El primer lienzo

El primer lienzo


15 de marzo de 2018, 22:31. Valencia

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15 de marzo de 2018, 22:31. Valencia

Durante más de media hora Aura se ha limitado a apoyarse sobre el capó de un Ford Focus negro, con las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza perdida. No es capaz de controlar unas emociones que cada vez se intensifican más. Sabe que todo está mal. Sabe que es la responsable de muchas cosas, entre ellas la muerte de Álvaro. Y sabe que el tiempo se le acaba.

Las luces de las ambulancias y más compañeros suyos han sustituido, poco a poco, al murmullo morboso de vecinos y curiosos. Ahora solo queda un cordón policial que rodea el cuerpo tapado de Álvaro, y muchas preguntas.

Preguntas que Raúl está dispuesto a averiguar cuando se acerca con pasos duros hasta los dos agentes. Víctor mira a su compañera y dice:

—Déjame hablar a mí. Al fin y al cabo, soy el único responsable.

—Estábamos los dos juntos, Víctor. Esto es cosa de los dos —responde ella con todo el arrojo que su orgullo le permite. Nunca ha sido una persona que se deje arredrar por ningún tipo de situación adversa.

Él sonríe, pero no dice nada más. No dice nada porque el inspector jefe ya se encuentra junto a ellos y, por el rostro que dibuja, no está contento.

—¿Qué coño ha pasado?

Víctor se encoge de hombros y mira a su compañera.

—No lo sabemos. Lo hemos dejado bien en su casa y cuando hemos salido del ascensor ya se había lanzado. No hemos podido hacer nada por salvarle la vida.

Cuando Aura vio el cuerpo supo que nada se podía hacer. Poca gente sobrevive a una caída desde un noveno piso. El cuerpo de Álvaro prácticamente había estallado al impactar contra el suelo. Las salpicaduras de sangre se proyectaban hasta casi medio metro del cuerpo y de su cabeza un reguero de sangre se abría paso a través de varias fracturas.

—¿Y qué le habéis dicho para que el hombre se lance por la ventana? ¿Estamos locos o qué? ¿Sabéis en el lío en el que nos vamos a meter por esto? —Raúl se muestra nervioso, sudado a pesar del frío, ojeroso e inquieto. Demasiado tratándose de una escena muy vista ya.

Víctor entrecierra los ojos, pues él tampoco es capaz de encontrar una explicación clara a su comportamiento. Aunque todos en el cuerpo están alterados los últimos días. Todos intentan acabar cuanto antes y encontrar a Javier. Todos sufren por igual.

—Es cierto que Álvaro estaba nervioso. Se notaba que no estaba en buenas condiciones cuando hemos llegado. Al principio se ha mostrado bastante agresivo, pero al final ha acabado por ayudarnos. Nos ha dado los expedientes de los ancianos que habían desaparecido. Los tenía él. Y luego nos hemos marchado.

—¿Os ha dado los expedientes? —pregunta Raúl sorprendido. No puede evitar lanzar una mirada a la caja que reposa en brazos del subinspector—. ¿Y os ha dicho por qué los tenía él?

Víctor niega con la cabeza.

—Ha sido poco comunicativo. Nos ha dicho que nos lo daba y que nos marcháramos para siempre. Ha quedado bastante tocado cuando le hemos dicho que ha aparecido el cuerpo de Cristóbal. Creo que ese puede haber sido el detonante.

Raúl mira la caja con los expedientes y luego lleva la vista al viejo director, que yace bajo una manta térmica que no es capaz de tapar toda la escena.

—¿Y no ha dicho nada más? Si tenía los expedientes él, debe de ser por algo. O bien nos ocultaba algo más y puede que ese haya sido el detonante que lo haya arrastrado a saltar, o tal vez el miedo a alguna represalia.

Víctor se encoge de hombros al entender él también esa hipótesis. Sea como sea, ya no se puede hacer nada.

—Bien. Aquí hay poco que hacer. Cuando venga el juez y nos permita llevarnos el cuerpo seguiremos con las investigaciones. Mañana iremos a ver a Héctor para que nos cuente las novedades. Vosotros id a descansar que ya es tarde. Yo llevaré la caja a comisaría y mañana lo analizamos todo.

Los dos inspectores asienten y se pierden en una marcha fúnebre de pasos a medias y suspiros entrecortados. Una marcha que se alarga hasta que Aura llega a su casa, después de haber dejado a Víctor.

De nuevo tiene que enfrentarse a un hogar vacío, triste, oscuro. De nuevo entre susurros propios que le retuercen el alma. De nuevo para enfrentarse a una noche entrecortada mientras se castiga por seguir sin dar con Javier.

Sin ánimos se prepara una lasaña en el microondas y se sienta en el salón a investigar los datos nuevos. Ella siempre ha sido meticulosa, precisa, cuestionadora. Y más desde que, mientras investigaban la segunda ola de crímenes de El Bosco, supo que hubo archivos que desaparecieron. Ahora todo lo que encuentra lo fotografía o graba con el móvil. Y eso había hecho con los expedientes de la residencia y las fotografías encontradas.

Compara los nuevos datos recabados con los que ya tenía para hallar en ellos pistas que puedan ser relevantes, pero solo encuentra información. Demasiada información.

Los expedientes de los ancianos no dicen nada nuevo. Todos son expedientes normales que adjuntan los partes de defunción. El primero en morir fue precisamente el último nombre hallado: Aurelio Ruzafa. La última fecha que ella encuentra es de 1997 con el nombre de Purificación Martínez Doménech.

Aura deja de lado los expedientes para centrarse en las fotografías en las que aparece Amparo Fuster, la hija de una de las ancianas. Tras eso revisa los archivos que ella misma le dio, pero no localiza el nombre del detective, por lo que decide llamar a la mujer.

La luna clara se pasea por un cielo sin estrellas cuando Aura llama a la mujer, que responde con una voz entumecida a causa del sueño que la subinspectora ha estropeado.

—Señora Fuster. Lamento llamarla en un horario tan intempestivo, pero hemos encontrado algo que podría ser interesante y necesitaba hablar con usted.

La mujer no responde al otro lado. Se limita a lanzar un gemido de conformación a las palabras de Aura, que ya se dispone a remover los papeles que tiene sobre la mesa.

—Recuerdo que usted me dijo que había puesto varios detectives y que todos acabaron por abandonar el caso.

—En las carpetas tienen todos los datos que recabaron.

—No es eso. ¿Recuerda su nombre? Me gustaría tener la oportunidad de hablar con él.

Amparo guarda silencio al otro lado. Un silencio que Aura no sabe si interpretar como una duda o como el cansancio que precede a la interrupción del sueño. Al final entiende que es una duda cuando la mujer suspira al otro lado.

—Verá, no es que no quiera decirle el nombre. Es que ya van varias personas que preguntan por él y siempre acabo recibiendo reprimendas del señor. Y tiene toda la razón. El otro detective se marchó sin dar señales y hace décadas que ya no he vuelto a saber nada de él.

Aura se sorprende al escuchar eso.

—¿Quién más le ha preguntado por él?

—Desde que ocurrió todo son varias las personas que me han preguntado. Algunas veces la policía. Otras algún familiar de otros ancianos. El último fue hace unos meses. Vino un hombre interesándose por su paradero. A las pocas semanas se presentó este señor diciendo que no volviera a mandarle a nadie más. Que él era un fantasma para mí.

—¿Puede decirme quién preguntó por el detective?

—No lo sé. Era un hombre de mi edad. Decía que era un familiar de uno de los ancianos. Al parecer se puso bastante agresivo con el detective.

La subinspectora lleva la mirada al techo antes de suspirar. Sabe que todos los pasos que tiene que dar le acercan más a Javier, aunque parezca lo contrario.

—Señora Fuster. Créame que es importante. No diré que me ha dado usted su nombre, descuide.

Amparo vuelve a encerrarse en su ya característico mutismo, hasta que al final, tras resoplar con desgana, cede.

—Se llama Juan Ramón Astur. Está jubilado, aunque tiene un despacho en la calle Bernat Descoll.

Aura cuelga tras agradecer la información y se prepara para poder desgranar cada duda que posee. Revisa de nuevo los documentos de Amparo, las fotografías, los manuscritos. Todo hasta que llega a las notas de Mateo. Un cosquilleo recorre su espalda cuando ve su letra.

Cada vez son más las fotografías que recibo. Creo que ya empiezo a entenderlo todo. Él es mi hermano. Él también fue castigado por los pecados de los demás.

Por el pecado que esa mujer trajo consigo utilizando su poder para manipular a unos hombres débiles que acabaron por condenar a mi madre. A la suya. Las fotos ya dominan la pared de mi habitación y ahora he podido comprender por qué mi madre siempre me enseñó a contemplar ese maldito cuadro. Lo he visto.

He visto cómo pinta. Cómo utiliza sus manos para crear vida en un papel blanco. He visto su poder y, gracias a las imágenes que recibo casi a diario, entiendo su protagonismo. Él será quien me represente. Pero sigue siendo impuro. Por mucho que quiera formar parte de todo esto, tendré que ponerlo a prueba igual que mi madre me puso a prueba a mí.

Hoy empezará todo. Ya he recogido la cinta que me mostró la verdad y he comprado una videocámara para completar en ella las consecuencias de sus actos. Hoy comenzará todo. Hoy se iniciará el círculo.

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