El primer lienzo

El primer lienzo


Lugar desconocido. Javier

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Lugar desconocido. Javier

—Vamos, mi guerrero.

Su tranquila voz es una suave caricia en mis tímpanos. Un cosquilleo delicado que provoca una leve sonrisa en mi rostro. La oigo respirar a mi lado, casi susurrándome. Sus carnosos labios rozando el lóbulo de mi oreja.

Puedo sentir el calor húmedo de su voz.

El sabor dulce de sus palabras.

—Ya es tarde. Te espera todo un día cargado de delitos por resolver.

Abro los ojos y veo su rostro frente a mí, desdibujado. Su silueta es una pantalla distorsionada de colores claros. Intento desbloquear la fina tela de inconsciencia que se fija a mis ojos para verla una vez más, pero poco a poco se esfuma.

—Vamos, mi guerre… —Su voz se diluye.

—¡Espera! —grito, pero no consigo detenerla.

Se va lentamente.

Se aleja como un balón de playa perdido en el mar; con calma, sin prisa. Su figura se hace pequeña hasta que al final…

Al final todo es oscuridad de nuevo.

Pero no silencio.

Puedo oírlo, cerca. Escucho sus pasos nerviosos muy cerca, tan cerca que siento su respiración. Aun así, él no dice nada. Nuestro encuentro acabó cuando esta puta bolsa cubrió mi cabeza.

La bolsa. No la recordaba.

Cuando todo lo que te rodea es penumbra llega un punto que ya no consigues distinguir si lo que te rodea es real o una fantasía. Pierdes la noción del tiempo, del espacio, de los objetos.

Respiro hondo y decido pensar con frialdad. Puedo sentir la bolsa dificultándome la respiración. Huelo mi aliento ya cansado, oigo mis latidos lentos, acompasados. Escucho el tintineo de las esposas todavía abrazadas a mis manos.

Pero no siento mis manos. Mis brazos también se han rendido al cosquilleo incómodo que provoca la posición en la que me encuentro: con mis brazos inútiles en una postura casi imposible, por detrás de mi espalda.

Dolor. Una descarga recorre todo mi brazo hasta llegar al cuello cuando hago fuerza para liberar, aunque sea un brazo. Dolor.

No puedo hacer nada. Estoy solo, encerrado, a oscuras.

Vuelvo a pensar. Necesito hacer algo.

Sacudo mi cabeza y la bolsa danza libre sobre mis hombros. Creo que podré; inclino un poco el cuerpo, agachó la cabeza, levanto las piernas un poco y vuelvo a sacudirme.

Necesito tres intentos, cada uno más doloroso que el anterior, para poder liberar mis ojos de ese pesado lastre.

Puedo ver, pero de poco me sirve. Todo a mi alrededor es oscuridad. Una penumbra tan densa que me tapa los oídos.

Intento agudizar los demás sentidos, sin éxito. El tacto está anulado, el oído poco ha hecho desde que desperté; tan solo lo he escuchado mover algún mueble, y el olfato me acerca solo el olor al esmalte de la pintura que se imprimen en las paredes.

Estoy solo, es lo único que he deducido.

De pronto, silencio de nuevo.

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