El primer lienzo
15 de marzo de 2018, 20:49. Valencia
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15 de marzo de 2018, 20:49. Valencia
Aura y Víctor se detienen frente a la puerta del apartamento de Álvaro Ferrer. Ella intenta eliminar ese dolor que se ha alojado en su pecho y lleva una hora sin querer dejarla. Víctor sigue en silencio.
—¿Vamos? —Aura lo mira y espera a que este asienta para llamar al timbre.
El eco agudo retumba por toda la casa sin que parezca que haya nadie dentro. El tiempo va demasiado lento cuando el temor es tu aliado. Vuelve a llamar al timbre pasados unos segundos.
Nadie parece responder al otro lado.
Insiste una tercera vez y es entonces cuando un rugido afónico se deja oír a través de la madera blindada de la puerta. Antes de que la luz del interior se precipite al descansillo se oyen los cerrojos deslizándose por el metal.
Cuando la puerta se abre, la presencia destruida de Álvaro sorprende a los dos agentes, justo antes de que un pútrido olor se escape del interior.
Aura traga saliva y se tapa la nariz al toparse de frente con ese hedor a vómito y desidia. Mira a Álvaro y niega con la cabeza. El rostro desaliñado del anciano se compenetra con unos ojos completamente rojos y un batín sucio y maloliente.
—¿Qué mierda queréis ahora vosotros? —pregunta con una voz ronca y gutural.
—Nos gustaría hablar con usted acerca de unas averiguaciones que hemos hecho hoy —responde Aura en su tono más formal.
—¿Habéis averiguado dónde está el asesino de mi hijo?
La subinspectora niega con la cabeza con el rostro compungido. No por la pregunta del hombre, sino porque no es capaz de sacar de su cabeza a Javier. Mientras El Bosco no aparezca, él tampoco lo hará.
—Es importante para el caso y puede que, con su información, demos con él.
—Pues, si no habéis encontrado a ese hijo de puta, yo no tengo nada más que decir. Volved cuando lo tengáis.
Álvaro intenta cerrar la puerta, pero un pie se cuela en el espacio que había dejado al abrir para atender a los agentes. Es Víctor quien, con un veloz movimiento, ha impedido que el anciano se pierda de nuevo en el interior de su vivienda.
—Señor… —intenta decir él.
—Pero ¿quién coño te has creído que eres? Quita el pie de ahí —gruñe el viejo con los ojos casi fuera de sus órbitas mientras toma algo de impulso para cargar con más fuerza.
Es entonces cuando Víctor golpea con el hombro la puerta. El anciano retrocede ante la embestida y pierde el equilibrio. Aura observa cómo el cuerpo del hombre se tambalea en una marcha irregular de espaldas que acaba por derribarlo. Su cuerpo cae con aplomo contra el suelo y un fuerte estallido seco se escucha con eco en la puerta. Cuando el silencio los devuelve a la realidad, ven que el anciano ha quedado tumbado en el suelo completamente inmóvil.
—¡Mierda! —dice Víctor al percatarse de que Álvaro se ha golpeado la cabeza contra la pared—. Cierra la puerta —pide a su compañera, que obedece de inmediato tras asegurarse de que nadie más haya podido presenciar la escena.
—Vamos a ponerlo en el sofá. —Y juntos lo arrastran hasta el salón.
Allí lo dejan sobre el sillón mientras comprueban su estado. El hombre respira sin dificultad y no parece que el golpe revista gravedad.
—Está inconsciente. ¿Qué hacemos?
Aura mira en derredor ante la pregunta de su compañero. La casa es un hervidero de basura y desolación. Los platos sucios se reparten por la mesa, dejando un olor rancio que calienta la sala. Las persianas bajadas y la televisión apagada contrastan con el ambiente arruinado de aquel hogar.
—Creo que este tío no va a hablar. Así que podríamos buscar algo mientras el hombre descansa plácidamente.
—Sabes que eso no es legal —recrimina Víctor.
—Nada de lo que hemos hecho desde que hemos llamado al timbre lo es, Víctor. Así que o esperamos a que se despierte y nos arriesgamos a que nos denuncie o aprovechamos mientras duerme para intentar sacarle algo al tío este. Algo oculta. ¿No lo ves? —Aura alza el brazo en su dirección para mostrar la apariencia destruida de aquel hombre—. No creo que todo esto sea por la pena de haber perdido a su hijo. Hay mucho más aquí. Hay culpa, hay mucha culpa en su estado y en su forma de actuar.
Víctor resopla consciente del desdoro al que se está viendo sometido. Tras eso asiente con desgana y lleva su vista hacia el mueble del salón.
—Busca tú en su habitación. Yo me quedo aquí revisando entre los papeles del salón y atento por si se despierta.
Aura no responde. Se marcha con celeridad a la siguiente habitación.
Allí el desorden y la inmundicia es quizá mayor que en el resto de la casa. La cama deshecha; la ropa sucia y esparcida por el suelo sin orden alguno; el escritorio repleto de cartas y papeles que Aura revisa uno por uno para determinar que no le sirve nada. Rebusca por debajo de la cama, por los armarios y en cada caja que se encuentra a su paso, pero no halla nada importante.
En la siguiente habitación solo encuentra una tabla vieja de planchar y un montón de trastos inservibles y sin utilidad alguna. Pocos papeles para revisar y ninguno útil.
La siguiente habitación es la que debió destinar para su hijo, pues todavía conserva fotografías del joven y algunos recuerdos de su época imberbe. A pesar de saber que ahí no habrá nada de valor, ella escruta todo cuanto encuentra a su paso.
Solo queda una habitación que Aura deduce que es la que Álvaro utiliza para sus asuntos. Al fondo hay un escritorio con un ordenador apagado y varios cajones. Aura enciende el ordenador mientras busca en el interior de los cajones.
Solo pierde tiempo.
Cuando la pantalla del ordenador muestra el escritorio, se centra en cada carpeta que encuentra. Ve fotografías de él con su exmujer, todavía riendo; aparentemente felices. También hay carpetas que guardan documentos importantes y algunas con vídeos pornográficos lésbicos. Aura no puede evitar evocar una sonrisa pérfida ante las imágenes que presencia durante un segundo apenas.
En su ordenador tampoco resuelve nada, así que comienza a inspeccionar el armario que se encuentra a un lado del salón cuando la voz de Víctor la sobreviene.
En el salón se encuentra él con una caja sobre la mesa. Víctor ya ha extraído de ella varias carpetas y las ha dejado junto a los platos con restos de pan y salsa de tomate.
—Mira esto —dice él.
Aura se acerca con la respiración acelerada debido a la prematura carrera que se ha visto obligada a hacer cuando su compañero la ha reclamado.
Sus ojos se tornan blancos cuando lee la primera de las carpetas:
Inés Mayor Valdero
—¿Es lo que…?
Víctor asiente con una sonrisa que envuelve todo su rostro. Sobre la mesa hay más de doce expedientes. Víctor le muestra solo cuatro. Los cuatro mencionados por El Bosco en sus crímenes.
—Son muchos, Aura. Demasiados.
—¿Qué significa todo esto?
El subinspector se encoge de hombros mientras sigue sacando papeles y cartas del interior de la caja. También encuentran varias fotografías. En alguna de ellas se ve al mismo Álvaro con el pelo todavía oscuro y varios ancianos sonriendo. Otras imágenes muestran la residencia por aquel entonces. Y algunas enseñan a distintos personajes en posturas extrañas.
—Mira esto —alerta Víctor dejando varias fotos sobre la madera—. Estas fotos están tomadas sin que la persona lo sepa.
Aura asiente al entender lo que Víctor trata de decir. En la imagen se aprecia a un hombre tomando un café. Ese mismo hombre sale conversando con una mujer en otra de las instantáneas. Y en otra vuelve a salir conduciendo un Seat Ibiza negro.
—¿Esa chica no es…?
—La hija de Inés Mayor —sentencia Víctor ante la pregunta que Aura ha iniciado.
Los dos se miran y no dicen nada durante más de medio minuto. Y es gracias a ese silencio que se percatan de que Álvaro se empieza a revolver sobre su sillón.
Los dos agentes se aprestan frente al hombre y esperan a que este recobre del todo la consciencia. Cuando lo hace, su rostro se descompone debido al dolor que le sobreviene por la nuca y varias arcadas amenazan con deshacerlo por dentro.
—¿Qué habéis hecho? —dice entre gruñidos lastimeros con una voz casi irreconocible.
Ninguno de los dos responde. Siguen a la espera de que el anciano se recupere para poder iniciar su interrogatorio.
—¿Está usted bien? —se interesa Aura con una voz sincera.
Álvaro no responde. Termina de incorporarse con un ímprobo esfuerzo mientras se masajea el cuello.
—Os pienso denunciar por esto, malnacidos. ¿Qué hacéis? ¿Dónde estoy? —La falta de orientación hace mella en su rostro. Un rostro que ambos agentes deducen que se debe a una mezcla entre el estado en el que lo han encontrado y el golpe.
—No se preocupe, está en casa. Se ha tropezado y se ha dado un buen golpe. ¿Cómo se encuentra? —vuelve a preocuparse Aura, que no insiste en nada más.
Álvaro entrecierra los ojos, parpadea constantemente como si intentara aclarar su vista. Se reclina sobre el sofá y deja pasar unos minutos mientras vuelve a recobrar la compostura.
—¿Qué cojones queréis? Habéis sido vosotros. Tú… —dice lanzando su mano hacia Víctor—. Tú me has empujado.
—Señor Ferrer, ya le hemos dicho que queremos aclarar un asunto pendiente. Es necesario. —Aura intenta mostrarse comprensiva, cariñosa incluso. Hasta deja caer una ligera sonrisa que para nada llega a convencer. Aura nunca ha sabido mentir.
—¡He dicho que os vayáis! No tengo nada que hablar con vosotros.
Aura se mantiene serena frente al viejo, que parece querer levantarse, pero el dolor y su estado le impiden la acción.
—Señor Ferrer. Hemos encontrado el cuerpo sin vida de Cristóbal Almunia.
La expresión de Álvaro se descompone todavía más, como si hubiese perdido el poco color que todavía conservaba.
—¿Quién? —dice con la voz atropellada y un gesto que miente más que sus palabras.
—Cristóbal Almunia. Estoy segura de que sabe usted quién es.
—¿Y qué te hace pensar eso? No tengo ni idea de quién me estás hablando.
—Señor Ferrer, basta ya de mentiras. No voy a permitir que siga entorpeciendo una investigación policial. Si usted quiere que el asesino de su hijo siga campando a sus anchas, me parece comprensible. Pero eso no va a borrar la culpa de lo que hizo.
Las palabras de Aura caen con fuerza sobre el cuerpo del anciano, que se retuerce en su sillón cuando escucha las palabras de la subinspectora. Pero no son sus palabras las que le han hecho tanto daño, sino presenciar el imbricado abanico de expedientes que yacen sobre la mesa.
—¿De dónde habéis…? —intenta investigar con furia. Su cuerpo hace el esfuerzo de incorporarse, pero el dolor subvierte sus intenciones como si alguien lo hubiese golpeado de nuevo—. No teníais derecho. No…
—¡Ya basta! —grita ella con la mirada clavada en el rostro desfigurado del anciano—. Ya está bien de mentiras y pretextos. Sabemos que usted ocultó lo que se hacía en esa residencia. Solo quiero que me diga quién más estaba compinchado con usted a parte de todas las personas que El Bosco ha castigado ya.
Álvaro niega con la cabeza mientras busca, con unos ojos bailones, la forma de escapar de aquel encierro casi predictivo.
—No tenéis ni idea de lo que estáis hablando. ¿Que qué hacíamos? ¿Qué se supone que tiene contra mí?
—Tengo más de diez expedientes de ancianos muertos en extrañas circunstancias. Testimonios de gente que asegura que en esa residencia usaban a los ancianos de conejillos de indias. Tenemos fotografías que demuestran estas teorías y ahora solo nos falta que nos diga el motivo.
El hombre sigue negando cada vez con más velocidad ante las palabras de Aura, que no duda en arremeter con fuerza tras cada negativa del viejo director.
Víctor avanza unos pasos y se pone al lado de su compañera, con uno de los expedientes en la mano.
—¿Qué le pasó a Alberto Corona Pardo? —pregunta con interés—. ¿O a Rosa María Calatayud Piner?
—No sé quiénes son.
—Son todos ancianos que murieron bajo su dictadura en ese centro. Dígame, señor Ferrer. ¿Cuánto le pagaron?
Álvaro no responde. Mira con desprecio a los dos agentes y, con una sonrisa desafiante, se retrepa sobre el sillón otra vez.
—No tienen nada contra mí. No he hecho nada malo.
Y es en ese momento. Todo el dolor que Aura ha ido acumulando durante esos días. Toda la furia. Todo el estrés se materializa en un profundo gesto de rabia mientras se lanza con fuerza hacia el anciano. Lo toma por el batín y lo levanta casi sin esfuerzo.
—Utilizó la enfermedad de unos ancianos indefensos para poder enriquecerse con ello, ayudado por la complicidad de varios personajes que tenían menos escrúpulos que usted, y juro por mi vida que esta conversación la volveremos a tener, pero usted en una mesa y con unas esposas puestas, si no me dice ahora mismo lo que quiero oír.
El anciano, asustado, mira a Aura y, sin perder la sonrisa desafiante, levanta los brazos.
—Llévame detenido si lo prefieres. No tienes nada contra mí salvo esos papeles que no dicen nada.
Aura aprieta los dientes y lo lanza con furia de nuevo contra el sillón. El anciano se deja caer sin borrar la sonrisa de su rostro.
Antes de irse, Aura se detiene frente a él y niega con tristeza.
—Podrá usted negar la realidad que nos llevamos con nosotros —dice señalando la caja que ya tiene entre sus brazos—, pero jamás podrá borrar que la muerte de su hijo ha sido solo culpa suya. Espero que pueda vivir tranquilo sabiendo que su hijo murió por sus actos, y murió sufriendo.
Los ojos de Álvaro se llenan de lágrimas en ese momento en el que Aura sabe que sus palabras se han clavado con fuerza en su pecho. El hombre niega sin evitar derramar alguna lágrima y tuerce los labios a causa del dolor contenido.
—Hijo de… —intenta decir, pero su boca se llena pronto de palabras. Tantas que acaban estampadas en su paladar, formando un furioso galimatías de odio y rencor—. ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa! —grita con rabia, escupiendo parte de ese dolor en forma de espuma.
Los dos agentes salen del apartamento imbuidos en un silencio doloroso. Tanto que ninguno de los dos es capaz de mirarse siquiera durante el viaje en ascensor hasta la planta baja.
Cuando las puertas del ascensor se abren, ambos saben que algo no anda bien.
Un vocerío nervioso se proyecta desde el exterior. Víctor y Aura se miran extrañados y observan a través del cristal de la puerta que da acceso al edificio.
Pueden ver el paso ágil de varios vecinos, corriendo todos y con alarmantes gestos de temor. Cuando los agentes salen, una multitud ya se aglutina sobre un punto concreto de la calzada.
Aura corre en dirección a la melé que grita de forma inquietante. Cuando consigue abrirse paso entre toda esa marea de gente escandalizada, su corazón se detiene por completo mientras escucha una frase que se repite disfrazada de varias voces distintas. Todos dicen lo mismo: «ha caído de allí». Ella alza la barbilla para comprobar la ventana que todos señalan. Luego vuelve a mirar hacia el suelo y contempla el cuerpo sin vida de Álvaro, que reposa sobre el asfalto envuelto en un charco de sangre cada vez más grande.