El primer lienzo
14 de marzo de 2018, 12:15. Valencia
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14 de marzo de 2018, 12:15. Valencia
El canto desacompasado de la sirena de los zetas rompe la tranquilidad de una Valencia que se prepara para comer. Aura se concentra en los pilotos descoloridos del Citroën Picasso que guía su camino, abriendo el tráfico como Moisés hiciera con el mar Rojo. Aunque la subinspectora está muy lejos de su Audi A3. Su mente viaja con Javier, en un desesperado intento por encontrarlo sano y salvo.
El aviso ha llegado por medio de los compañeros de la Brigada Central de Investigación Tecnológica, que están más acostumbrados al uso de la tecnología.
Calle Coeters, en el polígono de Vara de Quart. La posición que mandaron era exacta. Y allí se dirigen ahora todos.
Cuando los zetas entran en la calle, Aura se topa con un polígono en hora punta. El tráfico intenso de coches y camiones dificulta el avance, pero no tarda en ver el coche, estacionado como cualquier otro vehículo.
—¡Allí! —grita casi como si aquello significara una liberación para ella.
Víctor no responde. Su matiz jocoso ha desaparecido, ocultado por un rostro tenso y una mirada fija. Su mano se aferra a la manecilla de la puerta, como si quisiera saltar del coche en cualquier momento.
La sinfonía de los dos coches de la Policía Nacional se extingue cuando detienen los vehículos junto al Opel de Javier. Aura hace lo propio unos metros antes, y confirma que Víctor estaba esperando ese momento. Se baja del coche como un ser poseído, y con la pistola en la mano se acerca al coche de su compañero, flanqueándolo por el lado del conductor.
Aura hace lo mismo siguiendo la línea de asfalto y Raúl, junto a Daniel y Leo, se acerca por detrás.
En pocos segundos casi diez agentes tienen rodeado al vehículo.
—Nada —informa Víctor, que acaba de acercar la cara a la ventanilla del conductor—. No hay nada.
Su mirada se relaja apenas lo suficiente para poder ser percibida, pues aquello no significa nada. Solo que todavía pueden guardar la esperanza de encontrar a Javier con vida. Una esperanza que se rompe cuando Raúl se acerca a la ventanilla de la parte trasera.
—¡Joder! Aquí hay sangre. Hay que llamar a la comitiva judicial.
Y es en ese preciso instante cuando Aura se derrumba.
Había intentado soportar su ausencia con todo el arrojo que su valor le permitía, pero la revelación del inspector jefe hace que su mente no resista. No ocurre lo mismo con su cuerpo. El dolor va por dentro, como un fuego que apenas puede verse y que acaba destruyendo tanto como la más potente bomba. Traga saliva, rechina los dientes y deja caer una lágrima. Solo una lágrima es la que se ve. Por dentro llora un mar de dolor y desconsuelo.
—Aquí hay más sangre —informa uno de los agentes, colocado justo en la parte trasera del coche.
Todos lo miran, pero nadie hace nada. El destino que les aguarda tras ese portón es negro y desolador, y ninguno de los agentes parece dispuesto a enfrentarse a él.
La comitiva judicial llega junto con el equipo científico cuando la zona ya ha sido acordonada y todos los agentes han marcado las evidencias que creían importantes en las partes que lindan con el vehículo.
—¿Es el inspector? —inquiere el juez Navacaño, que hay llegado antes incluso que la Policía Judicial.
Raúl se encoge de hombros, aunque resignado. Todos los presentes han permanecido en silencio desde que encontraron el rastro de sangre. Quizá un silencio premonitorio.
—Hemos esperado para abrir el maletero. No queremos joder nada.
Aura escucha la conversación y recuerda cómo intentó, minutos antes, romper la ventanilla del conductor para abrir ella el maletero. Su cuerpo se había perdido por completo y no respondía a su voluntad. Fue Daniel junto a Víctor quienes tuvieron que retenerla. La frase de Raúl fue la que terminó por destruirla.
«Hay demasiada sangre, Aura. Si está ahí, ya no se puede hacer nada».
Desde ese momento ha estado apoyada en el asiento trasero del zeta que más cerca está del Opel de Javier.
Con la puerta abierta observa en silencio el desfile de monos blancos que buscan todo tipo de pruebas adheridas al exterior del vehículo.
—Está bien. Vamos a abrir —anuncia el juez justo cuando ve llegar a Héctor—. No tenemos tiempo que perder. Bastante me están apretando ya como para andar jugando con el tiempo. Si ya hemos acabado con los cristales, romped uno y abrid.
Es Daniel quién se acerca al vehículo, apartando para ello a varios compañeros. Como si aquello fuera un acto de redención, rompe la ventanilla y abre la puerta. Todos lo miran, pero ninguno es capaz de decir nada. Poco a poco se van alejando del maletero del Opel Vectra negro, como esperando cualquier oscuro desenlace. Es cuando el crujido advierte que su secreto ya está disponible, cuando todos, casi al mismo tiempo, respiran hondo.
Raúl se acerca con cuidado, con la pistola en la mano y unos almacenes cargados de ojos a su espalda. Todos esperando ese instante en el que el portón se levante. Con la mano que no empuña el arma se aferra al metal templado bajo un sol de fallas y cuando va a levantar el portón un repentino estruendo hace que se aparte de un salto.
Todo el equipo se agacha al escuchar aquel sonido. Todos con las armas apuntando hacia nadie en particular.
—¡Joder! —grita Raúl. Putas fallas. Es el aviso de la mascletá.
A lo lejos se puede ver la estela que la pólvora ha dejado, danzando lenta por un cielo despejado.
El inspector jefe respira hondo y se vuelve a acercar al maletero, y esta vez, sin esperar más lo levanta con un movimiento seco, para luego ponerse a cubierto en un lateral del coche.
Nadie habla. Todos levantan la barbilla al cielo imprecando a Dios por aquella revelación.
La mancha de sangre de la que el agente había alertado no era más que el rastro del camino hacia el cuerpo que se encontraba en su interior, de espaldas y en posición fetal.
Todos se miran consternados, para volverse hacia Aura, que se ha introducido en el coche. Allí es incapaz de controlar las lágrimas que caen de su rostro como un río descontrolado que busca su cauce natural. Allí llora de dolor, de culpa. Allí, apoyada en el asiento, escucha la voz de Daniel.
—¡No es Javier!
La subinspectora sale del vehículo como una exhalación. Su mente, todavía reacia, se niega a aferrarse a las palabras del inspector. No quiere creer. No puede permitirse otro golpe, aunque los ojos vidriosos de Víctor y su expresión relajada le confirma que es verdad. Se acerca al vehículo abriéndose paso a través del muro de oficiales y observa el cuerpo.
—No es Javier —repite ella en un susurro, solo para autoconvencerse.
El muchacho es más joven, más menudo. Viste con un vaquero claro y una chaqueta negra.
—¿Es el hijo del director de la residencia? —investiga Víctor, que ha sacado su móvil para confirmar su hipótesis—. Sí, es Rubén Ferrer.
El silencio de ese momento solo lo rompe Héctor, que se acerca con su maletín y una bolsa de muestras. Se para a un metro del cuerpo y, tras ajustarse las gafas y los guantes, comienza a estudiar el cuerpo.
—¿Qué es esto? —dice alargando la mano para tomar un pequeño objeto que reluce bajo el cuerpo—. Parece un teléfono.
—¿Puede ser del muchacho? —pregunta Navacaño con desdén.
—Es el de Javier —afirma Aura desde la distancia. Con la voz dura, sentida. Con un triste sentimiento de despedida al entender lo que eso significa. Con desolación.
Héctor entrega el teléfono a un compañero y vuelve con el cuerpo del chico. Intenta mover la cara, abre los párpados. Levanta la camisa, lo mueve ligeramente para comprobar su espalda y luego busca un poco de piel por debajo de sus calcetines. Cuando parece que ya ha acabado se vuelve hacia el juez y dice:
—Este no es el escenario del delito. Este muchacho no murió aquí. No al menos en esta posición.
—¿Puede que muriera en el asiento trasero? —pregunta de nuevo Ignacio Navacaño.
Héctor niega con la cabeza. Se vuelve hacia el cuerpo y levanta la pernera del pantalón. Luego le baja un poco el pantalón para mostrar el culo desnudo del muchacho. Bajo la tela se aprecia una piel oscura, morada.
—¿Veis estas manchas moradas en los pies y en las nalgas? A esto se le llama hipóstasis cadavérica y ocurre cuando la sangre deja de fluir. Normalmente tiende a caer hacia las zonas en donde el cuerpo está depositado. Si este chico hubiera muerto aquí, estas manchas estarían en su costado. Este muchacho murió sentado.
—Podría haber muerto en el interior del vehículo. —Es Raúl quien concuerda con el juez en su hipótesis.
—No lo creo. Hay muy poca sangre. Veo varias heridas producidas por un objeto punzante, y la camisa bastante empapada de sangre. Si hubiese muerto aquí, la mancha de sangre sería mayor. Tal vez lo agrediera para debilitarlo y luego terminara con su vida en otra localización. Tuvo que dejarlo al menos un día para que la hipóstasis se hiciera fija. Eso también explicaría que el cuerpo no conserve su rigor. Tal vez sufrió una agonía larga.
—Entonces es muy probable que muriera el mismo día que desapareció —vuelve a confirmar el juez.
—Casi con total seguridad. Entre esa misma noche y la mañana siguiente.
—Chicos, mirad. —Víctor señala hacia la parte interna del portón del coche, haciendo que todos se agachen para comprobar lo que ha hallado su compañero.
Sobre la tapicería, y escrito con sangre, un nuevo nombre se deja ver: Inés Mayor Valdero. Y al lado del nombre, clavado con un cuchillo repleto de sangre, el fragmento del lienzo.
El fragmento muestra a un joven arrodillado. Un joven que con rapidez todos reconocen como el personaje que aparece en la tabla de la izquierda.
—Es el otro… ¿cómo dijo el experto que se llamaban? —inquiere Víctor con la expresión arrugada y la mirada puesta en el cielo.
—Comitentes —adjunta Aura.
—Eso. Es el otro comitente que nombró el experto en arte. El tal Peter. El que está junto a San Pedro observando la escena central.
Todos miran al juez, que se ha mantenido firme ante las afirmaciones de los agentes. Cuando parece que todo ha acabado, lanza un suspiro al viento.
—Bien. Ya sabemos a quién hay que buscar ahora, así que no hay tiempo que perder. Héctor, tú te ocupas. —Navacaño intenta marcharse, pero un nuevo reclamo, esta vez por parte de uno de los suyos, lo detiene. Se trata de una chica joven y bastante delgada. De su expresión solo unos ojos azules se pueden entrever entre todos los ropajes que porta.
—En el frontal del vehículo hay un golpe bastante reciente. Me atrevería a decir que, si no se ha hecho hoy, habrá sido hace poco.
—Tenemos que investigar si hay denuncias de algún accidente con fuga entre este fin de semana y esta noche. —Raúl mira al juez mientras comienza a repartir funciones—. Necesitaremos hablar de nuevo con los de Control de Tráfico.
—Yo me ocupo —responde el juez reanudando la marcha—. No perdáis el tiempo.
Todos asienten y comienzan a disgregarse. Todos salvo los agentes de la Policía Nacional, que se quedan a la espera de la llegada del coche que se encargará de llevar el cuerpo al IML y de la grúa para recoger el vehículo de Javier.
Javier.
De nuevo ese nombre inunda la mente de Aura mientras se dirige hacia la fábrica más cercana para interesarse por la llegada del coche a la zona. De nuevo esa incógnita que no deja de castigarla sin temor. Justo antes de entrar en un pequeño almacén de metal, su teléfono vibra. Es Jesús.
«Espero que esto te ayude».