El primer lienzo

El primer lienzo


14 de marzo de 2018, 17:44. Valencia

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14 de marzo de 2018, 17:44. Valencia

A pesar de que el viaje no ha durado más de veinte minutos, Aura no ha podido dejar de pensar en el padre de Rubén durante todo ese tiempo. El rostro depauperado del hombre no se borra de su memoria. La hunde en la miseria. La destierra a un mundo de lamentos y descontrol donde todas sus motivaciones se van extinguiendo poco a poco. No obstante, Aura siempre ha sido una persona fuerte y sabe disimular la angustia. Cuando aparca, mira la puerta de la oficina y respira hondo.

—Nos están esperando.

Víctor asiente y se baja del coche. Ya en la acera, se sacude las virutas de papas que han quedado sobre su pantalón y tira la bolsa vacía en un basurero cercano. Luego vuelve con la subinspectora, que ha decidido no esperarlo y avanza hacia la asesoría.

En el interior aguardan dos personas. Uno de ellos, que Aura presupone que es el tal José, está sentado sobre el escritorio charlando alegremente con una mujer que frisa los cuarenta años, de pelo rojizo y mirada sobrada, solo aparta la mirada del ordenador para confirmar la presencia de los agentes.

—Ustedes son los que han llamado, ¿no es cierto? —pregunta José. Su apariencia roza la del típico ser de oficina: camisa clara, corbata oscura, pelo engominado y gafas de pasta—. Os estaba esperando.

—¿Y quiénes somos concretamente? —inquiere Aura, que últimamente desconfía ya de todo el mundo.

—Son los agentes de la Policía Nacional. ¿No?

—De la UDEV —especifica ella. Creo que el señor Catalá ya habló contigo para exigir unos documentos.

José sonríe con exagerada efusividad mientras rodea la mesa para colocarse detrás de la mujer.

—Sí, bueno. Le dije a Felipe que esos nombres concretamente no estaban en los archivadores.

—¿Habéis buscado bien?

—Ficha por ficha —responde ufano José—. Es más, he intentado localizarlos en el ordenador por si las fechas no eran las correctas, y tampoco aparecen. Quizá se hayan equivocado de residencia.

Esta vez es Aura la que sonríe. Observa el pequeño despacho con la tranquilidad de quien tiene tiempo de sobra, aunque ella no lo tenga. Busca en la mirada nerviosa de José o su compañera la mentira, pero solo encuentra nervios y tensión.

—¿Podríamos llevarnos los archivadores que correspondan a la década de los noventa?

—¿Tienen una orden? —La jugada del hombre sale mal, pues, cuando lanza esa pregunta, Víctor se adelanta con templanza y muestra la orden del juez para revisar y requisar cualquier elemento que pueda ser útil para la investigación. José mira el papel y asiente con seriedad—. Elsa, trae los archivadores que piden. Pero ya les digo que no van a encontrar nada. Yo mismo los he revisado uno por uno.

—¿Desde cuándo tenéis informatizados todos los datos de la residencia? —investiga Víctor, que no le interesa escuchar las excusas del hombre.

—Desde que nos contrataron. Creo que fue en el año 2008.

—¿Y no es posible que en vuestros archivos digitales tengáis algo de información?

José niega con una sonrisa algo más desatada que la que tenía cuando los agentes llegaron.

—No digitalizamos tanta información. Nos dedicamos a digitalizar los datos de la residencia y solo los expedientes activos del centro. Los que ya estaban cerrados los dejamos en físico archivados en cajas.

—¿Tenéis el nombre de la persona que os contrató?

—Fue el director que estuvo antes de Catalá. No recuerdo ahora el nombre. Creo que se llamaba Julio Vacas.

—¿Y fue él quien os entregó todos los archivos?

José asiente y, justo en ese momento, aparece Elsa con una caja de cartón y diez archivadores negros. Cada uno de ellos marca el año distinto dentro de la década que Aura ha exigido. Aura duda cuando recibe la caja. Intenta dibujar en su mente una posible salida mientras ojea cada expediente. Un camino que les ayude a seguir avanzando.

—¿De cuántas plazas dispone la residencia?

—No entiendo —se excusa José arrugando la frente.

—Creo que la pregunta es clara. ¿Cuántos residentes puede tener como máximo la residencia? —insiste Aura, que ha notado algo extraño tras la tercera carpeta.

—No estoy seguro, pero… —José comienza a manipular el ordenador y son las teclas las que hablan durante ese breve espacio de tiempo—. Cuarenta. Cuarenta habitaciones tiene.

—Eso me temía. De acuerdo, José, vamos a llevarnos la caja. Un compañero te llamará para pasar a recogerla cuando deje de ser importante. Por el momento, si tiene alguna novedad o encuentra los expedientes que te hemos pedido, nos gustaría que nos lo hagas saber.

Los agentes se marchan sin esperar respuesta, oyendo cómo José se despide a lo lejos, en un tono descendiente que muestra la creciente distancia entre ellos.

De nuevo, el camino hasta el coche se convierte en una travesía lenta, callada. La noche ha caído de nuevo con fuerza y apenas queda sombra de sus cuerpos que los acompañen. Aura se introduce en el coche con celeridad para cobijarse del frío que comienza a humedecer las calles. Víctor la sigue.

—¿Qué has visto? —pregunta él cuando el ruido de la puerta los encierra en un mutismo helado.

—Mira estos archivos. Todos los expedientes incluyen el número de habitación que ocupaba el residente. Muchos expedientes incluyen el parte de defunción, es decir que sí hubo residentes que murieron en la residencia. ¿Por qué los que buscamos nosotros no están?

Víctor se moja los labios entendiendo las palabras que Aura le está lanzando. Revisa el primero de los expedientes que le ha dado y comprueba lo que dice. Tanto el número de la habitación como la información del deceso se nombra en el archivo. Otros fueron dados de baja sin haber fallecido.

—Todos tienen el número de habitación —confirma él—. Si comparamos los números de habitación que faltan, o que cambian de residente, podremos saber de cuántas personas hablamos.

—Eso es. O tal vez incluso saber qué habitaciones ocupaban. —Aura le da un golpe en el hombro a su compañero, que lanza un gemido de dolor al aire mientras se acaricia la zona dolorida—. Tenemos que averiguar si la residencia otorgaba habitaciones por orden o tenían algún tipo de norma.

—Ahora es tarde. Creo que lo mejor será dejarlo para mañana a primera hora. Paso yo a por ti mejor.

Aura intenta no pensar en la hora. A Javier se le acaba el tiempo y cada minuto que pasa sin hacer nada es una vuelta de tuerca que le da el estómago. A pesar de ello, asiente. Sabe que no puede exigir más a sus compañeros. Entiende que no todos pasan por lo mismo. Pero ella no va a darse por vencida.

Tras una marcha lenta y callada —una vez más—, llegan al edificio de Víctor, que mira con unos fulgentes ojos caídos a su compañera antes de bajar.

—¿Quieres cenar con nosotros?

Ella sonríe ante la osada pregunta de su compañero. Sonríe porque sabe que a Víctor le pesan sus decisiones, aunque sean comprensibles.

—¿Qué voy a hacer yo en tu casa? Tu mujer querrá estar contigo un rato también. Nosotros ya nos vemos todo el día.

—Mi mujer seguro que está encantada de tenerte en casa. Vamos, te invito.

Aura niega con dulzura y, por primera vez en muchos días, sonríe con sinceridad.

—Estaré bien, no te preocupes.

Víctor no se mueve. Permanece inmóvil y con la puerta abierta esperando un gesto por parte de su compañera que nunca llega. Ella sonríe un par de veces más, hasta que su amabilidad se extingue de golpe.

—Vamos, o sales o entras, pero me estás metiendo todo el frío de la calle en el coche, cabrón.

Víctor ríe ante la súbita explosión de Aura y sale del coche. Aunque su mirada apagada vuelve a reproducirse cuando cierra la puerta. Antes de girarse, vuelve a sonreír.

Aura ya ha dejado de hacerlo.

Acelera y, cuando pone segunda, su mente le grita que no gire a la derecha. Pero ella hace mucho tiempo que dejó de hacer caso a lo que su mente le exige. Gira a la derecha y vuelve a acelerar.

Su objetivo está en Alacuás.

La travesía ha durado más de media hora. Media hora cargada de pensamientos oscuros. De nervios. De miedo. Media hora pensando qué va a hacer, aunque el dónde sí lo sabe.

Su trayecto acaba en el mismo almacén que años atrás enfrentó a su equipo contra Mateo por primera vez.

Baja del coche y saca del maletero una pequeña palanca de hierro que tiene para ayudarse en caso de un pinchazo. Cierra el vehículo y cruza la calle en dirección al pequeño almacén.

Imágenes alternas mezclan su presente con el pasado de aquel lugar. Imágenes como la puerta que Mateo arrancó en su huida o el cuerpo del agente que no pudo contar lo que pasó allí dentro. Ella avanza por el pequeño callejón en busca de la puerta trasera.

No lo duda cuando llega a ella.

Clava la punta de la palanca sobre la cerradura y tras forzar un par de veces el metal cede y la puerta se abre con un chirrido carrasposo que anuncia su llegada. Ella desenfunda su pistola y una pequeña linterna, y comienza a violar la penumbra que se abraza a las paredes y al polvo que reina en la zona.

Camina por el primer pasillo sin que halle nada. El haz blanco, casi angelical, de su linterna va descubriendo distintas zonas y, cuando llega a la segunda sala, una pregunta resurge en su cabeza.

«¿Qué haces aquí?».

No lo sabe.

No sabe por qué ha ido hasta allí de noche, sola, a merced de El Bosco, que podría atraparla y acabar con ella sin la menor de las dificultades. Esa duda se hace más intensa cuando escucha un crepitar extraño a lo lejos. Un ruido que deja su eco bailando por la sala.

Traga saliva, aprieta las manos y siente el sudor de sus palmas resbalando por la superficie metálica de la empuñadura de su pistola.

—¡Policía! —grita con la voz entrecortada.

El miedo se apodera de su cuerpo, que comienza a temblar casi sin control. Siente su boca reseca, sus piernas doloridas. Escucha los latidos de su corazón queriendo escapar de su pecho.

De nuevo, un crujido resuena a su espalda.

Aura se gira de golpe y la luz dibuja un haz casi horizontal hasta su nuevo objetivo. Allí puede ver la silueta de un viejo coche. Entrecierra los ojos y apunta con la linterna hacia el objeto.

Confirma que es un coche.

—¡Lo sabía! —dice ella mientras se acerca a su nuevo descubrimiento.

Cuando la linterna es capaz de abrazarse con fuerza al vehículo, Aura reconoce la figura del Seat que leyó en las notas de Mateo. Del coche apenas queda el chasis. Un amasijo de metal y cables es lo que encuentra la subinspectora, que entiende que es el coche del anciano asesinado en 2004.

Pero no es todo lo que llama su atención. A las pequeñas partículas de polvo que flotan en volutas frente al haz de luz, un hedor ácido también llama su atención. Continúa buscando en derredor, pero la oscuridad es demasiado densa. Se abraza con fuerza a cada rincón dejando un abismo completo más allá de donde la linterna consigue descifrar.

Saca su teléfono para llamar a Raúl y es en ese momento cuando un tercer ruido la alerta. Esta vez ha sonado más cerca, casi a su lado. Con el corazón detenido, deja caer el móvil y se vuelve hacia la zona de donde procede el ruido. Esta vez sí consigue ver algo.

En mitad de la penumbra, la sombra de una silueta se deja ver a lo lejos.

—¡Quieto! —grita ella apuntando hacia él. Pone el dedo en el gatillo y tensa los músculos. No va a dudar. No puede hacerlo—. ¡No te muevas!

Pero la sombra no hace caso y se pierde de nuevo entre la penumbra que custodia el almacén.

—¡Policía! —grita de nuevo, y acaricia el gatillo con el dedo índice. Aspira con fuerza y entrecierra los ojos.

Tiene que disparar.

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