El primer lienzo
15 de marzo de 2018, 11:48. Valencia
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15 de marzo de 2018, 11:48. Valencia
Aura nunca ha sido una persona impaciente. La espera siempre ha sido una de sus mejores virtudes. Hasta este momento. Ahora, con Javier aferrándose a la vida y dependiendo de la destreza de sus compañeros. Con un caso lleno de misterios. Con un cansancio que devora su cuerpo, es incapaz de controlar la tensión. Su cuerpo se sacude sobre la incómoda silla de madera mientras ve cómo pasan los minutos. Mientras espera la llegada del sospechoso.
Cuando vio el nombre no dudó en llamar a Raúl para pedir una orden para entrevistarlo. Este accedió enseguida. El único inconveniente fue su intención por ir a buscarlo, gesto que Raúl prohibió de forma taxativa. Ahora esa espera la desquicia por completo.
—Ha llamado Héctor —dice Raúl justo cuando entra en la pequeña sala—. Ya tiene la autopsia de Rubén. Nada nuevo que podamos añadir. El chico recibió cuatro puñaladas dentro del taxi, y luego otras siete mientras se supone que lo tenía amordazado. A pesar de eso no murió por las heridas, sino por la enorme pérdida de sangre.
—¿Hemos analizado el coche de Javier? —requiere Aura tras escupir el último trozo de uña al que sus dientes tuvieron acceso. Ya no le queda un solo dedo al que poder hacer una buena manicura.
—Hemos encontrado todo tipo de huellas y restos biológicos, pero no va a servir de nada. El Bosco se está atribuyendo todos los crímenes y no le importa actuar a cara descubierta. No tiene miedo a ser identificado, así que supongo que encontraremos huellas suyas. Es más, debajo de las uñas del muchacho había restos de piel que también se han mandado a… —En ese instante su teléfono suena, haciendo que corte su discurso. Quien lo ha llamado apenas le dice nada, pues, tras dos monosílabos, cuelga—. Ha llegado nuestro hombre.
El equipo se incorpora decidido a salir en busca de la persona que espera en la sala de entrevistas, pero es Aura quien toma la delantera. Cuando llega a la sala, lo ve, y una avalancha de recuerdos remueve su mente. Las imágenes afloran como una rosa en primavera y de nuevo recupera la secuencia de la primera y única vez que vio a ese hombre.
—Vaya, no ha cambiado nada —informa Víctor, que se ha colocado al lado de su compañera.
Los dos observan a Ramón Silvano, el hombre al que Mateo compró el taxi con el que secuestró a José y a Pedro Mena. El recuerdo que Aura tiene de él se traduce casi intacto en la apariencia que se muestra a través de la puerta. Apenas ha cambiado un ápice desde aquel encuentro. Sigue con esa melena grasienta y oscura, esa mirada nerviosa, esos labios menudos. Si hay algo distinto, son unas pequeñas arrugas nuevas en el contorno de los ojos.
—¿Vamos? —pregunta Víctor mientras agarra la manecilla de la puerta.
Nadie se niega a su acto, por lo que al fin se decide y abre la puerta, aunque deja pasar primero a su compañera.
Cuando Ramón ve a Aura no puede evitar lanzar un sonoro resoplido, como el náufrago que, resignado, espera que la marea se lo lleve.
—¿Otra vez tú? —dice con un agudo y lastimero tono de voz.
—Buenos días, señor Silvano. Veo que me recuerda. Supongo que al compañero López también lo recordará.
Ramón bufa sin llegar a responder y mira de soslayo a Víctor, que permanece serio frente a él. Por un momento borra esa típica expresión alegre que siempre derrocha, para mostrar un agente serio y aguerrido.
—¿Dónde está el otro inspector? El chulo.
—No se preocupe por él ahora. Centrémonos en usted.
—Bien. Pues ya me diréis qué he hecho esta vez. Parece que cada vez que se oyen los rumores del asesino de El Bosco tenga yo la culpa de todo.
Aura sonríe con orgullo. Le gustaría saltar la mesa que los separa y arrancarle los labios a golpes, pero debe controlarse. Aunque su autocontrol cada vez tiene menos autonomía.
—Si no apareciera su nombre cada vez que removemos un poco la mierda que El Bosco va dejando, quizá no tendría que venir a visitarnos tan a menudo. Así que no creo que esté usted en disposición de quejas o reclamaciones. Esto es un asunto serio y me temo que esta vez vamos a ser menos permisivos que la anterior visita que nos hizo.
Sus palabras golpean con fuerza el cuerpo de Ramón, que se remueve incómodo en la silla mientras traga con fuerza el ataque directo que ha recibido por parte de la subinspectora. Tras eso asiente sin decir nada más.
—Bien. Nos gustaría saber qué relación tiene usted con la residencia La Esperanza.
La pregunta descoloca al viejo taxista. Mira a Víctor y a Aura, y luego se incorpora sobre la silla dura que le han ofrecido los compañeros.
—No entiendo la pregunta. ¿Qué residencia?
—La pregunta es clara, señor Silvano. No tenemos tiempo para regalarle, así que responda a la primera si puede ser. ¿Qué relación tiene usted con la residencia La Esperanza?
Ramón duda. Aprieta las manos contra sus piernas y sus dedos pierden color a causa del esfuerzo. Cuando la tensión es liberada, se humedece los labios y dice:
—Trabajé allí durante algunos años, cuando era joven.
—¿Durante cuántos años trabajó allí?
—No estoy seguro. Desde 1992 hasta el año 2000.
—¿Le suenan de algo los nombres de Pere Lloret Bañuls, Inés Mayor o Eusebio Grillán?
Ramón aparta la mirada. Remueve todos los archivos de su cabeza y luego, tras poner los ojos en blanco, vuelve con la subinspectora.
—Me suenan los nombres, pero no caigo ahora. ¿Qué ocurre con esa residencia?
—Estos son los nombres de varios ancianos que residían en La Esperanza en la época en la que usted trabajó allí. ¿Cuáles eran sus funciones?
—Mi trabajo era el de llevar a los viejos al centro médico y esperar allí para devolverlos luego a la residencia.
—¿Y no recuerda haber trasladado nunca a alguno de estos ancianos? —Aura insiste con velocidad. No quiere hacer pensar a Ramón porque sabe que, si una persona piensa una respuesta, es muy fácil que sea mentira.
—Apenas recuerdo lo que hice la semana pasada. ¿Cómo quieres que me acuerde de esas personas? Yo no estaba en la residencia. Solía estar en la sala donde los trabajadores descansaban, así que ni siquiera los veía a diario.
Víctor toca la pierna de su compañera para llamar su atención y, cuando Aura lo mira, le pide salir unos segundos.
Ya fuera vuelven a observar la danza de piernas inquietas y manos sudadas de Ramón, que parece estar hablando solo cuando se siente a salvo de la presión de los agentes.
—¿Crees que pueda ser otro objetivo de El Bosco? —pregunta Víctor sin apartar la mirada del sospechoso.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que, a lo mejor, la idea de comprarle el taxi en aquella época estuvo orientada a que fuéramos tras él. Quizá Mateo intentó que lo inculparan a él y así cobrarse sus actos.
Aura levanta la barbilla y lleva su mirada hasta el techo falso que dejó de ser blanco hace años.
—No encaja con la forma de actuar de Mateo. Además, recuerda que el objetivo de Mateo fue siempre Javier y los que tuvieron algo que ver con su madre. Esto parece obra de otra persona, pero usando la misma firma.
—Sí, y el verdadero Bosco siempre fue el mismo. Mateo era solo un títere bajo sus garras. Tal vez estuvo siempre manejado por la misma persona. A lo mejor la idea de El Bosco fue utilizar a Mateo para sus propios fines.
Aura intenta buscar otras conjeturas en la hipótesis de Víctor. Necesita desmontar su versión para buscar una culpa en el hombre que se revuelve en su asiento a pocos metros de ella.
No encuentra nada.
—Vamos a averiguarlo entonces. —Y los dos vuelven a entrar en la sala solo para ver cómo el rostro de Ramón se deforma otra vez.
—¿Has recibido alguna nota las últimas semanas? A lo mejor has notado algo extraño.
—¿Algo extraño como qué? —pregunta nervioso el sospechoso.
—No sé. Puede que notaras que alguien te seguía. Alguna llamada, mensajes…
Ramón mueve la cabeza con velocidad, tanta que sus ojos parecen perderse en algún punto de sus cuencas. Se pasa la mano por su sucia melena y vuelve a negar.
—No que yo sepa. ¿Acaso estoy en peligro?
Aura sonríe, predispuesta a infundir algo de temor en el cuerpo de Ramón. Intenta buscar, de esa forma, que la verdad se muestre en los gestos del hombre.
—Solo sabemos que El Bosco está cargando contra todos los que tuvieron algo que ver con estos ancianos. Ya ha matado al hijo del director que trabajaba en esa residencia en la misma época en la que lo hizo usted. Así que yo tendría cuidado. De todos modos, si nota algo raro, puede llamarnos. Bajo ningún concepto se exponga al peligro, ¿me oye?
—¿Por qué iba a atacarme a mí? Yo no he hecho nada.
Y, justo cuando termina su defensa, la puerta se abre. Es Raúl quien entra con la mirada gélida y el cuerpo erguido en una postura tan recta que parece arañar el techo. Ramón lo mira y sus labios se tensan. Sus ojos se tornan fríos ante la presencia del inspector jefe, que susurra algo a Víctor y se vuelve a marchar.
—¿Cuándo dejó el trabajo, a dónde fue? —Víctor responde como si Raúl hubiera aportado algo nuevo a lo que aferrarse.
—Pues me saqué la licencia para taxis y comencé a trabajar como taxista.
—¿Puede decirnos por qué dejó el trabajo en la residencia?
Ramón mira desafiante a Víctor. Este no aparta la suya. Se mantiene firme, con una sonrisa seria plasmada en su cara.
—Por diferencias con la dirección. No me gustaba cómo trataban a los ancianos.
—¿Y cómo los trataban?
—Creo que ha llovido mucho y no me apetece hablar de ello.
—Le recordamos que tenemos una orden para entrevistarlo. No vayamos a hacer esto más largo de lo que tendría que ser —insiste Aura que intenta infundir cierto miedo en el cuerpo de Ramón.
El hombre suspira con descaro y arruga la nariz en claro gesto de disconformidad.
—El director de aquella época era bastante duro. Digamos que le costaba tratar con los ancianos más desvalidos.
—Y eso le llevó a tener una pelea con él. ¿No es cierto? —vuelve a investigar Víctor.
—Veo que cuando quieren sí que hacen sus deberes. En efecto. Tuvimos una pelea y yo me despedí. Él me denunció y casi paso dos años en el talego por haberle roto la nariz. ¿Algún trapo sucio más que queráis sacar?
Los dos agentes se miran y comprenden que apenas tienen nada más contra el hombre, que ha aportado nuevos datos, pero nada de luz al caso.
—Si nota en algún momento que pueda estar en peligro, llámenos.
Ramón asiente y se levanta dispuesto a salir de la sala. Cuando el silencio se apodera de ambos agentes, Aura se adelanta a su compañero.
—¿Qué te ha dicho Raúl?
—Eso. Que Álvaro lo había denunciado en el año 2000 por agresión y amenazas.
—Me da a mí que ese director tiene muchas cosas todavía que decir. ¿Vamos a hablar con él?
Víctor asiente con desgana. Las horas comienzan a pesar en el cuerpo de todos los agentes.