El primer lienzo

El primer lienzo


12 de marzo de 2018, 13:56 Valencia

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12 de marzo de 2018, 13:56 Valencia

Los últimos segundos de la conversación con el supuesto asesino de El Bosco todavía rondan por la mente de Aura, incapaz de centrarse en otra cosa.

Es el sonido impaciente y agudo de una bocina el que devuelve al momento presente a la joven subinspectora.

—Mierda de ciudad. Todos con prisa siempre —ruge Víctor en el asiento del acompañante mientras lleva su vista al coche que acaba de increparlos.

Aura acelera y el coche se tambalea en un hipido casi catatónico que apunto está de detener de nuevo el vehículo.

—¡Eh! ¡Eh! —dice Víctor sacudiéndose sobre el asiento.

Aura se centra y al fin vuelve a su estado natural de calma sobreactuada. Acelera un poco más y el coche vuelve a perderse entre la marea de metal y polvo que es Valencia en hora punta.

—Ya está. Se me ha escapado el pie —se defiende ella.

—El pie y casi los pistones. Un poco más y salen disparados por el capó.

En otra ocasión, ese comentario hubiera causado una reacción en Aura. Pero no es otra ocasión. Ahora no es capaz de pensar más allá del nuevo caso que los amenaza.

—¿Qué piensas que será ese nombre que ha dejado el asesino? —pregunta Aura, que apenas ha escuchado el comentario jocoso de su compañero.

—Ni idea. ¿Su próxima víctima tal vez?

Aura se encoge de hombros, se frota la cara e intenta, sin éxito, eliminar de su mente todas esas preguntas que hacen que su cuerpo se descomponga. Su corazón palpita con fuerza. Su espalda empieza a sudar. Traga saliva y cierra los ojos unos segundos, aprovechando que se ha detenido en el cruce de la avenida Baleares con Pintor Maella.

—Tú fuiste la última vez. ¿Por dónde es? —pregunta ella cambiando de tema una vez más, como si no fuera consciente de sus propios pensamientos. Los arroja a medida que llegan a la punta de su lengua sin pensar siquiera lo que está diciendo.

Víctor le da las instrucciones necesarias para llegar al museo Lladró, en la calle Alboraya. Ahí espera el experto en arte Ignacio Nobles, quien ya había ayudado al equipo descifrando detalles del primer cuadro. Su aportación fue de gran interés para Javier, dando detalles ocultos sobre la última tabla del tríptico de El Jardín de las Delicias. Ahora espera de nuevo para estudiar lo que parece ser un nuevo cuadro. Una nueva amenaza.

El señor Nobles aguarda en la entrada cuando la pareja llega.

—Veo que el agente que vino la otra vez ya no está —inicia el hombre analizando la presencia de la subinspectora.

—El inspector Reinoso se encuentra ocupado en estos momentos. Yo he tomado el mando por ahora —responde Aura con una mentira necesaria. No quiere desvelar detalles de un caso que apenas se ha vuelto a abrir.

—Bien, pasen. No se queden ahí, que hace frío. La llamada de Raúl parecía preocupada. Dice que tienen un cuadro para que revise. ¿No se tratará de…?

—De momento tenemos poca información. Pero esperamos que con tu ayuda podamos adelantarnos a una nueva oleada de crímenes.

Ignacio se detiene, observa a Aura, a Víctor y, acomodándose las gafas, pregunta:

—¿Ya ha habido alguna?

Aura no responde, se limita a seguir avanzando sin esperar al experto en arte que, cuando se ve solo, continúa su marcha.

—¿No se tratará del inspector? —vuelve a interesarse el hombre, que a pesar de sus años conoce bien el significado de muchos silencios.

—Si no te importa, nos gustaría estudiar el cuadro. El tiempo apremia.

Ignacio no insiste. Tensa los músculos de la cara en una facción de extraña profesionalidad y sigue caminando en silencio, hasta llegar al despacho.

Una vez dentro, Aura saca su teléfono y muestra el cuadro hallado en casa del asesino de El Bosco al experto.

Nobles pierde unos minutos analizado cada detalle, pero su expresión dibuja todo tipo de gestos contradictorios. Arruga el entrecejo primero, luego la nariz, para más tarde sacarse las gafas e introducir una de las patillas en su boca.

—Está muy deteriorado, ¿no creen? —dice, devolviendo el móvil a la subinspectora—. ¿Puede enviarme la imagen? Necesito compararla con la original.

—¿Qué puede decirnos sobre el cuadro?

El hombre no responde. Manipula el ordenador en silencio, mientras los dos agentes, que se miran entre ellos, aguardan alguna respuesta.

Tras unos segundos, en la pantalla de tela gigante que tiene a su espalda, un haz de luces de colores dibuja el cuadro. Un cuadro de enormes dimensiones. Un cuadro que se muestra intacto, perfecto.

—Este es el cuadro real. Lo que ustedes tienen está totalmente destrozado. Se trata de La Adoración de los Magos, del mismo autor que el anterior cuadro.

—El Bosco —matiza Víctor.

Ignacio asiente.

—Es el cuadro que mejor se conserva y sin duda el más bonito, al menos para mí. Y, aunque a simple vista se vea un cuadro de colores vivos e imagen familiar, oculta todo un sinfín de detalles oscuros. Esto era algo que El Bosco acostumbraba a hacer.

—¿A qué tipo de detalles te refieres? —pregunta Aura, que no puede disimular el nerviosismo que domina sus brazos temblorosos.

—Sencillo. Este cuadro es una representación, como el título indica, del nacimiento de Cristo. En concreto la escena habla de la ofrenda que hacen los Reyes Magos de Oriente a la Virgen. Pero todo está cambiado. —El profesor se levanta y con un pequeño puntero láser enfoca una escena de la tabla de la izquierda. Una escena que muestra a un hombre mirando hacia el espectador, en cuclillas frente a una hoguera—. Aquí podemos ver a José, apartado por completo de la escena, renegado de su papel. Y junto a él; —el punto rojo asciende un poco hasta posarse unos centímetros más arriba, en un marco de una puerta—. ¿Veis este sapo boca abajo? Bien, el sapo en aquella época era considerado el símbolo del mal, del pecado. El hecho de que Jheronimus Van Aken, o Bosco como se lo conoce, lo dibujara junto José hace pensar que lo quería personalizar como un ser maligno.

Aura lleva su vista a Víctor, que niega con la cabeza en un doloroso gesto de realidad.

—Junto a la primera víctima encontramos esto. —Aura entrega de nuevo el teléfono. La imagen muestra el trozo de lienzo encontrado sobre el regazo de Ricardo Pons. El lienzo que muestra al hombre negro de atuendo blanco.

—Entonces sí que ha habido un crimen nuevo —comenta Nobles—. Y de nuevo vuelve a dejar fragmentos de la obra. Entonces todos estos huecos… —dice con los ojos nublados.

—Por eso tenemos tanta urgencia, profesor.

Ignacio respira profundamente y se acomoda de nuevo las gafas. Entrega una vez más el terminal a la joven y se vuelve hacia el cuadro.

—Es muy complicado esto, saben. Cualquier cosa que les pueda decir podría influir tanto positiva como negativamente. Imaginen que ahora mis análisis se alejan por completo de la interpretación del autor. Podría estar mandándolos a un pozo sin fondo. Sin respuestas. —Su voz se torna grave, áspera, preocupada.

—Señor Nobles —intercede Víctor—. Ahora mismo estamos en un pozo sin fondo. Así que cualquier cosa que usted nos diga será una ayuda incalculable.

Nadie más habla. Durante unos segundos todo es paz en aquel despacho repleto de libros de arte y desasosiego. Tras eso, Ignacio niega con la cabeza y se quita las gafas.

—Necesito un café, ¿quieren? —Al ver el gesto de negación de los agentes se acerca a la pequeña Nespresso que tiene junto al escritorio y en apenas medio minuto el aroma a café inunda la sala, junto con un ruido intenso mientras el líquido llena la pequeña taza. Tras eso vuelve frente al cuadro—. Por lo que se ve en la foto, ese trozo encajaría con Baltasar —dice, y señala al mismo ser, pero en el cuadro que ocupa toda la pantalla gigante.

—¿Qué podría significar? —insiste Aura.

—Pues no sabría decirte. En la obra, Baltasar hace entrega de un recipiente para guardar incienso en el que se representa a Abner, que se arrodilla frente a David, ofreciéndole que las tribus del norte de Israel se sumen a las del reino de Judá. Sobre el recipiente dibuja un Ave Fénix, aludiendo a la resurrección, así como Cristo resucitará. Y si os fijáis en sus ropajes, —muestra con el láser el cuello del personaje—, destacan por esos adornos de hojas de cardo. Esta planta hace referencia a la pasión de Cristo, y por lo tanto a la redención. Es como si, en un conjunto, quisiera personificar la recuperación del alma…

—¡Redención! —exclama Aura, que salta como un resorte al escuchar esa palabra.

Tanto Nobles como Víctor dan un pequeño respingo, asustados ante el arrebato repentino de la joven, que se sonroja cuando se da cuenta de lo ocurrido.

—Eso he dicho.

—El asesino habló de la redención. Dijo que él lo había redimido de sus pecados.

—Entonces sabemos algo más. Tendrán que buscar qué pecados son los que se le atribuyen a este individuo.

Aura asiente al entender que el señor Nobles está quizá cerca de la verdad que pretende revelar el asesino.

—¿Qué podría decirme sobre este otro fragmento? —investiga mostrando el encontrado en casa de Javier.

Nobles revisa el fragmento, pero su rostro se tensa.

—Poco puedo decirle aquí. Solo se ve a la virgen y un poco de la choza tras ella. Tal vez quiera hacer referencia a la pobreza, o no sé. En este no hay nada destacable.

Aura asiente con dolor, borrando de su mente la esperanza de recibir alguna información necesaria que lo acerque a su compañero.

Compañero. Qué lejos queda ahora mismo esa palabra para ella. Compañero. Una definición tan corta para unos sentimientos tan profundos.

—Entonces debemos conocer cada uno de los espacios que faltan del cuadro. De esta manera podremos intentar adelantarnos.

El señor Nobles asiente y comienza a inspeccionar.

—Bien, vemos que faltan las imágenes de los comitentes, a ambos lados. —Se centra en las dos tablas laterales—. Antiguamente era muy común que los nobles encargaran las obras. Esta, en concreto, fue encargada supuestamente por la corporación de los Pañeros de Amberes, de quien Peeter Scheyfve era decano. Es por eso por lo que el autor los incluye en el cuadro, junto con el escudo de la familia. Ambos acompañados por sus respectivos santos, San Pedro está con Peter Bronckhorst y a la derecha Santa Inés con Agnesse Bosshuysse. Ellos eran los conocidos como donantes, aquellos que encargaban la obra.

—Bien, tenemos dos huecos. Faltan los del centro —aclara Víctor apuntando todo tan rápido como puede.

—Aquí faltan muchas cosas. Por un lado, falta Melchor, que es quien ofrece a la Virgen una corona en la que se escenifica el sacrificio de Isaac. Quizá como un prefacio del propio sacrificio de Cristo. Esta corona se aposenta sobre una pila de sapos, quizá aludiendo a la victoria contra el mal. También falta el ser que observa la escena y que está detrás de los Reyes. Este ser es considerado el Anticristo, pues adorna su cabeza con una corona de espinas, pero que no llega a clavarse en su piel. También está pintado como un ser desmadejado, herido y con una pequeña urna de cristal en su cabeza que oculta una flor azul conocida como Verónica. El azul se asocia a la salvación del mundo.

—Nos quedarían unos espacios pequeños por encima de la choza.

Nobles asiente.

—Eso son los ejércitos de Herodes, buscando al niño para matarlo.

Tras apuntar todo, Aura se levanta y, con un nervioso juego de manos, incita a su compañero a hacer lo mismo.

—Muchas gracias, profesor, creo que tenemos todo lo necesario. Si tuviéramos alguna duda más…

—Pueden localizarme siempre que quieran. A la hora que sea.

Ambos agentes se marchan cabizbajos, con respuestas a preguntas todavía no formuladas y un miedo atroz latiendo en sus corazones.

Justo cuando suben al Audi de Aura, el teléfono de ella invade por completo el habitáculo. Ella contesta usando el manos libres incorporado en el vehículo. Es Raúl.

—¿Tenéis algo?

—Información nada más. Pero puede resultar útil.

—Bien, en media hora en Jefatura.

—¿Habéis encontrado a Grillán?

—Sí.

Con esa coletilla, ambos agentes marchan hacia la Jefatura Superior de Policía. Aunque con una respuesta que, en vez de convencer, provoca desconcierto.

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