El primer lienzo

El primer lienzo


12 de marzo de 2018, 12:02 Valencia

Página 8 de 57

12 de marzo de 2018, 12:02 Valencia

Sobre la acera de la Avenida de Francia se agolpan varios efectivos de la Policía Nacional. Raúl se encuentra ultimando detalles con varios oficiales y compañeros de otra unidad.

Aura y Víctor se preparan por su cuenta, aprestando su equipo: chaleco, armas, guantes.

Todo está preparado. Listo para lo que pueda suceder. Para lo que puedan encontrarse en esa vivienda.

—Vamos, yo subiré con dos efectivos más por las escaleras. Para asegurar más que nada. Nos vemos arriba —anuncia Raúl, y sin dar tiempo a que nadie responda se aleja en dirección a la zona común del edificio.

—¿No deberíamos esperar a los de apoyo? —pregunta Víctor con preocupación—. No sé, traer a cuatro oficiales no me inspira confianza.

—No podemos esperar a Berrengo, Víctor. Tardarían mucho —responde Aura frente a la puerta del ascensor.

Su mente calcula la respuesta que ella misma ha dado.

Si vienen de Guadalajara, contando que el tráfico sea fluido y que elijan para desplazarse los Toyota Land Cruiser o los Jeep Grand Cherokee —que son los más veloces de todo el garaje del Grupo Especial de Operaciones—, podrían plantarse en Valencia como pronto pasadas las cuatro de la tarde. Demasiado tarde.

Con aquella extraña cuenta rebotando en su mente, llegan al undécimo piso.

Raúl, Leo y los otros agentes tardan unos minutos más.

—Mala idea esa de subir a pie —comenta el inspector jefe entre jadeos casi espasmódicos, cuando se reúne con los demás agentes—. No perdamos tiempo.

Se acercan a la puerta del asesino más duro al que se han enfrentado hasta el momento, y todo vuelve a empezar.

Aura respira con fuerza. Libera la tensión, relaja los músculos. Piensa que todo lo hace por encontrar a Javier.

Piensa en él y un brillo doloroso se aferra a sus ojos.

Asiente. Está lista.

Se coloca a un lado del marco de la puerta y acerca su cabeza a la madera. Intenta escuchar algo a través de la estructura, pero es otro el ruido que la sobresalta.

Al otro lado del rellano, un crujido extraño llama la atención al equipo que, sin pensarlo, se pone en alerta.

El ruido metálico de las correderas de las armas de los agentes siendo amartilladas sobreviene a un pequeño fogonazo de luz proveniente del otro lado.

Del pequeño resquicio abierto en la puerta asoma una cabeza pelada, unos ojos sobredimensionados y una expresión de terror.

—¡Policía! —anuncia uno de los oficiales agregados para esa misión.

—¡Esperen! ¡Esperen! —grita una voz. Acto seguido, la puerta se abre del todo, mostrando a un hombre de avanzada edad, vestido con pijama gris y unas pantuflas raídas—. Creía que era él otra vez.

Raúl se incorpora por completo, con la cara desencajada.

—¿Cómo que creía que era él? ¿Qué ha querido decir?

El hombre traga saliva. Entiende que ha cometido un error al precipitarse en su defensa automática. Sabe que va a tener que decir la verdad. Y la verdad, en ese instante, es un arma cargada y a punto de ser detonada.

—Hace varios días escuché ruidos en el interior de la vivienda. Cuando me acerqué a la mirilla —dice señalando el pequeño orificio acristalado que se aferra a la puerta—, vi una sombra salir por el rellano. Creía que había vuelto.

Raúl mira a su compañera.

Aura hace lo propio con Víctor.

—¿Qué día dice que ocurrió eso? —Es Aura la que se adelanta al inspector jefe, con la voz trémula y un dolor que inicia en su garganta y acaba en su estómago.

No quiere oír la respuesta. Esa respuesta. Esa que la arrastre a un pozo insondable de realidad. Esa que le arrebate hasta la más mínima esperanza. No quiere escuchar lo que ese hombre sudado y asustado tiene que decirles.

—No sé. —El hombre se rasca la cabeza desnuda y pierde su vista en el techo. De pronto, las lámparas de la zona común se apagan dejando una penumbra arañada por la luz que emana de la vivienda del inquilino—. ¿Sábado? ¿Viernes tal vez? Era de noche, eso estoy seguro porque yo me acuesto muy tarde. Así que era muy tarde. Juraría que sábado. Recuerdo que estaba mirando el Málaga contra el Barcelona y me quedé dormido en el sofá.

El equipo vuelve a mirarse y el temor de lo posible reflota en el ambiente.

—Estaba atento por si aparecía de nuevo para avisarlos, pero no he vuelto a escuchar nada hasta ahora. —Remata al fin el hombre, con una expresión apagada.

—Debió avisar en su momento. Y más sabiendo que este sujeto está siendo buscado —recrimina de nuevo Aura, que no puede evitar ser dominada por la furia que crece en su cuerpo.

—Yo…

—Métase adentro y no salga pase lo que pase —sentencia sin darle tregua.

El hombre, con la cabeza gacha, vuelve a perderse en el interior de su vivienda, dejando al equipo a oscuras de nuevo.

—No podemos esperar. Javier podría estar ahí —dice ella en una súplica dolorosa que nadie puede ignorar.

Víctor asiente. Raúl hace lo propio.

Todos se preparan de nuevo; Aura y Víctor a ambos lados del marco de la puerta, con sus armas ya amartilladas y listas para detonar. Raúl junto a Leo un metro más atrás, justo por detrás del cuerpo de metro noventa del agente que sujeta en su mano el ariete con el que pretende devorar la madera de su vivienda. Otro agente algo más menudo lo ayuda con el pesado objeto.

—¡Vamos! —Raúl da la orden y de pronto los dos policías clavan la punta del ariete en la puerta.

El impacto solo produce un ruido sordo que rebota en las paredes. Un pequeño crujido informa que la madera se ha resentido.

—Una más, venga. ¡Ya!

De nuevo vuelven a cargar. Y, aunque la puerta no se abre, sí que llega a percibirse una enorme grieta que surge en la zona de la cerradura.

No es necesario el ariete. Raúl carga con el pie sobre la parte dañada y la estructura al fin cede ante su envite.

El crepitar de la madera anuncia que ya no hay lucha posible. La puerta se hace a un lado, dejando el metal de la cerradura todavía aferrada al marco, que se ha desplazado debido a los golpes, y el equipo entra.

—¡Policía! —gritan al unísono.

Una discoteca de luces blancas baña rincones aleatorios de la vivienda mientras que el equipo, con sus armas por delante, se disgrega por cada una de las habitaciones.

—Despejado —anuncia Víctor mientras sale de la primera habitación.

—Aquí tampoco hay… —comenta Raúl, pero no llega a concluir su mensaje. Silencia cuando ve a su compañera erguida a la entrada del salón principal.

Apunta con su arma a un punto iluminado en concreto, congelada.

Su cuerpo no se mueve, sus ojos no pueden fijar nada más que aquello que se halla frente a ella. Su respiración entrecortada al fin se detiene del todo cuando su mente procesa la imagen.

Esa imagen a la que se negaba desde que entendió que la ausencia de Javier era el presagio de lo que se avecinaba.

Traga saliva e intenta pronunciar las palabras obligatorias de todo agente según el protocolo de actuación.

—¡Quie… quie… to! —intenta pronunciar, pero su lengua se bloquea entre los dientes. Su barbilla tiembla rauda mientras contempla la escena—. ¡No se mu… eva! —Sus ojos brillan entendiendo las posibles variantes de aquella escena. Ata cabos y saca conclusiones. Todas ellas le retuercen el corazón hasta arrebatarle el poco resuello que todavía conserva.

Pero aquel sujeto no se mueve. Desde que lo ha enfocado con su linterna ha permanecido inmóvil.

—Me cago en la puta —argumenta Víctor llevando el cañón de su arma al mismo punto que su compañera.

A tres metros de ellos, en un salón devorado por la penumbra, se encuentra un sujeto; sentado, de espaldas a la entrada.

Apenas se distinguen detalles, pues la oscuridad domina todo el salón. Más bien es una sombra desdibujada que apenas absorbe los pequeños rayos de claridad que disparan las linternas de los agentes.

Un hedor a podredumbre inunda el salón y de la luz que proyectan las linternas se destapan algunos detalles del ser que se halla con ellos: un cabello negro se entremezcla con retazos cenizos, decorado por una pequeña planicie que brilla sobre su cabeza. Su cuerpo se deposita sobre una silla de madera y parece tener los brazos apoyados en su regazo, pero, desde la posición de los agentes, apenas se descubre su espalda y un enorme charco bajo sus pies. Un charco que baña incluso las patas de la silla y que no es difícil deducir que se trata de sangre.

—Separaos —ordena Raúl.

Aura accede al salón flanqueando al sujeto por su izquierda, junto con Víctor. Raúl y Leo lo hacen por la derecha. Los otros dos agentes esperan en la puerta.

A medida que avanzan, las luces muestran detalles nuevos.

—No hay nada que hacer —confirma Víctor mientras se lleva la mano que todavía tiene libre a la boca. El subinspector muestra con su linterna el rastro de sangre seca que se ha descolgado del cuerpo y ahora forma parte del frío suelo en un espeso charco.

Aura no puede contener una arcada que sube por su estómago y, sin piedad, atraviesa la garganta.

Se tapa la boca con la mano para evitar empapar el escenario y, haciendo acopio de valor, vuelve a tragar el poco líquido que ha mojado su lengua. Siente su esófago arder mientras la bilis vuelve a su lugar de origen y cierra los ojos reprimiendo un nuevo reflujo amargo.

—¿Estás bien? —pregunta su compañero.

Ella asiente.

No es la primera vez que presencia un escenario. Es más, nunca había sentido asco por muy fuerte que fuera la escena. Pero hoy es distinto. El hecho de tener que contemplar a un compañero en una situación así acaba con su fortaleza. La destruye. La desarma.

—No es Javi —vuelve a informar Víctor.

Todos miran al cuerpo. Aura la primera. Quiere confirmar que Víctor dice la verdad. Necesita recobrar esa esperanza. Volver a otra posible realidad, una distinta en la que Javi siga respirando.

Acerca el haz blanco de su linterna al rostro del sujeto y al fin respira. Ni el olor acartonado de la sangre, ni el hedor a muerte hacen que vuelva a sentir nauseas. Respira con fuerza llenando sus pulmones de ese pútrido aire no parece molestarla.

Es entonces cuando todos los focos se dirigen al mismo punto de nuevo.

Al fin se descubren nuevos detalles.

Se trata de un hombre que frisa los sesenta años. A pesar de mostrar una expresión de terror que se dibuja en unos ojos todavía abiertos, su rostro muestra el castigo. Ojeras marcadas y cara repleta de arrugas. Unas arrugas decoradas por unas gafas negras de pasta que cuelgan de su cuello gracias a una cuerda que se anuda a la nuca.

—¿Sabemos quién es? —investiga Raúl.

Todos niegan en silencio.

Aura no es capaz de reconocerlo, no lo ha visto en su vida. Pero no es eso lo que le preocupa. Sus ojos se centran en el papel que descansa sobre sus piernas y que parece coincidir con un recorte idéntico al que encontró en casa de su compañero.

—Es obra de nuestro hombre —dice ella enfocando el hallazgo.

No es un papel, parece un trozo de tela de lienzo. En ella se observa un hombre negro vestido de blanco. En su mano porta un objeto reluciente.

—Todo vuelve a empezar —remata Raúl, que no se centra en la víctima.

Su linterna enfoca la pared. En ella un enorme lienzo reposa irreconocible. Varios agujeros deforman el interior de la pintura, dejando un cuadro descompuesto, como un puzle inacabado.

—Está todo roto —comenta Víctor.

—No es eso. Nos está informando de cuántas víctimas nos esperan. —Aura se centra en una oquedad en concreto.

El mural muestra un nuevo cuadro, distinto al estudiado en el primero de los casos. Ahora el lienzo que se muestra parece un nuevo tríptico, pues tres son las partes destacadas.

A pesar de los numerosos agujeros, se puede distinguir todavía detalles del lienzo. Un lienzo que, a diferencia del Jardín de las Delicias, no tiene varias tonalidades. Las tres tablas comparten tonos verdosos y azulados, en donde la vegetación predomina. A los lados se ven distintas escenas que convergen en una central en donde un grupo de personas parece reunirse frente a una mujer. Tras ellos, una pequeña casa repleta de seres extraños que observan.

Aura se centra en una zona de la tabla central. Saca su teléfono móvil y recupera la imagen encontrada en casa de Javier.

—El dibujo coincide. Nos está dejando partes del lienzo junto a cada víctima —informa con un dolor que atraviesa su pecho, consciente de lo que esa imagen azulada que brilla en su Huawei P10 significa.

Raúl se acerca para confirmarlo y, con una expresión seria, se vuelve hacia sus compañeros.

—Creo que estamos en un serio problema.

Nadie dice nada. Miran incrédulos al ser que se halla sentado junto a ellos y una pregunta flota en el ambiente.

—Creía que lo suyo era un tema que tenía con Javier y todos los que cayeron en su primer cuadro. ¿Qué pinta este señor en su historia?

Aura, que es quien ha hablado, observa el rostro de terror de la víctima con una losa en su cuerpo que la aferra al suelo. Con el móvil todavía encendido, se centra en la imagen hallada en casa de su compañero y, mientras la contempla, descubre una nueva notificación de WhatsApp.

Cuando abre la aplicación, sus ojos se sobresaltan, sus manos tiemblan, su cuerpo pide clemencia.

Un «Hola». Un simple «Hola» desata en su mente toda una retahíla de pensamientos que no se detienen en buenos o malos, hasta llegar a desembocar en una idea.

Es Javier el que ha contestado a su mensaje con un escueto saludo, frío como una primera gota de lluvia. Hace más de una hora de ese mensaje, pero confía en que todavía siga al otro lado. Que haya encontrado un momento para comunicarse con ella, para pedir auxilio.

Decide llamarlo.

Reza por que esté al otro lado y sus súplicas parecen ser escuchadas cuando el teléfono da señal.

Primer tono y ella se tensa, «por favor, responde». Segundo tono y todavía sigue en un oscuro silencio. Cada tono es una aguja nueva que se clava en sus tímpanos. Tercer tono. Cuarto tono. Un quinto tono y todavía silencio.

Aparta el teléfono, angustiada.

—¿Dónde estás? —dice sin darse cuenta de que lo ha hecho en voz alta.

Todos la miran.

Sexto tono, y ahora sí. La señal se corta y un eco oscuro se cuela a través del auricular. Silencio. No oye nada.

—¿Javi? ¿Estás bien? —pregunta ante la mirada atónita de todo su equipo, que se agolpa junto a ella.

Pone el altavoz para que todos presten atención y en mitad del silencio su voz retumba por toda la sala.

—Hola, subinspectora Casado.

Ir a la siguiente página

Report Page