El primer lienzo

El primer lienzo


15 de marzo de 2018, 13:23. Valencia

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15 de marzo de 2018, 13:23. Valencia

El Starbucks junto a la estación de tren de Valencia es el nuevo destino de los subinspectores. Con rabia, Aura ha tenido que apartar la idea de visitar a Álvaro tras una sorpresiva llamada que ha truncado todos los planes del equipo. Se trata de Amparo Fuster Mayor, hija de la anciana que se nombra en la escena de Rubén Ferrer.

—¿Raúl te ha dicho por qué tenemos que reunirnos con ella aquí? —pregunta Víctor, que tampoco entiende ese repentino cambio de planes.

—Al parecer esto es propiedad de la persona que vamos a ver. Es la hija de Inés Mayor. Por lo que me ha dicho Raúl, ha sido ella quien ha pedido que vengamos.

Cuando entran en la abarrotada cafetería, no parece que nadie preste atención a los dos agentes, que se sientan en una pequeña mesa junto a la cristalera desde la que se puede apreciar el contorno de piedra de la plaza de toros.

El tiempo pasa mientras ellos charlan allí sentados. No se puede decir que tranquilos, pero sí visiblemente calmados.

Al fin, tras varios minutos, aparece una mujer. Varios mechones de pelo rubio caen por debajo de una gorra con el logo del local, y sus labios carnosos se estiran en un rictus serio. La mujer mira a Aura y luego a Víctor.

—¿Ustedes son los agentes que han preguntado por mi madre? Inés Mayor.

—Tengo entendido que ha llamado usted para solicitar que viniéramos.

La mujer asiente con un marcado nerviosismo que se hace visible en el brillo de sus ojos y en sus manos aceleradas.

—Déjenme que hable con mi compañera y vuelvo enseguida.

La mujer, que podrá tener más de cincuenta años, se marcha con pasos rápidos hasta perderse entre una enorme mancha abigarrada de chaquetas y sudaderas que se agolpan junto al mostrador. Pocos minutos después aparece de nuevo con una carpeta en las manos y un gesto todavía más descarnado. No puede negar que los nervios sacuden su cuerpo. Cuando se sienta, deja la carpeta sobre la mesa.

—He estado viendo las noticias. Según parece el asesino ya ha dejado varios nombres más además del de mi madre. Todos nombres de ancianos.

—La prensa es muy indiscreta muchas veces —refuta Aura con verdadero hastío. Jamás le ha gustado tener que lidiar con los entrometidos de los periodistas. Aunque lo cierto es que jamás tuvo que hacerlo hasta que apareció Mateo.

—Bueno. Si es cierto, no me extraña que lo saquen a relucir. No sé qué querrá el asesino este que se llama como el pintor, pero si menciona a los ancianos estos para hacer justicia, creo que habría que escucharlo.

Aura entrecierra los ojos, mira a Víctor, que también parece sorprendido, y vuelve a centrarse en la mujer.

—¿Qué quiere decir con hacer justicia?

—Verá. Hace años, mi madre empezó a enfermar. Al principio comenzó con pequeños mareos tontos y olvidando detalles insignificantes: alguna fecha, la lista de la compra, se dejaba la cartera al salir. Poco a poco fue empeorando. Hubo alguna vez que llegó a olvidarse de que tenía a mi hijo en casa y no prepararle la comida. O incluso cosas peores. El caso es que todo empeoró cuando comenzó a desorientarse y a tener pequeños ataques. Fue entonces cuando supimos que el Alzheimer iba a peor. Fue en esa época que, durante una visita rutinaria, un médico nos recomendó una residencia donde estaban acostumbrados a tratar con ancianos con esta enfermedad.

—La Esperanza —añade Aura con interés.

—Sí, esa. Yo nunca he sido una persona que piense que la solución está en abandonar a un ser querido en una residencia, pero en el caso de mi madre, sí lo vimos como una buena opción. Cuando llegamos allí y nos recibieron todo parecía ser lo más bonito del mundo. Me vendieron que mi madre estaría con los mejores. Que tendría los mejores cuidados. Que la mimarían mucho y estaría encantada allí.

—¿Sobre qué año fue eso?

—Ella ingresó en el año 1995, en verano. Y bueno, al principio no vimos nada raro. Mi madre poco a poco iba a peor, ya se sabe que esta enfermedad es degenerativa y nos hicimos a la idea de ello. Lo extraño vino al cabo de unos meses. Primero cuando nos negaron una visita porque, según ellos, había sufrido un pequeño brote psicótico y necesitaba reposo absoluto durante al menos un par de días. No pudimos visitarla hasta casi una semana después. —Sus ojos se humedecen al obligarse a recordar e intenta enjugarse las lágrimas con disimulo—. No recuerdo a mi madre en tan mal estado como aquella tarde. Sus ojos estaban idos. Tenía los brazos llenos de moratones y apenas movía la cabeza. Ni siquiera me reconoció. Quise sacarla de allí, pero el médico que nos atendió, que fue el mismo que me recomendó la residencia, dijo que no era aconsejable.

—¿Sabe qué médico era?

—Jamás olvidaré su nombre. Se llamaba Cristóbal Almunia. Un hombre con muchas buenas palabras y poca buena voluntad.

—¿Qué ocurrió entonces con su madre?

La mujer aprieta los labios y niega con la cabeza sin poder negarse al dolor que le bloquea la garganta. Tarda casi un minuto en poder lanzar la primera palabra al aire.

—A las pocas semanas faltó. Al parecer a causa de la misma demencia, su cuerpo falló del todo. Pero yo sé que no fue por eso. En esa residencia pasaban cosas raras.

—¿Le dijeron la causa de la muerte?

—Una neumonía derivada de su misma enfermedad. Mire, agente, he estado leyendo mucho desde que mi madre faltó y es cierto que el Alzheimer es responsable de muchas muertes. Pero es una enfermedad letal a largo plazo, mi madre estaba relativamente bien cuando entró en la residencia, y en apenas un año murió. Y no es eso lo peor. —La mujer mira en derredor, como si buscase posibles focos de filtración antes de proseguir con seguridad—. Todos esos nombres que han aparecido son ancianos que también tenían Alzheimer. Todos ellos murieron en el centro. Cuando descubrí que había más casos intentamos investigar y llegamos a sospechar que en esa residencia se hacían todo tipo de experimentos con los ancianos. Muchos acababan con la muerte del paciente. Había mucha mierda ahí, señorita.

—Es muy grave esto que está diciendo, ¿lo sabe? —Aura intenta no convencerse de las teorías de esa mujer, aunque le resulta complicado no creerla.

—No tiene que creer lo que yo diga. Mírelo usted misma. Tenga. —En ese momento arrastra la carpeta por la mesa hasta dejarla junto a las dos tazas de café con leche que había servido a los agentes momentos antes—. Intentamos denunciar muchas veces, recoger firmas. Incluso contratamos investigadores, pero siempre quedaba en nada. Alguien no quería que eso saliera a la luz porque al poco de empezar a investigar llegaron varias amenazas. Mi padre tenía varios locales y comenzó a recibir todo tipo de inspecciones. Varias denuncias nos obligaron a cerrar una cafetería y por poco acabamos arruinados. También varios detectives lo dejaron de la noche a la mañana sin decir nada ni devolver el dinero. Esto es mucho más grande de lo que parece, y ese asesino lo sabe.

Aura no es capaz de responder. Su cuerpo se congela frente a la carpeta. Intenta abrirla para poder analizar todo lo que la mujer le dice, pero el temor a lo que pueda encontrar deja su cuerpo aterido por el frío de sus propios pensamientos. La mira con temor y, tras hacer un esfuerzo, la abre.

No se centra en buscar detalles en él, sino que pasa las hojas de forma apresurada, revisando las imágenes. Puede ver varias fotografías en las que reconoce a Ramón subiendo a varios ancianos en la ambulancia. Luego volviéndolos a dejar. También varias en las que aparece el mismo Ramón dejando a estos ancianos en el centro médico. Nada sospechoso, al menos, en las imágenes.

—¿Y dice que denunció? —insiste Aura intentando no mostrar el temor que inunda su cuerpo.

—Muchas veces. Todas las que fuimos hacían lo mismo: nos tomaban la declaración, que las tenéis ahí, y luego lo dejaban todo en un: «veremos qué podemos hacer». Fuimos también a Conselleria y obtuvimos las mismas respuestas. Yo siento lo que voy a decir, pero, si ese asesino está haciéndoles pagar por los crímenes que cometieron, me parece bien. Aunque esos chicos que ha matado no tenían culpa. Si quería cargar contra alguien, que lo hubiera hecho contra los responsables. Y el director ese de la residencia es quien tiene toda la culpa.

Los dos agentes no pueden seguir con la entrevista, ya que la mujer ha decidido no dar más detalles. Les regala la carpeta y se marcha de nuevo para atender a nuevos clientes que parecen agolparse de forma súbita sobre el mostrador.

Aura mira a Víctor.

—¿Cómo ha dicho que se llamaba el médico? —pregunta él con timidez, como si el hecho de creerse esa versión fuera un insulto.

—Cristóbal Almunia. Voy a llamar a Leo para que me consiga su dirección. No perdemos nada por ir a visitarlo.

—¿Piensas que podría tener algo de razón esta mujer?

—Tenemos que seguir todas las pistas que nos están llegando. No podemos descartar absolutamente nada. Sabemos que El Bosco tiene un plan y, si ha elegido a esta residencia, es por algo. Ahora tenemos que buscar la relación que hay entre esos nombres y las víctimas.

—La verdad es que todo encaja. Los ancianos, la Galantamina encontrada en el cuerpo de la hija del hombre que trabajaba en el laboratorio. ¿Y si estaban haciendo pruebas con estos ancianos? —Víctor empieza a tejer su madeja de ideas para construir una telaraña amplia de posibles causas. Su hipótesis cae con fuerza en la mente de Aura.

—Eso serviría de conexión para todos los casos. Pero seguimos sin saber por qué El Bosco. ¿Qué tiene esto que ver con él?

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