El primer lienzo

El primer lienzo


17 de marzo de 2018, 19:50. Valencia

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17 de marzo de 2018, 19:50. Valencia

El chirrido metálico de unas ruedas bailonas llama la atención de Aura, que se halla mirando el cielo ya apagado y cubierto por nubes tristes. Cuando se vuelve, los ve a los dos.

Por un lado, está Víctor, que ha entrado sentado en una silla de ruedas que empuja con suavidad Sonia. Al otro, Javier descansa. Su cuerpo desmadejado apenas ha mostrado rastros de vida más allá de unas pulsaciones muy leves. Pero está vivo. Ahora es cuestión de tiempo que despierte.

—¿Cómo está? —pregunta Víctor sin apartar la mirada del cuerpo huesudo y ajado de Javier.

—Los médicos son bastante reservados con su estado. Le han hecho varias analíticas. Están a la espera de saber si tiene afectado algún órgano. —Es Leo quien responde.

Aura no puede hacerlo. Apoyada junto a la ventana, observa el cuerpo silente de Javier. La figura estática de Leo a un lado. La presencia disoluta de Daniel, que ha llegado cinco minutos antes de que lo hiciera Víctor, con los ojos céreos y un pequeño halo de paz en su expresión al ver los latidos del corazón de su compañero.

Pero falta alguien.

Y Víctor no tarda en darse cuenta. Mira a Leo, a Daniel, y se centra en la presencia atribulada de Aura.

—¿Qué pasa? —pregunta intuyendo que algo no marcha bien—. ¿Dónde está Raúl?

Nadie responde.

Todos rehúyen la mirada de Víctor en un falso intento de lanzar su inquietud al fondo de cualquier pozo de olvidos.

—He hecho una pregunta. ¿Y Raúl? —insiste con un tono más firme. Más severo. Un gesto que hace que se doble a causa del dolor que todavía le producen sus heridas.

Sonia lo mira con gesto preocupado y se inclina a su lado.

—Ya sabes lo que ha dicho el médico. Nada de esfuerzos.

Víctor no responde. Alza con suavidad la mano como si quisiera silenciar a Sonia.

—Estoy bien —responde, aunque su gesto desvela la mentira que ha intentado proferir.

—Me da igual cómo estes. Si vuelvo a ver que haces algo raro, te saco de aquí. —Sonia muestra su lado más severo, más protector. Lo mira con furia y vuelve a colocarse detrás de la silla.

Aura lo mira y levanta la barbilla. Sabe que tiene que responder y no quiere mentir, pero tampoco quiere lanzar una hipótesis que no sea la correcta.

—Llevamos todo el día sin saber de él.

—¿El Bosco? —investiga Víctor, nervioso. Sus manos tiemblan sobre los reposabrazos. Su cuerpo se remueve con precaución haciendo gemir el cuero de la silla.

La subinspectora se encoge de hombros.

—No podemos saberlo, pero tenemos indicios para pensar que pudiera estar involucrado con el laboratorio y la residencia.

Los ojos de Víctor crecen de pronto al escuchar aquello. Su mirada se inquieta como la actitud de un niño nervioso. Viaja por los rostros de cada compañero, buscando en ellos una salida. Un rastro de mentira, pero no halla nada, solo remordimientos y culpa.

—No puede ser. Tiene que ser todo un error.

—Su número de placa figura en todas las denuncias que hicieron a la residencia en aquella época.

Pero las palabras de Aura no parecen convencerlo.

—No me lo creo. Hace más de veinte años de eso. Raúl debería llevar muy poco tiempo para ese entonces.

—Víctor —corta Aura—. El detective que hizo los informes dijo que la comisaría donde firmaron las denuncias estaba en el ajo. Y su nombre está en todas las denuncias. En todas —sentencia Aura con firmeza.

—No es posible. Tenéis que encontrarlo. Tiene que explicarse. —Víctor comienza a alterarse. Su mente no es capaz de dibujar al inspector jefe con sangre en las manos, con mirada frívola, con visitas solo los viernes. No quiere rendirse a esa verdad.

—No sabemos nada de él desde que desapareció, esta mañana —responde Leo—. Tampoco nos coge las llamadas ni lee los mensajes.

—Podría estar en peligro. ¿No lo habéis pensado? ¿Habéis ido a su casa?

—Víctor —replica de nuevo Sonia.

Este asiente con precaución y se acomoda de nuevo sobre la silla de ruedas.

Aura suspira con dolor. Por un instante intenta retroceder en el tiempo para volver a los últimos momentos antes de salir de comisaría. Antes de que Ignacio Nobles le truncara los planes. Y es entonces cuando un repentino rayo de luz enciende su cabeza.

—¡La carta! —dice con vehemencia.

Leo la mira. Daniel arruga la frente, pero pronto entiende lo que ha querido decir su compañera.

—¡Eso es! Raúl ha cambiado cuando ha recibido la carta esta mañana. Eso ha tenido que significar algo para él —responde el inspector tras levantarse del duro sillón—. Vamos.

Y sin dilación se presta a salir de la sala mientras Aura lo sigue a toda velocidad. Leo intenta acompañarlos, pero la subinspectora se detiene justo antes de salir y lo mira.

—Quédate con él. Si despierta, avísame —ordena, y sin esperar a su respuesta se marcha en una carrera nerviosa hacia la comisaría.

Cuando llegan, la oscuridad rebota por los pasillos. Se estrella en la fila de escritorios con los ordenadores ya apagados. Solo la luz blanca de unas pocas lámparas rompe la penumbra de aquel tranquilo lugar.

—Si está, tiene que estar en su despacho —informa Daniel.

Ambos se dirigen sin perder el tiempo al pequeño cuarto, en donde las sombras se hacen más grandes. Cuando entran, y la luz alumbra un despacho revuelto, comienzan a buscar sin saber bien qué ni dónde. Buscan sobre la mesa, por debajo de la impresora o de la pantalla del ordenador. También revisan los cajones del escritorio, pero no hallan nada. Solo papeles sin sentido y documentos que no les aportan nada.

—Quizá se lo haya llevado consigo —expone Aura cuando entiende que no queda nada por revisar.

—Espera —responde Daniel. Está mirando un pequeño cajón que Raúl tiene en la pared. Un cajón cerrado siempre con llave y en donde suele guardar el arma cuando está en comisaría, o algunos objetos personales.

Se acerca con precaución y tira del tirador. Está cerrado. Ofuscado, pasa la mano por la cerradura solo para sentir el tacto frío del metal. Para intentar ganar tiempo y buscar la forma de abrirlo. Unas formas que Aura ya ha encontrado.

—Aparta —dice ella con furia. En su mano porta un abrecartas que Raúl compró en uno de sus viajes a Egipto.

Con fuerza introduce la punta afilada por el pequeño resquicio que deja el cajón y comienza a hacer palanca. El filo del abrecartas parece que vaya a romperse por momentos. Se dobla como si fuera de papel, se retuerce en ese pequeño espacio, hasta que un crujido metálico detiene la acción de la subinspectora, que saca el abrecartas todavía intacto, del cajón. Vuelve a tirar, pero una vez más el cajón parece resistirse. Aunque esta vez ha cedido unos milímetros, así que Aura aprovecha, lo cierra de nuevo y tira con más fuerza.

Esta vez sí.

Esta vez el cajón cede y, con un fuerte crepitar, recorre con furia el poco tramo de guía que tiene.

Daniel la mira con nervios. Ella visualiza el interior. A un lado se halla la pequeña caja que usa Raúl para guardar el arma. Está vacía. A su lado encuentran la placa y justo bajo ella lo ven. Un sobre con su nombre en el destinatario. Un nombre escrito a mano. Solo un nombre: Raúl Donato.

Ambos respiran con fuerza. Ella toma el sobre y lo abre con precaución, como si aquello quemara, como si el abrirlo supusiera la pérdida radical de sus manos. Aura intenta introducir la mano para comprobar el interior, pero siente un leve pinchazo en sus dedos que hace que retire la mano de inmediato.

—¿Qué pasa? —pregunta Daniel, inquieto.

Ella no responde. Se mira la mano para comprobar que el daño es superficial y vuelve a tomar con fuerza el sobre, pero esta vez se acerca a la mesa y decide volcar el contenido en ella.

Su respiración se detiene cuando ve todo lo que cae en la madera.

—No es posible —dice Daniel, igual de sorprendido que ella.

Los dos se quedan congelados contemplando el contenido del sobre. Casi todo lo que ha caído del sobre es paja. Aura entiende que fue eso lo que sintió. Pero junto a la paja hay un trozo de papel. Un recorte colorido que reconocen de inmediato.

—Los ejércitos de Herodes —sentencia ella, sabiendo que aquella prueba es la definitiva para condenar los actos pasados de Raúl.

—Raúl es quién faltaba en su cuadro.

—Pero la paja. No lo entiendo.

Daniel guarda silencio. Un silencio meditado, que sirve para remover conciencias. Para despertar de la duda que lo embarga. Un silencio que le devuelve la respuesta.

—También encontraron paja en el cuerpo de Cristóbal. ¿Lo recuerdas?

Aura asiente.

—¿Qué querrá decir?

Pero Daniel no responde. Mientras la subinspectora piensa, toma el recorte del cuadro de El Bosco, buscando en él alguna pista. Y parece encontrarla en el reverso del papel.

—Mira esto —pide a su compañera, entregándole el papel.

Tras el dibujo, Aura aprecia una nota escrita a mano. Una nota que quizá es más siniestra que todo lo que rodea al contenido del sobre. Una nota que no necesita explicaciones.

Te espero donde empezó todo.

—¿Qué querrá decir? —investiga Aura tras leer la frase.

Daniel la mira con la expresión nublada. Con la inquietud en su cuerpo. Con el dolor de las dudas acariciando su nuca. Aparta la mirada y da dos pasos. Solo dos. Los suficientes para que una nueva idea resurja en su mente. Se vuelve hacia su compañera y sacude la cabeza.

—Vamos. Creo que sé quién puede ayudarnos.

La travesía apenas dura unos minutos. Los suficientes para llegar hasta las celdas. Allí todavía se encuentra Ramón Silvano, sentado en una esquina, en silencio, nervioso. Su mirada se enciende cuando ve llegar a Daniel. Se levanta y se acerca hasta los barrotes de la celda. Su rostro no muestra paz, ni siquiera se atisba en él un rastro de complicidad.

—¿Se puede saber por qué sigo aquí? —dice por todo saludo.

—Siento las molestias, ya mismo le digo a uno de los agentes que lo acerque hasta su casa. Pero antes necesitamos que nos ayude en algo —pide Daniel con su tono más formal.

Ramón lo mira y ríe con sorna.

—¿Qué os ayude? No me jodas. Me habéis tenido todo el día aquí encerrado sin decirme nada y ahora queréis que os ayude. No, ni pensarlo.

—Es importante. La vida de un compañero está en juego y usted nos puede ayudar.

—Paso. No pienso…

Daniel explota ante la negativa de Ramón, que se encuentra negando con la cabeza cuando Daniel lo toma por el cuello de la camiseta y tira de él hasta estrellarlo contra los barrotes. Pronto, al sonido quejumbroso de su voz se une el tintineo agudo del metal tras recibir el golpe de la frente de Ramón.

—Mira. No tenemos tiempo para gilipolleces. O nos ayudas o te juro que entro ahí y te dejo la cara hecha un trapo.

Ramón lo mira, nervioso. Traga saliva y asiente con velocidad, sin decir nada más.

Es entonces cuando Daniel le muestra el extracto encontrado en el sobre dirigido a Raúl. Le muestra la frase, el dibujo, su mirada encendida. Y, cuando siente que Ramón ya lo ha visualizado todo, lo suelta con rabia.

—¿Qué crees que puede significar ese donde empezó todo? ¿Sabes si el laboratorio pudo tener otro lugar donde empezara a investigar? ¿Si hubo alguna reunión previa?

Ramón niega con la cabeza mientras se alisa las arrugas que Daniel le ha dejado en la camiseta. Bajo el cuello de su prenda se puede apreciar unos pequeños y rosados arañazos que han dejado marcada su piel lechosa.

—No lo sé. Yo solo llevaba a los pacientes, nada más. No sé si hubo reuniones o hicieron algo más.

—Tiene que haber algo que lo iniciara todo. Un lugar, un hecho específico. Haz memoria.

Ramón se rasca la cabeza. Mira a Aura y a Daniel y se vuelve hacia la pared mientras da cortos paseos por la celda.

—No lo sé. No tengo ni puta idea, tío. Solo sé que ese laboratorio movía muchos contactos y mucho dinero. Tanto que en poco tiempo se tuvieron que mudar a otro más grande. Y años después se trasladaron a donde están ahora. Yo no estaba en sus reuniones. No…

—¿Cómo que se trasladaron? ¿A dónde se trasladaron?

Ramón inclina la cabeza sorprendido ante la pregunta precipitada del inspector. Arruga la frente y vuelve a detener sus pasos.

—Donde está ahora el laboratorio no es donde empezó. Los primeros años era un local bastante pequeño y destrozado. Al poco tiempo se mudaron.

Daniel mira a Aura, que asiente con velocidad.

—¿Dónde estaba ese laboratorio? —exige con un marcado nerviosismo, Daniel.

—¿No lo sabéis? Vaya. Pensaba que ya lo teníais en cuenta todo eso. El laboratorio Beinnet comenzó en un pequeño local que nada tiene que ver con lo que es ahora.

No. No lo sabían. Jamás se habían dedicado a revisar las ubicaciones del laboratorio. Solo sus movimientos y los detalles más intrínsecos de la empresa. Se centraban sobre todo en nombres y números. Nunca dieron importancia a la ubicación.

—Dinos dónde estaba el laboratorio en sus inicios y luego podrás irte —promete Daniel, preparado para escuchar a Ramón.

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