El primer lienzo

El primer lienzo


9 de marzo de 2018, Valencia. Javier

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9 de marzo de 2018, Valencia. Javier

Hay momentos en los que el peligro puede intuirse, olerse. Incluso yo soy capaz de presentirlo.

Mis manos sudadas, mis piernas temblorosas. Mi cuerpo en estado alerta mientras doy los últimos pasos que restan desde el garaje hasta la puerta metálica del ascensor.

Algo no va bien.

No sé cómo puedo entender que esta noche es distinta a las demás. Es como un sexto sentido. Como el Ultra Instinto de Spiderman, que me alerta de que esta noche es distinta.

Aunque la realidad es que todas las noches convoco el mismo ritual; antes de bloquear el coche, reviso todo el aparcamiento. Tras eso, camino unos pocos pasos y vuelvo a mirar. Hago esto varias veces antes de entrar en el ascensor.

Puedo escuchar el eco sordo de mis propios pasos antes de acceder al pequeño habitáculo iluminado y pulsar el botón para subir hasta mi apartamento.

De nuevo un día más. De nuevo consumido entre mis propios fantasmas desde hace más de un año.

Tan absorto estoy en mis propios pensamientos que no me percato de que la puerta del ascensor me anuncia la llegada a mi destino. No es hasta que comienza a cerrarse de nuevo que vuelvo en mí.

Salgo decidido, aunque nervioso, a la oscuridad del rellano. El baile inquieto de mis llaves rompe el silencio mientras me acerco a la puerta. Cuando llego, de nuevo la calma se impone.

Un segundo nada más.

Vuelvo a juguetear con las llaves para buscar la de la puerta principal. No acierto con la primera; es la de la puerta de la calle. Tampoco en el segundo intento. Es en el tercero cuando al fin la llave se introduce en la cerradura dejando un pequeño sonido de arrastre metálico en su viaje por el tambor.

La puerta se abre y al fin respiro. Pero solo durante un segundo.

Mi mente me vuelve a alertar de que algo no marcha bien. Puedo llegar a olerlo. Huele a miedo, a fuego, a recuerdos. Huele a dolor y sangre. Huele a él.

Abro los ojos justo cuando escucho el chirriar de unos pasos tras de mí.

Es tarde.

Intento darme la vuelta, pero algo se aferra a mi espalda y me bloquea los brazos. De pronto siento un pinchazo en el cuello y de nuevo ese hedor me atufa la nariz.

—Hola, inspector. Cuánto tiempo —dice, y su voz devuelve a mi mente todos los momentos que ya pensé olvidados.

Cada una de las víctimas, cada llamada, cada mensaje. Todo me castiga una vez más y sin piedad mientras me revuelvo para luchar contra nadie en particular. Él ya está a unos pasos de mí y yo me esfuerzo por controlar mis impulsos.

—Hijo de… —gruño haciendo un esfuerzo extra para intentar recomponerme del calor que empieza a correr por mi cuello.

Consigo detenerme un segundo y aprovecho para contemplarlo. Ahora nos encontramos el uno frente al otro y, a pesar de que él se oculta bajo la penumbra intensa del rellano, puedo ver su sonrisa refulgiendo como un destello en mitad de la noche.

Al amparo de las sombras avanza unos pasos con la seguridad de que nadie va a salir a ayudarme.

—Siento haber tardado tanto, querido amigo, pero debía dejarlo todo listo.

—¡Pedazo de miserable! —rujo, intentando ganar algo de tiempo. Llevo mi mano hasta la funda para sacar el arma, pero ya no está. Ahora hay un hueco vacío.

—¿Buscabas esto? —El brillo del metal traspasa todo el espesor negro que nos rodea. Consigo distinguir sus dedos, unos dedos finos y cuidados. Unos dedos que no han temblado a la hora de arrancarle la vida a todos esos inocentes. Y no tiemblan ahora—. Veo que sigue tomándome por un inútil. Pero eso acabará hoy.

—Desde luego que acabará… —intento decir. Y es entonces cuando noto que mi boca se derrite. Poco a poco todo empieza a temblar.

Retrocedo hasta chocar contra el mueble de la entrada y mi cuerpo deja de responder. Mis piernas no se mueven. Mis manos tampoco. Ni siquiera soy capaz de sentir el impacto de mi cuerpo contra el suelo. Solo queda mi vista nublada que se aferra a su cuerpo y un picor dulce que crece bajo mi piel.

Pero algo ha cambiado.

Veo su sonrisa distinta, su piel arrugada, su cara deformada.

—Le prometí que nos volveríamos a ver, inspector. Mi lienzo ya está listo. Ahora, usted dará comienzo a mi nueva obra.

Tras sus palabras, la noche se abalanza sobre mí. Aunque lo último que percibo es su cuerpo inclinado y esa amenazante sonrisa triunfal.

Después, nada más.

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