El primer lienzo
14 de marzo de 2018, 19:39. Alacuás.
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14 de marzo de 2018, 19:39. Alacuás.
—¡Sal con las manos en alto! —grita de nuevo. Siente el gatillo cediendo, ansioso por escupir su acero incandescente a la silueta ahora perdida entre la penumbra inquieta.
—Soy yo. Soy yo. —Su voz atraviesa la oscuridad para hacer que Aura baje el arma casi como un acto reflejo.
Del pequeño pasillo por el que ha accedido la subinspectora asoma media cabeza de Víctor, que no termina de confiar en sus movimientos.
—¡Joder! Casi te pego un tiro —se queja ella intentando recuperar el aliento. Su corazón va tranquilizándose al saber que es su compañero el que aparece para ayudarla—. ¿Qué coño haces aquí?
Cuando descubre que Aura ha guardado su arma, Víctor sale por completo de su refugio y se acerca a su compañera, portando en su mano también su pistola.
—Sabía que no te ibas a ir a casa y, cuando giraste en la dirección contraria, decidí seguirte. Ahora, el taxi lo vas a paga tú, que me la ha clavado el hijo de perra.
Ambos ríen en mitad de ese umbroso infierno. Víctor todavía permanece en la inopia, en la desdicha de no saber nada, hasta que Aura le muestra el hallazgo.
—Ese es el coche que menciona Mateo en sus notas.
Víctor observa el chasis oxidado descansando bajo una enorme capa de polvo, a un lado de la sala.
—¿Cómo es posible que no nos diéramos cuenta de esto la primera vez que estuvimos? —se lamenta él, mirando el amasijo de hierro.
Aura no sabe qué puede responder. No lo sabe porque comparte la misma opinión que su compañero. Intenta devolver su mente a aquel día para localizar allí quién se encargó de registrar toda la zona.
—Quizá no vieron esto como algo relevante. Al fin y al cabo, son hierros oxidados.
—Sea como sea, esto ya no forma parte del caso. No tenemos nada para…
—Calla. —Aura ha dejado de interesarse en el coche para fijar la luz en otro espacio más alejado.
El silencio se extiende mientras se centran en una silla que corona la sala contigua. El haz de luz atraviesa un pequeño marco hasta llegar a una sala distinta. Allí una silla se muestra solitaria sobre un lecho hecho de plástico transparente.
Ambos agentes se acercan con cautela, dando pasos lentos, meditados. Cuando cruzan el quicio de la puerta, encuentran toda la verdad.
—Creo que tenemos que llamar a Raúl. Hoy no vamos a dormir mucho. —Víctor se pasa la mano por su cabellera rubia cada vez más descuidada.
Aura no responde. Su mirada viaja por toda la estancia. Una estancia creada para el delito, para el mal. En el centro de la sala está la silla que llamó la atención de la joven, cubierta de sangre ya seca. Pero no es lo único que detiene su corazón. En una mesa, a un lado, un escritorio muestra varios monitores pequeños.
—Aquí hay algo —anuncia Víctor, y señala un pequeño generador eléctrico a gasolina. Pasa unos segundos manipulándolo—. Tiene llave. —Y tras eso enciende el generador.
De pronto la sala se ilumina poco a poco dejando un baile de chiribitas en las bombillas, que se esfuerzan por encenderse del todo, hasta que la potencia es la indicada. Cuando la luz devuelve a la vida la sala, el terror crece todavía más.
La sangre que decoraba la silla es tan solo un detalle nimio bajo el enorme charco que rodea las cuatro patas. Las imágenes cobran vida en los monitores para mostrar distintos puntos de la zona y junto a la mesa se muestra otra más pequeña, repleta de papeles y fotos.
—Creo que hemos dado con su centro de mandos —dice Aura.
El equipo ha llegado junto con los compañeros de la científica para recabar tantas pruebas como les sea posible.
Cuando Raúl entra en la sala donde Aura termina de observar todo, su rostro no dibuja satisfacción. No dibuja nada. Se muestra tenso, nervioso, serio.
—¿Cómo habéis encontrado esto? —inquiere sin saludar siquiera.
—Un pálpito —responde Aura ignorando la mirada extraña de Víctor.
—¿Pálpito? Vaya. Tendrías que echarte una primitiva entonces. —Y se vuelve sin decir nada más. Camina cuatro pasos y desde la distancia, sin apenas volverse, matiza sin tono en su voz—. Buen trabajo, supongo.
Su voz no ha sonado complacida. Tampoco ha convencido a Aura, pero ella no está interesada en las palabras del inspector jefe, sino en los papeles que decoran la segunda mesa. Son todos planos de Valencia y alrededores, algunos papeles escritos y un libro que Aura reconoce enseguida. Se trata de El arte de la guerra, de Sun Tzu. Se acerca con la intención de tomarlo y, cuando alarga sus manos, una voz la previene.
—¿Qué tramas? —pregunta Víctor a su espalda.
—¿Por qué lo preguntas?
—Sencillo. Porque no te he visto con intención de decirle a Raúl la verdad de cómo hemos llegado hasta aquí.
Aura levanta la barbilla a causa de un orgullo que le quema la garganta. Sonríe y se muerde el labio inferior para retener algunas palabras antes de hablar.
—¿Y qué iba a decirle? Que han sido las notas que él mismo ignoró cuando se las di. A parte de todo eso, si se me ocurre decirle que hay más notas, me voy a comer un buen marrón.
—¿Y no crees que es hora de decirle que hay más notas? Si sigues así, será cuando el marrón ya no pueda evitarse.
Ella niega con la cabeza con una sonrisa irónica.
—Cuando acabe de leerlas se las daré, descuida.
—Pues acaba ya. No me gustaría estar en medio de todo esto.
—No tienes que estarlo. Puedes desentenderte cuando quieras.
Ahora es Víctor quién se muerde el labio con una sonrisa tensa que intenta disimular.
—Mira. Yo también quiero encontrar a mi compañero tanto como tú, pero no creo que trabajando solo vaya a poder conseguirlo. Tú puedes ir a tu puta bola si quieres, pero luego no te sorprendas si te encuentras en una situación de la que no puedas salir. Hoy podría haberte esperado El Bosco aquí y yo no haberte seguido. ¿Qué habría pasado entonces?
Su pregunta hiere a Aura, que intenta encajarla tan bien como puede, pero es incapaz de evitar el brillo que se acomoda en sus ojos. Un brillo que Víctor no percibe, ya que se ha marchado sin esperar respuesta.
El orgullo de Aura tampoco le permite salir en su búsqueda. El mismo orgullo que le llevó a no despedirse de Jesús cuando se marchó. El mismo que ha hecho que jamás reconozca los sentimientos que posee hacia Javier.
Se da la vuelta y sigue con la idea que mantenía antes de que Víctor la interrumpiera. Toma el libro de Sun Tzu y comienza a buscar algo en él. Salvo varias frases subrayadas no halla nada. Nada en el libro, porque sobre la mesa sí encuentra nuevos detalles.
Varias fotos reposan sobre la mesa de madera. Fotos que hielan la sangre de la subinspectora. Son fotografías de su equipo. De todos. Están Raúl, Daniel, Javier y ella misma. También Leo y Víctor. Es una foto que les hicieron cuando capturaron a Mateo. Una foto que quedó para la historia al ser el primer asesino en serie de la comunidad atrapado con éxito.
No quiere tomarlas. Se limita a fotografiar con su móvil todo antes de que los de la científica se lo lleven. Es de nuevo el inspector jefe quien llega primero.
—Deberías ir a descansar. Está claro que, si El Bosco estaba aquí, huyó a toda prisa. Lo que es de cajón es que le hemos desmontado el chiringuito. Este ha sido un buen golpe para dar con él.
Ahora su voz sí parece ser más compasiva. Aura puede hasta percibir una ligera sonrisa en su rostro imperturbable. Un rostro que ya comienza a cargarse de arrugas y ojeras cada vez más notables.
—¿Se sabe algo del coche que hay en la otra sala?
—Nada. No hay matrícula y el bastidor está borrado. Es un amasijo de metal muy viejo.
La agente agacha la mirada cargando en su espalda una nueva derrota y contenta al mismo tiempo por haber desmontado su centro de mando.
Todo acaba pronto. Con Aura dejando de nuevo a Víctor en su casa y ella cruzando unas calles cada vez más desiertas. Esta vez sí ha girado a la izquierda para dirigirse a su hogar.
Su casa nunca le ha parecido tan fría. Tan siniestra. Envuelta en una penumbra casi completa, observa su escritorio todavía con los papeles de los primeros casos, a los que añade los archivos nuevos. Unos archivos que ha decidido estudiar antes de entregarlos a la mañana siguiente.
Navega sobre cada archivo con un menú infantil de Burger King que ha comprado por el camino, a un lado, y un vaso de agua al otro. Estudia cada nombre, cada fecha, cada habitación. Tras más de una hora de análisis encuentra no uno, sino más de diez expedientes que podrían haber desaparecido. Con la respiración entrecortada debido a su descubrimiento, guarda de nuevo todo y deja sus apuntes para mostrárselos a Víctor.
Es cuando deja la última carpeta cuando ve sus notas. Las notas de Mateo. Las notas que sabe que pueden conducirla hasta él. Las toma de nuevo, con la voz de Víctor resonando en su cabeza, y comienza a leer.
Durante varias semanas han seguido llegando fotos. Fotos y más fotos. Primero llegó una foto de madre. ¿Por qué madre?
Al principio no lo entendía, pero ahora creo que sí.
Junto a las fotografías de madre y de varios hombres y mujeres, una tarde encontré una nota. Una nota que decía: Un círculo solo debe cerrarse por el mismo punto por el que se inició. Y junto al texto mi foto.
¿Por qué yo?
Lo entendí varios días después cuando encontré un vídeo en casa. Un vídeo con la frase: aquí hallarás toda la verdad.
Cuando lo visualicé, entendí todo. ¿Era ese el vídeo por el que madre tantas noches me castigó? ¿El vídeo por el cual llevo todo mi cuerpo marcado?
No pude terminar de verlo. El odio que crecía en mi interior me consumía al ver el rostro de dolor de mi madre. Al entender la humillación por la que había tenido que pasar. Poco a poco, mi odio fue creciendo mientras seguían llegando imágenes de todos ellos. Todos culpables. Todos merecedores de mi castigo. Incluso yo era culpable.
Pero no estaba preparado. Todavía tenía que enfrentarme a otras pruebas. Al menos así lo supe cuando recibí una nueva fecha. Esta vez era un drogadicto que robaba a las ancianas para meterse su pico de heroína todas las noches.
No fue difícil acabar con él. Siempre dormía en un pequeño almacén abandonado a las afueras de Paiporta.
Poco a poco he ido entendiendo mi labor en este mundo. Gracias a ese ser que me cuida desde las sombras, que me indica el camino. Que me dice lo que tengo que hacer.
Ahora, a punto de iniciar todo, ha llegado otra fotografía. Una fotografía que servirá para unirse el círculo. La fotografía de la persona que va a ayudarme en este camino. La de mi hermano.
La nota dice que él me tiene que acompañar.