El primer lienzo
14 de marzo de 2018, 08:46. Valencia
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14 de marzo de 2018, 08:46. Valencia
Aura intenta desentumecer la rigidez de unos músculos poco acostumbrados a dormir en el sofá del salón. Se masajea el cuello aprovechando el agua caliente que todavía resbala por su cuerpo desnudo. Se seca, se viste y sale a toda prisa.
Falta más de una hora para la reunión que Raúl ha programado con la intención de analizar los posibles avances, así como programar los siguientes movimientos. De momento su intención es otra.
Sabe dónde encontrar a la persona que puede ayudarla. Sabe a qué hora desayuna Jesús Valero en el restaurante Los Ángeles, un gran local ubicado al lado de la playa. Allí se dirige.
No tiene que esperar mucho para verlo llegar. Las costumbres de Jesús no han cambiado desde que se conocieron. Fueron pareja durante poco más de medio año, ya que la vocación por entrar en el Grupo de Reserva y Seguridad de Jesús fueron más importantes. Ahora disfruta de un trabajo estable en la calle Eugenia Viñes y la vida que siempre soñó. Aunque no puede evitar sonreír con nostalgia al verla.
—Algo grave habrá pasado. Hacía años que no hablábamos —dice él a modo de saludo. La abraza con delicadeza, pues está completamente sudado después de más de una hora de carrera por la orilla del mar.
—No sabía si conservabas el mismo número. —Aura se muestra tímida. Todavía no es capaz de mirarlo sin recordar el pasado que los une. A pesar de no sentir nada por él, no puede negarse al cariño que le arrebata una sonrisa rápida.
—Hay cosas que no cambian nunca.
Jesús es una de esas cosas. Sigue tal y como recuerda Aura. Su pelo moreno y corto, su cuerpo con apenas un doce por ciento de grasa corporal, su mirada profunda, su barba espesa y oscura.
—Ni personas tampoco —completa ella con una ligera sonrisa.
—Bueno, te invito a una Fanta y me cuentas qué es lo que pasa.
Ambos entran en la cafetería y, mientras Aura se sienta en una pequeña mesa con vistas al mar, Jesús se acerca a la barra. En pocos segundos vuelve con la bebida para ella y un café caliente para él.
—De acuerdo. Creo que lo ideal es ponernos al día. Sé que necesitas algún favor por el tipo de mensaje que me mandaste anoche, pero lo justo es que nos organicemos. Sé que entraste en la UDEV hace un tiempo. Creí que me avisarías de que llegabas a Valencia tú también. Desde Madrid que no nos vemos.
Aura agacha la cabeza entendiendo que el reproche de Jesús es lógico.
—Quizá todavía estaba algo dolida por tus decisiones. En aquel momento pensé que lo mejor era no decir nada.
—Te entiendo. Pero hace varios años que estás aquí. Podríamos haber hablado alguna vez.
—También tú pudiste llamar —lanza ella con rabia. Por un momento siente que se aleja de su propósito. Mira su móvil y no puede evitar pensar en Javier—. De todas formas, ha llovido mucho desde entonces. Si quieres, nos vemos otro día y charlamos detenidamente. Necesito un favor.
Jesús se limita a asentir en silencio. Ha encajado el golpe con arrojo y se prepara para escuchar las demandas de Aura.
—Necesito que busques los casos de homicidios no resueltos que hay en Valencia.
—¿Perdona? —inquiere con la cara desencajada.
—Sí. Sé que suena algo directo, pero necesito ayuda, y creo que en esto tú me puedes ayudar mejor que nadie. Estamos siguiendo una pista y creo que en alguno de esos casos puedo encontrar la respuesta.
—Aura, lo que me pides es una locura. Hay más de cien casos sin resolver solo en Valencia. Tardaría días en prepararlo. Además, sabes que nosotros no trabajamos así. No sabría ni por dónde empezar.
Aura agacha la cabeza y aprieta la mandíbula hasta que siente que el pelo se tensa en su frente debido al moño tan rígido que se ha hecho.
—No tengo días. Tiene que ser hoy. Sabes que, si no fuera importante, no te lo pediría.
—Descuida que sé que, si estás aquí, no es por gusto. —Ahora es la subinspectora la que cierra los ojos ante la afilada respuesta de Jesús—. Si no eres más específica, no podré ser preciso.
Aura medita durante un minuto. Sopesa toda la información que tiene. Baraja las dudas que se afirman en su mente y despeja las incógnitas que no le sirven. Es entonces cuando cae en la cuenta de las notas de Mateo.
—2006. La primera víctima atribuida a Mateo fue ese año. Y en aquella época tenía apenas veinte. Por lo que no puede moverse muy lejos de ahí —dice para nadie en particular. Cuando ya se ha convencido, mira de nuevo a Jesús y se convence—. Busca los casos entre el 2003 y el 2006.
—Eso suena distinto. Pero, de todas formas, no entiendo por qué vienes a mí a pedirme eso. Tu equipo está mucho más formado que nosotros para ese tipo de trabajos.
—Mi equipo está demasiado sobrecargado. Necesito un refuerzo extra y solo te conozco a ti. Eres la única persona en la que confío —dice ella en un arrebato de sinceridad. Una sinceridad que escapa de sus labios por sorpresa. Aura se sonroja cuando se percata del sentido que han tomado sus palabras.
Jesús la mira en silencio. Soporta esa situación durante casi un minuto y, tras suspirar, asiente.
—Te llamaré si encuentro algo. Veré si entre hoy y mañana me pongo con ello.
—Necesito que sea cuanto antes, por favor.
Jesús la mira con reproche, como si no entendiera la urgencia de Aura. Como si no quisiera entrar en el juego. Al fin entra.
—¿Por qué tanta prisa? Esto puedes hacerlo tú también, Aura. Voy a entrar en los mismos ficheros que entrarías tú.
—Te lo acabo de decir —responde algo molesta—. Yo no puedo perder el tiempo con esto. Ahora mismo no tenemos mucho tiempo. Por eso necesito que lo hagas tú y por eso sé que lo puedes tener en unas horas.
—Aura. Si quieres que te ayude, vas a tener que ser sincera. No pienso meterme en un follón sin saber al menos por qué lo hago.
Ella resopla con desesperación. Se moja los labios resecos y da un trago a su Fanta de naranja. Cuando deja el vaso sobre la mesa, ya ha decidido que va a sincerarse.
—Un compañero del cuerpo está desaparecido. Creo que quien lo retiene es un asesino en serie que escapó del último encuentro y está terminando su propósito. Y pienso que en alguno de esos casos sin resolver pueda encontrar una respuesta.
—¿Es ese tal Bosco?
Aura asiente.
—¿Vas a ayudarme?
—Dame dos horas.
Su promesa parece liberar a la subinspectora de una carga tan grande que siente cómo su pecho vuelve a descomprimirse. No dura mucho. Su teléfono comienza a vibrar y, cuando mira la pantalla, entiende que algo ocurre. Es Víctor.
—¿Qué pasa? —pregunta ella con los nervios sacudiendo sus manos.
—Cambio de planes. Nos vemos en el IML. Héctor nos espera.
Aura cuelga y se levanta para marcharse. No es su intención irse sin decir nada, aunque su cuerpo domina a su mente y comienza a andar antes de pronunciar palabra alguna.
—¿Ya te vas? —pregunta Jesús con un tono de voz delicado.
—Me han llamado. Debo darme prisa —responde sin más Aura.
No hay más palabras. Ella deja el restaurante a su espalda y se dirige hacia el coche. Cada nuevo avance en el caso supone un latido menos de su corazón casi al borde del colapso.
En el Instituto de Medicina Legal aguardan Víctor y Daniel. Ambos en la entrada del enorme edificio de estilo moderno.
—Llegas tarde —reprocha Daniel con su típico tono de voz indolente.
—Cuando me han llamado, he salido —responde ella con desinterés—. ¿Entramos?
Ya en el interior se encuentran con los demás. Raúl y Héctor charlan en un pequeño despacho mientras que Leo se limita a revisar su teléfono, que guarda cuando todos están presentes. Es entonces cuando Raúl se dirige al grupo.
—Bien. Aprovechando que estamos todos, vamos a aclarar aquí los pormenores del caso. Será Héctor quien nos adelante la información.
El forense se acomoda al borde de la mesa y apoya las manos sobre la madera.
—Bien. En cuanto a la chica, he de decir que ha sido muy difícil trabajar con ella. Por lo visto su padre tiene mucho peso y ha conseguido que el juez Navacaño se ponga nervioso. No han parado de darme prisa y ya se sabe que con prisas no se trabaja bien. Dicho esto, su muerte es debido a un fallo multiorgánico producido por algún tipo de sobredosis. He mandado una muestra de sangre a analizar, pues es muy extraño.
—¿A qué te refieres? —pregunta Raúl, que se ha acomodado junto a la pared y permanece con los brazos cruzados. Su expresión no es muy distinta a la del resto, aunque sus ojeras sí son bastante más profundas. No puede evitar disimular el temblor de su voz cuando lanza la pregunta.
—Pues lo más común en las sobredosis es usar o bien drogas, que son fáciles de conseguir y muy difíciles de rastrear, o algún tipo de veneno: matarratas, cianuro. Ambos tipos dejan señales evidentes. Desde un visible edema pulmonar en el caso de la primera opción, o un deterioro notable de las vías digestivas en los segundos. En este caso el afectado es el hígado en mayor medida.
—En su bolso encontraron una caja de medicamentos. —Aura observa la foto que le hicieron a la prueba para afirmar con mayor claridad—. Galantamina.
El forense mira la foto que la inspectora le muestra y se encoge de hombros.
—Me suena el nombre, pero no la conozco. Al menos no he oído mucho sobre ella. Déjame y lo busco. —Tras eso se vuelve hacia su ordenador y comienza a navegar en busca de información durante varios minutos—. Vale, ya sé por qué no me sonaba. Es un anticol… anticolinesterásico. Disculpen, es una palabra rara. La colinesterasa es una enzima catalizadora de la neurona colinérgica. Ahora entiendo por qué tenía la boca tan seca.
—¿Sabe para qué se usa ese tipo de medicamento?
—Eso tendrán que preguntarlo a un especialista. Si no recuerdo mal, las neuronas colinérgicas son las que se encargan de la memoria. De todas formas, viendo las especificaciones, la dosis ha tenido que ser bastante grande.
—¿Qué quieres decir? —inquiere Aura con estupor.
—Pues que no es un medicamento relativamente peligroso. No se han documentado muchas muertes por sobredosis de este fármaco. Las más graves se acercaron a los doscientos miligramos. Así que imagino que habrá sido una dosis más grande.
—¿Y no se dio cuenta la víctima? Una dosis tan grande debería haber afectado al sabor.
—Con una sustancia como el café es fácil camuflar este tipo de acciones —remata Héctor con seguridad.
—Gracias, doctor. ¿Qué sabemos del señor Pons? —vuelve a insistir Raúl.
—Este sí es más común. Incisión bastante profunda. Seccionó la carótida con tanta fuerza que se desangró en minutos. Aunque el corte fue tan rápido que produjo una embolia gaseosa.
—¿Embolia…? —insiste él, que intenta entender los comentarios del forense.
—Se produce cuando una herida profunda se abre de golpe. Si no se tapona la herida pronto corre el riesgo de que el aire, bien del ambiente o del propio individuo, entre por las arterias, provocando una isquemia orgánica. Calculo que en menos de tres minutos pudo perder más de un litro y medio de sangre, así que es fácil que se produjera por eso. Estaba muerto antes de que se le parara el corazón. Por otro lado, no hay hematomas en el cuerpo ni signos de violencia o tortura más allá de las quemaduras producidas por la fricción de las ligaduras.
—¿Estaba drogado? —inquiere de nuevo Raúl.
—Eso lo tendrá que decir el laboratorio de química. He mandado muestras tanto de sangre como de cabello. Por lo que a mí respecta, no veo signos de haber estado bajo el influjo de drogas o alcohol.
—Gracias, doctor. Si es todo, creo que lo mejor es que nos marchemos.
—Yo tengo una pregunta —interrumpe Aura, que lleva más de un día pensando en lo que va a decir a continuación.
—¿Cuánto tiempo puede soportar una persona sin alimentos?
Héctor la mira con sus pequeños ojos semiocultos bajo las enormes gafas de pera, y no puede evitar dejar caer un suspiro lastimero.
—No creo…
—Por favor, doctor. Necesito saberlo.
Héctor duda, mira al inspector jefe y comprende que todos quieren saberlo, a pesar de los rostros desmadejados que ha dejado esa pregunta.
—Todo depende del físico de la persona que tenga que soportar esa batalla. Sin alimentos, se han dado casos de personas que han soportado hasta sesenta días. Alimentándose a base de agua. Sin agua, la esperanza es muy corta.
—¿Cuánto, doctor?
—Tres, cuatro días. Tal vez una semana. Hay estudios que afirman que hasta veinte días se puede sobrevivir, pero todo dependerá del estado inicial.
Aura no dice nada más. Se limita a agachar la mirada y agradecer la labor de Héctor, que asiente con la cabeza y vuelve a acomodarse en la mesa mientras el equipo comienza a desandar el camino hecho hasta ese despacho. En el pasillo es Raúl quien decide disertar.
—Vamos a ir a ver al padre de Ariadna. Seguro que él sabe qué es ese medicamento. También…
No consigue terminar la frase. Su teléfono corta sus palabras, haciendo que detenga su avance. Mira a sus compañeros e informa que la llamada proviene de la central, justo antes de contestar.
La conversación apenas dura unos segundos. El mismo corto espacio de tiempo que tarda su rostro en descomponerse.
Cuando cuelga, todos saben que las noticias que se avecinan no son para nada alentadoras.
—Han localizado el teléfono de Javi.