El primer lienzo
13 de marzo de 2018, 18:15. Valencia
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13 de marzo de 2018, 18:15. Valencia
Un pequeño crujido alerta a la subinspectora de que alguien la oye al otro lado del terminal. Su corazón se detiene de inmediato cuando el sonido de su respiración se hace notar en el auricular.
—¡Maldito hijo de puta! ¿Dónde está? —ruge Aura con desesperación.
El silencio perdura más allá de sus miedos.
Nadie responde.
Ambos se mantienen a la espera, respirando con fuerza. Ella casi jadea. Él lanza un pequeño bufido burlesco.
—He de admitir que estoy sorprendido, subinspectora —dice al fin El Bosco, con su voz grave, pausada. Lenta.
—¿Dónde está Javier? —repite Aura.
Víctor acerca el oído al terminal y le hace gestos a su compañera para que active el altavoz. Pronto el sonido de su voz rebota por los cristales en el interior hermético del vehículo.
—Ya le dije la primera vez que hablamos que el inspector está en sus manos. Yo ya he cumplido con mi trabajo. Ahora son ustedes quienes tienen que hacer el suyo.
—Entonces, ¿para qué has llamado? —Aura intenta calmarse. Víctor coge su teléfono y comienza a grabar la conversación. Algo ha llamado su atención.
—Sube el volumen —susurra él casi sin fuerzas. Aura asiente y aumenta la salida de audio al máximo, para luego poner en marcha su coche. En unos segundos, la voz de El Bosco pasa del teléfono a los altavoces del coche.
—Le he llamado para darle un par de mensajes. Lo primero que quiero hacer es reconocer el espléndido trabajo que está haciendo. Me sorprende lo rápido que ha llegado a dar con muchas de las respuestas que tienen frente a ustedes. Creo que el inspector Reinoso le ha enseñado muy bien. Estoy convencido de que él hubiese tardado mucho más en llegar. Se aprecia la implicación y empeño que pone.
—¿Y la segunda? —inquiere Aura sin prestar atención a la edulcorada adulación que acaba de proferir el asesino. Su voz se torna más intensa. Más firme y segura.
—La segunda es para despedirme. Mi obra está prácticamente acabada, por lo que esta será la última vez que tengamos el placer de hablar a través del terminal de su compañero.
Aura no responde.
Aquella amenaza implícita la deja sin respiración. No sabe qué le causa más temor, si el hecho de no poder volver a hablar con Javier o saber que El Bosco ha conseguido su propósito.
—No pienses que te vas a marchar de rositas. Ni sueñes que volverás a repetir lo que hiciste hace años —amenaza ella. Sin fuerzas. Sin convencimiento. Casi sin esperanzas.
—¿Quién ha dicho nada de irse?
Y con esa pregunta flotando en el aire, y una risotada carrasposa, su voz se apaga de forma súbita.
—¿Qué coño ha querido decir el loco este? —pregunta Víctor cuando sabe que vuelven a estar solos.
Aura calla de nuevo.
Por un momento, todas las noches que pasó con Javier esperando a conseguir alguna prueba reflotan en su cabeza. Todas las reuniones distendidas. Todas las risas que siempre le negó, apartando la cara cuando sabía que su piel se sonrojaba. Junto con ese recuerdo, una pequeña lágrima se escurre por sus mejillas.
—Creo que hemos perdido.
Pero no hay tiempo para seguir pensando. Para lamentarse. La tarde se termina de apagar, dejando un cielo fúnebre de nubes pequeñas y débiles nubes.
Aura se aferra al volante de su Audi y, antes de poner marcha atrás, un nuevo reclamo interrumpe su acción. Esta vez es Leo.
—¿Qué tienes? —pregunta Aura.
—No te lo vas a creer.
Los dos compañeros se miran en silencio cuando escuchan las palabras de Leo.
—No está el horno para bollos, Leo —contesta Aura, ofuscada—. Al grano.
—De acuerdo. No me enrollo. He localizado al señor Álvaro Ferrer y creo que puede estar metido en medio de todo este revuelo.
—¿Qué quieres decir? —se interesa la subinspectora con una voz temblorosa.
—Te he mandado la dirección al teléfono móvil, junto con la información que he conseguido. Puede que sea interesante visitarlo ahora.
Tras eso cuelga. Aura mira a Víctor. Víctor mira el teléfono. Ambos respiran con fuerza.
Cuando abre el mensaje de Leo, todo parece venirse abajo. Mira la información con miedo, con desesperación. A pesar de los pocos detalles, un miedo cerval atraviesa su espalda.
—¿Tendrá algo que ver? —pregunta Víctor, que también se muestra nervioso. Sus ojos brillan bajo el pequeño reflejo que la luna deposita sobre su rostro.
Junto a su dirección; Avenida Maestro Rodrigo, aparece un parte de denuncia con fecha del 12 de marzo.
—Tenemos que ir ahora.
Y, sin esperar la confirmación de Víctor, se lanza en una apresurada carrera hacia la dirección que Leo le ha indicado. Según consta en el WhatsApp, el hombre está esperando la llegada de los agentes.
El trayecto ha sido largo. Un recorrido eterno imbuidos en un silencio doloroso. Aura no lo piensa mucho. Aparca frente a un taller ya cerrado y ambos agentes se bajan del vehículo. La calle apenas está transitada por unos cuantos coches en ese momento. A lo lejos, las luces de una falla advierten algo de movimiento. Faltan unos días para la plantà y todo el mundo está nervioso. El jubileo se contagia en los vecinos; en los niños que ya están de vacaciones; en los jóvenes que esperan con ansia las fiestas.
Para Aura, en cambio, el fuego que reducirá todo a cenizas en unos días no es más que un recordatorio de lo que ha sido su vida el último año. Cierra los ojos y avanza, junto a su compañero, hacia la décima planta del edificio donde espera Álvaro.
—¿Algún plan? —interroga Víctor.
«Encontrar a Javier», piensa ella. Su único objetivo real ahora es encontrar a Javier. Y para llegar hasta él debe armar el puzle que El Bosco le está ofreciendo pieza a pieza.
Un hombre mayor los recibe justo en la entrada. Apenas conserva algo de cabello en la cabeza, como una corona romana que envuelve su cabeza en un tono sepia. A las arrugas de sus ojos se le une la de toda su expresión, compungido y abatido, agacha la cabeza cuando ve llegar a los dos agentes.
—Ustedes no son los que me han visitado esta mañana. ¿Qué está ocurriendo? ¿Saben algo de Rubén?
Aura recupera en su mente el extracto de la denuncia. Rubén Ferrer, desaparecido el 11 de marzo de 2018. La última vez que lo vieron fue sobre las dos de la madrugada a las afueras de la discoteca K-ché. Según el testimonio de varios amigos, se marchó en un taxi a casa. Solo.
—Lo siento, señor Ferrer. De momento no tenemos noticias de su hijo. Pero le aseguro que estamos haciendo todo lo posible por encontrarlo.
El hombre levanta la barbilla tiznada de una barba gris y aprieta los labios. Gira la cara mientras se muerde el labio inferior y vuelve a mirar, esta vez con más furia, a la subinspectora.
—¿Y qué hacen aquí si no es para darme noticias de mi hijo? ¿No deberían estar ahí afuera buscándolo? —inquiere con rabia, alzando su mano para mostrar su dedo índice enhiesto. Tras eso se pasa esa misma mano por la cara y se da la vuelta.
El nerviosismo que recorre su cuerpo pronto se contagia en los dos agentes, que aguantan con esfuerzo la primera estocada.
—Estamos aquí porque tenemos sospechas de que su hijo pueda ser víctima de un caso que estamos llevando desde hace unos años. Por eso necesitamos aclarar ciertas dudas.
El hombre se vuelve casi como un acto reflejo. Ya no hay nervios en sus ojos. Ahora es el miedo el que se dibuja en cada uno de sus rasgos.
—¿Víctima?
—Es crucial que, a partir de ahora, sea completamente sincero, señor Ferrer.
El hombre asiente y se hace a un lado para que los dos agentes entren en la vivienda; silenciosa, sucia. El olor a basura inunda el salón mientras que varios ceniceros completamente desbordados coronan una mesa repleta de platos sucios. El hombre se sienta junto a la mesa y decide encenderse otro cigarrillo más.
—Disculpen el desorden. Apenas tengo ánimos para nada. Rubén es todo lo que tengo desde que mi mujer nos dejó. Díganme que van a encontrarlo, por favor. —El brillo de sus ojos es real. Su miedo, sincero.
Víctor tensa la mandíbula, como si de una oscura predicción se tratase. Como si supiera lo que iba a pasar.
—Señor Ferrer. ¿Sabe si su hijo tenía algún enemigo? Alguien que pudiera querer hacerle daño —inicia la entrevista Aura.
—Para nada. Rubén siempre ha sido una persona más bien callada. Jamás se ha metido con nadie.
Aura observa una foto sobre el mueble que Álvaro tiene a su espalda. En ella se ve a un muchacho de pelo oscuro, cara cuadrada y gafas redondas. Sus ojos no denotan maldad, ni soberbia. Ni siquiera se puede atisbar un trasfondo oscuro.
—Hemos podido observar que la denuncia está fechada con día de ayer, pero la desaparición se remonta al domingo de madrugada. ¿Por qué esperó tanto?
Aura percibe el dolor que su pregunta provoca en el cuerpo del jubilado, que se retuerce en su silla mientras da una fuerte calada a su cigarrillo.
—Mi hijo vive con unos compañeros en un piso alquilado. Está estudiando ingeniería química y le hacía ilusión vivir en una casa de estudiantes. El domingo intenté llamarlo, pero no me contestó. Es el lunes cuando me llama un amigo suyo diciendo que lleva sin aparecer en casa desde el domingo. Un compañero suyo, el subinspector Narváez, dijo que en una grabación se lo ve subiendo a un taxi. ¿Han podido sacar algo de ahí?
Aura decide mentir.
—Estamos cerca de reconstruir sus últimos pasos. Pero ya sabe que en estos casos el tiempo es crucial. Por eso necesitamos aclarar cualquier duda que nos surja en el mínimo tiempo posible. Tenemos entendido que usted fue director del centro La Esperanza. ¿Es cierto?
El hombre entrecierra los ojos, inclina la cabeza y estira los labios. Parece no entender la pregunta de Aura.
—¿Qué tiene que ver todo esto con mi hijo?
—Ya le hemos dicho, señor Ferrer, que tenemos que aclarar cualquier mínima duda que nos surja. Es importante que nos responda sin dilación.
Álvaro da una profunda calada a su cigarrillo y lo entierra en la montaña de colillas que cubre casi por completo un cenicero de metal. Tras eso mira a los agentes y de sus ojos parece resbalar un brillo oscuro.
—De eso hace ya veinte años. No entiendo a qué vienen estas preguntas.
—¿Le suenan de algo los nombres de Pere Lloret Bañuls o Eusebio Grillán Peris?
Y en ese momento Aura comprende que no hay esperanzas para Rubén. Lo deduce cuando ve cómo los ojos de Álvaro crecen hasta casi salir de sus órbitas. Lo deduce cuando ve las manos del anciano temblar sin control. Cuando ve el segundo cigarrillo en sus labios.
—No… —intenta decir, pero su voz se tropieza—. No me suenan. Sigo sin comprender por qué me hacen preguntas de esta índole, cuando es a mi hijo a quien se está buscando.
Aura sabe que debe mostrar sus cartas. Entiende la situación y no va a esperar a jugar de farol. Se enfrenta a una jugada de póker, y tiene que ir con todo.
—Señor Ferrer. La vida de su hijo está en juego. Esos nombres han aparecido junto a los cuerpos de otras dos víctimas. Esos nombres son los nombres de dos ancianos que eran residentes en La Esperanza cuando usted era el director. Y, si todo esto está relacionado, su hijo no dispone de mucho tiempo.
El miedo ya no es una opción. Álvaro traga saliva y deja caer una lágrima que no es capaz de negar. Una lágrima que recorre su cara hasta descolgarse por su barbilla. Una lágrima que grita su culpa en silencio. El mismo silencio que el anciano decide guardar.
Tras unos segundos en los que todos aguardan la siguiente respuesta del hombre, este se levanta y apaga el cigarrillo todavía por la mitad. Tras eso se vuelve hacia los agentes con la ira adherida a su rostro.
—¡Márchense! —grita con furia—. Vienen a mi casa mientras agonizo por encontrar a mi hijo, solo con la intención de culparme a mí. Son ustedes unos desgraciados. ¡Largo! ¡Largo de mi casa!
Aura abre los ojos, sorprendida ante la reacción desmedida del anciano, que se mantiene firme frente a ellos, con la piel encendida y una mirada de odio clavada en ella. No vuelve a hablar. Se limita a indicarles el camino.
—Señor Ferrer. Créame que no queremos culparlo de nada. Solo necesitamos encontrar algún cabo del que tirar.
—Váyanse. Ahora. Vuelvan a llamarme cuando lo hayan encontrado.
—Señor Ferrer…
Pero Álvaro no atiende a razones. Se ha bloqueado por completo y tanto Víctor como ella entienden que no van a conseguir nada más que acrecentar esa tensa situación.
—Si no se marchan, pienso llamar a su jefe y decirle que están aquí en contra de mi voluntad intentando coaccionarme. ¡Váyanse, he dicho! —grita de forma explosiva, como un globo atravesado por una aguja.
La conversación se extingue en ese momento. Con Aura sabiendo que ese hombre oculta una verdad todavía mayor. Con la creencia de que la residencia es el cabo que estaba buscando. Con la certeza de que Rubén ya está muerto.
Los dos agentes se marchan del edificio con el mismo silencio con el que entraron. Aunque es Víctor quien rompe el hielo para pedir una pausa a su compañera. Mientras él se pierde en el interior del bar que hay justo en la esquina donde vive Álvaro, Aura se prepara para la última reunión del día.