El primer lienzo
12 de marzo de 2018, 12:36. Valencia
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12 de marzo de 2018, 12:36. Valencia
El silencio devora una vez más la estancia dejando a todo el equipo sin habla. Aura no respira. Su cuerpo se ha quedado inmóvil y en su mente esa funesta voz rebota sin cesar.
Sus manos empiezan a temblar. Su cuerpo deja de responder por un instante tan corto que apenas es percibido por el resto de los compañeros.
—Disculpe mi intromisión, pero creo que el inspector Reinoso no va a poder responder en este momento —se burla esa voz que tanta muerte arrastra. Lejos queda el sonido distorsionado con el que acostumbraba a hablar. Ahora, una voz grave y apagada hace vibrar lo pequeños altavoces del terminal. Una voz transida de dolor. Una voz que se ha olvidado de la paz, que infunde oscuridad.
Aura no responde. Su mente procesa una serie de simples palabras que intenta trasladar a su boca, pero no surte efecto. «¿Dónde está Javier?». «¿Qué has hecho con él?». «¿Quién es la persona que se encuentra con nosotros?». Demasiadas preguntas que se estrellan contra su paladar.
Sus brazos resisten con energía el enorme peso de su teléfono, que suma un par de kilogramos por cada segundo que pasa. Sus ojos se bloquean mirando fijamente la pantalla. Su cuerpo no reacciona.
—¿Subinspectora? —pregunta la voz al otro lado—. ¿Sigue ahí?
Raúl propina un leve golpe en su mano que hace que Aura vuelva en sí. Respira con fuerza para intentar que su voz salga en un tono constante y adecuado.
—¿Dón…? —Falla en su primer intento. Sus labios se bloquean haciendo que la pregunta se corte. Vuelve a respirar—. ¿Dónde está Javier? —investiga al fin.
Por un segundo parece oírse la risa del sujeto al otro lado. Un eterno segundo de silencio oscuro.
—No tiene por qué alterarse, subinspectora. Respire hondo. Al principio quizá se le haga duro eso de tener que dialogar con un asesino, pero estoy convencido de que acabará por acostumbrarse. El inspector Reinoso lo hacía muy bien, seguro que ha aprendido de él muy buenas técnicas.
—¿Dónde está Javier? —repite Aura con algo más de rabia. Aprieta los labios mientras siente cómo sus dedos hacen crujir el plástico del móvil.
—El inspector se halla donde le corresponde en este momento.
Aura tensa la mandíbula intuyendo el significado de esa frase. Aprieta los dientes con fuerza.
—Si le has hecho algo…
—No me corresponde a mí —dice la voz anticipándose a la conversación—. El destino del inspector Reinoso lo marcarán ustedes con sus actos.
—¿Qué quieres decir?
—Muy sencillo. Sé que llevan tiempo tratando de localizarme. Que vuestro deseo por verme en prisión, o muerto, es el único aliciente que ahora mismo tienen. Un acicate obsesivo que los ha traído por el camino de la desconfianza desde el día en que me marché. Pero es una pena que no vayan a ver su objetivo cumplido. ¿Quiere saber por qué?
—Soy toda oídos. —Aura poco a poco va ganando terreno en la conversación, recuperando ese inusitado instinto que posee y que la dota de una inteligencia casi por encima del resto.
—Bien, para encontrarme primero tienen que entender lo que tienen frente a ustedes. Y dudo mucho que ahora mismo sepan siquiera quién es ese hombre.
Aura vuelve a mirar al sujeto, que sigue en la misma postura con una sonrisa extraña dibujada en un cuello que ha babeado litros de sangre por todo su pecho.
Mientras hablan, Leo, por orden de Raúl, se marcha en silencio, despacio.
—Tienes toda la razón. No tenemos ni idea de quién es. Así que si eres tan digno de ilustrarnos.
La voz vuelve a reír.
—No es nadie, subinspectora. Tan solo un pobre diablo que no tuvo el valor de denunciar la verdad. Un ser que ha vivido siempre con la culpa de lo que hizo. Pero no sufra por él. Yo ya lo he redimido de sus pecados. Ahora descansa en paz.
Mientras dialogan, un pequeño grupo del equipo científico hace acto de presencia portando con ellos varios focos para iluminar el escenario, maletines y todo tipo de instrumentos. Raúl, en un arrebato de furia, pide silencio llevando su dedo enhiesto a los labios.
—Y, si lo ha perdonado, ¿por qué acabar así?
—¿Perdonado? —La voz al otro lado se tensa—. Yo no he dicho que lo haya perdonado. Lo he redimido de sus pecados. Por favor, preste atención.
Aura traga con fuerza, pero a la vez analiza la situación. Ese arrebato furioso en el asesino abre una pequeña ventana en su mente.
—¿Y no es lo mismo? —insiste ella, intentando forzar el error.
—Lo… —Se detiene, y por un momento se escucha su respiración—. Muy inteligente. Siento decirle que no, no es lo mismo —sentencia al fin, volviendo a la normalidad.
La subinspectora revisa todo en derredor, en busca de una pista que poder utilizar, y la encuentra justo bajo el cuadro.
Escrito en pintura roja reposa un nombre cuyas letras parecen derretirse. Un nombre completo; Eusebio Grillán Peris.
—¿Y qué pinta el señor Grillán en tu obra? Veo que el cuadro es distinto.
De nuevo silencio.
—Todavía se encuentra en una situación bastante prematura, subinspectora. Sus yerros son comprensibles, pero espero que cuando volvamos a hablar haya entendido un poco más todo lo que ahora se presenta ante sus ojos.
—¿Qué debo entender? ¿Por qué no dejas de hablar con tanto misterio y nos dices qué quieres? —expone, acrecentando su furia.
La voz vuelve a reírse de forma sutil, como si no quisiera abrir la boca. Una risa que escapa de sus dientes dejando un silbido agudo, como una corta ráfaga de viento intentando colarse por un resquicio de la ventana.
—¿Sabe usted por qué las películas de suspenso son tan adictivas y poco previsibles?
Aura no contesta. Piensa que es una pregunta trampa. Deja pasar unos segundos para dar a entender a la voz que no conoce la respuesta.
—Bien, es sencillo. Las películas y libros de suspenso son tan impactantes porque quien diseña la historia, lo hace empezando desde el final. Una vez cerrado el final, solo queda ir juntando piezas. Si conoces cómo acaba todo, el principio se hace más sencillo. Lo único que tiene que hacer el autor es dar tantos rodeos como quiera, incluir un par de secretos y voilà.
—¿Y qué quieres decir con esto?
—Sencillo, querida. Quiere decir que yo, a diferencia de ustedes, sí que tenía claro cuál era el papel de cada uno. Sabía cuál iba a ser el final antes incluso de que ustedes supieran que todo había comenzado. Y eso me ha dotado de conocimiento. Conozco cada uno de los secretos que los avergüenzan. Conozco, por ejemplo, que en su teléfono guarda una carpeta secreta con fotos de nuestro querido Javier Reinoso, subinspectora.
Aquella frase hace tambalear a la joven, que mira con rapidez a sus compañeros negando con la cabeza. Nadie dice nada. Nadie la mira.
Nadie la juzga.
—¿Cómo mierda sabes…?
—También sé que todas las mañanas toma un pequeño desvío para ir al trabajo, un desvío que, a pesar de alargar el trayecto, pasa frente al edificio de nuestro agente. Así es. Yo ya he escrito el final. Llevo con ustedes demasiado tiempo, tanto que conozco cada detalle, y eso me dota de una ligera ventaja.
—Entonces, según tu proclama, el cuadro del Jardín de las Delicias fue el final de la historia —dice ella conteniendo la furia. Sus manos se tensan más, haciendo crujir con dolor el teléfono.
—Muy inteligente, subinspectora, pero errada de nuevo. Que yo conozca el final no significa que hayan llegado a él. Pero demos por asumido que está en lo cierto. Ahora que conocemos el final, ya solo queda un detalle —argumenta dejando la frase a medias.
—Llegar al principio.
—Bravo, subinspectora.
—Pero sigo sin entender algo —corta Aura casi solapando su voz con la del asesino—. ¿Qué significan esos recortes en el cuadro?
—¿Es necesario responderle? —Su voz vuelve a teñirse de una malévola risa casi insignificante—. Esa es mi nueva obra y en ella se muestra mi verdad. Hasta ahora hemos conocido la historia de nuestro querido Mateo, y del inspector. Ha llegado la hora de conocer la mía. Y, como muestra de buena fe, le hago obsequio de un pequeño detalle. Encuentre el primer lienzo, inspectora, y hallará casi todas las respuestas.
Sin tiempo para más, el sonido se pierde dejando un ligero zumbido clavado en el salón.
—¿Qué mierda ha querido decir con el primer lienzo? —pregunta Víctor con el rostro desencajado.
Pero no es el rostro de Víctor el que preocupa a Aura. Es el de Raúl, que se mantiene firme junto al cadáver. Su cuerpo no es más que una masa gelatinosa de carne que observa el escenario.
—Lo único que sé es que no estamos preparados para empezar de nuevo —argumenta pasándose la mano por la cara.
Pronto aparece Héctor con el equipo científico e inician su trabajo de recabar información.
El forense se acerca al cuerpo y, negando con la cabeza, se prepara para inspeccionarlo.
—Veo que la cosa se pone fea de nuevo —dice Héctor palpando el cuerpo inerte de la víctima.
—¿Qué piensas? ¿Sabemos cómo ha muerto? —Raúl le habla desde la distancia, tapándose la nariz.
Hasta ese momento, el olor se había convertido en un mero condicionante, algo a lo que todo el equipo apenas prestó atención. Pero, cuando todo termina. Cuando la paz reina de forma relativa, el pútrido hedor que emana del cuerpo vuelve a atacar los estómagos de los poco acostumbrados. Entre ellos Víctor, que sale del salón a los pocos minutos de concluir la conversación.
—Pues seguro, seguro, porque se le ha parado el corazón —responde el forense, con una sonrisa pícara—. Es broma, es broma. Es pronto para decirlo, pero, por la cantidad de sangre, me apuesto a que estaba vivo cuando lo degollaron. Veo que se ha orinado también, así que eso reafirma mi teoría.
—¿Hora estimada?
—Es usted realmente exigente, Donato. —Héctor se muestra ofendido. Frunciendo el entrecejo vuelve a palpar el cuerpo de la víctima—. Todavía está duro, y no veo una gasificación en exceso, así que apostaría a uno o dos días. Como mucho.
Raúl asiente y vuelve con Aura, que se encuentra analizando de nuevo su teléfono en busca de esa carpeta que un momento atrás ha mencionado el asesino.
—No te mortifiques. Ahora tenemos que encontrarlo —consuela Raúl poniendo una mano en el hombro de la subinspectora.
Ella asiente con dolor y se guarda el terminal.
—Tenemos que conocer la obra antes de que haya más víctimas. En este caso nos ha dejado por adelantado quiénes serán.
—Leo está buscando al experto que nos ayudó la última vez. Pero ¿qué buscamos concretamente? No sabemos nada, Aura. No sabemos quién es este tío, ni qué pinta en la historia de Jean.
—Ricardo Pons Esteve —dice Héctor acercándose a los inspectores—. Tengan, quizá quieran echarle un ojo antes de clasificarlo como prueba. —En su mano porta una pequeña bolsa con el trozo de tela en su interior.
Aura saca una foto de la muestra, pero otro detalle le ha sobresaltado.
—¿Qué nombre has dicho?
—Ricardo Pons Esteve. O al menos eso dice su documento. —Muestra otra bolsa con la billetera de la víctima.
—¿Estás seguro? —insiste Aura, sorprendida.
—Hombre, seguro es que está muerto. Lo demás son conjeturas. El documento dice eso y la fotografía concuerda. No sé, ¿por qué no iba a ser verdad?
—Entonces… —comenta Raúl mirando la pared donde reposa el cuadro.
—¿Quién coño es el que está mencionado en la pared? —añade Aura.
Todos se vuelven hacia el mural, ahora protagonista de la escena, acaparando miradas de policías y focos.
—Eusebio Grillán Peris —lee Héctor en respuesta al estupor generado.