El primer lienzo

El primer lienzo


15 de marzo de 2018, 16:03. Valencia

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15 de marzo de 2018, 16:03. Valencia

A Leo le ha costado encontrar la dirección actual de Cristóbal. Según sus propias palabras, durante varios años ha sido como un fantasma.

Durante la hora y media que ha tardado en dar con su ubicación actual, Aura y Víctor han aprovechado para comer, pero sin alejarse del caso. Ella ha estudiado los informes recogidos por los primeros detectives que Amparo contrató.

En el papel apenas se recoge la información de los objetivos perseguidos por el primer detective, que no son otros que el propio director; Álvaro Ferrer, y varios trabajadores. Uno de ellos es el médico. La persona que están a punto de interrogar.

—Vive un poco lejos este hombre —comenta Víctor cuando aparca.

La ubicación está a las afueras de la capital del Turia, en una zona bastante rural llamada El Racó. Aura se detiene a observar el paraje. Todo a su alrededor son pequeñas casas de campo, acondicionadas y preparadas para que los propietarios cultiven sus propias frutas y hortalizas.

Cristóbal, al parecer, también lo hace.

Su terreno, aparte de ser amplio, está rodeado por pequeñas zonas arenosas sobre las que relucen todo tipo de hortalizas perfectamente separadas. Y tras esa pequeña marea verde se alza una casa grande de un solo piso, y un BMW X3 aparcado junto a la entrada.

—Bonita jubilación se le ha quedado —continúa el subinspector.

Aura, por su parte, no dice nada. Se limita a acercarse al pequeño timbre que hay junto a una enorme valla metálica y, a accionarlo, a lo lejos se oye el repicar del timbre.

El tiempo pasa y no parece apreciarse movimiento en el interior. Aura insiste.

Dos minutos más sin respuesta.

—Me parece que no está —dice ella sin apartar la vista de la casa.

—Es raro, su coche sí que está. Vuelve a llamar.

Aura repite su acción y obtiene como respuesta el mismo silencio tenso que se extiende por el ambiente cada vez más gélido. El sol va cayendo hacia un horizonte despejado, pero todavía tiene fuerza para mantener una temperatura estable de unos veinte grados.

—No hay nadie.

—Aura. Mira esto. —Víctor señala la cerradura de la valla. Está completamente deformada, como si alguien la hubiese forzado—. Está abierto. —Y sin apenas esfuerzo desliza el portón metálico hacia un lado. Un chirrido agudo precede al nerviosismo de los dos agentes.

Aura saca su arma y sacude la barbilla para indicar a su compañero que inicie la marcha. Víctor desenfunda también la suya y comienza a caminar por el polvoriente camino de tierra hacia la entrada de la casa.

El trayecto se hace largo bajo los pies cansados de Aura, que siente cómo se clava cada piedra en sus pies. Cómo el calor acaricia su nuca. Cómo el miedo hace temblar sus brazos.

Cuando llegan frente al coche, Víctor se detiene a revisarlo. Lo rodea y, tras asegurarse de que está limpio, sigue avanzando hacia la puerta principal. Una puerta pequeña de metal reforzado es lo que separa a los agentes de la realidad que les espera ahí dentro. Víctor lanza su puño contra el metal y hace retumbar la estructura un par de veces.

—¿Señor Almunia? Somos la policía. Queremos hablar con usted —dice él en un tono elevado, asegurándose de que, quienquiera que esté ahí dentro, pueda oírlo.

Aura sigue caminando hasta llegar al límite de la casa. Desde allí comprueba que no haya ningún movimiento extraño.

No lo hay.

Víctor repite su acción.

Sin respuesta una vez más.

El subinspector insiste por tercera vez y de nuevo el silencio se impone en el interior.

—¿Qué hacemos? —le pregunta a Aura.

Ella duda durante mucho tiempo. Tanto que Víctor tiene que menear la cabeza para comprender que ella ha escuchado su pregunta.

—Tenemos que entrar —deduce al final ella.

—Está cerrado.

—Puede necesitar ayuda.

—Bien, si preguntan, diremos que escuchamos a alguien pedir ayuda.

Y tras eso propina una fuerte patada a la puerta, que cede apenas unos milímetros. El agente retrocede un metro y vuelve a cargar una segunda vez contra la estructura. Esta vez no cede, pero se escucha cómo el marco cruje de dolor al tener que soportar la embestida. Víctor se prepara de nuevo y, tras lanzar un gruñido al aire, se lanza otra vez. Ahora sí la puerta vence y se proyecta con velocidad contra la pared, crujiendo cuando encuentra resistencia.

Los dos agentes entran con celeridad, y en ese instante comprenden que algo no va bien.

Un mefítico olor les atufa de golpe, como si quisiera repeler su allanamiento. Un hedor casi insoportable que obliga a los agentes a llevarse las manos a la nariz para soportar la agonía.

—Señor Almunia —grita Víctor con desesperación mientras accede a la primera de las habitaciones. Cuando sale de ella, niega con la cabeza a Aura para hacer que ella avance.

Es esta la que entra en la segunda de las habitaciones. Una habitación grande que Cristóbal debe de usar como salón. En el centro, un sofá bastante sucio de dos plazas se enfrenta a una televisión de sesenta pulgadas y un mueble repleto de copas llenas de polvo. Cuando abre la puerta, el olor se abalanza sobre ella como un borracho fuera de sí. El olor de la muerte es reconocible incluso para aquel que jamás ha tenido que enfrentarse a él. Para Aura, que ya lo conoce, no se le hace difícil comprenderlo. No necesita buscar demasiado, pues un cuerpo se encuentra en el centro de la estancia. Un hombre, vestido solo con unos calzoncillos que en sus mejores días fueron blancos, se halla sentado y atado a una silla, con la cabeza hundida contra su pecho y la muerte devorando ya parte de su cuerpo.

La joven no es capaz de contener la arcada que corrompe su voluntad, y se aparta para evitar contaminar la escena. Víctor hace lo propio.

Ya nada se puede hacer por esa persona. Nada salvo llamar a todo el personal necesario.

Los dos agentes habían preparado la zona tan bien como habían podido debido a las náuseas que se apoderaban de ellos cada pocos minutos. El estado del cuerpo —que pudieron identificar pasados unos minutos— era lamentable. Al hecho de que se apreciaba que la podredumbre iba consumiéndolo, los signos de tortura eran visibles. Sobre el brazo izquierdo todavía tenía clavado una especie de clavo artesanal que se hallaba envuelto con un cable. El mismo tipo de artefacto se podía apreciar en su pierna derecha.

—¿Crees que ha sido él? —pregunta Víctor con la voz todavía doblegada al tener que pasar por una garganta retorcida.

—Estoy segura de ello.

—¿Qué te hace estar tan segura?

—Mira detrás de la silla.

Víctor frunce el ceño y no aguarda para acercarse a la zona donde le ha indicado su compañera. Allí comprueba la certeza de sus palabras. Sobre la madera de la silla, y escrito con sangre, aparece otro nombre: Aurelio Ruzafa Cots.

—No podemos detenerlo —ruge enfurecido el agente, que siente cómo la impotencia domina su cuerpo.

—Caerá por su propio peso.

En ese instante, las sirenas alertan a los dos agentes, que se vuelven para ver cómo una nube de polvo contamina la escena.

El equipo ya ha llegado y esta vez lo hace con Héctor acompañando a Raúl. Ambos entran y no pueden evitar deformar sus rostros ante el hedor que allí se concentra.

—¡Por Dios! —dice Héctor cuando ve el cuerpo allí depositado—. Con este sí que hemos llegado muy tarde. —Se coloca la mascarilla y los guantes con celeridad, aunque niega con la cabeza continuamente.

—¿Cómo habéis dado con él? —pregunta Raúl con la seriedad tomando el control de cada parte de su cuerpo.

—Nos lo dio la hija de la última persona que mencionó El Bosco. La mujer que tú nos mandaste a visitar.

Raúl suspira con fuerza. Observa el cadáver del hombre y su rostro se deforma en una mueca de odio contenido. Aprieta la mandíbula y se da la vuelta.

—Pienso matar a ese hijo de puta cuando lo encuentre.

Aura no puede evitar la duda que la avasalla. Mira al inspector jefe e intenta comprender su comportamiento prematuro. Poco después entiende que cada uno disfraza la tensión a su antojo. Como buenamente puede.

—¿Lo conocías? —pregunta de todas formas. Ella nunca ha sido una persona de guardarse una sola duda.

Raúl niega con la cabeza.

—¿No han sido suficientes muertes para sentirme ofendido? —contesta derramando parte de esa furia contenida.

—Yo…

—No. No estáis viendo que este tipo nos está ganando la batalla. Va no uno, sino cinco pasos por delante mientras nosotros solo podemos limpiar la mierda que nos va dejando. Nos está rompiendo el culo mientras que nosotros nos dedicamos a jugar a los detectives privados. No, Aura, no lo conocía, pero tampoco me hace falta para saber que, o vamos todos a una, o cuando lleguemos ya será tarde para todos. —Sus palabras atacan de lleno en el pecho a la subinspectora, que no es capaz de pronunciar palabra. Ni ella ni ninguno de los presentes, que han quedado paralizados ante el repentino brote de furia de Raúl—. Y te recuerdo que Javier sigue ahí afuera.

Tras ese remate que destruye del todo a Aura, se marcha de la casa dando fuertes pasos. Tras eso quedan los agentes de la científica que empiezan a preparar el terreno, y Víctor haciendo de apoyo para Aura.

—No se lo tengas en cuenta. Estamos todos tocados.

Ella no responde. Intenta sonreír, pero sus ojos ya se han anegado de lágrimas y esta vez no es capaz de detenerlas. Comienza a llorar en silencio mientras aparta la mirada para evitar que nadie la observe y se aleja del grupo unos metros. Aura nunca ha permitido mostrarse débil, humana, por eso se aparta de todos cuando siente que se está por derrumbar. Víctor decide no insistir a pesar de entender el estado de su compañera. A pesar de comprender que todos, en algún momento, precisamos un abrazo. Y Aura lo necesita ahora, pero Víctor prefiere dejar que se aparte.

—¿Qué has visto? —le pregunta a Héctor, que ya se encuentra con el cadáver.

—¿Sabemos su nombre?

—Cristóbal Almunia. Setenta y dos años.

—Bueno. Seré más preciso cuando Navacaño me permita llevarlo a la mesa. En un vistazo rápido, y por lo que veo, la muerte casi seguro se ha producido por una fibrosis ventricular.

Víctor tuerce el cuello ante las palabras del forense. Este se ajusta las gafas y sonríe al comprender que el agente sigue esperando algo menos técnico.

—Un fallo cardíaco, para ser más coloquial.

—¿Lo han torturado?

—Pues eso parece. —El forense se acerca para observar las heridas que tiene junto a los punzones que tiene clavados y vuelve con Víctor—. Seguramente le ha aplicado una corriente algo baja para torturarlo. Aunque yo pienso que directamente buscaba su muerte.

—¿Por qué piensas eso?

—Sencillo. Mira los puntos donde ha clavado los puñales con la corriente eléctrica. —Héctor señala los dos punzones. Ambos cables van conectados a una fuente artesanal extraída de la propia pared—. Lo primero es que usar corriente alterna es mucho más efectivo para conseguir el fin de acabar con alguien. Al clavar una entrada en el brazo izquierdo, y una salida en la pierna derecha, se consigue cerrar el circuito y hacer que este pase por el corazón. Por lo tanto, se busca el fallo total del corazón, que acaba por ser incapaz de bombear sangre.

Víctor asiente con desprecio al saber que esa víctima jamás tuvo oportunidad de redención. No quiere pensar en el sufrimiento que tuvo que pasar. Tampoco en lo que buscaba El Bosco con su tortura. Solo le interesa ver si puede sacar algo de ese crimen.

—¿Puedes estimar una fecha?

—Por las manchas que veo en su estómago está en fase cromática todavía. Hablamos de entre diez y doce días.

—Es decir que, por ahora, este hombre fue el primero.

Héctor se encoge de hombros. Ambos saben que todavía están navegando por aguas muy turbias. Víctor es más consciente de ello tras haber leído las notas de Mateo. Mira a Héctor y suspira con temor.

—Víctor. —La voz de Aura hace que dé un respingo y se vuelva casi como un acto reflejo. La voz proviene de otra sala algo más alejada.

Cuando llega a la habitación, que es desde donde Aura lo ha reclamado, la encuentra mirando con los ojos todavía enrojecidos algo sobre una pequeña mesa de madera.

—¿Qué pasa? —pregunta él sin salir de su aturdimiento.

Aura hace un gesto con la cabeza en dirección a la mesa y es cuando Víctor mira que se convence del paso de El Bosco por aquel lugar.

Sobre la mesa descansa un extracto nuevo del cuadro que el asesino está usando para estos nuevos crímenes. En él se observa a Melchor depositando un objeto de oro y perlas como ofrenda al niño Jesús.

—Chicos. Tenemos que volver a comisaría. Hay que ponerse al día con los nuevos hallazgos —informa Raúl con la voz todavía dura.

Todos se miran con desgana.

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