El primer lienzo

El primer lienzo


14 de marzo de 2018, 15:57. Valencia

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14 de marzo de 2018, 15:57. Valencia

Durante la más de una hora que ha durado las entrevistas en la zona del hallazgo del coche, Aura no había podido hacer caso a los archivos recibidos. Durante más de una hora, tampoco ha podido evitar quitárselos de la cabeza. Ahora, de nuevo en el bar de Antonio y viendo cómo Víctor destroza un plato de paella mientras ella apenas ha rozado su ensalada, se dispone a abrir los documentos.

Doce archivos en total. Doce casos de homicidios sin resolver entre los años 2003 y 2006.

—¿Qué haces? —pregunta Víctor con palabras atropelladas, lanzando al viento, como perdigones, varios granos de arroz.

—Nada. —La respuesta seca y cortante de Aura causa un efecto inmediato en su compañero, que agacha la mirada y vuelve a hundirse en su plato. Aunque ahora lo hace con un brillo distinto en los ojos.

Aura revisa los primeros, correspondientes al 2003. No encuentra ninguno que se aproxime a los casos descritos por Mateo. Sigue en el siguiente año. El primero del 2004 es un caso de un hombre encontrado en una acequia, con un golpe en la cabeza. La causa de la muerte no parece ser esa. Según reza el informe murió ahogado.

El siguiente ni siquiera lo lee. Un chico de doce años encontrado en un camino rural.

Es el tercero el caso que deja ojiplática a Aura. Con fecha de junio de 2004. Un camionero encontrado en la estación de servicio de Torrent, en la A7. Sigue leyendo.

El informe explica que el cuerpo fue hallado en su camión, un Renault Magnum 480 Azul de la empresa Transfruit. Hallado en el interior de la cabina con múltiples heridas por arma blanca. También dice que no se había encontrado ni su documentación ni apenas objetos de valor. Se sospechó de una prostituta que frecuentaba la zona, pero, al no encontrar pruebas contra ella, no pudieron imputarla.

De inmediato, ella sabe que ese caso es el que menciona Mateo en sus primeras notas. El caso que Raúl no quiso investigar. Deja a un lado ese archivo y sigue buscando.

—Esto con Javier no pasaba. Echo de menos su compañía.

Aura mira a Víctor y encuentra en su rostro una lágrima que cae sobre la mesa. Con un grácil movimiento, el subinspector se enjuga las que quedan y sonríe.

—¿Pasa algo? —investiga Aura preocupada. Su obcecada cabezonería la ha apartado del mundo mientras investigaba el caso.

—Pasa que Javier jamás tuvo secretos para mí. Y, encontrarme ahora comiendo solo mientras tú te haces la tonta para llevar por tu cuenta tus propias investigaciones, se me hace extraño. Yo lo entiendo, pero no puedo evitar sentirme aislado.

—Yo… —intenta justificarse ella.

—No. No tienes que darme explicaciones. Para mí mejor. Cuanto menos sepa, más difícil será que puedan culparme de estar encubriéndote. Solo espero que, si te metes en un lío, no quieras que vaya nadie a sacarte de él. Si ahora quieres ir por tu cuenta, hazlo para cualquier tipo de situación.

El orgullo se puede percibir en la voz tenue de Víctor, que termina de rebañar el plato de paella y levanta la mano a Antonio para que le traiga el segundo. Aura aparta la mirada con nostalgia. Sabe que ha jugado mal sus cartas y entiende la rabia de su compañero.

—De esto no puedes decir nada si no quieres meterte en un lío.

—Aura. No te lo he dicho para que me cuentes nada ahora. Ha sido un pensamiento que se me ha caído de la cabeza. No quiero saber qué te traes entre manos. Solo espero poder encontrar a Javier cuanto antes y volver a la normalidad. Volver a levantarme cada mañana sin este puto dolor de estómago que apenas me deja caminar.

Las palabras de Víctor dañan a Aura, que se muerde los labios unos segundos para contener así palabras que no quiere utilizar. Cuando al fin respira, mira a su compañero y acerca el teléfono al centro de la mesa.

—Escucha y punto. Sé que me he portado mal, pero no estoy acostumbrada a trabajar contra el reloj, y menos con Javi fuera de juego. ¿Podrás perdonar mi pequeña ida de cabeza? —A pesar de que su disculpa ha sonado algo forzada, oculta bajo un manto de orgullo que araña la garganta de la subinspectora, decide sonreír. Víctor asiente, entonces ella continúa—. Cuando encontré el cuadro en casa de Mateo, junto con la nota que tiene Raúl, encontré varias más. En ellas habla de otros crímenes, digamos preparatorios. Creo que los he localizado.

Víctor abre los ojos cuando lee el mismo informe que, un momento antes, ha encontrado Aura.

—¿Era un entrenamiento? ¿Una iniciación?

—No lo sé. Tengo que seguir leyendo sus notas para poder investigar bien el porqué.

Antes de volver con el asesino, intenta encontrar el siguiente caso. Sabe, por la descripción de Mateo, que era un anciano, así que descarta los dos siguientes al tratarse de mujeres. Es justo en el último de 2004 cuando lo encuentra. Un hombre de sesenta y cuatro años, encontrado en un huerto de naranjos con más de doce heridas por arma blanca en el torso, y una en la cara.

—Este es otro —anuncia ella entregando el móvil a Víctor. Mientras él lo revisa, ella saca las notas de Mateo que oculta en su bolso. El montón es pequeño, por lo que ya no quedará mucha historia que contar. Suspira antes de perderse en esas oscuras líneas.

Hoy no he podido evitar vomitar. Aunque lo he hecho en casa. No sé si ha sido el apestoso olor de ese viejo o la repugnancia que me ha causado ver su cara llena de babas.

Lo he asaltado mientras estaba follándose a esa puta. No he encontrado un momento mejor. Primero le he clavado el cuchillo a ella, mientras estaba montada sobre el cuerpo flácido del viejo. Le he dado no menos de tres puñaladas. Ella ha gritado y se ha apartado enseguida, así que yo he seguido clavándole el cuchillo en la parte delantera. No sé por qué lo he hecho. No tenía fotos de ella. Ella no tenía que morir. No debía morir.

Cuando ya no respiraba y el coche estaba lleno de sangre, he visto que el viejo intentaba huir por dentro del huerto, con los pantalones en los tobillos y dando saltos torpes. No me ha costado alcanzarlo.

Creo que han sido los nervios los que me han revuelto las tripas. Los nervios o el petulante olor a sexo y alcohol que desprendía su cuerpo desnudo. Cuando lo he alcanzado, le he clavado el cuchillo en la espalda, haciendo que perdiera el equilibrio. Ya en el suelo he seguido apuñalándolo mientras él gritaba como un cerdo en una matanza. No he soportado sus gritos, así que, en un momento dado, le he clavado el cuchillo en la cara para que dejara de gemir.

Ha servido de poco.

No paré de clavarle el cuchillo hasta que dejó de gritar. Tras eso no tuve más remedio que meter a la puta en el maletero y llevarme el coche.

No sabía qué hacer. El mensaje siempre era claro. Guantes, cuchillo y pasamontañas. Sé rápido, sé eficaz, coge su cartera y huye. Eso hice, aunque también me llevé su coche. No podía dejar allí a la chica.

Aquella zona estaba cerca de la pequeña cochera que madre heredó del abuelo, y que servía para reparar unas pequeñas furgonetas de reparto que tenía. Allí dejé el Seat.

He quemado el cuerpo de la prostituta hasta que no ha quedado más que un poco de polvo. Haré lo mismo con el coche, aunque con este tendré que hacerlo poco a poco.

Cuando he llegado, he encontrado otra fotografía. Este no es un viejo. Y no dice nada más.

—Creo que esto es bastante fuerte. Estamos ante algo más grande de lo que nos temíamos. —Aura entrega la nota a Víctor, que tarda más de un minuto en leerla. Cuando acaba, sus ojos no son los mismos.

—Tiene toda la pinta de ser este caso. Pero no hablan de la prostituta. Creo que nadie la echó de menos.

—¿Recuerdas dónde estaba el pequeño almacén que menciona?

—Solo que estaba en el polígono de Alacuás. Poco más. Tendríamos que refrescar los datos para encontrar la dirección exacta, o ir a dar un rodeo por la zona. No es muy grande tampoco.

—¿Vienes?

Víctor asiente, pero, justo antes de levantarse de la mesa, el teléfono de Aura suena. Un número que no tiene guardado en la agenda es lo que aparece en su pantalla. Descuelga.

—¿Subinspectora Casado? Soy Felipe Catalá, el director de la residencia La Esperanza. No sé si me recuerda.

—Con total precisión. ¿Qué ocurre? —responde ella con un ápice de soberbia en su voz.

—Verá. Me han llamado de la asesoría donde guardan todos los archivos físicos de la residencia. No sé cómo decir esto…

Todo se vuelve extraño en ese momento. Aura aprieta el teléfono con sus manos, temiendo conocer las próximas palabras del director. Se moja los labios con la lengua y suspira.

—Dígalo sin más.

—Sí, a ver. Los documentos que usted me ha pedido no estaban en los archivos de la residencia. Han revisado año por año y no han encontrado nada.

Aura sonríe. Sabía que ese iba a ser el desenlace ante el aviso premonitorio de Felipe. Su voz trémula, sus palabras entrecortadas y su tono agudo y lento ya hacía presagiar ese resultado.

—¿Cómo será que no me extraña?

—Le juro que yo no tengo ni idea de por qué ha pasado eso. Si puedo ayudarla, en lo que sea, descuide que haré todo lo que está en mis manos.

—Bien. Deme la dirección de la asesoría. Ahora mismo iremos para allá a revisar nosotros mismos los archivos.

El silencio al otro lado se extiende más de lo previsto. Tanto que Aura tiene que carraspear para alertar de su corta paciencia a Felipe.

—Sí, lo estoy buscando. Calle Juan Ramón Jiménez.

Seguidamente le da todos los detalles: nombre del asesor que lleva sus archivos, nombre de la asesoría. Aura cuelga sin despedirse siquiera. Nerviosa, enfadada. Sus manos comienzan a sudar y su cuerpo se aleja de la tranquilidad que le reportó la ducha esa misma mañana. Poco a poco vuelve a su estado de alerta casi permanente.

—¿Nos vamos? —indica Víctor sin terminarse el plato de pollo al horno que le acaban de servir.

Ella asiente. Desea coger su coche y acudir a esa misma dirección cuanto antes, pero Raúl espera en Jefatura, y no sería una buena decisión burlar su autoridad.

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