su compañera y asiente, anunciando que los pasos están cada vez más cerca. Se puede oír cómo retumban en el pasillo. Son pasos que para nada se acercan al sigilo, ni siquiera a la templanza. Son pasos duros, firmes. Pasos que se pueden contar.
Aura aprieta las manos sobre el arma y, cuando siente que puede sorprender al sujeto que se acerca, sale al pasillo.
—¡Quieto! —grita mientras esgrime la pistola con rabia.
Su amenaza dura un suspiro. El mismo que lanza cuando descubre la figura de Paco frente a ella, con los ojos casi fuera de lugar y las manos buscando un lugar donde quedarse fijas.
—¡Aura, Aura! Soy yo —balbucea, nervioso.
—Joder, Paco. Casi nos da un infarto. ¿Qué coño haces aquí? —pregunta Aura algo más aliviada.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —Pero ante la mirada intensa de Aura, Paco entiende que debe explicarse antes de que la subinspectora le recrimine su acción. Respira hondo y agacha la mirada como si le pesara. Aunque lo que en realidad le pesa es el dolor de la incertidumbre—. Llevo toda la semana pasando el día aquí. Me siento en un banco justo frente al portal de Javi, y espero allí hasta que se hace de noche. Por si veo algo que sirva de ayuda. Por si lo veo a él —matiza con el dolor en su voz—. Os he visto llegar y he venido a ver qué pasaba. ¿Por qué tenéis las luces apagadas?
Aura no responde. Se encoge de hombros avergonzada por no haber mirado en la caja de magnetotérmicos.
—Podríamos haberte matado, Paco. En otra ocasión habla para que te reconozcamos, hombre —recrimina Leo.
Pero Paco ya no responde. Su mirada se centra en Aura, que ha vuelto a introducirse en la habitación y se dirige a la puerta del armario. Esta vez no necesita la linterna, pues lo que busca se ve con claridad.
En la madera de la puerta puede encontrar restos de pintura. Pequeñas gotas en el borde de una de las puertas. Aura respira hondo y mira a su compañero.
—Es reciente —aduce con temor.
Todavía duda. Se aferra al pomo del armario y duda. Duda si abrir o no, si enfrentarse a la tesitura de tener que afrontar un cruel desenlace. Pero sabe que tiene que hacerlo, así que no pierde tiempo. Tira con fuerza para descubrir lo que se halla en el interior.
Nada.
Solo prendas colgadas de sus perchas. Chaquetas a la izquierda; camisas a la derecha y en el centro pantalones perfectamente doblados.
Aura cierra los ojos sintiendo la tensión del momento oprimiendo su pecho. Respira y saca la primera de las perchas. Es entonces cuando entiende que está frente a la verdad. En una de las mangas puede ver pequeños restos de pintura. Pintura que se ha adherido de la pared que está justo detrás de la ropa.
Como un acto reflejo, se abraza a todas las prendas y las arranca de la barra plateada que atraviesa todo el armario. Mira la pared y se acerca a ella.
Intenta controlarse, respirar hondo, soltar el aire poco a poco. Quiere mantener la calma, pero no es algo que dependa de ella en ese momento. Acerca la mano a la pared y siente el tacto rugoso de las prisas. Es entonces cuando cierra la mano y golpea con fuerza.
Un eco sordo le da la respuesta.
—¡Aquí! —dice ella vencida por la desesperación al fin.
Vuelve a golpear con más rabia, intentando tirar la pared de un puñetazo, pero esta apenas se inmuta. Tras el segundo golpe, un poco de polvo se escurre del techo y llama la atención de la subinspectora. Es un pequeño agujero hecho recientemente.
—Aparta —pide Leo. Un ligero fulgor reluce en su mano y cuando Aura mira descubre que es una llave inglesa.
Ella se aparta.
Él golpea con fuerza la pared, que no es capaz de soportar el golpe y deja un enorme agujero como consecuencia del castigo. Leo no se detiene y sigue golpeando con rabia. En el segundo golpe, el agujero se hace algo más grande. Tras el tercero cae un ladrillo entero, pero es después del quinto cuando la luz revela el secreto que desde el primer día ha mantenido oculto.
El cuerpo de Javier se deja ver a través del agujero, inerte y atado a una silla. Con la cabeza oculta por una bolsa de tela y hundida por completo no parece haber reaccionado a la luz. Junto a su figura, un hedor terrible escapa del pequeño zulo, atufando a los tres testigos que allí se hallan.
—¡Javier! —grita Aura.
Leo no dice nada. Su cuerpo se ha encendido al ver a su compañero y comienza a golpear con más fuerza la pared, que no es capaz de soportar los golpes y acaba vencida tras varios minutos de una batalla a la que también se suma Paco, después de lanzar un grito ahogado de ilusión.
Cuando el agujero es lo suficientemente grande, Leo entra y desata a su compañero, que sigue sin moverse. No es hasta que lo tienen tumbado en el suelo de la habitación que todos se reúnen junto al cuerpo.
—¿Respira? —pregunta Aura con temor.