El primer lienzo
19 de marzo de 2018, 08:29. Furgón de traslado de detenidos.
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19 de marzo de 2018, 08:29. Furgón de traslado de detenidos.
El viaje desde que Raúl subió a la Mercedes Sprinter de la Policía Nacional se ha hecho incómodo. Lento. Angustioso.
El Bosco no ha dejado de sonreír ni un segundo y Raúl ha intentado evitarlo todo el tiempo. Pero la impaciencia y las retenciones hacen que sus palabras fluyan por cuenta propia.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunta el inspector apretando los dientes.
Su voz ha llamado la atención de David, el conductor de detenidos encargado de custodiar el traslado. Un hombre cercano a los cuarenta y cinco años, viejo conocido de Raúl. Los mira a través de la pequeña ventanilla de rejillas y sigue su marcha lenta y sin pausas.
Nada de detenerse. Ni siquiera en los semáforos. El conductor tiene la orden de llevar a los detenidos al centro penitenciario sin que nada los perturbe.
El Bosco sonríe ante la pregunta débil de Raúl. Una pregunta que pasa rozando la súplica.
—Ya se lo dije. No quiero nada, simplemente hacer la justicia que usted mismo me negó.
—¡No me jodas! Esos cuentos cuando estábamos todos te podrían valer, pero ahora ya no tienes nada que perder. Vas de camino a tu nueva habitación por muchos años, así que no tienes motivos para seguir usando ese misticismo que tanto te gusta.
—Así que usted llama misticismo a los buenos modales. A la buena educación. ¿Debería cagarme en la puta entonces? Según usted, tendría que usar terminología bucólica y mostrar un carácter adusto para complacerle. ¿Es así?
—Nadie habla así ya. Nadie es tan refinado salvo…
—¿Salvo quién? ¿Los maricones? ¿Los políticos? —El Bosco se ríe con descaro—. No lo imaginaba tan cerrado de mente. Pero bueno, siempre se descubre algo. ¿Quién lo iba a decir? Que al final del camino nos acabaríamos conociendo mejor.
—Será el final de tu camino. Porque yo no pienso quedarme mucho tiempo aquí.
El Bosco lo mira con firmeza. Con resquemor incluso, y se vuelve hacia la pequeña ventana para contemplar el paisaje gris y difuminado que se proyecta por delante del furgón.
—Sea como sea, su camino también ha acabado. Lo menos que puede pasarle es perder el trabajo. Siempre y cuando dé los nombres que el juez le va a exigir. Y cuando eso pase, ¿qué? ¿Piensa que podrá vivir tranquilo? Al menos yo tengo claro algo, y es que jamás estaré seguro —afirma con un gesto de conformidad. Con una mirada alegre.
Raúl sabe que tiene razón. Todos los que estaban detrás de los ensayos clínicos se jugaron mucho dinero en esas pruebas. Y, después de todo lo que sabían, harían lo posible por guardar ese secreto.
—De todas formas, ibas a terminar así. Cuando elegiste este camino, sabías que tu recompensa sería la muerte.
—Así es. Por eso yo sonrío mientras usted no ha dejado de sudar desde que lo esposaron a esa pequeña superficie de metal. Por eso no ha dejado de buscar en el retrovisor del conductor una complicidad que todavía le sigue siendo negada. Y por eso está ahora mismo conmigo, porque todavía guarda la esperanza de que su vida mejore. Porque quizá, si consigue silenciarme, se salve usted también. ¿Piensa que soy tonto?
Raúl aprieta los dientes, cierra los puños. La furia se concentra en sus brazos, en sus bíceps duros. En sus uñas clavándose en la piel de sus manos. En su mirada cada vez más centrada en el cuello de El Bosco.
—Estoy aquí para asegurarme de que acabas en una celda de Picassent.
De nuevo, la carcajada del asesino retumba entre las chapas del vehículo. De nuevo, su voz llama la atención de David, que chista para pedir silencio.
—Al único que engaña es a usted mismo con esas excusas baratas. Pero me parece bien que intente convencerse de unos motivos que ni usted comparte. Estoy seguro de que, si ahora le dieran una pistola, me dispararía sin ningún tipo de compasión.
—Eso no lo dudes. Pero una cosa no quita la otra. Mis errores son parte de mi pasado y aprenderé a vivir con ellos. Lo que ahora me interesa es que tú vivas con los tuyos.
El Bosco lanza de nuevo una carcajada ronca que hace reaccionar al conductor por segunda vez, en esta ocasión con un rugido casi animal.
—¿Mis errores? Mi error más grande fue usar una soga para reducir al inspector Reinoso. Fuera de eso, pocos han sido mis errores. Yo mismo soy el producto de uno, y quizá sea eso lo que quiere decir.
—Si estás aquí es porque has cometido un error que te ha llevado hasta nosotros. Nada más.
El silencio se vuelve tenso de repente. Tenso en los labios afilados de El Bosco, que lanza una mirada oscura y alegre a Raúl. Tenso en el pecho de Raúl, que no entiende la expresión del asesino.
—Yo estoy aquí por usted. Usted ha sido la última pieza de este lienzo. No dude de que si estoy aquí es para dar por concluida mi obra. Y mi obra comienza…
—¡Mierda! —el grito de David irrumpe de golpe haciendo que todos callen.
A su grito le precede un volantazo que impulsa a Raúl contra las chapas del furgón y a El Bosco lo intenta lanzar al suelo. Su sacudida es repelida por las sujeciones que tiene en la cintura y brazos.
Tras el volantazo llega el golpe, seguido de un enorme estruendo.
El ruido de cristales estallando se funde con el del metal deformándose. El de los gritos del compañero de David, que ha recibido el golpe, el de los gruñidos de Raúl soportando las embestidas del furgón.
Tras el primer golpe, el furgón pierde el control y acaba desviándose de su rumbo y cayendo por un pequeño terraplén hasta detenerse de forma súbita al estrellarse contra un árbol. El golpe final arranca a David un gemido de dolor cuando siente cómo se clava el volante en sus costillas.
Con esfuerzo, el conductor toma la emisora y enciende en la frecuencia establecida, pero cuando va a hablar otro estruendo se deja oír. En este caso se trata de varias detonaciones que obligan al conductor a hacerse pequeño en su asiento, movimiento que lo lleva a perder de vista la emisora. Las balas pasan silbando a través de la ventanilla destrozada del acompañante. Atraviesan el parabrisas. Se estrellan contra el salpicadero, contra el volante.
—David —anuncia Raúl en un llamado de atención—. ¿Qué pasa?
David no contesta. Sigue en su asiento esforzándose por sacar la pistola de su funda. Su posición ha hecho que la pistola quede encajada entre la parte inferior del asiento y la manecilla de regulación. Forcejea con la funda, pero no puede apoderarse de su arma, ya que su prominente barriga bloquea el seguro.
—José Luís. ¿Estás bien? —pregunta David.
No hay respuesta por parte de su compañero, y por los restos de sangre que salpican el parabrisas no parece que su silencio se deba al accidente. Uno de los disparos ha entrado por su oreja y ha atravesado la cabeza hasta salir muy cerca de la ceja izquierda.
Al fin David saca el arma y apunta al exterior. Cuando entiende que corre peligro ahí, abre la puerta, que chirría debido a su nueva posición tras el accidente, y saca su cuerpo del vehículo.
Ya no se oye nada.
Solo varios gritos de espectadores que han huido tras los primeros disparos.
—¡David! Sácame de aquí. Tienes que sacarme, joder —grita Raúl sacudiendo las manos en un absurdo intento de romper el metal que lo inmoviliza por completo.
Tras las chapas del vehículo, agonizando todavía tras el impacto, se oyen los gritos de David. Sus amenazas al viento. Sus disparos vacíos.
Dos son los disparos que Raúl reconoce de su pistola. Dos disparos que no encuentran destino. Tras sus detonaciones, alguien responde con un arma automática. Varios son los tiros que se oyen en el exterior. Disparos que acaban impactando también en el furgón, abriendo pequeños agujeros que apenas dejan entrar algo de luz y humo del exterior. Tras eso, el silencio se hace pesado, amenazador.
Un silencio que presagia lo peor. Un destino que El Bosco parece haber asumido, pues su rostro apenas ha mutado desde el inicio de la batalla.
—Creo que nos toca a nosotros —dice él, con una sonrisa perenne.
Raúl traga saliva y respira con dificultad. El golpe que se ha dado en el último impacto todavía sigue latiendo en su costado. Un dolor que se esfuma cuando oye el crepitar de la cerradura.
Pronto, la luz entra de golpe como una gran lengua de frío que se abalanza sobre ellos. Tras la puerta no ven a nadie. Solo una Mercedes Vito negra aparcada a un lado y con el frontal destrozado. Pocos segundos después es cuando la realidad se presenta ante ellos.
Una sombra se asoma poco a poco por la puerta. Su rostro se oculta bajo un pasamontañas, pero Raúl sabe perfectamente quién es. Sabe quién ha sido siempre el encargado de limpiar los trapos sucios que empiezan a oler, así que traga saliva y afronta su destino.
Ve en los ojos de su verdugo la rabia y la decisión casi en partes iguales. Cuando alguien se dedica a ser portador de la muerte, no se valen los sentimientos, así que levanta el arma y no vacila. Descerraja dos tiros que impactan de lleno en el pecho de El Bosco, que en pocos segundos deja caer la cabeza, sin borrar su sonrisa.
Tras eso, el verdugo mira a Raúl y negando lanza un débil consejo que se pierde en el ambiente enseguida:
—Los héroes nunca existieron —sentencia.
Raúl ve sobre su hombro el subfusil que ha usado para abatir a los dos policías, pero para ellos dos ha reservado una Desert Eagle bañada en plata con sus iniciales en el mango.
Lo último que ve Raúl es el cañón del arma amenazándolo.
No sonríe. No lo hace porque sabe que se va de ese mundo sin haber podido desvelar toda la verdad que su corazón había soportado durante tanto tiempo. No sonríe porque su final será tan triste como sus inicios. Por eso él no sonríe cuando escucha el disparo que lo envuelve en una noche perpetua.
Todavía llega a escuchar los pasos rápidos de su verdugo, alejándose, antes de que todo se apague. Y, justo en ese momento, la imagen de su equipo pasa fugaz por su memoria. Es entonces cuando sí consigue dibujar una débil sonrisa.