El primer lienzo

El primer lienzo


13 de marzo de 2018, 15:40. Valencia

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13 de marzo de 2018, 15:40. Valencia

—Yo no sé tú, pero, que una residencia de ancianos se llame La Esperanza, lo veo un poco de mal gusto. ¿Tú qué opinas?

Pero Aura no es capaz de atender a la pregunta de Víctor. Ella hace mucho que no opina, sobre todo cuando se encuentra inmersa en un caso.

La residencia se encuentra justo en una esquina en la Avenida Doctor Tomás Sala, y no es más que un bajo con un pequeño cartel con el nombre de la residencia. No hay jardines amplios para poder pasear; no se aprecian detalles cómodos. Apenas se la reconoce como una residencia. De todas formas, Aura no se ha fijado en nada de eso cuando han aparcado junto a la finca. Sus ojos se posan en un nuevo fragmento de las notas halladas en casa de Mateo.

Su corazón palpita con fuerza mientras observa la letra manuscrita del primer y más temido asesino en serie que ella pudo conocer.

Madre me ha preparado. A pesar de no ser ella quien me da las instrucciones, puesto que su cuerpo cada vez tiene menos fuerza, ella ha estado mucho tiempo adiestrándome para esto. Para que, cuando llegara el momento, no me temblara el pulso. Y no lo ha hecho. A pesar de mis profundas ganas de vomitar. De mi ardiente deseo por salir corriendo sin mirar atrás. He cumplido con sus demandas, pues es lo que tengo que hacer.

Ahora, con las manos llenas de sangre, entiendo que mi propósito es restaurar la decencia que poco a poco se está perdiendo. Vivimos en un mundo abocado a la autodestrucción. Un mundo de deseos superficiales. De sentimientos falsos. De mentiras cada vez más reales. Un mundo de necesidades inmediatas y pasajeras. Y esto tiene que acabar. Sé que, cuando todos se hagan eco de mi verdad, esta ciudad conocerá los pecados de los que, con tanta libertad, presumen.

Hoy ha sido ese pobre camionero que aprovechaba su paso por la ciudad para liberarse del dolor de la distancia que esa profesión otorga. Pero no me importa. Como dice madre, el pecado nos hace débiles. Nos convierte en seres previsibles, dominables. Y Dios nos hizo para ser fuertes. Para ser líderes.

Sé que la angustia que ahora recorre mi cuerpo se debe a la inexperiencia. Igual que sé que, con el tiempo, acabaré por dominar mis instintos.

Madre me ayudará antes de marcharse para siempre.

—¿Qué es eso? —investiga Víctor con los ojos clavados en el trozo de papel.

Aura, que se da cuenta de inmediato, lo dobla de nuevo y se lo guarda en el pantalón vaquero ajustado.

—No es nada. —Y por un momento su mentira le quema la piel. Se introduce por su garganta y araña cada parte de su cuerpo hasta instaurarse en su pecho. Ahí se hace tan grande que incluso llega a arrebatarle la respiración. Aura nunca ha mentido.

Hasta ahora.

—Bien. Pues vamos para adentro. Tenemos muchas preguntas que hacer.

Y, sin esperar respuesta, se baja del coche con el rostro tenso. Aura entiende que se ha ofendido por su negación a la hora de compartir secretos. Si algo ha tenido Víctor con Javier es que jamás se guardaron un secreto.

El trayecto hasta la residencia se hace lento, espeso. Ambos caminando en un silencio distinto. Víctor por la omisión de Aura. Aura por los pecados de Mateo. Ambos preocupados por Javier.

Ya en el interior de la residencia, la vista no es muy distinta a lo que prometía el exterior. Un edificio viejo, con puertas de madera acristalada y un gran salón recibidor. Junto a la entrada se encuentra una joven que no duda en mirar de hito en hito a los dos agentes.

—¿Son ustedes los agentes de la Policía Nacional? —pregunta la muchacha. Frisa los treinta años; morena; ojos negros; mirada firme y labios apretados. Viste con un uniforme parecido a las enfermeras y sujeta en su mano una pequeña carpeta.

—Somos los subinspectores Víctor López y Aura Casado. De la UDEV.

—Me han avisado de que vendrían. ¿Qué es lo que ocurre? No será por la denuncia de la semana pasada. Ya dijimos que Pascual se resbaló con el flan que le dimos para cenar. Quiso llevarlo él a pesar de saber que no tiene ya el pulso de un chaval de veinte años. Y luego pasa lo que pasa.

Víctor arruga el rostro y mira a su compañera ante la repentina y despreocupada versión de la joven, que apenas se ha resentido al recordar la escena. Esta le devuelve una mirada tensa al tiempo que asiente con disimulo.

—Lo cierto es que no. Venimos por otro tema bastante distinto. Nos gustaría hablar con el director del centro.

La muchacha inclina la cabeza hacia un lado como un perro que presta atención, y mira su carpeta una vez más.

—Pues, esto… No sé si don Felipe los podrá atender ahora.

—Seguro que puede. Pero, mientras esperamos, podrías contarnos qué pasó con ese tal Pascual, que dices que se resbaló.

La joven traga saliva y coge su teléfono móvil. Sonríe con disimulo, sin ser capaz de disimular el tono bermellón que han adoptado sus mejillas.

—Voy a ver si el señor Catalá los puede atender. Discúlpenme un minuto.

Cuando se marcha, y aprovechando el silencio que se forma en la entrada, Aura se apoya en la pared y mira a su compañero.

—Resbalado, dice.

—Este centro no me gusta nada. Parece sacado de una película de Almodóvar.

Los dos se ríen, y en ese instante recuerdan que, ante todo, siguen siendo compañeros. Siguen siendo amigos, y siguen siendo humanos. Ella entiende que el dolor nunca es eterno, aunque uno finja aferrarse a él.

El traqueteo nervioso de la joven, unido a los murmullos que se escuchan por detrás de la cristalera, hace ver que ya está acabando con su conversación. La pequeña ventana corredera del mostrador se abre y vuelve a mostrar a la joven, con una sonrisa más falsa todavía.

—El señor Catalá los espera en su despacho. Está en el primer piso. Subiendo por la escalera que tienen a su izquierda. Cuando lleguen al primer piso, sigan por el pasillo hasta el final y encontrarán su despacho.

Como ha anunciado la joven, cuando llegan al primer piso, los agentes se enfrentan a un enorme pasillo con varias salas a ambos lados. Todas están destinadas a labores profesionales, siendo ese el piso destinado para atender a los ancianos. Cruzan la enfermería, el salón de fisioterapia y la zona de rehabilitación, y llegan al despacho.

En su interior se encuentra un hombre de unos cuarenta y cinco años, rubio, con los ojos verdes y una mirada empañada por unas gafas rectangulares. Bajo la bata blanca se intuye una camisa gris y un pantalón oscuro, y en su rostro la seriedad impera sobre el resto de las facciones.

—Me ha comentado Azucena que querían hablar conmigo. ¿En qué puedo ayudarles?

Aura toma asiento, seguida de su compañero, que hace crujir la pequeña silla de madera cuando se deja caer sobre ella.

—Queríamos hacerle algunas preguntas, si no tiene inconveniente —inicia Aura, llevando su trato a un formalismo poco acostumbrado en ella.

—Claro. Haré todo lo que pueda por complacerlos. ¿Qué necesitan?

—¿Desde cuándo trabaja usted en este centro?

El hombre sonríe con orgullo mientras deja su bolígrafo negro sobre una pila de papeles y se retrepa en el asiento.

—Bueno, lo cierto es que este centro tiene ya más de tres décadas de servicio. Pero yo llevo como director desde el año 2009.

Aura asiente con delicadeza, intenta no mostrar sentimiento alguno, no dar a entender sus emociones.

—Tengo entendido que es una residencia concertada. Es decir, que depende de la Conselleria. ¿Siempre ha mantenido esta estructura?

—Tengo entendido que sí. Desde su inicio ha sido una residencia financiada por la Conselleria. ¿Hay algún problema en eso?

—Para nada. Imagino que los permisos estarán todos en vigor. —Aura entrecierra los ojos, buscando en el rostro de Catalá un cambio de expresión, pero el hombre no se inmuta.

—Todo en regla. Pueden comprobarlo cuando quieran.

—Confío en su palabra. No es eso lo que nos ha traído hasta aquí. ¿Desde cuándo llevan un registro de sus pacientes?

El hombre arruga el ceño, esta vez sí, ante el asombro que le ha producido la pregunta de Aura.

—No la entiendo. Siempre hemos llevado un registro de nuestros internos. Tanto los pacientes como los trabajadores.

—Bien. Estamos investigando varios casos en particular, cuyo parte de defunción se firma en esta residencia, y data del año noventa y cinco. ¿Podríamos encontrar sus datos?

El director abre los ojos sorprendido.

—Ha llovido mucho desde entonces, ¿no creen? No sé, deje que mire en el ordenador. ¿Qué nombres son?

—Eusebio Grillán Peris y Pere Lloret Bañuls.

Catalá comienza a teclear en su monitor. Mientras, el tiempo parece detenerse en esa sala. El sol cae por la pequeña ventana que tiene a su espalda, sumiendo el diminuto cuarto en una lenta penumbra mientras los subinspectores se revuelven con incomodidad en sus asientos.

—No encuentro nada, lo siento. En esa época me imagino que sería todo a base de papel y tinta, así que supongo que estará guardado en algún archivador. Si me dan algo de tiempo, podría buscarlos, pero no será hoy.

Aura lo mira con dolor. Javier no tiene tiempo y de esos nombres podría depender su vida.

—Señor Catalá. Esto es algo importante. Nos gustaría que lo revisara ahora.

—Por mucho que quisiera, no podría. Todos los archivadores fueron enviados a un pequeño despacho en el centro. Tendría que ir hasta allí y buscarlos.

—Si lo necesita, podemos acompañarlo —insiste ella.

El director, al ver la tozudez de Aura, niega con la cabeza mientras deja caer un resoplido incómodo.

—Bien, voy a ver qué puedo hacer. —Y extrae de su bolsillo un pequeño iPhone blanco. En pocos segundos, una voz grave resuena por su auricular—. Buenas tardes, José. Escucha. Necesito que busques en los archivos de La Esperanza los informes de dos pacientes. Tienen que estar en el año noventa y cinco. —Y dicta los nombres que Aura le ha dado varios minutos atrás. Tras un «gracias» algo indolente cuelga—. En cuanto me responda los llamo.

Los agentes entienden el mensaje oculto que hay tras esas palabras, pero todavía quedan algunas preguntas.

—Ha dicho que lleva trabajando aquí desde el año 2009. ¿Sabe quién era el director en la década de los noventa?

—La verdad es que no. Aunque te lo puedo averiguar enseguida. —Acto seguido vuelve a manipular el ordenador durante un corto espacio de tiempo—. Álvaro Ferrer Tudela. Fue director hasta el año 2000.

—¿Sabe si hubo algún incidente durante esos años que pudiera tener como implicado al señor Ferrer?

Catalá se encoge de hombros y arruga los labios. Vuelve a acomodarse en su asiento y se gira hacia la ventana, que muestra un cielo teñido en tonos dorados.

—Nunca se ha dicho nada. Esta es una buena residencia. Parece que es pequeña y mal cuidada, pero los ancianos disfrutan. Suelen salir al parque que hay justo al lado, a jugar a la petanca, y nunca ha habido nada más allá de la denuncia que nos quieren poner por la caída de Pascual.

—Sí, el del flan —expone Aura con ironía, poco convencida de ese argumento—. Si sabe de algo, por favor, llámeme. —Le entrega su número de teléfono, sabiendo que todavía tienen una tarea pendiente—. Y, en cuanto tenga la información de estos dos nombres, dígamelo.

Catalá asiente y se levanta para despedir a los dos agentes, que salen de la residencia con más dudas de las que han entrado. Aunque Aura sabe por dónde quiere seguir buscando. Coge el teléfono y llama a Leo.

—Necesito que me localices a esta persona. Su nombre es Álvaro Ferrer Tudela. Tenemos que reunirnos con él.

—Marchando. En media hora te digo algo.

Media hora para Aura, en este momento, puede ser un castigo de por vida. Traga saliva mientras el dolor vuelve a su cuerpo. Pero no tiene tiempo para sufrir. En su móvil aparece una nueva notificación. Una notificación que congela sus músculos de golpe. Una notificación de Javier.

«¿Cuánto tiempo crees que me queda?».

Aura no espera más. Marca su número de teléfono y se lo lleva a sus oídos. Para su sorpresa, da señal.

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