El primer lienzo

El primer lienzo


13 de marzo de 2018, 11:22. Valencia

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13 de marzo de 2018, 11:22. Valencia

Manuel Frutos mira el bolso de su difunta hija. Sus ojos muestran dudas, miedo, inseguridad. Traga saliva y se vuelve a girar hacia los agentes.

—¿Para qué quieren que revise el bolso de mi hija? ¿No habéis profanado ya suficiente su nombre?

Raúl asiente con prudencia. Sabe que Manuel no debe de estar pasándolo bien. Lo ha visto muchas veces antes. Ese fuego en la mirada, ese odio irracional, esa negación completa. Nadie está preparado para la muerte, y menos si viene de forma súbita.

—Solo usted puede entender si el asesino se ha llevado algo importante para su hija. O, por el contrario, deducir si hay algo que no debería estar.

El hombre niega con la cabeza, lanza un suspiro ahogado y se acerca al bolso de su hija, que sigue sobre la mesa de la cafetería.

—¡Espere! —alerta Aura justo cuando Manuel alarga la mano para asir el bolso—. Tome, use unos guantes. Es importante que no toque mucho el bolso. Utilice los dedos índice y pulgar para rebuscar, por favor.

Él asiente y, tras colocarse los dos guantes de nitrilo azules, abre con precaución el bolso. Revisa con cuidado cada uno de los objetos que allí se hallan durante más de un minuto. Justo cuando mueve su mano izquierda para apartar algún objeto su cuerpo se paraliza. Arruga la mirada y coge algo sin llegar a extraerlo. Cuando entiende lo que tiene en sus manos, vuelve a dejarlo, como si aquello le quemara los dedos, y cierra con rapidez el bolso. Cuando se vuelve, Aura percibe su mirada turbada. Sus manos trémulas y un brillo extraño en sus ojos.

—No hay nada raro —sentencia con unas palabras atropelladas.

—¿Está usted seguro de que no hay nada fuera de lo normal? ¿No falta nada? —insiste Raúl, que también se ha percatado del cambio de actitud del hombre.

—Le he dicho que no he visto nada raro. Ahora, si me disculpan, querría ver a mi hija.

Los dos policías se miran con misterio. Pero es Raúl el que asiente al fin, tras ver la obcecada reticencia del hombre a prestar su ayuda.

—Bien. Tendrá que acudir a la Jefatura Superior de la Policía. Allí le informaremos cuándo podrá recuperar el cuerpo de su hija. Como comprenderá ahora tienen que llevarla al Instituto de Medicina Legal. Una vez le hagan la autopsia podrá disponer de ella.

Manuel no responde. Aprieta los labios y se marcha a paso veloz, ignorando a todos los presentes. Cuando sube al coche, saca su teléfono móvil y lo manipula. Aura puede ver cómo mueve los labios cuando el coche se marcha a toda velocidad.

—¿No te parece rara su actitud? —pregunta el inspector jefe.

—¿Podríamos pedir una orden para rastrear sus llamadas?

—¿Crees que podría tener algo que ver?

Aura se encoge de hombros. Ya no sabe qué creer, así que decide hacer lo que siempre se le ha dado bien; creer en ella misma. Y su mente le dice que ese hombre sabe quién está detrás de la muerte de su hija. O al menos comprende el porqué.

—Tenemos que hablar con la compañera. O más bien su pareja. Por lo que he podido escuchar a Manuel, hay algo más que una bonita amistad.

Raúl asiente ante el comentario de su compañera, y hace llamar a la joven, que no tarda en llegar.

Aura la mira durante un breve espacio de tiempo. Se centra en el brillo sincero de sus ojos. En sus manos bien cuidadas de dedos finos y largos. En su pelo negro y rizado y su piel canela. Se fija en sus labios carnosos y resecos.

—Necesitamos que revises, con cuidado, el bolso de Ariadna. Sospechamos que quien ha hecho esto podría haberse llevado o dejado algo.

—¿Están insinuando que todo ha sido premeditado? —pregunta con la voz doblada por el dolor que le ha producido escuchar todo aquello.

Aura se limita a asentir. No puede hacer nada para evitar reconocer los detalles que rodean a la muerte de la joven. Sabe que eso va a causar mucho dolor en Estefanía y entiende que así es cuando ella deja caer un par de enormes lágrimas que recoge antes de que se descuelguen de su mejilla. Se coloca los guantes y se acerca al mismo bolso que Manuel revisó.

Aunque ella no tarda en dar con la respuesta. Sus ojos se agrandan enseguida, y tras arrugar la frente saca del bolso una pequeña caja de comprimidos.

—Esto no es de ella —dice Estefanía convencida.

La caja está vacía, pero se aprecia con total claridad el nombre. Se trata de una caja de Galantamina de veinticuatro miligramos.

—¿Estás segura de que no es de ella?

—Segurísima. Ariadna no tomaba ningún medicamento sintético. Lo único que llegaba a tomar era Paracetamol, y solo si se encontraba mal. Ella prefería lo homeopático.

—Puede que haya acudido a algún médico y que se lo haya recetado. ¿Sabes si ha tenido alguna cita en los últimos días con algún médico? ¿Tal vez se encontraba mal?

La chica niega con firmeza. Con rotundidad. Niega incluso con cierto atisbo de ira en su gesto de ceño fruncido y frente arrugada.

—Ari no tenía secretos. Era un libro abierto y, si hubiera tenido cualquier problema de salud, me lo hubiese contado. Ella estaba perfectamente y ya he dicho que jamás tomaba medicamentos.

Aura no insiste. Ha visto la cólera en los labios tensos de la joven. Ha olido el odio en sus palabras, por eso no quiere seguir. No es momento para ello.

—Muchas gracias, Estefanía. Has sido de mucha ayuda. —Aura entrega la caja a Víctor, que la guarda con celeridad dentro de una bolsa y la introduce en el maletín de los compañeros de la científica—. ¿Qué casos solía llevar Ariadna en su bufete?

—Ella se centraba en derecho civil, sobre todo.

—¿Sabes si había tenido algún problema últimamente? ¿Algún caso que estuviera dándole problemas?

Estefanía mira a la inspectora, que le devuelve una sonrisa cómplice.

—Para nada. Su trabajo era muy anodino. Incluso llegaba a aburrirse en ocasiones.

—Gracias por todo, Estefanía. Te ruego que, si recuerdas algo importante, nos lo hagas saber. Cualquier detalle puede ser importante.

La muchacha se marcha con un paso débil, lento y arrastrado. Llevándose con ella el dolor de la pérdida.

—Te invito a comer —dice Víctor, que aparece tras Aura como un fantasma.

—Si acabas de almorzar. Además, apenas son las doce del mediodía.

—Mientras llegamos se nos hace la una. Y lo de almorzar no tiene nada que ver. ¿Vamos o qué?

Ambos se miran y ella entiende todos los comentarios que Javier siempre le regalaba. Aunque su mente intenta negarse, sonríe ante la actitud de su compañero.

—¿Dónde quieres comer?

—En el bar de Antonio. Así tenemos la comisaría al lado.

El bar de Antonio, que así se llama también el camarero, es un pequeño bar apostado justo enfrente de la Jefatura Superior de la Policía Nacional. Es allí donde Aura y Víctor llegan pasada la una del mediodía.

Como de costumbre, Víctor pide una ensalada de pasta de primero y un plato de arroz al horno de segundo. Aura se limita a un solo plato de pechuga de pollo al horno.

—Ahora entiendo por qué estás tan delgada. Si apenas comes.

—Lo que yo no entiendo es cómo tú puedes comer tanto estando con los nervios a flor de piel.

Víctor deja el tenedor sobre la mesa y se seca la boca con la pequeña servilleta de papel.

—Lo cierto es que cuando estoy nervioso como más de lo normal. Y ahora mismo no puedo estar centrado en nada que no sea encontrar a Javier. Por eso tengo el estómago siempre rugiendo. ¿Qué quieres que te diga? Será una forma de autodefensa.

Aura apaga la mirada. Su garganta se cierra y no es capaz de lanzar al viento la pregunta que naufraga en su mente.

«¿Estarás bien?».

—¿Piensas que esta vez El Bosco tiene algo que decirnos? —pregunta la subinspectora, que sigue sin entender los casos que se están presentando.

—Lo único que sé es que este tío nunca hace nada sin haberlo meditado antes. Así que si lo ha hecho es porque él piensa que tiene un sentido. Ahora bien, ¿estamos en el camino correcto del sentido que él quiere interpretar? Ya sabes que la última vez apenas estuvimos cerca.

—No sé, es todo muy irreal. Nos estamos moviendo entre varias décadas diferentes. Ahora ya no nos deja una frase, nos da nombres.

—Con Javier sí nos dejó una frase.

Aura calla al entender las palabras de Víctor. De todas formas, no le da tiempo a seguir pensando. Raúl ya los ha citado en la comisaría.

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