El primer lienzo
12 de marzo de 2018, 17:20. Valencia
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12 de marzo de 2018, 17:20. Valencia
Para Aura es imposible concentrarse en cualquier detalle por importante que parezca. No importa si es un hecho nimio o una cuestión relevante. Su mente no deja de pensar en el teléfono de Javier.
«¿Dónde estás?». «¿Estás bien?». Son algunas de las preguntas que su mente trabaja sin descanso. Pero todavía hay varias que reflotan en su mente como una burbuja de aire bajo el agua. «¿Sigues vivo?».
—Creo que ya hemos llegado —anuncia Víctor al ver las luces de una patrulla de la Policía Nacional mal estacionada en la esquina de la calle San Vicente Mártir con La de la Sangre.
Aura estaciona justo al lado de la patrulla, ignorando el concierto de bocinas que se forma tras ella. La calle es estrecha y su A3 no facilita la descongestión del tráfico. Pero Aura no es capaz de concentrarse en cualquier detalle por importante que parezca. Desciende del coche y se introduce en la finca donde espera la mujer de Ricardo Pons. Víctor la sigue con el paso acelerado.
Ya en el interior del edificio encuentran a los dos agentes hablando con una mujer en la puerta, enfundada en un vestido de chaqueta y falda gris oscuro. Su mirada impersonal se centra en los subinspectores recién llegados y con una fingida sonrisa se acerca a ellos.
—Ustedes deben de ser los inspectores de la UDEV, ¿me equivoco? —inicia la mujer sin dar pie a que Aura se presente—. ¿Vienen a entrevistar a la mujer del fallecido?
—¿Y tú eres? —inquiere Aura con el entrecejo fruncido y la mirada clavada en los ojos de la mujer, que no es capaz de aguantar la mirada mucho tiempo.
—Isabel Romero —se presenta la mujer. Esconde sus ojos marrones bajo unas gafas de pasta negras y pequeñas, al igual que esconde la realidad de su cabello castaño, recogido en un moño simple y unas raíces clareadas que denotan la mentira de ese tono—. Soy amiga de la esposa y psicóloga de la familia, por eso me gustaría aclarar que está muy afectada. Intenten no mencionar los detalles de la muerte o cualquier aspecto de esta. Alba es una mujer muy impresionable y con una personalidad muy dependiente. Estaba muy unida a su esposo y revelarle cualquier aspecto de la muerte, aunque sea ella quien lo demande, supondría, casi con total seguridad, su bloqueo mental. Todavía no está preparada para soportar la pérdida de un refuerzo psicológico tan importante como era Ricardo para ella.
Aura asiente con desgana.
—No te preocupes. Intentaremos no comentarle nada relevante al caso. Solo nos centraremos en los aspectos profesionales y personales del señor Pons, antes de su muerte.
—Se lo agradezco. —La mujer parece marcharse cuando, como si hubiese recordado algo de forma súbita, se vuelve hacia los agentes—. Una última cosa. La encontrarán algo relajada. Le he proporcionado cinco miligramos de Diazepam para evitar que sufra un ataque de ansiedad.
La inspectora asiente con la cabeza y entra en el edificio. En el interior rebosa la excelencia. Muebles relucientes decoran cada rincón del apartamento dejando un hogar cargado en exceso. Ambos agentes atraviesan un pasillo iluminado hasta la ceguera y entran en el salón. Allí se encuentra la mujer, sentada en un sofá de cuero negro y acariciándose las piernas con insistencia. Sus manos todavía tiemblan y sus ojos parecen perderse en un mundo que no le pertenece.
—Señora Puig —inicia Aura con dulzura. Mucha más que la que acaba de mostrar a la psicóloga que los ha retenido en la entrada—. Somos los subinspectores de la Policía Nacional. Él es Víctor López y yo soy Aura Casado. Estamos aquí…
—Sé para lo que están aquí —responde la mujer con indolencia. Su aspecto desaliñado es la nota discordante en ese hogar pulcro y armonioso—. Sabía que esto iba a pasar desde que desapareció mi marido. Él nunca se habría marchado sin avisarme.
—¿Cuándo desapareció el señor Pons?
La mujer mira a Aura y muestra por primera vez su rostro. Un rostro demacrado de ojos hinchados, inyectados en sangre. Las ojeras oscurecen su cara enjuta y su expresión denota el esfuerzo ímprobo que está haciendo por mantener la compostura.
—El sábado bajó a hacer unos recados y ya no volvió. Esa misma noche intenté cursar la denuncia, pero me dijeron que hasta la mañana siguiente no podrían hacer nada. Si lo hubieran buscado esa noche… —No termina de hablar. Aprieta un pequeño pañuelo desgastado que tiene entre sus manos y aparta la mirada.
—Sé que debió de ser muy duro.
La mujer se vuelve con furia y clava sus ojos azules sobre el rostro sonrojado de Aura, que intenta dibujar, sin éxito, una sonrisa condescendiente.
—¿Qué van a saber ustedes? Vienen ahora, cuando mi marido ha sido víctima de un maníaco desalmado que quería satisfacer un vicio vil y repugnante. Ahora que ya no se puede hacer nada. ¿Acaso saben ustedes lo que se siente? —dice con toda la furia que su agonía le permite escupir.
Aura aprieta los dientes y frunce el ceño ante el dolor que esas palabras le provocan.
—Un compañero nuestro también ha sido víctima del mismo hombre que se llevó a su marido, así que sí. Sabemos lo que se siente, señora Puig.
Por un momento la mujer se retuerce en el pequeño sofá, como si las palabras de Aura le hubiesen dañado realmente. Unos segundos más tarde niega con la cabeza, todavía sin responder.
—Sabemos que quien la recibió actuó mal al no entender que, dado la edad del sujeto y su estatus, podría tratarse de un caso de secuestro o extorsión. Y lamentamos que ese error ahora le pese a usted. De igual forma, y por si esto le sirve de consuelo, su marido murió la misma noche de su desaparición. Eso quiere decir que no se hubiese podido hacer nada. La persona que se lo llevó quería ese fin.
Alba Puig vuelve a retorcerse de dolor en el sofá, esta vez con más fuerza. Se enjuga una lágrima que resbala de su mejilla y mira de nuevo a Aura.
—No pretendía ofender. Solo es que… —Y vuelve a romper en un lamento agónico que no le deja derramar lágrimas. Solo queda un estertor ronco como respuesta a su dolor.
Aura mira a Víctor, como si quisiera regalarle ese momento de intimidad necesaria. Como si pretendiera darle un segundo de soledad para que llore a sus muertos como es debido. Víctor le devuelve la mirada y el salón se envuelve en un silencio que oscurece toda la habitación. Cuando el tiempo pasa y la respiración de la mujer vuelve a la normalidad, Aura decide continuar:
—Sé que es todo muy duro. Sabemos quién es el responsable de la muerte de su marido. Lo difícil es que, para dar con él, tenemos que saber por qué su marido era una pieza clave.
—¿Pieza clave? —investiga la mujer con la expresión arrugada y la voz todavía desvalida.
—Sabemos que el responsable de su muerte no elige sus víctimas al azar, por lo que el pasado del señor Pons es muy importante. ¿Qué puede decirme de él?
Alba los mira aterrorizada. Gira la cara hacia una foto de él colgada de la pared y se centra en el rostro del hombre que, horas atrás, yacía sin vida en la casa del asesino de El Bosco. Se pueden ver sus facciones más finas, sus ojos marrones, su cabello con muchas menos canas que cuando fue encontrado.
—Ricardo era una buena persona. ¿Quién querría hacerle daño? Era médico. Trabajamos juntos en la misma consulta privada. Yo soy ginecóloga y él se había especializado en dermatología.
—¿Desde cuándo trabajan en la consulta? —pregunta Víctor.
—Desde hace más de diez años. Nos conocimos cuando él estuvo haciendo sus prácticas de residente. —La mujer sonríe mientras mira con nostalgia la foto que cuelga de la pared—. Aunque no fue hasta varios años después que empezamos a salir.
Aura asiente con respeto. Busca por un momento en su mente la razón por la que el asesino de El Bosco querría cobrarse la vida de una persona que no aparentaba peligro alguno. En ese momento recuerda la conversación que había tenido horas atrás con él.
«Yo solo lo he redimido de sus pecados». «Un ser que ha vivido siempre con la culpa de lo que hizo».
«¿Qué hizo?», piensa Aura. En su lugar pide a la mujer la opción de poder revisar sus pertenencias.
—Es importante que analicemos todos sus archivos por si hay algún dato que pueda servirnos.
Alba la mira con un ligero resquemor. Con cierto atisbo de reproche en sus ojos. Parece que quiera reprimir su deseo por increpar a la subinspectora, aunque accede con un ligero movimiento de cabeza.
Los lleva a través de un eterno pasillo hasta una habitación pequeña, rústica, con muebles viejos, aunque perfectamente barnizados. Allí los subinspectores presencian toda una vida de dedicación. Tras un escritorio impoluto se aprecian media docena de diplomas y especializaciones que el doctor había ido cosechando a lo largo de los años. Aura los revisa, uno por uno, hasta que, de entre todos ellos, uno parece destacar.
Se fija en uno en concreto. Un título obtenido en 1984 como doctor en medicina con distinción Cum Laude. Junto a ese papel se encuentra otro como especialista en hematología. Aura entrecierra los ojos.
—Creía que había comentado que era dermatólogo —expone la subinspectora al comprobar ese pequeño socavón en la información.
—Y lo es —responde la mujer, ignorando la realidad del pasado de su marido—. Si lo dice por el título de especialidad en hematología, fue su primera decisión. Luego entendió que no le gustaba y se dedicó a la dermatología.
—¿Llegó a decir por qué no le gustaba?
—Nunca le pregunté. Eso pasó antes de que formalizáramos nuestra relación. Su pasado nunca fue un secreto, ni tampoco una necesidad.
Aura sonríe como única respuesta y sigue revisando entre la marea interminable de papeles que es su estudio. Víctor hace lo propio rebuscando en el interior de los armarios mientras Alba comprueba, con un dolor que reblandece sus músculos, cómo destripan toda la carrera de su marido como si fuera un mero objeto más. No es capaz de soportar el dolor que supone la escena y se retira unos metros.
—¿Podríamos llevarnos su ordenador? Quizá nos lleve algunas horas revisarlo todo y creo que en el laboratorio podría ser mucho más rápido. También podrías descansar un poco.
Alba se encoge de hombros y asiente con displicencia.
—Si encuentran algo, notifíquenmelo, por favor. —Y se retira del estudio, dejando en la más espesa soledad a los dos agentes, que se marchan cuando entienden su papel en todo aquello.
Dos oficiales pasan junto a ellos con las nuevas órdenes mientras Aura y Víctor se retiran hacia el vehículo.
—¿Crees que el doctor tiene algo que esconder? —pregunta Víctor antes de subirse al coche.
—Si el asesino de El Bosco ha dado con él, es porque no es trigo limpio.