El primer lienzo
13 de marzo de 2018, 19:55. Valencia
Página 23 de 57
13 de marzo de 2018, 19:55. Valencia
El ambiente en la sala de reuniones cada vez es más tenso. Las miradas caídas se funden con un eterno mutismo que deja un grupo de personas agotadas. Apenas se oyen algunos murmullos mientras Raúl termina de hablar por teléfono.
—Bien. Alguien ha llamado al juez para apurar sobre el caso de Ariadna Frutos. Al parecer el padre de esta chica es de alta alcurnia. Así que nos están apretando las pilas. Necesitamos avanzar cuanto antes. ¿Qué tenemos?
Aura se incorpora sobre su dura silla y saca todas las anotaciones que ha ido almacenando de sus entrevistas.
—Pues tenemos sospechas de que la residencia donde murieron estos ancianos que nombra El Bosco puede esconder algo turbio. Al parecer, el hijo del que fuera director en aquella época está en paradero desconocido.
—Algo he oído. Creo que nos han pasado las grabaciones donde se ve al chaval subirse a un taxi. ¿Lo tenemos?
Leo asiente ante la pregunta del inspector jefe.
—Estamos intentando trazar una ruta por medio de las grabaciones de tráfico. Pero creo que necesitaremos una orden para poder acceder a ellas. Ya sabes cómo son los compañeros del Centro de Control de Tráfico.
—¿El primer asesino de El Bosco no utilizaba un taxi para sus secuestros? —inquiere Víctor.
La reacción de Raúl no pasa desapercibida para Aura, que observa en silencio. Lanza un bufido agónico al aire mientras se pasa la mano por la cara.
—No creo que esto tenga nada que ver. El taxi fue requisado y ya debe ser metal oxidado en algún depósito municipal. No creo que volver atrás nos haga avanzar.
—Yo no estoy de acuerdo —rebate Aura. Su voz suena firme. Se impone al resto de compañeros que la miran con sorpresa—. Anoche me acerqué a la vivienda que fue de Mateo Hernández y encontré algo.
—¿¡Que hiciste qué!? —pregunta con rabia Raúl.
La subinspectora agacha la mirada, sabiendo que va a recibir una reprimenda por su acto deliberado y no consensuado, pero no le importa.
—No sé qué me llevó hasta allí. Cuando entré, encontré un viejo cuadro de El Jardín de las Delicias en su habitación. En su interior había una serie de papeles que creo que pudieron ser escritos por él. Tú llevaste la primera investigación. Quizá puedas aclararnos algo del caso, ya que su sumario desapareció.
Raúl la mira con la mandíbula tensa, la mirada congelada y las manos cerradas. Una mezcla entre miedo y rabia. Entre reproche y temor.
—No vuelvas a hacer nada sin decírmelo. Eso para empezar. Si te apetece ir por tu cuenta, siempre puedes dedicarte a la investigación privada. Aquí trabajamos en equipo —reprocha sin compasión alguna. El fuego de su mirada acobarda a la joven, que se limita a asentir con vergüenza—. Ahora, ¿qué has encontrado?
Aura acerca los papeles a su superior, que no pierde el tiempo para revisarlos. Sus ojos crecen más y más con cada hoja que va dejando a un lado. Cuando acaba, mira con firmeza a la joven.
—¿Y dices que estaba en la casa del primer asesino?
Aura asiente.
—Allí lo encontré. En el mismo cuarto donde estaban los recortes de sus primeras víctimas.
—No lo entiendo. Esa casa lleva años abandonada. ¿Cómo pudo mantenerse esto ahí? Los de la científica analizaron cada esquina.
—Tengo entendido que hicieron pruebas con reactivos y fotografiaron todo. Muchas fotos desaparecieron. Quizá esto, o no estaba en ese momento, o no se encontró. Tiene pinta de haber estado colocado en la pared. Lo habrán tomado como parte del mobiliario y no como una prueba que requiriese su clasificación.
—Aunque no hubiese estado. Esa casa ha sido cuna de muchas sectas —insiste Raúl. Su voz suena más dura que su cuerpo, que parece reblandecerse por momentos—. Me cuesta creer que nadie haya tenido el deseo de tomarlo, y más tratándose de un cuadro como el que el asesino utilizó para su propósito.
—Precisamente eso es lo que ha hecho que muchas imágenes sigan allí. Las sectas han hecho de ese lugar un santuario, por lo tanto, algo intocable. Cuando encontré el cuadro estaba semioculto bajo unos pequeños escombros. Puede que pasara desapercibido.
—Bien. Sea como sea, esto es algo importante. Si esto es cierto, hay más víctimas de las que hemos conocido. En esta nota habla de un camionero. De todas formas, no es este el asesino que buscamos. Los crímenes del primer asesino de El Bosco no es lo que ahora nos atañe.
Aura tuerce la cabeza ante la negativa del inspector jefe a investigar por ese lado. Un detalle que sabe que puede alejarlos de Javier.
—Creo que El Bosco quiere que lo investiguemos. Recuerda que dijo que buscáramos el primer lienzo.
Nadie más habla. Durante casi un minuto, el silencio se extiende por cada rincón del salón mientras Raúl mantiene fija la mirada sobre la subinspectora.
—¿Y crees que con Javier desaparecido es momento de perder el tiempo buscando fantasmas? Y no hablemos del chaval que están buscando.
Aura no responde a su pregunta. No porque no tenga argumentos para ello. No responde porque, por un instante, la imagen de Javier subvierte sus principios. Esos que siempre la han llevado a imponer su verdad, por mucho que esté errada. Cierra los ojos y da la conversación por concluida.
—¿No podríamos poner a alguien de la nacional a investigar esos casos? —Es Víctor quien toma la delantera, al ver la derrota en los ojos de su compañera.
Raúl explota de golpe. Da un golpe en la mesa y, con los ojos encendidos, grita:
—A ver si lo dejo claro de una puta vez. Mientras Javier siga desaparecido no voy a perder el tiempo volviendo al pasado. ¡Haced vuestro trabajo ya! —Y se vuelve hacia la pizarra donde siguen las fotos de las últimas víctimas. En la mesa ha dejado los papeles que Aura le ha dado junto con varios archivos nuevos—. Mañana seguiremos. Id a casa y descansad.
Nadie refuta su orden. Todos se levantan y, de la misma forma que empezó, se marchan: envueltos en un adensado mutismo.
La oscuridad se hace dura para Aura cuando entra en su hogar. Nadie la saluda.
Nadie la recibe.
Siempre ha sido una mujer que disfruta de la soledad, pero ahora, alejada de su hogar, necesita sentir el calor de un abrazo. La tranquilidad de un «todo va a salir bien».
Eso no pasa.
La oscuridad sigue atenazando sus músculos. Se alimenta de sus pensamientos positivos, de su espíritu inconformista. Una Aura derrotada avanza arrastrando los pies por un pasillo envuelto en penumbras.
Unos minutos más tarde, con un sándwich de jamón y queso y un vaso de agua, se sienta en la mesa de su salón. Sabe que Raúl está equivocado y no va a permitir que anule sus sospechas. Antes de abrir los documentos que tiene de los primeros casos, saca de su pequeño bolso las hojas que no le ha entregado a Raúl. Las hojas que todavía no ha leído. Sus hojas.
Madre ha muerto. Al fin su cuerpo no ha soportado tanto veneno. Llevaba meses apagándose lentamente, por lo que no estoy triste. No debo estarlo. Ella siempre me enseñó que la muerte es la recompensa a los logros que uno hace en vida. Y ella ya ha obtenido su recompensa. Ahora quedo yo, y las notas que siguen llegando.
Esta vez son imágenes de un anciano. Tengo las fotos de su Seat Blanco y la ubicación. Siempre recoge a la misma prostituta, bajo el puente del Castellar. Hay una nota tras la foto de ese asqueroso viejo. Todos los viernes a las ocho de la noche.
Creo que me está diciendo quién tiene que ser el siguiente. Será mañana, después de enterrar a madre.
Aura mira las notas con miedo. Con recelo. ¿Era verdad que su camino había estado tan bañado de sangre?
Nada de lo que habían investigado les conducía hasta esa historia. Siempre habían estado convencidos de que todo era una venganza hacia Javier y su pasado.
Abre el sumario de los primeros casos y vuelve a revivir una y otra vez todos los pasos que dieron hasta llegar a dar con El Bosco. Aura no es capaz de llegar al último de los informes. Su voluntad se diluye abrazada por Morfeo, que la arrastra a un sueño inevitable. Todo se va apagando lentamente sin que ella pueda impedirlo.
Antes de dormirse intenta encontrarlo de nuevo en su teléfono, pero, desde la última llamada, ha desaparecido.
Esta vez, quizá para siempre.