El primer lienzo
18 de marzo de 2018, 17:29. Valencia
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18 de marzo de 2018, 17:29. Valencia
La paz siempre es relativa. Parece que todo está tranquilo cuando el peligro deja de acariciar tu nuca, pero es tan frágil que puede desaparecer en un instante. Se escapa tras una llamada, tras un mensaje o con una simple mirada. La paz es el elemento más fútil en alguien que vive del peligro.
En Aura la paz va y viene como esa sonrisa que dibuja cada vez que observa cómo Javier va recuperando su color habitual. Desde que ha despertado, esa misma mañana, ella no ha querido separarse de él.
—No acabo de creerme que Raúl tenga algo que ver —dice el inspector mientras devora un yogur como si fuera el manjar más delicioso del mundo.
—Come despacio. Ya has oído al médico —recrimina Aura. A pesar de su sonrisa, su mente viaja del hospital a la comisaría, donde El Bosco aguarda la marcha hacia las dependencias judiciales.
Su otra mitad sigue con Javier, que todavía está aturdido tras tanta información. Ha intentado comprender el hecho de que El Bosco tuviera un plan distinto. Que él no fuera realmente tan importante como dijo en sus primeros casos. Que Raúl tuviera parte de culpa en todo eso. Sigue procurando asimilar todo mientras araña, con la cuchara, las paredes del envase del yogur.
—Antes de que me encerrara, estuvo hablando conmigo. Dijo que éramos simples peones en un tablero enorme de ajedrez. Estoy seguro de que él sabe quién está detrás de todo esto para guardarse alguna carta bajo la manga. Si no, Raúl tiene que hablar. ¿Dónde está?
Aura se encoge de hombros. Lo último que ha sabido de Raúl es que Daniel lo llevó esposado por intentar acabar con la vida de El Bosco. Desde entonces lo tienen custodiado en un despacho a la espera de que el juez decida qué hacer con él.
—Tienes que averiguar qué va a pasarle, Aura.
—Daniel está a su lado. Y Leo también. No te preocupes —responde ella sin borrar la sonrisa que ha dibujado desde que ha despertado Javier—. Ahora mismo tú necesitas más compañía.
Javier sonríe con sinceridad, pero es otra voz la que destruye ese íntimo momento.
—Javi tiene razón. Además, estoy yo aquí también. Voy a cuidarlo bien hasta que vuelvas. —Víctor está a un lado de la sala, sentado en su silla de ruedas despellejada y vaciando un paquete de papas con la mano que todavía responde sin dolor ante cualquier movimiento.
Aura lo mira con rencor, pero asume que tiene que atender esa necesidad y asiente con desinterés.
—No dejes que este te caliente mucho la cabeza —dice a Javier cuando se levanta.
—¡Oye! Que sigo aquí —rezonga Víctor.
Aura no responde más. Lanza una sonrisa burlona a Víctor mientras acaricia con cuidado su hombro, y se marcha en silencio.
La Jefatura Superior de la Policía Nacional es otro mundo distinto. Uno más apagado, más triste. En la sala de reuniones están todos cuando llega Aura. Incluso el juez ha llegado tras conocer todo lo ocurrido.
—¿Pueden asegurarme que el inspector jefe Donato está implicado en los casos del laboratorio? —inquiere el juez Navacaño, con un tono de voz duro y pesado.
—No ha vuelto a hablar desde que llegamos. Su confesión fue clara. Dijo que lo habían obligado a encubrir todo lo que hacía ese laboratorio —responde Daniel con pocos ánimos.
El juez se pasa las manos por su cabeza de cabello ralo y se saca las gafas negras que decoran su rostro. En sus ojos verdes se lee la pesadumbre, la incomodidad. Se aprecian los gestos de tristeza y de angustia al tiempo que deja caer pequeños retazos de rabia contenida.
—Bien, hay que hablar con él. ¿Tenemos pruebas de lo que dicen?
—La subinspectora Casado y yo encontramos todas las denuncias referidas a la residencia o al laboratorio, y en todas figura su número de placa.
—Con eso ya tenemos para empezar. El Bosco será trasladado mañana a primera hora a Picassent. Quiero que trasladen también al inspector jefe y lo dejen a disposición judicial en un recinto aislado hasta que pueda asegurarme de que no le va a pasar nada. Si es cierto lo que me dicen, puede que quieran silenciarlo. Necesito que hablen con él ahora. Antes de que sea más tarde. Pasará la noche aquí, custodiado las veinticuatro horas.
Aura asiente y se marcha por los pasillos en dirección a la sala donde tienen a Raúl. Daniel la sigue con unos pasos nerviosos. Con las manos inquietas. Con el cuerpo sudado.
Cuando llegan, ven al inspector sentado, en paz. Se mira las manos mientras juguetea con las esposas que todavía tiene aferradas a sus muñecas.
Apenas se inmuta cuando Aura entra acompañada de Daniel. Los mira y sonríe con resignación.
—Qué raro se hace estar a este lado. Es como si fuera un juego y ahora me tocara a mí ser el malo —dice cuando sus compañeros toman asiento.
—Tú no eres el malo, Raúl. Sabemos que no tienes nada de maldad. Por eso estamos aquí. Queremos ayudarte a ponerte a salvo y que puedas recuperar todo el honor que siempre has tenido.
El inspector jefe no puede evitar la carcajada que resbala por su boca.
—¿Honor? Eso ya se ha acabado, Aura. ¿Piensas que voy a salir de esta por la puerta grande? ¿Que por darte dos nombres ya todo se va a solucionar?
—Al menos es un principio. No se va a solucionar nada si sigues manteniendo ese silencio hermético. No podrás escapar nunca de esa lápida que te van a colocar por todo lo que has hecho. Aunque después quisieras remendarlo, no te servirá de nada. La gente valora lo malo diez veces por encima de lo bueno, y lo sabes.
Raúl levanta la barbilla una vez más y se humedece los labios con la lengua.
—Raúl —interrumpe Daniel—. Tú me has enseñado todo lo que sé. Y siempre me has enseñado a luchar por la verdad. Siempre has querido que este equipo se maneje con mano dura y con claridad. ¿Por qué vas a romper con tus propios criterios?
—No lo entendéis. Hay gente muy poderosa detrás de esto. Si se me ocurre hablar, estaré muerto antes de que acabe la frase. ¿Por qué creéis que jamás he permitido un solo desliz en mis compañeros? Porque nunca he querido veros a ninguno en mi posición. En una situación tan dura que no podáis hacer nada más que ver cómo se pudren todos vuestros valores.
Aura lo mira con miedo. Por un momento es capaz de creerlo. De pensar que no tenía salida, que no podía escapar de sus propias decisiones. Por un momento podría incluso defenderlo. Pero luego vuelve a ser la Aura de siempre. La que no permite embustes.
—Estás a tiempo de cumplir con tu deber. De hacer lo correcto. Si decides hacerlo, nosotros vamos a estar a tu lado para que no te pase nada.
El inspector sonríe ante la ridícula promesa de su compañera. Sonríe porque sabe que tiene razón.
—Sea como sea habré muerto. Quizá tengas razón. Ya que todo está perdido, ¿por qué iba a irme por la puerta de atrás? De todas formas, El Bosco también hablará, así que quiero estar con él cuando lo haga.
—Mañana trasladan a Picassent a El Bosco. A ti seguramente te dejen en algún juzgado para poder estar vigilado.
—No, Aura. Quiero ir con él. Quiero estar a su lado y asegurarme de que esta vez no escapa. Prefiero morir que verlo libre.
La subinspectora lo mira con reservada calma y niega con un movimiento suave antes de hablar.
—Puede ser peligroso. Además, El Bosco no va a ir…
—Aura. Es lo que quiero.
Aura no dice nada más. Asiente con orgullo y se levanta con decisión para salir a comunicar la propuesta de Raúl, pero en el exterior el agente encargado del traslado la está esperando.
—¿Qué ocurre? —pregunta ella con la mirada nublada.
—Es el detenido. Pide verla antes de que se lo lleven.
Aura suspira y tensa los labios ante el temor que la sola idea le produce. Cierra los ojos y accede mientras ve cómo el agente comienza a caminar por delante de ella.
El trayecto se vuelve oscuro conforme descienden por las escaleras. Se torna frío al contacto cercano con las paredes de hormigón. Se hace denso en su propia mente al ver la figura de El Bosco a lo lejos del último pasillo.
El asesino está sentado en un pequeño colchón duro contemplando la llegada de la subinspectora, con una sonrisa oscura afilando su gesto. Ladea la cabeza cuando Aura se detiene al otro lado de los barrotes.
—¿Qué quieres? —pregunta ella con sequedad.
—Tan solo quería despedirme. Ha devuelto algo de emoción a mis días. Ha sido mucho más interesante enfrentarme a usted de lo que fue luchar contra el inspector Reinoso, sin ánimo de menospreciarlo.
—El inspector Reinoso tal vez hubiera dejado que Raúl acabara contigo. Desde luego que te merecías recibir un balazo en mitad de la frente. Sin mencionar que a punto estuvo de arruinar tus planes.
El Bosco no puede disimular la sonrisa que le produce el odio de la subinspectora. Se levanta y avanza con precaución hacia ella, mientras que esta retrocede varios pasos para mantener el peligro a cierta distancia.
—Lo cierto es que así fue. Por poco deja mi obra inacabada. Pero no se preocupe. Usted nunca fue un objetivo, así como tampoco lo fue el inspector Reinoso. Yo jamás he querido acabar con nadie que no fuera culpable.
—Pero sí acabaste con la vida de la hija de Manuel y el hijo de Álvaro. ¿Ellos eran culpables? ¿Y qué me dices de las víctimas de los primeros casos? ¿Los que inculpaban a Javier?
—¿Crees que todos ellos eran inocentes? ¿Dirías lo mismo si supieras que la hija de Manuel había defendido en varios juicios al laboratorio? En todos ellos supo los trapos sucios de su padre. ¿Dirías lo mismo si supieras que el hijo de Álvaro había amenazado a varias personas que intentaron investigar en el pasado de su padre? No, subinspectora. Yo no he castigado a nadie que no se lo mereciera. Toda esa gente había vivido bajo el influjo de lo incorrecto, creando unas bases poco adecuadas para afrontar una vida honrada.
Aura traga saliva e intenta apartar de su cabeza todas esas malas influencias que la voz de El Bosco le provocan.
—Poco importa ya todo eso. Ahora ha terminado tu juego, así que dime qué es lo que querías y acabemos con esto.
—Cómo le he dicho, solo quería despedirme. Despedirme y desearle buena suerte. —Su sonrisa de pronto se hace más intensa mientras se aleja poco a poco hasta el colchón nuevamente.
Aura lo mira y un escalofrío recorre toda su espalda al presenciar su afilado gesto victorioso.
—Si no recuerdo mal, cuando te atrapamos dijiste que esto no se había terminado. ¿Todavía piensas igual? —dice ella con cierto retintín.
Él no responde de inmediato. Ya no lo hace ni tiene intención de seguir conversando. Se limita a dejar caer una carcajada que retumba entre las paredes de aquel oscuro sótano mientras toma asiento y observa cómo ella se marcha.
El Bosco no vuelve a hablar, pero tampoco deja de sonreír. Su expresión gélida perdura hasta que Aura no puede verlo más.