El primer lienzo
15 de marzo de 2018, 09:18. Valencia
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15 de marzo de 2018, 09:18. Valencia
Víctor ha lanzado varias veces esa pregunta incómoda durante el recorrido hasta la residencia La Esperanza. Pero Aura ha permanecido callada hasta el momento de bajar del vehículo.
—¿Te pasa algo? —insiste Víctor.
—Nada. Estoy un poco cansada —miente ella.
Miente porque no quiere reconocer que apenas ha pegado ojo en toda la noche. Porque no se atreve a nombrar la última nota que leyó de Mateo. Y sobre todo miente por su instinto sobreprotector que siempre la ha llevado por el camino del ocultismo, renegando de verdades casi absolutas para evitar reconocer esa dependencia que se necesita entre compañeros. A pesar de todo, su mentira le pesa en el pecho. Se le clava como una espina de pescado atravesada en la garganta. Aspira con fuerza y se baja del coche solo para sentir el frío de la mañana helar su piel ardiente debido a la vergüenza de su perfidia.
En la residencia es Felipe quien los recibe, de nuevo con esa sonrisa casi infinita, falsa, artificial.
—Me alegra verlos de nuevo por aquí. Me dijo José que se han llevado varios archivadores. ¿Encontraron algo?
—Pues lo cierto es que sí. Por eso estamos aquí —comenta Aura sin mirar al director de la residencia. Sus ojos van más allá de esos dos metros que los separan. Se acercan hasta la sala donde las sombras de los ancianos se tambalean a través de un cristal que apenas deja pasar la luz. Sus oídos intentan comprender el murmullo que se desprende por un resquicio de la puerta. Su olfato no puede evitar percibir el aroma a alcohol y desinfectante.
—Bien, soy todo oídos. Si lo prefieren, podemos ir al despacho, ahí estaremos tranquilos.
Ambos agentes aceptan y comienza la travesía lenta y silenciosa hasta el pequeño despacho del director.
—¿Qué han encontrado? —se interesa de nuevo Felipe Catalá.
—Nada. Eso es lo más interesante. No hemos encontrado nada.
El director frunce el ceño ante la respuesta seca y cortante de la subinspectora, y mira a Víctor para terminar de perderse en el juego extraño de Aura, pues este sonríe con descaro.
—No entiendo. Hace un momento me ha dicho que sí había encontrado algo.
—Sí, claro que hemos encontrado algo. Lo que hemos encontrado es que no hemos encontrado nada.
—Lo siento, pero algo no estoy entendiendo. No sé si están intentando volverme loco o es algún tipo de broma.
—No es ninguna broma. Nos faltan muchos expedientes. Por eso estamos aquí. Cuéntanos un poco sobre la política del centro en cuanto a la otorgación de habitaciones. ¿Se asignan de una forma específica o tienen algunas atribuciones especiales?
Felipe mira de reojo los expedientes y por un momento su mirada se oscurece, la sonrisa de su rostro se difumina como la luz del sol al pasar una nube.
—Todas las habitaciones están preparadas para asistir cualquier necesidad de los residentes, ya sea en caso de necesitar oxígeno o cualquier instalación de maquinaria. Así que, al menos desde que estoy yo, las habitaciones se otorgan por orden correlativo. La que queda libre es la que se asigna al siguiente residente.
—Es decir, si hay treinta residentes, y queda vacía la habitación catorce, el siguiente ocupará esa habitación. ¿Es correcto?
—Así es. Perdón por mi descaro, pero ¿por qué pregunta eso?
—Porque de ser así, tenemos más de diez residentes cuyos expedientes han sido extraviados. Si analizamos todos los expedientes de la década de los noventa, hay habitaciones que no aparecen.
Aura muestra a Víctor todos los casos para que él termine de comprobar la realidad de sus palabras, y luego se lo entrega a Felipe, que analiza también cada carpeta.
—Pues tiene razón. Veo que algunos pasan del quince al diecisiete. Luego diecinueve. ¿Cree que podría estar esto relacionado con el caso?
—Lo que creo es que alguien aquí no está siendo sincero. ¿Conocías a los anteriores directores? —Aura se muestra más agresiva que de costumbre. Su voz es firme, fuerte. No duda ni muestra debilidad.
—Ya les dije que apenas tuve algo de trato con el anterior director. El otro ni siquiera lo he visto a lo largo de mis años trabajando en el centro.
En ese momento, Víctor arruga los ojos y comienza a revisar de nuevo los archivos con un nerviosismo que no pasa desapercibido para Aura. Su mirada pasa rápido por cada uno de los documentos como si esos papeles le quemaran. Aura observa su mirada inquieta, su piel lívida, sus manos trémulas.
—¿Cuándo los residentes tienen que hacer una visita al centro médico cómo los trasladáis? —pregunta Víctor.
Aura lo mira y cuando él le devuelve la mirada ella hace un gesto con la barbilla intentando averiguar qué es lo que ha visto su compañero.
—Tenemos médicos que les hacen revisiones casi a diario —responde el director mientras cruza las manos sobre el escritorio.
—Entiendo. Pero si algún anciano necesita ir al centro médico, ¿cómo lo hacéis?
—Bueno, si es imprescindible el traslado del anciano, recurrimos a un vehículo asistido que tenemos a disposición del centro.
—¿Suele llevarlo el mismo conductor?
Catalá inclina la cabeza, como si no acabara de comprender las preguntas que hace el inspector.
—Normalmente sí. Antes teníamos un muchacho en plantilla que era quien hacía los traslados. Pero, desde que contratamos personal cualificado, las visitas ya son mínimas. Así que suelen venir del mismo centro.
—¿Desde cuándo tienen personal sanitario en plantilla? —insiste Víctor, que no deja de abordar el tema.
—Desde antes de mi llegada. Creo que fue el anterior director quien contrató personal médico para atender a los residentes en el centro. Ahora bien, las salas dotadas con aparatos, me complace decir que fue idea mía. Desde que las tenemos, las visitas a centros médicos todavía se han reducido más. Apenas sale un anciano a la semana.
—Gracias. Por mi parte no tengo más preguntas.
Ambos miran a Aura, que sigue analizando lo ocurrido durante esos minutos. Ella niega con la cabeza y se dispone a salir junto a su compañero.
—Si necesitan algo más, pueden localizarme en mi número particular. —El director le entrega a la subinspectora una tarjeta con su número de teléfono y vuelve a sentarse en su silla, predispuesto a ver marchar, desde su escritorio, a los dos agentes.
Una vez fuera, Aura no puede evitar arrancarse de su pecho la duda que arrastra desde el piso superior, pero una llamada frustra sus planes. Es Raúl quien la interrumpe.
—¿Dónde estáis?
—En la residencia de ancianos. Vamos para allá.
—Cambio de planes. Tenéis que ir al hospital de La Fé. Hemos encontrado al implicado en el golpe que tenía el coche de Javier. Se llama Alfredo Romero.
—¿Cómo sabemos…?
—Hemos estado revisando las grabaciones donde se ve a Rubén. Alfredo es el taxista que lo recogió esa noche. Hemos investigado y hay una denuncia de agresión y fuga con este señor implicado.
No hay más información. Raúl no pierde el tiempo en nuevos detalles. Tras un: «os están esperando», cuelga sin oír la respuesta de su compañera.
Gracias a la llamada de Raúl, Aura consigue olvidar la pregunta que quería hacer a Víctor referente a su hallazgo. Él tampoco parece acordarse durante el recorrido hasta el hospital. Quizá el silencio forzado sea un enemigo de las dudas. Hace que olvides todo cuanto necesitas averiguar. El silencio solo trae olvido. Eso siempre lo ha sabido Aura.
—¿Te ha dicho algo del hombre que vamos a ver? —inquiere Víctor cuando detiene el vehículo en la plaza reservada a bomberos del hospital.
—Nada. Que nos están esperando y que está implicado en un accidente con fuga la misma noche que desapareció Rubén.
Ninguno vuelve a decir nada durante los siguientes ocho minutos que dura la travesía hasta la habitación donde se supone que está el sospechoso.
Cuando entran, se topan de frente con un hombre postrado en una cama, dormido, o al menos en un estado que no le permite recibir a los dos agentes. A su lado, una mujer de unos cincuenta; con gafas negras y mirada brillante, se vuelve para observar a los agentes.
—¿Ustedes son los inspectores? —pregunta con la voz rota por el dolor y el cansancio de soportar la incógnita de un duelo obligado.
Aura no sabe bien qué responder. No tiene apenas información más allá de la noticia que Raúl le ha ofrecido minutos antes.
—¿Es su marido? —pregunta Aura con una sonrisa cómplice.
—Mi hermano. Alfredo está separado. ¿Qué saben del hombre que lo asaltó?
—Lo cierto es que apenas tenemos información. Lo único que sabemos es que él podría tener información sobre otro caso que estamos investigando.
—Lo del chico que llevaba en ese momento, ¿cierto? —pregunta la mujer, ofreciendo un conocimiento que facilita el trabajo de Aura y Víctor.
—Al parecer su hermano fue el taxista que lo recogió esa noche. Es muy posible que la agresión haya sido para secuestrar al joven.
—Algo nos han contado. Mi hermano ha estado inconsciente hasta esta noche. Cuando despertó no paraba de decir las palabras «cara quemada» y «el chico». No paraba de repetir lo del chico.
—¿Sabe algo más de lo que ocurrió? —investiga la subinspectora. Observa el aspecto macilento del hombre que sigue dormido con el rostro inmaculado. Aunque ella sabe que bajo la manta un mosaico sangriento destruye su cuerpo.
—Por lo que han dicho los testigos, y un poco mi hermano, un coche le embistió por detrás en un semáforo. Cuando él se bajó para hablar con el otro conductor, este empezó a apuñalarlo. —Y la mujer no puede continuar hablando. Las lágrimas brotan de sus ojos en una sinfonía de dolor oprimido—. Todavía no sabemos si saldrá adelante. Tiene varios órganos afectados, entre ellos el hígado. Pero Fredy es fuerte, siempre lo ha sido. Y ha sobrevivido a muchos atracos. Seguro que sale de esta. —Su sonrisa evoca esa esperanza que en Aura se extinguió hace tiempo.
—Se pondrá bien —responde ella a pesar de su reticencia.
—¿El chico que se llevó está bien?
A esa pregunta ni Aura ni Víctor pueden responder con la misma sonrisa. Y sus gestos les delatan, pues la mujer agacha la mirada mientras niega con la cabeza.
—¿Podría decirme en qué calle ocurrió el accidente?
—En el cruce de la Avenida del Puerto con la calle Pintor Maella. Pobre chico. Dicen que a él también lo apuñaló dentro del taxi y luego se lo llevó. Ya me imaginaba que ese chico estaría muerto. Cuánta maldad hay en este mundo.
Los dos agentes no se atreven a responder. Se limitan a dar las gracias y a marcharse de la zona con nuevos datos que investigar.
Es justo antes de llegar al coche cuando Aura encuentra en su mente la pregunta que pospuso antes de recibir la llamada de Raúl.
—Oye…
—Perdón por lo de ayer —dice Víctor adelantándose a las palabras de Aura. Ella arruga la nariz sin entender el arrebato melancólico de su compañero—. Ayer creo que me pasé un poco con lo de las notas. No debería haberte hablado así. Sé que quieres encontrar a Javier tanto como yo, y cada uno lo paga de una forma distinta. Tú, a lo mejor, te encierras en encontrarlo a costa de todo. Yo prefiero evadirme de otras formas. En el fondo me recuerdas a Javier. Él también estaría como loco buscándote.
Aura no es capaz de evitar el rubor que se acomoda en sus mejillas y sonríe con delicadeza.
—No tengo nada que perdonarte. Todos estamos así. Mira a Raúl si no. Cada día que pasa está más tenso, como si necesitara encontrar al asesino a toda costa. Él también está pagando el tiempo que ya no nos queda.
Víctor asiente con desdén. Con un dolor agudo que se clava en su pecho. Con un miedo real a lo que pueda pasar con Javier. O a lo que ya ha pasado.
—Bueno, ¿qué me estabas diciendo?
Aura recuerda entonces el detalle que vio en la residencia y que a punto ha estado de olvidar otra vez.
—¿Qué es lo que has visto en los expedientes? Sé que algo te ha llamado la atención.
—¡Ostia! Se me había olvidado. Vamos.
El hombre se lanza en una precipitada carrera hacia su coche que no dura más de quince segundos. Aura lo sigue sin acelerar el paso. No entiende ese arrebato si apenas faltaban diez metros para llegar. Cuando ella entra, lo encuentra sacando uno de los papeles.
—¿Recuerdas que ha dicho que antes tenían un tío en la plantilla para llevar a los ancianos? —Aura asiente, y en ese momento Víctor le entrega el papel—. Mira el nombre del chófer que llevaba a todos los residentes al centro médico.
Cuando Aura observa el papel, su corazón se detiene.