El primer lienzo

El primer lienzo


13 de marzo de 2018, 10:45. Valencia

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13 de marzo de 2018, 10:45. Valencia

Unas profundas ganas de vomitar dominan su cuerpo, oprimiendo su estómago, atenazando sus músculos. Su mirada se fija en la profundidad de la bolsa. En ese pequeño y admonitorio trozo de papel que ya se ha convertido en una fuente inagotable de maldad.

No necesita preguntar.

Sabe, desde el momento en que ha encontrado la pequeña bolsa para pruebas, de qué se trata. Se fija con atención para localizar, en su memoria, a qué parte del lienzo pertenece el fragmento encontrado en el bolso de Ariadna Frutos.

—¿Dónde estaba? —pregunta ella con un hilo de voz. Su garganta se bloquea mientras siente cómo el peso de esa prueba castiga sus manos.

—Estaba bajo la taza que había usado la víctima.

—Sigo sin entenderlo. No es algo común todo esto.

—Hay más —añade Raúl, acompañando a sus palabras con un movimiento de cabeza.

La inspectora gira el trozo de papel, en el que se ve a una mujer joven, arrodillada, enfundada en un vestido negro. En el reverso se halla una nueva pista. Otro nombre.

—Pere Lloret Bañuls —recita la joven en voz alta—. ¿Alguien lo ha localizado?

—Leo está en ello. Todavía es muy pronto para poder dar con todas las respuestas. Lo que está claro es que esta vez está yendo muy rápido. Dos cuerpos en dos días. Sin contar con Javier.

Aura tensa los músculos de la cara al escuchar su nombre. No quiere pensar en eso. Todavía no. Javier seguirá vivo mientras su cuerpo no aparezca. Para Aura es necesario pensar así, casi como una obligación.

—Es muy extraño. El Bosco nunca ha actuado con tanta pulcritud. ¿Por qué iba a envenenar a esta muchacha a plena luz del día? —infiere Aura con preocupación.

—Estamos revisando las grabaciones. La cafetería tiene una cámara que enfoca prácticamente todo el local. No creo que debamos hablar de un imitador. Es cierto que este es un crimen muy modesto por su parte, y estoy seguro de que tiene una explicación.

—¿Dónde está su amiga? ¿Qué nos ha contado?

Víctor se adelanta a Raúl al escuchar la pregunta de Aura, y tras limpiarse la grasa que adorna sus dedos, asiente como para pedir permiso.

—Hemos hablado un compañero de la Nacional y yo con ella. Dice poca cosa. Había quedado con Ariadna a las siete aquí, como todas las mañanas. Trabajan juntas en un bufete de abogados aquí al lado. Al rato de tomarse el café la chica ha empezado a encontrarse mal y se ha ido dando tumbos al baño. Cuando su compañera, de nombre Estefanía, ha visto que tardaba, ha entrado para ver si se estaba bien y la ha encontrado tumbada. Al parecer todavía seguía viva. Relata que su cuerpo estaba convulsionando, así que han llamado rápidamente a los servicios de emergencia.

—No lo entiendo. —Aura se muestra dubitativa, incómoda. No acepta la situación que está viviendo y necesita expresarlo—. ¿Cómo hemos sabido que se trataba de El Bosco en un crimen en el que, aparentemente, se trata de una muerte natural? ¿Quién se ha dado cuenta de que era un caso para nosotros?

Es entonces cuando Raúl asiente con cuidado. Aprieta los labios y mira a su compañero, esperando a que este le dé la respuesta a esa pregunta.

—Pues al parecer el mismo chico que atendió a la víctima sospechó que algo no marchaba bien, y cuando se acercó hasta la mesa de la víctima encontró el fragmento de lienzo.

—¿Quién la ha atendido? —exige la subinspectora cortando la disertación de Víctor.

—Ha llegado una furgoneta de servicios básicos. Se ve que no le han dado la suficiente importancia al aviso. Lo ha atendido el chico que está con el oficial Estruch.

Aura mira hacia donde Víctor ha marcado con los ojos. A unos metros se encuentra el agente de la Nacional, charlando con otro muchacho; un chaval que frisa los treinta años, moreno, alto, de barbilla cuadrada y barba cuidada. Ambos charlan con soltura sin prestar atención a la presencia cada vez más intensa de la joven.

—¿Eres tú quien ha asistido de emergencia a la víctima? —investiga Aura tras romper la conversación que ambos mantenían. Su voz es firme, serena, pero dura. Una voz que no admite vaciles.

—Sí, subinspectora. Hemos llegado sobre las ocho y veinte. La muchacha presentaba un principio de infarto, así que hemos procedido a solicitar el traslado de urgencia al centro más próximo y con rapidez he empezado a practicar un RCP hasta que ha llegado la SAMU. Ha sido imposible devolver las constantes a la joven.

—¿Has visto algo extraño en su cuerpo cuando la has inspeccionado?

El muchacho arruga la frente, como si no acabara de entender la pregunta de la inspectora. Ella, al darse cuenta, intenta matizar.

—Me refiero a si has encontrado alguna marca de pinchazos o algún signo de agresión.

—Ah. No he visto nada reseñable. La muchacha se veía bastante entera. Le he revisado el cuello para comprobar sus constantes y no he encontrado nada. No he mirado más a fondo, lo siento.

—¿Y cómo has deducido que se trataba de un homicidio y no de una muerte natural?

El muchacho sonríe. No sonríe por mostrar arrogancia. Lo hace con cierto nerviosismo, como intentando mostrarse autoritario, entendido. Sonríe con la delicadeza de un niño tímido.

—Verá, en todos los años que llevo atendiendo emergencias, nunca he visto una muerte natural de alguien tan joven. Cuando se trata de un infarto o algo semejante, el cuerpo suele soportar los primeros ataques y, al menos, nos permite el traslado. Esta chica estaba ya muerta cuando llegamos. Y por el sudor abundante que vi, y su aspecto, supuse que se trataba de algo distinto. En principio pensé en una sobredosis de algún tipo de droga, por eso me acerqué a la mesa, para buscar algo que nos pudiera ayudar. Fue entonces cuando vi, bajo una taza, el fragmento del lienzo, y recordé el caso que hubo hace poco con lo del asesino ese del cuadro. Fue por eso por lo que los llamé.

Aura no vuelve a preguntar. No lo necesita. Ha escuchado al muchacho con interés y ha comprendido cada una de las palabras que ha pronunciado. Por eso no necesita preguntar.

—Muchas gracias —se despide ella.

Aura se dispone a volver con sus compañeros cuando un ruido alerta a todo el personal allí apostado. El rugido de un motor llama la atención de todos. Un rugido fuerte, lejano. Un rugido que reverbera como si rebotara por todas las cristaleras de aquella estrecha calle.

No tarda en hacerse visible el reflejo impecable de un Porsche Cayenne negro. El todoterreno aparca entre dos patrullas, ignorando el reclamo furioso que le lanza uno de los agentes, que intenta exigirle que siga circulando.

Del vehículo desciende un hombre mayor. El sol se asienta sobre un cabello repleto de canas y desciende a través de una piel dorada, mostrando el rostro de un hombre acomplejado por la edad. Su falsa juventud no engaña a Aura, que deduce por las arrugas que adornan los ojos del hombre que supera ya las siete décadas.

Puede ver en sus ojos la furia, la desesperación, el miedo. Puede intuir que ese hombre busca a Ariadna, y no tarda en comprender lo acertada que ha sido su hipótesis. Lo hace cuando este se revuelve para burlar el amarre de uno de los agentes que intenta detener su avance. Tampoco puede pararlo un segundo policía cuando se planta frente a él, con los brazos extendidos para hacerse grande.

—¡Dejadme! —grita el hombre, con rabia. Sus brazos se sacuden para apartar de su camino a dos nuevos policías que, esta vez sí, han podido frenar su avance—. ¡Quiero verla! ¡Quiero verla!

—No puede pasar, señor —informa Víctor por detrás de los agentes.

—Esa es mi hija. Tengo que verla. ¡Exijo verla!

El hombre parece fuera de sí. Su cuerpo se revuelve con la velocidad de un quinceañero, haciendo que los dos agentes, de abultada experiencia, tengan que esforzarse para retenerlo.

Víctor pide que se identifique para comprobar la veracidad de sus palabras, pero en vez de obtener su documentación, lo que hace es escuchar su voz como respuesta. Manuel Frutos Cervi se hace llamar el hombre, que no ceja en su empeño por cruzar la barrera humana que se ha implantado frente al local.

—Esta es una zona acotada. No se puede entrar, señor. Cuando el juez permita el levantamiento del cuerpo, podrá verla. Se lo juro.

—¿Van a dejar a mi niña ahí tirada? ¿En el frío suelo? Por el amor de Dios. ¡Quiero entrar! No pueden impedirme que vea a mi… —Su voz se rompe cuando ve, a lo lejos, a Estefanía—. Estef, por favor. —Y sale corriendo en dirección a la muchacha.

Aura presencia la triste escena con un nudo en el estómago. Un nudo que se hace cada vez más grande al ver cómo la joven se deshace en un mar de lágrimas, abrazada al padre de la víctima.

Él en cambio no parece estar a gusto. No le devuelve el abrazo. Sus brazos se mantienen firmes, caídos a ambos lados de su cuerpo, rígidos como dos rocas. Mantiene una tensa compostura hasta que la joven se aparta de él, negándole la mirada como si se sintiera avergonzada. Unos segundos después parece relatarle lo sucedido, pues el hombre se lleva las manos a la cabeza y comienza a dibujar círculos pequeños dando pasos cortos y rápidos. Cuando la muchacha acaba, él se vuelve hacia Aura y empieza a desandar el camino que había hecho.

Con cada metro que avanza, la subinspectora descubre nuevos detalles en aquel hombre de aspecto añejo, enjuto y bien vestido. Sus ojos marrones se ocultan bajo unas gafas pequeñas sin marco. Son sus manos las únicas que revelan la edad del hombre, ya que su rostro se encuentra completamente retocado.

—¿Son ustedes los inspectores a cargo? —pregunta tanto a Aura como a Raúl, que se ha acercado a su compañera como un viejo instinto protector.

—En efecto, señor. Ella es la subinspectora Casado y yo el inspector jefe Raúl Donato. ¿Es usted el padre de la señorita Frutos?

—Díganme qué ha ocurrido. Quiero saber la verdad.

Raúl suspira con pesar. Nunca es fácil aceptar el papel de informador. Jamás se halla paz para los vivos tras una muerte. La única paz es la que se lleva el difunto.

—De momento no podemos decir mucho. Estamos investigando este caso en concreto para encontrar alguna posible relación con otros casos que siguen abiertos.

—¿Quiere decir que puede tratarse de un asesino en serie? Pero ¿por qué mi hija? Nunca ha hecho nada a nadie. Es una buena persona. ¿Quién querría hacerle daño?

Raúl mira a Aura. Ella entiende que lo que quiere es un gesto cómplice para poder acercar las piezas de un puzle todavía desarmado sobre la mesa. El tiempo corre en contra de Javier y no pueden seguir el protocolo.

—¿Le suena de algo el nombre de Pere Lloret Bañuls?

El hombre arruga la frente con dificultad. Unas arrugas que apenas se sombrean en su rostro.

—¿Es el hombre que le ha hecho esto?

—No, señor. Ese es un nombre que el asesino ha atribuido a su hija. Ese nombre tiene que formar parte del caso. Por eso le pregunto.

—No me suena de nada.

—¿Puede que se trate de algún novio de su hija? —pregunta Aura, intentando sacar alguna conjetura.

—Imposible. A mi hija no le… —El hombre duda por un segundo. Mira a Estefanía y traga saliva. Aura deduce que no quiere terminar la frase—. Bueno, digamos que nunca ha tenido una pareja formal.

Raúl asiente. Mira a su compañera y gira el rostro de nuevo hacia la cafetería. Leo se encuentra saliendo cuando el inspector jefe alza la vista. Cuando Leo ve a sus compañeros a un lado, se dirige hacia ellos con el ordenador sobre sus manos.

—Inspector —reclama con suavidad. Ambos agentes se reúnen con Leo, dejando apartado al señor Frutos unos segundos—. Creo que podríamos tener algo. Mirad.

Los tres se acercan a la pantalla del portátil, que está reproduciendo un vídeo. En él se enfoca a un hombre con perfecta nitidez. Raúl abre los ojos. Aura traga saliva. Todos se miran.

—Ese es…

Leo asiente.

Vuelven a mirar la grabación. El reloj marca las 07:46 cuando una camarera deja un café sobre una bandeja metálica y se vuelve para preparar dos tazas más. En ese momento aparece un hombre que se sienta en la barra. Viste con una chaqueta negra y un gorro de lana, y a pesar de la distancia se puede apreciar su rostro desfigurado. Sin dudarlo un segundo vierte algo sobre la taza y vuelve a esconder la mano. Unos minutos más tarde conversa con la camarera y se acomoda en la barra.

—¿Lo habéis visto? —pregunta Leo.

—Ha echado algo en el café.

—Hay más —anuncia el agente a modo de vaticinio.

En la pantalla se pueden ver a las dos jóvenes charlando al otro lado del cristal. La camarera se lleva la bandeja y apenas un momento después aparece junto a la mesa de Ariadna y Estefanía.

Los minutos transcurren a velocidad acelerada, mostrando cómo Ariadna empieza a descomponerse mientras el asesino de El Bosco observa desde la distancia, con un café con leche en su mano.

Sobre las 08:25 la víctima pasa dando tumbos junto a su propio asesino, y unos minutos más tarde también lo hace su amiga. Es en ese momento cuando El Bosco sale con paso lento. Más tarde se aprecia cómo se acerca a la mesa donde estaba Ariadna y deja algo bajo la taza. Algo que todos deducen que se trata de la prueba que ellos encontraron. Pero también, tras eso, manipula su bolso.

—Un momento —dice Aura—. Pon el final otra vez.

Leo obedece y repite los últimos segundos antes de que el desconcierto reine en la cafetería. Repite la escena del asesino manipulando el bolso.

—Mirad bien cuando El Bosco coge el bolso. Mete la mano en el bolso. ¿Ha dejado algo?

—O tal vez se ha llevado —remata Raúl, que se aparta un segundo para acercarse al padre de la joven—. Señor Frutos, necesitamos que revise el bolso de su hija. Quizá haya algo que eche en falta.

El hombre suspira mientras lleva su mirada hacia el bolso de la muchacha, todavía sobre la mesa, junto a un marcador de evidencias.

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