El primer lienzo
13 de marzo de 2018, 09:20. Valencia
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13 de marzo de 2018, 09:20. Valencia
A pesar de llevar más de una hora levantada, Aura no es capaz de despejar su mente del mensaje que había leído cuando despertó. Con las manos abrazadas a una taza de café ya templado, y sintiendo el frío húmedo de su cabello mojado, observa el terminal envuelta en un silencio mortuorio que domina el salón todavía oscuro. La luz apena resbala por la persiana, sin ganas, sin fuerzas.
Junto al mensaje de Javier o, mejor dicho; el del asesino utilizando su nombre, se descuelga una letanía desesperada de súplicas que Aura ha intentado lanzar. Sin éxito alguno.
Cuando el tiempo es un tesoro escaso, la necesidad impera. Y Aura necesita saber dónde está Javier. Pero no existen respuestas a sus plegarias. Quien sí se interesa por ella es Raúl, que la llama justo cuando ella decide apartar la mirada del teléfono. Con la agilidad de un felino, se lanza a por su Samsung S10, deseando que sea el teléfono de él. Todo se apaga cuando ve el nombre del inspector jefe.
—¿Qué ocurre? —pregunta con la voz trémula.
—Calle de Sorní. Nos vemos ahí. —No hay tiempo para más.
Aura entiende el motivo de la urgencia y sin dilación recoge su teléfono, su bolso y sus pertenencias, y se marcha sin mirar atrás. La taza de café se queda sobre la mesa, todavía intacta.
Más de cuatro zetas se encuentran estacionados cuando la subinspectora llega al lugar donde Raúl la ha citado. Entiende el motivo cuando distingue, entre medio de los girofaros de las patrullas, la furgoneta del Instituto de Medicina Legal. Se baja con prisas, con el corazón acelerado. Con la mirada perdida.
Junto a la entrada de una pequeña cafetería se encuentra el resto del equipo. Raúl está hablando con Daniel, y Víctor devora con cuidado una empanadilla de tomate, ignorando la presencia de Aura a su lado.
—¡Oh! Ya estás aquí —balbuce con la boca llena de comida.
Aura lo mira con desprecio. Un desprecio sano que solo dos compañeros pueden trasmitirse. No quiere odiarlo, sabe que no debe. Aunque el hecho de mostrarse tan entero cuando su compañero sigue desaparecido le rompe el alma.
—¿Qué ha pasado? —investiga la joven mientras se termina de recoger el pelo, todavía húmedo.
—Otro cadáver. Una muchacha. No tendrá más de veinticinco años.
—¿Y nos compete a nosotros? ¿No tenemos bastante trabajo? —pregunta con rabia ella, sabiendo que todo eso solo puede retrasar la investigación.
—No dirás lo mismo cuando veas lo que nos tienen preparado. —Es Raúl el que interrumpe. Su voz suena intensa, seria. Se muestra pensativo cuando Aura se vuelve hacia él.
—¿Otra víctima de nuestro hombre?
Raúl asiente con el dolor atravesando su mirada. Es en ese momento cuando Aura decide centrarse en todo lo que los rodea. Conoce al asesino y entiende que puede estar cerca.
Junto a la puerta hay varias mesas y sillas cubiertas por una pequeña marquesina de lona que los protege del frío y, en una de ellas, una muchacha se enjuga unas lágrimas ya pequeñas.
—Ella es la amiga de la víctima. Estaban tomando un café cuando Ariadna, que así se llama la muchacha, empezó a encontrarse mal. Se levantó para ir al baño y ya no salió.
—¿Cómo sabemos que se trata de El Bosco?
Raúl inclina la cabeza para indicar los movimientos que debe seguir la agente, y la acompaña en una lenta travesía por el interior de la cafetería. Varios agentes se encuentran interrogando a los testigos. Junto a Daniel está el subinspector Izquierdo, hablando sobre lo ocurrido. Daniel aprieta los labios cuando ve pasar a Aura, acompañándola en un duelo casi necesario. Ella continúa hasta el baño, donde la banda policial delimita la zona.
El interior del baño es pequeño, apenas caben dos personas. Una es la víctima, el otro es Héctor, que ya está saliendo cuando Aura llega.
—Subinspectora Casado. Aquí ya queda poco que ver —informa el hombre, que sigue conservando un aspecto de necesitar un viaje a Benidorm: rostro pálido, ojeras marcadas y labios resecos.
—¿Qué ha pasado? —se interesa Aura.
—Pues quedo a la espera de que el juez permita el levantamiento del cuerpo, y ya en mi mesa podré ser más claro. A simple vista no se aprecia nada.
—¿Nada? ¿Cómo puede no apreciarse nada? —Aura se muestra extrañada, casi molesta.
—Pues creo que la palabra lo resume bien. No hay nada. No existen signos de violencia. El cuerpo se halla en posición decúbito prono, con las manos bajo la cabeza, lo cual indica que no fue un desmayo súbito, sino que fue perdiendo el conocimiento poco a poco. Como mucho destaco la enorme sudoración en sus axilas y cuello. La pérdida de orina también es algo llamativo. Si tengo que dar una hipótesis, juraría que se trata de una sobredosis. Algún tipo de barbitúrico quizá. No lo sé todavía. No he querido tocar a la víctima mucho, por lo que no he analizado el rigor del cuerpo. No se aprecian petequias ni equimosis, tampoco laceraciones. Se ha desvanecido. Se ha apagado como un móvil sin batería, avisando que iba a hacerlo cuando ya apenas quedaba tiempo para reaccionar.
—Gracias, Héctor. Tennos al tanto —sentencia Raúl con cautela.
Aura no dice nada. Ella se limita a observar la manta que cubre el cuerpo. No quiere entrar. No quiere conocer quién se halla bajo esa pequeña sábana. Una sábana que significa el final de todo. Que borra toda presencia humana de este mundo. Cierra los ojos y desanda el camino hasta llegar de nuevo hasta Víctor.
—Esto no encaja con el modus de El Bosco. ¿Por qué iba a ser él? —Aura se muestra reacia. Intranquila. Duda de todo cuanto la rodea. Incluso de su propia verdad. Duda de todo; de todos.
—Busca la prueba número nueve. —Las palabras del inspector jefe detonan en el cuerpo de la subinspectora una bomba de temor. Su cuerpo empieza a sudar antes incluso de que sus ojos impacten con el maletín de pruebas que se apoya sobre una mesa.
Se acerca con precaución. Con pasos casi estáticos. Con los ojos pequeños y el miedo acariciando su nuca. Siente el frío del ambiente lamer sus mejillas, arañar sus manos. Cuando por fin alcanza el maletín, duda. Duda de si abrirlo o no. Si enfrentarse a la realidad de un caso que jamás debió aceptar. Suspira con fuerza y libera el secreto que allí se oculta.
Su cuerpo deja de respirar cuando encuentra la bolsa registrada como la prueba número nueve.