El primer lienzo
12 de marzo de 2018, 20:35. Valencia
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12 de marzo de 2018, 20:35. Valencia
Cuando Aura entra en su apartamento, el silencio que reina en aquel oscuro lugar se adueña de su mente. La soledad pesa en su cuerpo y los pensamientos amenazan con subyugar un corazón cada vez más dolorido. No es capaz de pensar en otra cosa. Su mente no deja de nombrar a Javier.
Revisa su teléfono, resignada, intentando buscar en el chat que ha dejado su pregunta a medias, la respuesta a la cuestión más dolorosa. Pero el silencio se hace más denso todavía.
Ni siquiera la melodía distorsionada de las bandas musicales que recorren las calles puede hacer que la joven se aleje de sus pensamientos. Escucha los cohetes de pequeños y mayores, disfrutando de unas fiestas que, hasta ese día, a ella también le encantaban. Ahora todo le resulta insignificante. Los cohetes son como pequeños disparos que aceleran su corazón. La música, una burla para su orgullo. Y el fuego que en unos días consumirá los adornos que se distribuyen por toda la ciudad, un recuerdo de lo que todavía le arrebata el sueño en las noches de relativa paz.
Pero no hay tiempo para pensar. Para lamentarse.
La frase del asesino de El Bosco todavía retumba en sus oídos cuando enciende el ordenador.
Su objetivo es claro. Necesita encontrar algún detalle que se le escapara cuando investigaron los casos de Mateo Hernández; el primer asesino de El Bosco.
Busca en los archivos toda la información que tiene a su alcance. Encuentra las fotos de su segunda víctima, también de la última atribuida a Mateo. Es cuando quiere volver al inicio cuando comprende las palabras que el asesino pronunció.
«Encuentre el primer lienzo».
Apenas hay información de la primera víctima. Pequeños extractos que se pudieron recuperar de los casos siguientes, así como de los testimonios del asesino, hacen que Aura entienda que el primer caso todavía tiene muchas preguntas por responder.
Por un momento vuelve a la noche en que todo se descontroló. La noche en que atraparon al asesino de El Bosco y en la que a punto estuvo de perderlo todo. Vuelve a recordar que Javier visitó la casa de la madre de Mateo Hernández.
«Encuentre el primer lienzo», se repite Aura.
—¿Es aquí donde está el primer lienzo? —dice para nadie en particular. Para su propio reflejo impreso en el cristal de la pantalla del ordenador. Para Javier.
Para el asesino.
Se levanta con un temblor que sacude sus manos. Con un dolor en su estómago que le arrebata el apetito. Con una decisión que todavía no está tomada cuando sale de su apartamento con las llaves del coche en las manos.
Han pasado más de cuarenta minutos cuando llega a su destino y la noche empieza a resbalarse sobre el coche, arrebatando parte del brillo metalizado bajo una espesa capa de humedad.
El frío es pesado, duro. Se aferra a su piel, a sus labios resecos, a su mirada perdida.
Aura observa la casa donde Mateo se crio. Donde fue prácticamente torturado. Donde entendió que su destino era convertirse en la voz de la justicia.
La pequeña casa se muestra profanada. Las ventanas han sido sustituidas por maderas que evitan el acceso de curiosos a la zona. Nada de aquello intimida a la agente que, con el arma en la mano, decide enfrentarse a la penumbra que se apodera de aquel lugar abandonado.
Con esfuerzo, después de golpear varias veces la puerta de acceso, ayudándose con el hombro, accede al interior. Allí la decadencia todavía se hace más palpable. Más intensa. Las paredes siguen castigadas con pinturas satánicas y desconchones que casi han arrebatado todo el yeso. El chirrido agudo de las ratas curioseando en la oscuridad repugna a la joven, que recorre cada habitación sin saber qué buscar.
Todo cambia cuando llega a la habitación principal. Es ahí cuando entiende la realidad de su visita.
«Encuentre el primer lienzo, —recuerda—. Y hallará casi todas las respuestas».
Las respuestas que espera encontrar se aferran a las paredes repletas de escritos que supone dejó Mateo en su día. Todavía encuentra alguna foto descolorida y casi irreconocible. De todas formas, no es eso lo que sorprende a la joven. Junto a una de las paredes encuentra, en el suelo y apoyado contra la pared, un cuadro casi irreconocible.
En otra época, Aura no habría entendido nada de lo que se aprecia en el lienzo. Pero no es otra época. Ahora puede distinguir los tonos oscuros de una de las tablas. Las figuras extrañas que decoran la tabla central. Puede ver el verde que predomina sobre la primera. Sabe que se trata del cuadro de El Jardín de las Delicias, del pintor que tanto ha llegado a odiar.
Sin esperar un minuto se lanza a por él como un perro que acaba de olfatear un rastro. Lo coge sin temor a destruir las pruebas y comienza a analizarlo. No ve nada.
«Encuentre el primer lienzo».
Aura no permite que la frustración le gane la partida. Ella siempre ha sido una persona testaruda. Convencida de sus propósitos y firme en sus creencias. No se da por vencida y revisa cada rincón del cuadro, cada trazo, cada figura. Hasta que un ruido la sobreviene.
Con el corazón detenido, deja caer el cuadro y se aferra al arma, aguardando con recelo tras el marco de la puerta. Si alguien decide entrar, no va a dudar. Apretará el gatillo antes de que pueda lanzarse hacia ella. Tiene tiempo, tiene campo, y sobre todo tiene mucha puntería. Sería capaz de acertar a un cuerpo en movimiento a más de diez metros de distancia. Por eso no está asustada. Por eso respira para contener los latidos de su corazón. Por eso entiende que era la misma rata que escuchó al entrar, cuando ve su cuerpo pasar a gran velocidad por delante de la habitación.
Respira aliviada por un segundo, antes de volver con el cuadro. De todas formas, no tiene tiempo para seguir investigando. Los nervios van en aumento, por lo que decide arrancar la madera del cuadro y llevárselo a casa para analizarlo allí. Es entonces cuando comprende las palabras del asesino de El Bosco. Cuando la madera del cuadro se descompone, del interior caen varias hojas de papel, dejando un ruido seco y pesado cuando las hojas caen en el suelo.
No se detiene a revisar nada, solo recoge los papeles, el lienzo, acelera el paso y se marcha tan rápido como sus piernas le permiten.
Ya en el coche sí decide revisar la primera de las hojas. Lo que halla en ellas hace que entienda las palabras del asesino.
Las hojas muestran textos manuscritos sin fecha ni firma. Letras azules que se distribuyen a lo largo del folio amarillento trazando un ángulo descendente que denotan la negatividad del sujeto. Aura entiende de quién se trata cuando lee las primeras palabras.
¿Es este el destino que me aguarda? ¿La razón por la que he llegado a este mundo? ¿Es lo que me toca ser?
Un demonio.
Un verdugo.
Un asesino tan culpable como lo son todos aquellos a los que juzgo sin compasión. Sin dejar opción para lamentarse. Mi mano ensangrentada no conoce el perdón. Solo entiende de castigo.
¿Es para esto para lo que madre me ha preparado?
El mensaje ha sido claro y mi cuchillo ha impartido la justicia necesaria. Solo espero no estar errado en mi propósito.
Sé que no es madre quien me alienta a hacer lo que hago. Tampoco sé quién me está aleccionando desde un lugar que ni conozco. Solo sé que tengo unas notas, unos nombres. Y que debo prepararme para lo que me aguarda. Así reza el mensaje. Soy yo quien tiene el poder de corregir todo el pecado que reina a mi alrededor. Soy yo quien debe impartir la justicia que muchos se niegan a ejercer. Pero todavía es pronto para encontrar mi propósito real. Debo prepararme.
No estoy seguro de qué me espera más allá del filo de mi cuchillo. Solo sé que tengo que estar preparado.
Las primeras palabras que Aura lee la dejan sin respiración. Deja las hojas sobre el asiento y acelera con furia. Necesita alejarse de allí, huir tan rápido como le sea posible. Huir de esa zona, de ese asesino. De sus pensamientos.
La carretera apenas se descompone bajo las pocas luces de los vehículos que la transitan. Y es esa oscuridad la que permite que la subinspectora detecte cómo se ilumina la pantalla de su teléfono. Con agilidad lo toma con la mano derecha y cuando lo desbloquea su cuerpo se paraliza.
Sus ojos se quedan mirando la pantalla hasta que esta muere lentamente, dejando de nuevo el habitáculo en una tensa oscuridad. No importa. Aura ya ha leído el WhatsApp.
Una frase corta y profunda. Tanto que su corazón se ha desbocado como un caballo enfurecido.
«Buen trabajo, subinspectora. Espero que lo que ha encontrado le ayude a entender mi historia. Quizá todavía llegue usted a tiempo».