El primer lienzo
Lugar desconocido. Javier
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Lugar desconocido. Javier
—Inspector.
Su voz rebota en mi cabeza como si estuviera jugando una partida de pádel. Esa voz áspera, insidiosa. Intento abrir los ojos y, por un momento, dudo de si estoy en la realidad o en un recuerdo. Sus palabras caen en mi cabeza con un eco metálico que me hiere. Él no está.
Pero sí su recuerdo.
—He pensado que tendría algo de sed. Ya tengo todo listo y en breve me marcharé, pero no quería dejarlo aquí sin darle algo de agua al menos. Tome, beba.
Me ofrece una botella de agua, que acepto con odio, con orgullo. Mi cuerpo me pide arrancarle de un mordisco los dedos. Mi mente, en cambio, es más sensata. Sabe que debo ahorrar energías. Separo mis labios resecos y dejo que el líquido inunde mi estómago. Noto su frescor acariciando mi garganta. Percibo la sonrisa malévola de El Bosco. Retira la botella cuando ya no queda más líquido, aunque yo todavía tengo sed.
—Vaya. Estaba realmente sediento.
—¿Qué quieres? —pregunto con rabia. Muevo las manos y el dolor atraviesa el recuerdo hasta hacerse real, tangible.
—Vamos, inspector. A pesar de verme como un triste asesino, yo también tengo mis entretenimientos. Y como me he ganado un descanso, y a usted nadie lo espera, me he tomado la libertad de traer esto.
Y saca una pequeña mesa abatible. La monta justo entre los dos y deposita sobre ella un tablero de ajedrez.
—¿Ajedrez? —No puedo evitar lanzar una irónica carcajada—. No puedo decir que no te viene como anillo al dedo.
Él sonríe y su rostro derretido se deforma todavía más. Puedo ver su labio consumido por las llamas. Su mirada desdeñosa.
—Me apetece jugar una partida. O bueno, si se anima la cosa, podemos alargarlo. Todavía queda mucho tiempo para que se den cuenta de que usted no está. Sabe, es curiosa la soledad. ¿Nunca se ha parado a pensar en ella?
No respondo. Él aguarda unos segundos esperando a que le ofrezca algún tipo de debate, aunque, cuando ve que no es así, continúa.
—Es curiosa la soledad porque no llegamos nunca a darnos cuenta de ella. Es una ausencia que grita a nuestro alrededor y que siempre pasa desapercibida ante nuestros ojos. No es hasta que nos encontramos en una situación de necesidad que nos damos cuenta de ello.
»Es algo sencillo y complejo a la vez. Seguramente crea que tiene amigos, compañeros, familia. Pero ¿quién de ellos estará pensando ahora en usted? Es triste saber que siempre nos rodeamos de gente y que es solo cuando fallamos a nuestra rutina cuando empezamos a ser echados en falta. Pero, mientras todo eso llega, no somos más que lo que aportamos a los demás. Y nuestro espíritu egoísta nos lleva siempre a absorber toda esa bondad que nos ofrecen, sin pensar siquiera en devolver parte de su gratitud.
—Tú sabes mucho de soledad.
Él vuelve a sonreír, satisfecho ante lo que acabo de decir.
—Lo cierto es que lo sé todo. Cuando aprendes a luchar contra esa voz que nunca calla en tu interior, saboreas cada instante de soledad. A diferencia de usted, inspector, yo me alimento de la soledad. La entiendo y convivo con ella en una perfecta simbiosis. Usted, en cambio, es tan ignorante que no conoce lo solo que está. No piense en esos mensajes que se mandan cuando llega del trabajo. Tampoco esas cervezas fuera de hora. Piense en esos cinco minutos antes de irse a dormir, cuando todo está a oscuras y el silencio es tan denso que hasta su respiración parece gritar. Es entonces cuando se nota la soledad. Cuando quieres compartir un pensamiento furtivo y no hay nadie para escucharlo. Cuando se acaba ese plato de comida sin que nadie le arrebate la última patata. Cuando apaga el teléfono y a nadie le importa. Y así es, inspector. A usted nadie lo echará de menos hasta el lunes, así que tenemos todavía mucho trabajo por delante.
Comienza a colocar las piezas del ajedrez sobre el tablero. A su lado las negras. Frente a mí, las blancas.
—Yo no te he dicho que quiera jugar.
—Vamos. Le vendrá bien distraerse. Como le decía, la soledad es la respuesta a muchas preguntas. Cada uno es libre de elegir su forma de vida, y eso es respetable. Lo triste es que nadie es capaz de entender cuán profunda es su soledad. Es como esa persona que decide compartir su cama solo los sábados por la noche, y piensa que es el centro de un universo distinto al real, pues cuando llega el domingo deja de estar en la mente de aquellos que compartieron una noche con ellos. Esa persona no recibirá una llamada un martes por la tarde, porque nadie se acordará de él o ella hasta que se acerque el fin de semana. ¿Quién se va a preocupar porque no cuelgues una publicación en Facebook durante dos días seguidos? ¿Quién dará la voz de alarma al no ver tus historias de Instagram? Hemos convertido nuestra vida en un juguete de exposición pública, sin darnos cuenta de que eso lo único que ha hecho ha sido alejarnos de la realidad. Nos hemos convertido en personajes de dos dimensiones. Personajes digitales que se alejan de la realidad para vivir una vida de soledad y falsas apariencias. Estamos solos, inspector.
Aparto la mirada buscando a Ester. Es ella la que me libraba siempre de estar solo. Cada palabra que El Bosco ha liberado cae como una losa sobre mis piernas, dejándome aterido a la silla.
—Usted inicia con las blancas —dice para devolverme al mundo del que trataba de huir.
Vuelvo a enmudecer. La ira se mezcla con el rencor para hacer un cóctel de orgullo imprevisible. Él ríe mientras se acomoda en una silla que ha traído del salón.
—Peón a e4 —digo al fin, sucumbiendo a su petición.
—Veo que entiende el juego. —Él avanza su peón una casilla por la misma fila.
—Peón a d4.
—¿Le gusta el ajedrez, inspector? —Responde al tiempo que coloca su peón justo frente al mío.
—Alfil a b5 y jaque.
El Bosco lanza una carcajada mientras hace avanzar su alfil para proteger el rey.
—Es usted muy agresivo. Me gusta, aunque en el ajedrez hay que mantener la calma, intentar predecir cuál va a ser el siguiente movimiento. Como en la vida real. No importa quién mueva la primera ficha. Lo importante es conservar la calma e intentar no perder la posición. En el centro está la partida, si mantienes la compostura, podrás hacerte con la victoria.
—D7, a la mierda tu alfil y te regalo el mío.
En efecto, tras deshacerme de su alfil y volver a poner su rey en peligro, él avanza su reina y acaba con mi pieza. Yo comienzo a dictar y durante un momento el silencio reina salvo por mis indicaciones. El combate se intensifica cuando me deshago de varios de sus peones. Él comienza a luchar para mantener la posición.
—Juega usted muy bien, inspector. ¿Nunca se ha parado a pensar que la vida es como un gran tablero de ajedrez? La única diferencia es que en este juego solo hay peones y reyes. Son los peones los que siempre avanzan comandados por las órdenes de aquellos que se mantienen enrocados, a la espera de ganar siempre la partida con el menor número de movimientos. Y siempre al amparo de más peones.
Su estrategia ha sido mantener sus piezas casi estáticas mientras yo iba acercándome, para cuando lanzara un nuevo jaque, empezara él a responder con precisión. En tres movimientos se deshace de mi otro alfil, un caballo y mi reina. Ahora me tiene acorralado con mi rey en h1 y apenas un peón como defensa.
—¿Y tú qué eres? ¿Peón o rey?
Lanza una carcajada ronca mientras avanza su torre hasta h4 para deshacerse de mi segundo caballo. Deja un mosaico triste para mí, con su alfil en f2, su reina en e5 y la torre que acaba de colocar. Por un momento, la frustración se apodera de mí, pues, a pesar de tener su reina a disposición de una de mis torres, no puedo atacarla porque perdería mi rey, y la partida.
—Cruel metáfora. ¿No cree? —Lo miro con intriga ante la pregunta que acaba de lanzar—. Ahora mismo esta jugada define su situación. Tiene al alcance de su mano poder deshacerse de la reina, pero está sometido a la voluntad de su atacante, que lo ha acorralado sin compasión. Ha dejado que se acerque y, cuando usted ya creía que tenía la partida, le ha demostrado que solo estaba tendiéndole una trampa. En esta vida todos somos peones, inspector. A los reyes jamás llegaremos a conocerlos.
Yo abro los ojos, sorprendido ante las palabras que acaba de arrojar. Creo que he entendido lo que me ha dicho y no dudo en lanzarme a averiguarlo.
—Acabas de decir que te tengo al alcance de mi mano refiriéndote a la reina. ¿Es cierto?
—En efecto, inspector. Imagino que ya lo sabría cuando su último movimiento voluntario fue mover la torre para colocarla de cebo ante mi reina.
—No, no. Has dicho que era una metáfora. —Y por un momento mi corazón se detiene—. Si tú eres la reina, ¿quién es el rey?
El silencio se asienta en la habitación. Miro al Bosco, que no duda en lanzar una sonrisa cargada de perfidia, y sus últimas palabras se clavan en mi recuerdo.
—Jaque mate, inspector.