El primer lienzo
12 de marzo de 2018, 19:10. Valencia
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12 de marzo de 2018, 19:10. Valencia
Cuando los errores condicionan gran parte de tu vida, el cuerpo lo nota. Dibuja cada anécdota a la que sobrevive como una marca perenne sobre la piel. Lo muestra en esas ojeras marcadas, en esa mirada caída, en unas manos trémulas o en un carácter díscolo. El cuerpo siempre muestra las consecuencias de nuestros actos.
Aura no puede dejar de pensar que Daniel es un claro ejemplo de la decrepitud que certifica una vida de malas decisiones. Sentado en una silla, alejado de sus compañeros solo en mente, espera a que Víctor termine con el paquete de Ruffles sabor jamón que ha arrancado de una máquina expendedora al entrar en comisaría.
Su mirada profunda viaja más lejos de lo que su vista puede fijar. Su barbilla pesada, y hasta su piel lívida, muestra la soledad de un individuo que no es capaz de superar el peso de su conciencia. Aura lo sabe, y por un momento siente lástima por el hombre cansado que espera paciente la orden de Raúl. El inspector jefe no se hace esperar.
—Bien, es tarde, así que vamos a cerrar el día de hoy. Dejaremos todas las novedades anotadas y seguiremos trabajando. Daniel… —Raúl comienza a escribir en la pizarra toda la información relevante al caso mientras su compañero se incorpora un poco sobre su asiento.
—No tenemos gran cosa. Su hija falleció hace unos años y su yerno poco ha podido decirnos. Según comenta, pasó los últimos años en una residencia. Al parecer, el hombre sufría demencia a causa de una amnesia que lo iba consumiendo.
—¿Murió a causa de eso? —investiga Raúl mientras anota en la pizarra, junto al nombre de Eusebio Grillán «Demencia».
—Eso parece.
Todos guardan un momento de silencio. Tras ese breve período de tiempo, Raúl se vuelve hacia Aura.
—Si no estoy equivocado, Ricardo era médico.
—Dermatólogo —especifica ella.
—¿Tenemos alguna relación entre el dermatólogo y el anciano? Quizá lo haya tratado en alguna ocasión. Puede que fuera su médico de cabecera.
—El laboratorio de documentos está analizando en sus anotaciones y archivos. Puede que ahí se encuentre algo. En una primera inspección no pudimos ver relación alguna.
—¿Tampoco nada en cuanto al nivel de vida? Vivían cerca, lejos. ¿Cuándo ingresó Eusebio en la residencia?
—No tenemos esos datos. Sabemos que Eusebio vivía en el apartamento que ahora ocupa su yerno, en la Avenida Levante. Eso está en Benicalap. —Daniel informa sin ánimo alguno, mirando un punto fijo de la pared.
—Ricardo vivía en el centro. Y su consulta la tenía también por el barrio de la Gran Vía. Son zonas de rentas bastante altas. No veo relación ni tampoco que hayan podido coincidir —dice Aura tomando el relevo a su compañero, para completar la información que el inspector jefe ha exigido.
—Entonces, si no hay una relación laboral, ni tampoco se puede apreciar una personal, tenemos que buscar por qué querría el asesino de El Bosco nombrarlo en el crimen sobre Ricardo Pons.
—Quizá no tengan relación. Puede que el asesino quiera llamar la atención sobre esos nombres, sin que haya un vínculo entre las víctimas. —Es Víctor quien intenta, sin convencimiento, buscar un camino distinto al que están acostumbrados con el asesino.
—Sea como sea, tendremos que esperar. Por otro lado, tenemos novedades. Hemos recuperado una grabación donde se ve el coche de Javier pasando por el colegio San Luís Gonzaga, en la calle Zapadores.
—Eso está a dos calles de su apartamento —confirma Víctor tensando los músculos—. ¿Se muestra al conductor?
Raúl suspira con pesar mientras asiente dejando caer la cabeza. Se vuelve y muestra la pantalla que tienen en la sala. Cuando el color adorna el cristal, se aprecia el Opel de Javier congelado. El rostro que se dibuja apenas llega a reconocerse, diluyéndose como un reflejo sobre un cristal astillado.
—La resolución es de una cámara de seguridad bastante barata —informa Raúl con resignación.
—Ese no es Javier. —Es Aura la que lanza esa sentencia absoluta con total convicción. No duda en su afirmación. No le tiembla la voz, pero sí el pulso. Sus manos juegan entre ellas bajo la mesa, sus piernas tampoco pueden luchar contra el temblor que se inicia en sus talones—. Ese no es Javier.
—Yo tampoco creo que lo sea. De todas formas, Leo va a intentar recuperar algo de resolución. ¿Podrás hacerlo?
—Va a ser difícil. Ahora, lo que salga de ahí no va a ser del todo fiable. Cuando una imagen con poca resolución se amplía, lo que se consigue es que los píxeles que quedan vacíos son duplicados en base a la información que la imagen posee. Por eso se ve borroso. No sé si podré mejorarlo.
—Bien. Haz lo que puedas. Nosotros seguiremos buscando todas las zonas con cámaras y cualquier imagen que podamos recuperar. Están tratando de buscar en Instagram o Facebook cualquier vídeo que se haya producido sobre esa fecha y en una franja horaria de dos horas de margen. Hablamos de entre las doce de la noche y las cuatro de la madrugada del once de marzo. Hay que buscar la manera de trazar una ruta de escape. Tenemos que encontrar ese coche.
Aura revisa su teléfono una vez más. Se centra en su WhatsApp, en su chat en concreto. Busca una nueva conexión, una mínima esperanza. Necesita saber que está bien, que sigue con ella, que todavía la espera.
Que todavía hay luz.
Pero la esperanza es un recurso solo para aquellos que quieren aferrarse a una posibilidad. Aura ha entendido —gracias a su paso por la UDEV— que las posibilidades que tiene de encontrar a Javier vivo son casi nulas. Respira con dolor sin dejar que la lágrima que amenaza su rostro se escape.