El primer lienzo

El primer lienzo


Lugar desconocido. Javier

Página 7 de 57

Lugar desconocido. Javier

«Vamos, mi guerrero. No puedes rendirte ahora».

 

Su voz me devuelve a una oscura realidad. Penumbra absoluta es todo cuanto me rodea en mi primer impacto visual.

Silencio.

Dolor.

Un estrepitoso calambre recorre mi cuello cuando intento incorporarme seguido de un crujido importante que retumba en mi cabeza. Intento moverme, pero, en cuanto hago acopio de fuerza y voluntad, mis manos no responden. Un ruido metálico suena en mi espalda. Estoy esposado sobre lo que parece una silla. Siento la madera dura bajo mi cuerpo, el respaldo recto en mi espalda. Mis piernas también se encuentran retenidas. Y junto a mis brazos noto el frío tacto de una pared.

Silencio de nuevo.

Más dolor.

—Vaya, veo que ha despertado, inspector. Bienvenido de nuevo.

Su voz resuena en mi cabeza y de pronto siento cómo la bilis de mi interior clama por escapar a toda velocidad. Un cosquilleo sube por mi espalda dejando un surco frío a su paso.

—Hijo de… —digo como respuesta automática.

—Bien, veo que no ha perdido su sentido del humor. Eso es importante.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunto con miedo a conocer la respuesta.

Por fin, tras unos segundos en los que una oscura celosía se instaura en mis ojos, empiezo a descubrir la cruda realidad que me rodea.

A mi alrededor solo reconozco paredes, paredes lisas y bien cuidadas. Muy cerca de mi cuerpo. Él se encuentra a un lado, sonriendo, victorioso. Puedo distinguir un objeto afilado en su mano, aunque no consigo definirlo. ¿Un puñal? No lo sé. Lo único que veo es el brillo sucio del metal.

Vuelvo a sacudirme y el chirrido metálico de mis manos resuena una vez más.

—La primera vez cometí un pequeño error —dice señalando mis manos—. Pero no iba a pecar de lo mismo otra vez. Ahora está bien esposado, inspector.

Las cicatrices de mis muñecas arden al oír sus palabras, como un cruel recuerdo de nuestro último encuentro.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Es sencillo, amigo. Nada. Me voy a limitar a dejar que sean sus compañeros los que decidan si ha de vivir o morir. A mí ya no me corresponde ese destino. Mi obra ahora la protagoniza otro elenco.

—¿Elenco? —Mis dudas estallan en una cabeza dolorida. Cierro los ojos y aprieto los dientes con fuerza.

—Tranquilo, se le pasará. Estará un poco mareado durante unas cuantas horas, pero poco a poco irá recuperándose. Tenga —dice, y me acerca una pequeña y trasparente botella de agua—. Le hará falta.

—Que te den.

—Bueno, como usted quiera. —Retira su ofrenda sin borrar su cruel sonrisa y comienza a manipular un pequeño bolso que trae consigo—. He intentado tenderle una mano como gesto de buena voluntad, pero sigue siendo un ser orgulloso, egoísta. Todavía no es capaz de reconocer que todo eso lo único que ha traído a su vida ha sido pena y dolor.

—Vete a la mierda. Tú y tus putas frases filosóficas. —Vuelvo a revolverme sin éxito alguno. Puedo sentir cómo la silla quiere balancearse, sin apenas moverse del lugar gracias a algo que la sujeta al suelo. Me asomo un poco y veo los tornillos aferrados a las patas de madera. Estoy completamente inmovilizado—. ¿Cuánto tiempo llevo dormido? ¿Dónde estamos?

Él sonríe.

—Demasiadas preguntas, inspector. Ahora lo que tiene que hacer es ahorrar energía. Pronto empezará todo y necesito que soporte estoico esta prueba.

—¿Empezará todo?

—Mi nuevo lienzo, inspector. Mi nuevo lienzo.

Y en este momento sí, su sonrisa parece crecer por encima de su rostro. Un rostro infausto que se muestra con más claridad. Tiene parte de la cara arrugada e incluso sin pelo en la zona que ocupa la cabeza. Su boca está deformada y una de sus manos también ha sido víctima del resultado de nuestro encuentro. No puedo evitar poner una cara de asco ante su aspecto.

—Vaya, estás hecho mierda.

Vuelve a reír.

—Ya le dije, inspector, que soy como el Ave Fénix que resurge de sus cenizas.

—No todo ha resurgido por lo que veo.

Silencio. Ahora ya no muestra esa actitud arrogante. Su semblante se vuelve serio y traga saliva, visiblemente enfadado.

—Pronto llegará la hora de despedirse, inspector. Me hubiera gustado que usted fuera testigo de mi nuevo propósito. No obstante, esta decisión ha sido la mejor tomada.

—Entonces, ¿por qué acabar conmigo si te hubiese gustado que estuviera ahí?

—¿Le gusta leer, inspector? —pregunta con una sonrisa que me congela el alma.

Intento contener mi repudia ante su tranquila crueldad. Respiro hondo y evito responder a su pregunta. A pesar de todo, mi voz se desliza por mis labios como por decisión propia.

—¿Qué pretendes?

—Ahora mismo conversar con usted. A mí sí me encanta leer. Y uno de mis libros favoritos es El arte de la guerra, de Sun Tzu. Bien, Sun Tzu fue, para mí, el mejor general que ha habido y habrá jamás. Su libro ha servido de ejemplo para todos los generales que lo han precedido. Incluso para mí. Una frase dice así: Ataca a tu enemigo cuando no esté preparado, aparece cuando no te espere.

—No vas a salirte con la tuya. Si no soy yo, será cualquiera de mis compañeros. Te atraparán igualmente.

—Todavía no es capaz de entender mi propósito. A pesar de todo lo ocurrido, sigue sin saber que todo esto ya estaba pensado desde antes de que usted siquiera pensara en dedicarse a resolver delitos.

Mi rostro se torna serio, expectante ante sus palabras.

—Siempre he estado a vuestro lado. Y eso me proporciona una ventaja que ni siquiera imaginan. Conozco el pasado de cada uno de ustedes. Y ahí está el problema. Que ustedes no conocen el mío. Conoce a tu oponente, conócete a ti mismo, y no pondrás en peligro la victoria. Pronto entenderá, inspector, que jamás tuvieron posibilidad de ganar.

Se acerca unos centímetros y mi cuerpo se enciende. Me retuerzo como puedo en mi asiento, pero apenas logro sacudir la cabeza. Él, riendo, me coloca un trozo de cinta americana en la boca y vuelve a retroceder. Lo hace solo para apoderarse de otro objeto. Me mira una vez más y continúa.

—Aunque esto acabará pronto. Ahora serán conscientes de mi pasado y tal vez puedan entender que todo lo ocurrido hasta el momento se escribió hace mucho tiempo. El destino, inspector, a veces son hilos que nosotros mismos podemos llegar a manipular. Solo necesitamos encontrar dónde comienza la costura.

Y con aquella frase sentencia nuestro encuentro. Se acerca y muestra aquel objeto que no es más que una bolsa de tela negra. Nada puedo hacer para evitar que me oculte la cara con ella.

Tras eso, de nuevo oscuridad.

Ir a la siguiente página

Report Page