El primer lienzo

El primer lienzo


12 de marzo de 2018, 09:04. Valencia

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12 de marzo de 2018, 09:04. Valencia

A Aura siempre le habían encantado las fallas. Una de las fiestas populares más bonitas de España. O eso pensaba hasta ahora.

Ni las calles cortadas, ni las mujeres y hombres vestidos de falleros, ni el olor a pólvora pueden convencer a Aura de la belleza del momento.

Su mente se deshace en malos pensamientos mientras circula a toda velocidad a través de unas calles saturadas de vehículos. Algo común en esa época. Algo que ahora solo trae malestar a su cuerpo nervioso.

—No hace falta que corras tanto. Nos vamos a matar —informa Víctor con los ojos achinados mientras se aferra a la manecilla de la puerta.

Ella no responde. Su mente no procesa las palabras de su compañero. Ella solo puede pensar en Javier. En que esté bien. Que todo sea un malentendido y que su repentina desconexión del mundo se deba a un descuido muy propio de él últimamente.

—Seguro que estará durmiendo —vuelve a decir Víctor. Aunque sus ojos también brillan a causa del desconcierto.

—¿A las doce de la mañana? No. Algo no va bien. No es una persona que se olvide de ir a trabajar —lo dice tras analizar, en su mente, todos los detalles.

Desde el viernes que no se sabe nada de él. No ha wasapeado en el grupo que tienen en común. Su móvil está sin línea desde el viernes por la noche. No ha ido a trabajar. Demasiadas coincidencias.

Y Aura no cree en las coincidencias. Ella es de hechos probables, de actos empíricos y de respuestas lógicas. Y en este momento la lógica le obliga a acelerar un poco más. Pone cuarta y pisa el pedal del acelerador, haciendo que el motor ruja de nuevo.

Cuando llegan al edificio, varios coches ya esperan la llegada de los dos agentes bajo un sol de mediodía que se entremezcla con un viento fresco. Frente a su nuevo y reluciente Mercedes C-200 aguarda Raúl, acompañado por Leo. El otro vehículo es una patrulla de la Policía Nacional con dos agentes uniformados.

—¿Has podido localizarlo? —investiga el inspector jefe cuando Aura se acerca.

Ella niega con la cabeza.

—Nada.

—No esperemos más entonces. Nosotros subimos al apartamento. Ustedes dos quiero que vayan al aparcamiento y revisen si está todo en orden. Si hay algo extraño: marcas de violencia en el suelo, en las paredes, en las puertas… —ordena a los muchachos de uniforme.

Pronto todos se dispersan. Por un lado, los dos jóvenes, que se pierden por las escaleras en dirección al aparcamiento.

Raúl, Aura y Víctor entran en el ascensor mientras que Leo se queda en el coche manipulando su pequeño ordenador.

Todo está en silencio cuando llegan frente a la puerta de Javier. Un silencio atronador. Tan duro que Aura no puede más que tragar con fuerza, suplicando que todo esté en orden. Que Javi esté durmiendo, víctima de una resaca de esas que te dejan tumbado dos días.

Pero nadie responde al otro lado. Tampoco se escucha sonido alguno.

Una oscura paz es todo cuanto rodea al grupo de agentes de la UDEV.

—Tenemos que entrar —informa Raúl tras cuatro infructuosos intentos. Aporrea una quinta vez la puerta, pero, al igual que en los anteriores casos, nadie responde—. ¿Tenemos algo por el aparcamiento? —investiga por el intercomunicador.

—Su coche no está —responde con una voz mecánica uno de los agentes bisoños.

—Vale, esto no pinta bien. No vamos a esperar una orden, entramos ya.

Raúl se aleja unos metros de la puerta, apartando a sus compañeros del trayecto que va a recorrer. Asiente con la cabeza.

En silencio.

Preparado.

Respira hondo, cierra los ojos y aprieta los puños. Su cuerpo se inclina unos grados hacia delante y se afirma en el suelo haciendo gemir la suela de sus Nike Air Max 270.

Cuando sale corriendo, decidido, un leve chirrido se escapa de sus pies quejumbrosos.

No duda. Con un grito rabioso, que es silenciado por el estruendo que provoca el impacto con la puerta, la realidad se muestra ante ellos.

Aura entra primero, con su USP 9mm en la mano y la mirada nublada a causa del brillo que la obliga a contener unas lágrimas rebeldes.

Víctor la sigue.

—Despejado —informa ella cuando llega al salón.

—Aquí tampoco hay nadie —confirma Víctor saliendo del que era su despacho.

Raúl no responde. Su cuerpo se halla inmóvil frente a la entrada. Estático como un guerrero de terracota, observa el suelo. Algo llama su atención. Se agacha y con sumo cuidado acerca la linterna de su teléfono sobre aquello que lo reclama.

—Es sangre —dice, y lleva su mirada de preocupación al resto de agentes.

Todos se vuelven de nuevo hacia el salón y sin dudar entran para inspeccionar el resto de la vivienda.

Es Aura la que avanza con cautela por el pasillo. Soledad es lo que halla a su paso. Soledad y un fuerte olor a lo que parece ser disolvente. ¿Pintura? Pronto sus ojos descubren el horror al que se están a punto de enfrentar.

—¡Chi…! —intenta decir, pero su garganta se bloquea. No puede hablar, no puede moverse. Su cuerpo no responde. Ante ella se encuentra la verdad de su presencia muda. Aquello a lo que temía mientras viajaba con Víctor—. ¡Aquí! —exclama al fin.

Cuando Víctor y el inspector jefe se acercan, no pueden evitar dejar caer un suspiro. Un suspiro que se pierde reverberado en la habitación.

—Hay que llamar a la científica —anuncia Raúl tras llevarse la mano a la boca.

—No, no puede ser. Otra vez no —sentencia Víctor con los ojos salidos de sus órbitas.

Los tres agentes se quedan en silencio observando la escena. Tristes, preocupados.

La habitación se encuentra desierta, la cama deshecha y arrastrada contra la pared. Los muebles también han sido movidos y lo que destaca ante sus ojos: una frase. Una frase escrita con pintura roja en la pared. Una frase que anuncia la realidad a la que están enfrentándose. Una frase de él. Del asesino de El Bosco.

—El ojo que lo veía, ya no lo ve, y su lugar no lo contempla más —lee en voz alta Aura. Esas palabras se clavan en su pecho, taladran sus oídos mientras ella misma las pronuncia.

—Ha vuelto. No hay duda —responde Raúl, que vuelve a apoderarse de su teléfono y comienza a tramitar la apertura de una nueva investigación.

—Chicos. Hay más. —Aura se acerca hacia la cómoda. Ahí, un papel descansa sobre la madera.

Traga saliva con fuerza. Su corazón palpita furioso. Sus manos no pueden mantener la firmeza. Sus piernas amenazan con desplomarse.

Es un papel.

Un recorte de un dibujo.

—¿Es el cuadro? —investiga Raúl.

—Tiene que serlo. Pero no es el cuadro que conocemos. Y tampoco está pintado a mano. Parece… —Acerca un bolígrafo al papel para evitar tocarlo con las manos y lo mueve unos centímetros—. Parece un recorte de otra pintura.

En el pequeño papel se puede ver a una mujer que sujeta un bebé desnudo, en un fondo claro que se asemeja a la estructura de una pequeña choza.

—Me cago en la puta, otra vez no. —Víctor se pierde por el pasillo, volviendo sobre sus pasos.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Aura, nerviosa. Su cuerpo es un torbellino de sentimientos. De temor por lo que pueda haber ocurrido con su compañero. De dolor por su ausencia. De rabia por el asesino.

De culpa por no haberse dado cuenta a tiempo.

Con ese último sentimiento, empieza a revisar todo cuanto la rodea: muebles, baños, cajones. Pero nada parece estar fuera de lugar. Nada excepto su coche y su teléfono.

«¿Dónde estás?», piensa con una estaca atravesando su pecho, comprimiendo sus pulmones.

—Tenemos que salir, Aura. Los de la científica harán eso. Nuestro trabajo ahora está ahí afuera. —Sin decir nada más, Víctor la abraza por los hombros y ambos se marchan en un paso lento hacia la salida.

Ella mira una última vez el teléfono con la esperanza de encontrarlo al otro lado. Incluso llega a enviar un «¿Dónde estás?». Un mensaje que se muere en el fondo de su pantalla, sin llegar siquiera al destino deseado.

Cuando regresan a la calle, Leo y los dos oficiales aguardan frente al Mercedes del inspector jefe.

—¿Qué procede ahora, jefe? —pregunta uno de ellos. Un joven moreno de aspecto serio. El uniforme se amolda a su cuerpo marcando unos músculos definidos. El otro muchacho, algo más simple y anodino, no dice nada.

—Necesito que preguntéis a los vecinos si vieron algo durante el fin de semana. Desde la noche que llegó de trabajar hasta esta misma mañana. También vamos a revisar la zona: necesitamos encontrar cámaras de seguridad. Trazaremos un radio de trescientos metros. Un coche no puede pasar desapercibido, así que podremos seguirle los pasos.

Con celeridad, los dos agentes se marchan mientras que el resto se apresta frente a la puerta.

—Hay que reunir al equipo. Vamos a prepararnos para entrar en la vivienda de nuestro sospechoso.

—Pero, jefe —intercede Leo mirando con expectación a través de sus gafas—. Ahí no hay nada. Lleva abandonado desde que pasó todo.

—No podemos descartarlo. Voy a llamar al juez. Nos vemos allí en media hora.

Todos se marchan. Todos menos Aura.

Ella se queda un minuto más, observando el edificio. Su mente no deja de enviarle autodestructivos mensajes de dolor. «¿Seguirá vivo?». «¿Habrá sufrido?». «¿Dónde estará?».

—Aura. —La voz de Víctor la devuelve de nuevo al presente. A su mundo—. Tenemos que irnos.

Ella asiente y sube al vehículo, sabiendo que todo acaba de empezar de nuevo. Traga saliva y se pone en marcha.

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