El primer lienzo

El primer lienzo


17 de marzo de 2018, 21:02. Chirivella

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17 de marzo de 2018, 21:02. Chirivella

Calle Coeters, Vara de Quart. Esa es la dirección. Y tanto Aura como Daniel no tienen que esforzarse mucho en reconocer ese lugar. Por desgracia, todo acaba teniendo sentido.

Esa es la última parada de Daniel y Aura, y entienden que es la correcta cuando ven el coche de Raúl aparcado a unos pocos metros de la ubicación que Ramón les ha proporcionado.

—El hijo de puta ha estado jugando todo el tiempo con nosotros. Aquí es donde dejó el coche de Javier —afirma Aura cuando recupera en su mente la secuencia que tuvo que vivir hace apenas unos días.

—Está aquí —informa Daniel con temor. Con un tremor en su voz que la vuelve de cartón. Un temor que hace ignorar el comentario furioso de su compañera. Ya no se oye al Daniel firme y sereno que siempre ha sido. Ahora su voz permuta como lo ha hecho su rostro, en uno más débil y frágil.

Aura tampoco es la misma. El miedo ha devorado su espíritu luchador. Sus ánimos irredentos. Su voraz y hambriento instinto natural por hallar la verdad.

Los dos meditan durante más de dos minutos sobre los siguientes pasos, detenidos justo detrás del Mercedes de Raúl.

—Tenemos que entrar —dice ella al fin, cuando entiende que el tiempo es un elemento escaso y que cada segundo que pasa puede ser un segundo menos para ayudar a su compañero.

Daniel asiente y ambos se bajan del vehículo para enfrentarse al frío húmedo de las afueras de Valencia. Un frío que se cuela por los pequeños huecos de la chaqueta de Aura. Que se cala hasta roer los huesos. Que deja a dos agentes ateridos frente a la enorme puerta de metal. Una puerta metálica que anuncia que se trata de un pequeño taller de chapa y pintura.

Los dos observan la puerta entornada, la cerradura rota, el metal forzado. Y, ante la certeza de un peligro mayor, toman sus armas y las amartillan, preparándose para cualquier desenlace.

Entran con sigilo. Caminando de puntillas para no ser interceptados. Para intentar sorprender a quienquiera que se halle ahí adentro. Pero no parece haber nadie. El silencio es pesado en el interior del taller. Se hace denso hasta calar más todavía que el frío. De igual modo, los dos agentes siguen caminando con calma, con pequeños pasos hasta que llegan al final del primer gran salón en donde solo se han topado con un Audi A4 viejo y oxidado, y con un Opel Astra con el frontal desmontado.

Algo no marcha bien y Aura lo intuye. Su cuerpo se tensa ante el peligro que las sombras generan. Aprieta las manos e intenta que su arma no se tambalee, que su pulso sea templado, suave.

La calma se acaba cuando se escucha un crujido metálico a unos pocos metros de ellos.

Los dos se vuelven de inmediato y enfocan en la zona la luz de sus linternas, pero no encuentran nada. Solo una puerta entreabierta que da acceso al túnel de pintura. No obstante, siguen avanzando en esa dirección, atentos a cualquier nuevo sonido, al mínimo movimiento.

No ocurre nada durante todo el trayecto.

Tampoco cuando llegan frente a la puerta.

Todo cambia cuando se detienen junto a la entrada al túnel. En cuanto la luz se hace más intensa, un nuevo sonido llama de nuevo la atención de los dos agentes, que se separan frente al pequeño hueco que hay en la puerta.

Daniel mira a la subinspectora. Ella asiente con un pequeño temblor en su párpado izquierdo, sabiendo lo que viene a continuación. Ambos toman con fuerza sus armas y el inspector alarga la mano para abrir del todo la puerta de acceso al túnel.

Sin esperar a nada más, asoman los cuerpos, dirigiendo el cañón de sus armas al interior del oscuro túnel.

—¡Quieto! —grita Daniel.

Pero lo que la luz alumbra no es una amenaza para ellos. Al contrario. Cuando el haz azulado de la linterna encuentra el motivo que ha generado el ruido, los dos agentes ya no son capaces de gritar. Han quedado congelados frente a la imagen que se muestra.

—¡Joder! —exclama de nuevo Daniel, lanzándose en una marcha corta hacia su hallazgo.

Es Raúl quién se encuentra ahí, sentado en una silla raída y desvencijada. No se aprecian restos de sangre, pero no reacciona. Su cuerpo se mantiene en la silla gracias a los pequeños amarres que se aferran a sus manos y piernas.

—Vamos, Raúl. Despierta —suplica Daniel, golpeando con suavidad las mejillas del inspector jefe, pero no hay reacción alguna—. Tiene pulso. Ayúdame a levantarlo.

Aura avanza los dos metros que todavía la separan del cuerpo inerte de Raúl y, cuando se coloca a un lado de él, otro ruido los alerta de nuevo.

Los dos intentan girarse, pero tomar sus armas ya no es una opción. El fulgor impoluto de una Glock 19 amenaza a la integridad de los dos agentes, que suspiran ante la derrota que se les avecina.

—Yo no haría eso —dice una voz áspera que atraviesa la oscuridad del taller.

Aura, que había intentado alzar su arma, detiene el movimiento y deja caer la pistola en el suelo. Daniel no lo hace. Aunque él no intenta apuntar al cuerpo que se oculta en la penumbra, tampoco deja que esa amenaza le desarme del todo.

—Creo que lo mejor sería que dejen sus armas en el suelo y se aparten un poco de su compañero. Todavía no ha llegado la hora —repite el ser que con tanto esfuerzo han intentado encontrar. Ahora parece que fuera él quien ha logrado su objetivo.

Aura lo mira e intenta discernir su rostro entre toda la oscuridad que se abalanza sobre su cuerpo semioculto entre las penumbras.

—¿Por qué has hecho todo esto? —pregunta ella cuando entiende que no pueden hacer nada más.

—¿Todavía le quedan dudas? ¿No cree que si ha llegado hasta aquí es porque ha encontrado todas las respuestas?

La subinspectora mira al cuerpo aturdido de Raúl y encuentra en él pequeños rastros de consciencia. Sus músculos empiezan a tensarse y a dar ligeros espasmos. Puede apreciar unos pocos actos reflejos en sus pestañas, en sus labios, en sus manos.

—¿Y por qué esperarnos? Si ya sabías que íbamos a venir. Has tenido todo el día para acabar con Raúl y huir. ¿Por qué nos has esperado?

Otro nuevo destello resurge de la oscuridad. Esta vez es el que proviene de sus afilados dientes y de esa sonrisa malévola. El Bosco avanza unos pasos hasta un pequeño claro de luz para dejarse ver una vez más.

—Nunca he pretendido huir, subinspectora Casado. Y mis actos, estos días, le habrán dado la pista. Tan solo estaba concluyendo mi obra. La obra cuyo broche final me pertenece, pero que nació con ellos —comenta señalando el cuerpo inútil de Raúl—. Ellos fueron los que crearon el primer lienzo. Los que iniciaron mi obra.

Aura no responde. Intenta alargar la mano para arrancar los nudos que se aferran a las manos de Raúl.

—Puede desatarlo si quiere. Pero se irá de aquí sin conocer la verdad. Y supongo que están aquí para defender precisamente eso; la verdad. ¿O son igual que ellos? —De nuevo El Bosco vuelve a señalar a Raúl, pero esta vez en su rostro se atisba un trazo de odio. De inquina.

—¿Qué quieres decir? Déjate de rodeos. Ya has perdido. Hemos encontrado a Javier y a Raúl. Tu historia va a quedar de nuevo inconclusa. Como ya pasó con el cuadro de Mateo.

La risa de El Bosco retumba en las paredes de metal del túnel mientras Raúl, poco a poco, va recuperando la consciencia.

—Siguen tan perdidos como el día que empezaron a investigar los casos. Siguen tan perdidos como el propio Raúl cuando intentó encontrarme.

Todos abren los ojos sorprendidos. Incluso Raúl parece reaccionar ante la voz del asesino, pues levanta poco a poco la cabeza.

—Bien, ahí lo tienen. Ahora podrán ser testigos de la verdad que tanto han querido encontrar. Del motivo que nos ha traído a todos hasta aquí. Sea bienvenido, inspector jefe Donato, de nuevo al mundo de los vivos.

Raúl no responde. Lanza un gruñido gutural mientras deja caer un suspiro leve que se pierde bajo las rejillas del desagüe.

—¿Estás bien? —susurra Aura cuando ve a su compañero intentando enderezarse.

—Le pediría al inspector que deje la pistola en el suelo. No me gustaría que tuviéramos sorpresas antes de hora.

Daniel lo mira con rencor, pero accede. Deja su arma en el suelo y levanta las manos, indicando que ya ha cumplido con la orden. Tras eso vuelve con Raúl y lo ayuda a incorporarse.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —investiga Aura, con la voz firme y el miedo atravesando su pecho.

—Todo depende de su compañero y de ustedes. ¿Serán ustedes capaces de hacer cumplir la ley? ¿Será el inspector jefe lo suficientemente valiente para enfrentarse a sus pesadillas?

—Vete a la mierda —ruge Raúl con una voz todavía rota.

—Bien. Veo que el inspector Donato ya está volviendo con nosotros. Por fin me tiene a su disposición. ¿No era lo que siempre había querido? Tantos años intentando silenciarme para verse ahora en la tesitura de tener que enfrentarse a sus compañeros también. Dígame. ¿Qué va a hacer? ¿Será valiente y confesará los pecados que tanto usted como yo conocemos? ¿O acabará con todos los que estamos aquí para continuar su camino de mentiras y traiciones?

Aura lo mira con temor. Raúl no mira a ningún punto. Clava sus ojos en el frío suelo mientras aprieta con rabia los dientes.

—¿Qué está diciendo? —inquiere Daniel en voz baja, sin apartar la vista de El Bosco.

Este sigue sin responder. Arruga los labios y levanta la barbilla con el orgullo de un soldado a punto de ser derribado, pero que no pretende rendirse.

—Conteste, inspector. Conteste a la pregunta.

—Tendrían que haberte matado cuando tuvieron la oportunidad. Cuando apenas eras un crío maleducado. Pero ese puto doctor prefirió dejar que te fueras con tu madre. Sabía que sería un error. Que se arrepentirían de no ir detrás de ti, y mira si acerté.

El Bosco sonríe ante el arrebato sincero del que consigue, con su afirmación, hacer que los dos agentes retrocedan unos metros para alejarse de él. Raúl no se inmuta, sigue mostrando su odio hacia el cuerpo del asesino, que parece estar disfrutando.

—En eso le doy la razón. Tendrían que haberme matado cuando mi madre decidió sacarme de ese centro. Cuando me alejó y ocultó de todo el dolor que allí me causaron. Cuando me dejó libre para que me moldeara a base de odio y sed de venganza.

—¿Qué pasó, Raúl? —inquiere Aura con firmeza y serenidad al mismo tiempo, en una mezcla perfecta.

Raúl la mira y suspira con temor para luego centrarse de nuevo en la presencia estática de El Bosco, que lo mira a él, pero sigue apuntando a Daniel.

—Nunca supe lo que me esperaría cuando recibí la primera denuncia. Mi error fue pecar de novato sin saber que iba a meterme en la boca del lobo. —Raúl cierra los ojos mientras rememora con dolor lo ocurrido—. Todo empezó con una simple denuncia. Una denuncia que hablaba de un laboratorio ilegal, de unos ancianos muertos. Pensé que podría ser mi ascenso, mi caso especial. ¿Qué iba a pensar un policía recién llegado a Valencia? Tenía que comerme el mundo y una comisaría en la que apenas pasaba nada no era la mejor opción, así que decidí investigar por mi cuenta. Cuando supieron de mi osadía, en vez de silenciarme, lo que hicieron fue tomarme de intermediario. Intenté negarme, pero no me dieron elección.

—Vaya —interrumpe El Bosco—. ¿Por qué será que todos los que han acabado por enfrentarse mi juicio se han excusado de la misma forma? Todo el mundo tiene elección. Solo los cobardes se acomodan bajo la perfecta excusa del camino único.

—Vete a la mierda, hijo de puta. ¿Piensas que yo sabía dónde me estaba metiendo? Cuando quise reaccionar, ya sabían todo de mí. Me chantajearon primero. Y, cuando vieron que no iba a acceder por la vía del dinero, decidieron meter a toda mi familia en el ajo.

—Raúl —intercede Aura, abochornada al tiempo que sorprendida. De repente, todo el orgullo que siempre sintió por su compañero se derrumba como un castillo de arena derribado por una ola temeraria.

—Pero sí aceptó el dinero, ¿no es cierto?

—No tenía salida. ¿Qué hubieras hecho tú?

Aura y Daniel se miran, sorprendidos. Intentan entender los argumentos del inspector. Evaluar todas sus reacciones desde que surgió el caso de El Bosco, y en ninguno de esos recuerdos entienden que hubiera motivo alguno para sospechar.

—¿Quién te obligó a ocultar lo que el laboratorio hacía? —pregunta Aura con un hilo triste de voz, hundida por el lamento de tener que enfrentarse a su compañero.

Raúl niega con una sonrisa irónica.

—Eso no importa. Ya no importa. Estamos los implicados. Ahora es vuestro momento de tomar una decisión. O dejáis que este hijo de perra se salga con la suya después de haber acabado con gente que no era tan culpable, o me ayudáis a poner fin a este calvario.

—En efecto, subinspectora. Ha llegado la hora de que tome una decisión. O cumplen con su deber o se convierten en lo mismo que somos nosotros. ¿Piensan que, si el inspector jefe hubiese tenido oportunidad, no me hubiera silenciado ya?

—No dudes de ello. Si hubiese tenido la más mínima ocasión, te hubiera volado la cabeza. Pero no por lo que pasó en el laboratorio. Allí no tenías culpa. Lo hubiera hecho después de que decidieras teñir de sangre tu historia.

—No puedes pretender criar un león a base de golpes y luego pedir que te lama la mano. Ustedes me convirtieron en lo que soy. Ustedes fueron cavando esta tumba que ahora os sepulta bajo la verdad que quisieron borrar.

—¿Y qué pinta Mateo en esta historia? ¿Por qué usar una tercera persona para tus planes? —pregunta Aura, que intenta comprender al ser que se encuentra frente a ellos.

—Mi objetivo siempre fue todos los que tenían algo que ver con el laboratorio. Mateo apareció mientras investigaba al inspector Donato, y gracias a él pude entender cómo iniciar el camino. Mateo me aportó no solo claridad, sino ideas.

—Pero le engañaste. Le hiciste creer que eras su hermano solo para que accediera a tus planes de venganza.

—Mentir era necesario para poder entrar en su círculo.

—¿Tenías que mentir sobre quién eras?

—Cuando uno se prepara para controlarlo todo, tiene que convertirse en aquello que necesita ser. En mi caso, la estrategia perfecta era convertirme en su hermano pequeño. Tuve que ocultar mi edad, mi identidad, y todo cuanto creí útil para convencer a Mateo de que estaba junto a su hermano. Solo así podría convertirlo en un arma con tanto poder que todos llegaran a temer.

—Siempre has sido un embustero. Jamás tuviste compasión por nadie, ni siquiera por Mateo.

El Bosco sonríe con desprecio mientras niega con disimulo ladeando con suavidad la cabeza.

—Mateo fue un ser criado a base de odio y golpes. En el fondo también sentí que era mi hermano. Es cierto que para poder convencerlo tuve que separarlo de ese arraigo que sentía hacia su madre. Un apego tan poderoso que se volvía insano. Yo siempre supe lo que era vivir sin una madre, así que tenía que liberarlo de eso, por eso me deshice lentamente de ella mientras lo iba alimentando para crear la necesidad de cumplir un propósito.

—¿Pero por qué? —insiste ella, sorprendida ante la naturalidad con la que El Bosco describe su odio.

—Sencillo. Uno no puede enfrentarse al mundo solo. Ni siquiera el Mal sobrevive solo. Cuando llegué hasta Raúl, encontré, en mi propio entorno, a un joven que empezaba a prepararse para entrar en el cuerpo. Ese muchacho de apenas unos años más joven que yo tenía un pasado quizá más oscuro que el mío. Es por eso por lo que decidí usar su pasado y el de Mateo para unirlo al mío.

—Javier —susurra Daniel convencido.

—En efecto. Ahora ya podrán entender el motivo de su presencia. Javier siempre fue la flor que crece en un jardín devastado por las llamas. Y el plan de Mateo, por un momento, se convirtió en el mío. Por eso tuve que aceptar su camino para poder cumplir el mío. Porque, para llegar hasta el inspector Donato, tenía que pasar por el inspector Reinoso.

—Podrías haberme matado sin más.

—Y tuve más de una ocasión para hacerlo. Pero ¿cuánto hubiera durado mi cruzada si hubiese decidido matarlo directamente? Las partidas se ganan calculando cuál va a ser el siguiente movimiento. Yo solo tenía que estudiarlos, ser paciente y adivinar qué pasos iban a dar cuando iniciase mi obra. Por eso la obra de Mateo fue el inicio, para poder ocultar realmente mis intenciones. Para cuando se han dado cuenta de lo que pasaba, ya era tarde. Además, usted no era el primero de mi lista. Entrar a formar parte del juego con ustedes me permitió acercarme más a todos los que estuvieron detrás de mi sufrimiento.

—A pesar de todo has perdido —asegura Aura, mientras entiende que El Bosco jamás podrá acabar con los dos en un enfrentamiento.

No parece afectarle. Se ríe con soltura justo después de que Aura lance esa amenaza vacua.

—Han llegado hasta aquí sin entender todavía el propósito de mi obra. Esto no acaba conmigo disfrutando de mi retiro en la playa de un país sin extradición. Tampoco acabará con ustedes colgándose un titulito que no les corresponde. Ya había ganado mucho antes de que comprendieran mi plan.

La subinspectora traga saliva sin entender realmente las palabras del asesino, que poco a poco deja caer el arma.

—Ahora ya conocen los pecados del inspector jefe. La pregunta es: ¿Serán capaces de permitir que se salga con la suya? ¿Serán tan honrados como se les pidió el día que juraron la Constitución? ¿O acabarán convirtiéndose en la sombra de lo incorrecto?

Aura aprovecha el descuido de El Bosco y toma el arma que tenía en el suelo, la agarra con fuerza y apunta hacia el cuerpo del asesino.

—Se acabó. Tira el arma y no hagas ninguna tontería. Esta vez no huirás.

El Bosco sonríe mientras observa cómo Daniel está desatando a Raúl. Deja caer el arma y cierra los ojos tras poner las manos en su nuca.

—Todavía no ha acabado. Todavía no —dice con una sonrisa que atraviesa el pecho de Aura.

Justo en el momento en que Raúl siente que ya no tiene ataduras que puedan detenerlo, toma el arma de Daniel y se levanta de la silla de un salto torpe que lo lleva a perder el equilibrio. Arrodillado en el suelo lleva el arma hacia el cuerpo de El Bosco y amartilla el arma.

—¡No! Raúl —grita Aura. Intenta dirigir el arma hacia su compañero, pero entiende que no va a poder hacer nada. En sus ojos ve la decisión clara. Sabe que va a disparar y no va a disponer de tiempo para detenerlo. A pesar de ello, hace un esfuerzo y gira su cuerpo para apuntar al inspector jefe.

Como había predicho Aura, cuando Raúl decide disparar, Aura todavía está gritando. Raúl aprieta el gatillo con fuerza y justo en el momento de la detonación siente un golpe en el costado. Un golpe que hace que la bala se pierda entre las paredes metálicas del túnel, haciendo que el eco del disparo se propague por todo el pequeño habitáculo. Es Daniel quién se ha lanzado sobre él para evitar que acabe con la vida de una persona rendida.

Cuando Aura entiende que su compañero lo tiene controlado, se vuelve hacia El Bosco. Su cuerpo sigue inmóvil, sonriendo y con las manos todavía en la nuca. Nada ha cambiado en su expresión.

La subinspectora se acerca y, cuando baja sus manos para esposarlo, El Bosco sonríe de nuevo.

—Han tomado una buena decisión. Pero no será suficiente.

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