El primer lienzo

El primer lienzo


14 de marzo de 2018, 16:36. Valencia

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14 de marzo de 2018, 16:36. Valencia

—Bien. Tenemos a Manuel Frutos esperando en una sala comunitaria. Le hemos dicho que tiene que rellenar el papeleo para llevarse el cuerpo. Vamos a aprovechar para intentar sacarle algo de información —anuncia Raúl.

—Tengo entendido que es él quien nos está poniendo piedras en el camino. ¿Qué oculta? —pregunta Víctor con la voz firme.

—Es lo que tenemos que averiguar. Por lo que sabemos, antes de jubilarse presidía el comité ético de una clínica de ensayos médicos.

—Por eso reaccionó así al ver la caja de medicamentos. Él sabe algo. —Aura se incorpora sobre su silla, haciendo audible una duda que todos rumian.

—No entiendo. ¿Qué es eso del comité ético? —se interesa Víctor, justo cuando Raúl se levanta.

—Al parecer son los que filtran y aprueban, junto con los médicos, las distintas pruebas con voluntarios. Igualmente, no es hora de dar clases. Manuel se irá en cualquier momento. Aura, vienes conmigo. —Raúl informa al grupo antes de salir de la sala de reuniones.

Aura quiere seguirlo. Intenta mover su cuerpo, pero sus músculos no obedecen. Su mirada se centra en la pizarra blanca con nuevas fotografías en su cada vez más saturada superficie. Mira el cuerpo de Ariadna, el de Rubén. Dos muchachos jóvenes con toda una vida por delante.

«¿Cuándo se torció tanto tu camino?». Quiere preguntárselo a El Bosco. Necesita encontrar una razón para todo aquello. Al fin se marcha sin hallar respuesta.

—El juez nos va a conceder la orden para registrar la asesoría de la residencia, así que, acabamos aquí y nos marchamos. —Raúl había llamado al juez cuando Aura le contó las novedades. Todos han coincidido en que el caso pasa por encontrar esos documentos. A pesar de ello tienen otra urgencia.

Cuando llegan a la sala comunitaria encuentran al padre de Ariadna terminando de discutir con un funcionario de administración, con la mirada caída y los brazos tensos. El dolor todavía se aferra a su rostro como un mal recuerdo.

—Señor Frutos. Nos gustaría hablar con usted —inicia Raúl cuando él y la subinspectora llegan a su mesa.

El hombre lanza una mirada rápida que pasa rozando por los ojos de Raúl. Luego se vuelve hacia el papel y termina de grabar su rúbrica en él.

—No tengo tiempo para charlas. Tengo que enterrar a una hija. —Intenta levantarse, pero el cuerpo erguido del inspector jefe impide su acción. De nuevo, Manuel vuelve a mirar a Raúl, aunque esta vez deja la mirada fija sobre sus ojos.

—Es importante.

—Pues entonces, si es importante, hágame llegar sus preguntas por correo, y le remitiré mis respuestas tan pronto como me sea posible.

—Podemos hacerlo de manera oficial si lo quiere. En unas horas podría tenerlo en una sala apartada haciéndole todas las preguntas que crea oportunas. Solo quiero aclarar unas dudas rápidas, y podrá irse.

Raúl no espera respuesta. Hace un gesto a Aura y comienza a caminar hacia una pequeña oficina vacía que hay a unos pocos metros. No mira atrás. No quiere saber si Manuel ha accedido a su petición por el duelo que necesita mantener con el entrevistado. Esa distancia será crucial para afrontar las preguntas.

El señor Frutos lanza un bufido corto y sigue a los agentes, arrastrando los pies como un vagabundo muerto de hambre. Cuando entra en la oficina, Raúl ya se ha acomodado sobre la mesa.

—Bien. ¿Qué es eso tan importante que necesitan aclarar?

—¿Sabe si Ariadna sufría algún trastorno? —pregunta sin más. No se anda por las ramas. Sabe que tiene que atacar con furia al hombre, pues de no ser así no conseguirá nada.

Manuel abre los ojos y abocina los labios para poder humedecerlos con la lengua. La pregunta lo ha ofendido y no hace falta matizar al respecto. Todos allí lo han presenciado.

—Ariadna estaba perfectamente. ¿Qué quieren insinuar?

—Solo estamos intentando entender por qué encontramos una caja de Galantamina en su bolso, si su salud era bastante buena.

El señor Frutos no responde. Alza la barbilla y su presencia crece en la sala. Hincha el pecho y endereza los hombros.

—Mi hija no se medicaba.

—¿Entonces qué hacia esa caja ahí? —responde Raúl casi solapando su voz con la del hombre, como si intuyera que iba a decir eso.

—No lo sé. Puede que lo tomara su compañera. O tal vez estaba trabajando en algún caso.

—Señor Frutos. —Es Aura esta vez quién se adelanta. Con un tono de voz bajo y media sonrisa dibujada en su rostro, intenta calmar al padre de la muchacha—. Sabemos que esa caja no pertenece a nadie de los presentes esa mañana. Y también sabemos que usted puede tener una idea de para qué sirve ese medicamento.

—¿Y qué les hace estar tan seguros de que yo sé para qué sirve ese medicamento?

—Bueno. Sobra decir que, a pesar de estar ya jubilado, usted trabajó como presidente del comité ético del laboratorio Beinnet. No creo que sea difícil que conozca este medicamento. ¿Lo usaron alguna vez? —insiste Aura, como si supiera de qué hilo tiene que tirar.

—Yo nunca estaba en las pruebas. Solo valorábamos los riesgos que podrían suponer para los pacientes las pruebas que nos exponían.

—¿Y alguna vez propusieron pruebas con Galantamina?

Manuel ríe ante la pregunta de la subinspectora. Aparta la mirada y da un par de pasos hasta encontrar, en un pequeño mueble, un espacio donde apoyarse.

—Sé a dónde quiere ir a parar. La Galantamina lleva usándose desde hace años para combatir el Alzheimer. Es un gran inhibidor de la colinesterasa, lo que consigue retrasar el deterioro de los neurotransmisores colinérgicos. En especial de la acetilcolina. Sí, muchos pacientes de la clínica en la que estuve trabajando recibieron tratamientos con Galantamina, y todos mejoraron notablemente. Y no, no sé qué relación pueda tener con Ariadna.

Raúl y Aura guardan silencio. Acaban de encontrar una respuesta mucho más clara de la que ellos mismos esperaban y no saben cómo continuar.

—¿Es posible que el señor que se menciona en la nota que dejan junto a su hija recibiera este tratamiento? El señor Pere Lloret.

Manuel vuelve a humedecerse los labios, mira a los agentes y la rabia parece crecer en su rostro, que demuda rápidamente a otro más hostil.

—Eso es cosa de ustedes averiguarlo. A mí ya poco más me pueden hacer. Así que, si no tienen nada más que decirme, me gustaría marcharme.

Los agentes asienten con displicencia. Heridos ligeramente en su orgullo. Manuel se marcha sin despedirse mientras que Raúl suspira al entender que la soledad vuelve a pertenecerle.

—¿Crees que pueda tener algo que ver?

Aura aparta la mirada. No quiere tener que pensar en eso. No es capaz de cargar con más lastre en su cabeza ya abotargada de miedos y especulaciones.

—Si El Bosco lo ha señalado como víctima, estoy convencida de ello. La pregunta no es si tiene algo que ver, sino ¿qué pinta El Bosco en todo esto?

Raúl se pasa la mano por la cara. Sabe que todavía están muy lejos de acercarse a la verdad, y eso lo altera. Lo derrumba, y más con Javier descontando minutos de una cuenta atrás cada vez más apurada.

—Espero que en la asesoría podáis encontrar algo. Creo que…

—¿¡Dónde están!? —Un grito rompe la tensa calma que se había generado en la pequeña sala.

Aura y Raúl se asoman con celeridad, para ver la figura maltrecha de Álvaro Ferrer. Su cuerpo se tambalea entre los escritorios de la zona común mientras busca con una mirada bailona a alguien en particular. Alguien que parece reconocer cuando encuentra la presencia errática de la subinspectora.

—¡Tú! —Se acerca a gran velocidad en un recorrido zigzagueante que hace que se lleve dos mesas por delante. El ruido de las patas arañando el mármol rompe el silencio que se ha formado—. Me prometiste que lo encontrarías. Me juraste que estaría bien. —Sus ojos rojos denotan dolor, sufrimiento y algo más que Aura reconoce como un exceso de alcohol.

—Señor Ferrer. ¿Por qué no se calma y entra al despacho? Podemos hablar tranquilamente.

—¡No! No tengo nada que hablar con vosotros. Lo habéis dejado morir. Sabíais quién lo tenía y no habéis hecho nada. ¡Nada! —grita, y su voz queda aferrada a las paredes por unos segundos.

—Señor Ferrer —intercede Raúl intentando cubrir con su cuerpo cualquier reacción en contra de su compañera que pudiera tener el padre de Rubén—. Sabemos que esto tiene que ser muy duro, pero créame que esta no es la mejor forma de tratarlo. Pase a la oficina mientras le preparamos una taza de café.

—¡Que no quiero café! ¡Joder! Quiero saber por qué no habéis hecho nada. Quiero entender por qué habéis dejado morir a un chaval tan joven. Tan… —Y se rompe del todo. Su voz se extingue de pronto, dejando un gañido agudo por toda respuesta. Raúl se acerca y lo toma del hombro para introducirlo en la misma oficina de la que acaban de salir. Allí, Aura vuelve a cerrar.

—Ahora tiene que ser fuerte. Necesitamos que colabore cuanto pueda para evitar que este asesino siga matando. Señor Ferrer…

—No. No voy a ayudaros. No pienso hacer nada por vosotros. Lo habéis dejado morir como un ladrón. Como un puto delincuente. Me lo han contado todo. Me han enseñado los vídeos. Lo he visto, ¿sabes? He visto cómo lo sacaban de un maletero cubierto de sangre. Solo de pensar cuánto habrá sufrido…

—No piense eso. No va a ayudarlo. Cada víctima que ese hijo de puta deja por el camino nos duele casi tanto como a sus familiares. Créame. Por eso tenemos que encontrarlo. Por eso tiene que ayudarnos.

—Señor —dice Aura, entendiendo que quizá no sea el momento. Sabiendo que lo que va a preguntar puede suponer que el individuo se cierre en banda—. Junto al cuerpo de Rubén encontramos otro nombre: Inés Mayor. Estamos averiguando quién es, pero casi con total seguridad ese nombre nos lleve a la residencia que usted dirigía en la década de los noventa. Los archivos de estos ancianos han desaparecido. ¿Usted sabe algo?

Las lágrimas de Álvaro desaparecen. Su rostro compungido muta en otro cargado de rabia.

—Mi hijo acaba de morir y tenéis el valor de interrogarme a mí. Sois una panda de malnacidos. ¿Estáis insinuando que yo tuve algo que ver con la muerte de mi propio hijo? —inquiere con un mohín de rabia. Su voz hace vibrar las paredes y su cuerpo se tensa por completo.

—No queríamos importunarle. Solo necesitamos avanzar. El tiempo es un bien escaso ahora mismo y no podemos derrochar un minuto. Sabemos que esos nombres son importantes para el caso y necesitamos encontrar los archivos.

—Pues entonces haced bien vuestro trabajo y no esperéis a que los demás os solucionen la vida.

Álvaro se levanta y se dirige hacia la puerta con pesados pasos que resuenan por toda la oficina.

—Señor Ferrer, creo que deberíamos hablar un poco más —insiste Raúl. Aura no vuelve a hablar. Sabe que su estrategia ha fallado. Que ha perdido.

—¿Estoy detenido?

—No está detenido. Pero no creo que sea necesario tener que llegar a…

—Pues entonces que os den por el culo. Si queréis algo, os buscáis la vida. Ahora lo único que me interesa es poder recuperar el cuerpo de mi hijo. Lo demás ya ha dejado de importar.

Abre la puerta y se va. El ruido arrastrado de varias mesas vuelve a repetirse unos segundos más tarde y, en poco más de un minuto, el silencio se apodera de nuevo de la comisaría.

—Hay que ir ya a la asesoría. Tenemos que encontrar esos archivos cuanto antes.

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