El primer lienzo

El primer lienzo


16 de marzo de 2018, 09:19. Valencia

Página 39 de 57

16 de marzo de 2018, 09:19. Valencia

El mundo parece que ha cambiado de la noche a la mañana. El ruido incesante de grúas trabajando a destajo, los cánticos enfervorecidos de alcohólicos legitimados por una fiesta que impulsa la ciudad cada mes de marzo, y el intenso calor que se precipita sobre las calles, a pesar de la hora, hacen que Aura se aleje por momentos de sus pensamientos.

Solo por momentos.

Como es costumbre en el equipo, el vehículo que usan se alterna entre los distintos compañeros cada día, así que hoy le ha tocado a Víctor recogerla. A pesar de todo, la dinámica es la misma de los últimos días. Un silencio que se extiende más allá del hola inicial.

Ya en comisaría, es Víctor quien parece querer hablar. Al menos sus ojos inquietos dan muestra de ello.

—¿Has podido dormir? —pregunta al fin, como si sus palabras le quemaran por dentro.

Aura niega derramando un suspiro resignado.

—Tengo el nombre del detective. —Sus palabras son una doble respuesta. Por un lado, quiere expresar que, una vez más, su noche ha sido un ir y venir de una punta a otra de la cama, viendo pasar la luna frente a su ventana. Por otro, la confirmación de que sus avances son perceptibles.

Víctor no parece pensar lo mismo. Su mirada evoca el temor que podría sentir un hermano. Un padre.

—¿Cuánto has dormido?

—Estoy bien. Anoche estuve analizando todos los datos que tenemos y volví a ver las últimas notas de Mateo. Creo que alguien lo obligó a hacer lo que hizo.

—¿Crees que pudo ser El Bosco?

Aura se encoge de hombros.

—El Bosco es a quien él llama hermano. ¿Piensas que, si él estuvo detrás de la locura de Mateo, se arriesgaría a pasar por lo que pasó? No sé, no todo el mundo está preparado para ser torturado.

—Jamás Mateo confesó que torturara a nadie. Puede que la versión de El Bosco con respecto a sus cicatrices fuera infundada. Sabes que no tenemos la certeza de lo que pasó en el pasado.

—Tampoco podemos decir que fuera mentira. Las cicatrices las vio Javier. La confesión se la hizo el propio Bosco. Habría que darle al menos un voto de fe.

Víctor bufa con desgana y se pasa la mano por su cabellera rubia.

—Necesito comer algo. No puedo pensar con el estómago vacío y ahora mismo lo único que se me ocurre es ver al propio asesino de El Bosco como instigador. Si no es así, hablamos de más personas, y eso a mí me acojona mucho.

Aura guarda silencio al entender las palabras de su compañero. Guarda silencio también porque están llegando al despacho del Raúl. Pero sobre todo guarda silencio porque el ruido que se proyecta del interior de ese cuarto hace retumbar los cristales.

—¿Qué está pasando ahí? —investiga Víctor alargando el cuello para intentar percibir algo más de aquella discusión.

En el despacho, la apariencia de Raúl se halla encogida frente a un Navacaño embravecido. Los gritos se escuchan desde el exterior y Aura puede ver cómo hace aspavientos mientras increpa al inspector jefe, que se encuentra sentado en su sillón, a diferencia del juez, que está de pie a su lado.

—No puede pedirme que espere. Estamos recogiendo cadáveres por todas las calles y todavía tenemos a un inspector de la unidad en paradero desconocido. Es decir, que a lo mejor tenemos que pagarle horas extras a los forenses, que ya están saturados.

Raúl responde, pero su tono de voz es tan sutil que apenas llega a rozar los cristales de la pequeña sala.

Víctor se acerca a la puerta y aguarda. Aura hace lo propio mientras ven llegar a Leo, que camina con lentitud desde la zona de vestuarios. Daniel lo acompaña con gesto serio.

—Bien, Raúl. Voy a ordenar que traigan a Manuel Frutos y serán los inspectores a tu cargo los que lleven el interrogatorio. Si no quieres participar, me parece bien, pero no voy a esperar más.

—Sabe que el señor Frutos tiene muchos contactos. Podríamos meter la pata si lo traemos sin pensar antes las cosas. —Esta vez la voz de Raúl sí se llega a proyectar al exterior.

—Me da igual lo que pueda decir ese hombre. La vida de un compañero está en juego, y no solo eso. Tenemos un asesino en serie suelto por la ciudad. La paciencia nunca fue una de mis virtudes.

El silencio que precede a las últimas palabras del juez se rompe cuando la puerta se abre para dejar ver su rostro encendido. Sus ojos crecen al toparse de frente con los agentes, pero vuelve a su estado natural un segundo después. Mira a Aura y respira con fuerza.

—Buenos días. He dado la orden de traer al señor Frutos para ser interrogado con respecto a los ancianos fallecidos en la década de los noventa. Quiero que sea usted quien lleve el interrogatorio.

Aura no dice nada. Busca cobijo en los ojos de Víctor y lo único que logra hacer es abatir la cabeza en un movimiento de asentimiento. Gesto que el juez da por bueno antes de seguir caminando. Cuando su presencia se disuelve como un momento incómodo, Raúl sale del despacho con la cara congelada en una facción tensa de odio contenido. Arruga la nariz mientras pierde su mirada en un punto lejano de la sala.

—Tenemos que irnos —dice sin más ante el desconcierto del resto del equipo—. Héctor nos espera.

El camino hasta el IML es pesado, lento y cargado de un ambiente enrarecido. Víctor no ha hablado en todo el recorrido. Una vez en el centro, Raúl tampoco se ha mostrado colaborador. Los únicos que se mantienen en un estado casi lineal son Leo y Daniel, que charlan algo más alejados del grupo.

Cuando entran en la sala donde Héctor prepara los informes, el hombre no puede evitar sobresaltarse al encontrarse con la repentina aparición de todos los agentes.

—Vaya. Imaginaba que vendríais dos o tres, no toda la familia. —Su mirada viaja de agente en agente, como si quisiera cuestionar cada presencia—. Pero bueno, mejor. Solo lo tendré que decir una vez.

—¿Qué es lo que tenemos? —pregunta Raúl sin mostrar sentimiento alguno.

—Pues muchos cadáveres y todavía más sueño.

Aura pone los ojos en blanco y niega lanzando una leve sonrisa que desdibuja su rostro.

—¿Algo nuevo sobre Cristóbal? —insiste el inspector jefe.

—Pues lo cierto es que sí. Hay algo realmente aterrador con este cuerpo.

Todos miran sorprendidos al forense, que saca de su escritorio varias fotografías, todas ellas pertenecientes al informe de Cristóbal Almunia. Nadie se fija de forma directa en las imágenes. Nadie tiene tanto estómago.

—Lo cierto es que el nivel de descomposición del cuerpo estaba bastante avanzado, por eso hay ciertos aspectos a nivel epidérmico que me ha costado definir. La habitación donde fue encontrado reunía las características perfectas para que las condiciones de fermentación fueran ideales. Esto ha avanzado mucho el período de gasificación. Como dije in situ, la muerte fue debida a un fallo cardíaco provocado por la corriente a la que fue sometido.

—¿Puedes decirnos cuánto tardo en morir? —interrumpe Aura. Con esa pregunta intenta deducir si la muerte fue producto de una tortura con la intención de sacar información, o la única idea del asesino fue infringir daño. Las posibilidades de esa pregunta retuercen el alma de la subinspectora.

—Me alegra que hagas esa pregunta. Por lo que he visto, sí que hay un indicio de tortura. Si bien cuando se encontró el cuerpo la posición de los punzones eran una declaración de intenciones, a medida que fui revisando el cuerpo, vi rastros de quemaduras.

—¿Y eso no podría ser producto de la misma corriente? Tengo entendido que cuando alguien recibe una descarga el cuerpo puede llegar a presentar quemaduras por cualquier zona por donde haya pasado la electricidad.

Héctor lanza una ligera sonrisa mientras se acomoda las gafas. Luego saca dos imágenes y las deja sobre la mesa, al alcance de cualquier curioso.

—Así es. Y el cuerpo del señor Almunia tenía quemaduras por todo el cuerpo. Además de varias ampollas en la zona donde la corriente fue más severa. Pero hay un detalle que caracteriza a las electrocuciones y es que cuando el objeto que porta la electricidad hace contacto con la piel, deja una quemadura con el dibujo del propio objeto. Si veis en las fotos, hay quemaduras con forma de punzón por varias zonas del cuerpo. Son quemaduras que varían en función de la exposición. En este caso se ve claramente que el agresor no tenía intención de matarlo, sino de causar dolor.

—¿Nadie se dio cuenta de que estaban torturándolo? ¿Cómo pudo pasar tantos días ahí? —Ahora es Víctor quién se preocupa por los vericuetos de ese caso.

Y, ante la pregunta de Víctor, Daniel toma la delantera para responder con un tono formal.

—Hemos investigado un poco con Leo y al parecer Cristóbal no era un ser muy querido. Hacía años que no se hablaba con su hijo y su exmujer no parecía muy afectada con su muerte. Ha confesado que hace más de diez años que no sabe nada de él.

—Vaya. Estaba muy solo este hombre. Quizá El Bosco lo sabía, por eso se molestó tanto en castigarlo.

—Tal vez él fue quien inició todo este caso. —Aura lanza al viento su hipótesis como quien piensa en voz alta. Sin percatarse siquiera que está hablando. Cuando lo hace, ya es tarde, todos están mirándola.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Raúl con una mirada triste que atraviesa sus propias ojeras oscuras.

—Pues que tal vez lo torturó porque necesitaba recabar algunos nombres. Puede que Cristóbal haya sido el que ha iniciado esta nueva obra.

Nadie más habla. No hablan porque saben que las palabras de Aura son una realidad tan palpable que se vuelve por momentos irrefutable.

—También debo decir que al aplicar corriente los músculos se contraen, por lo que gritar se vuelve imposible. Como mucho con las descargas más flojas y dudo que pudiera alzar la voz. También quiero decir que la muerte se provocó usando la propia corriente alterna de la casa, y sabemos que la corriente alterna es la que más afecta a la frecuencia del corazón. Quería asegurarse de matarlo. Las quemaduras no son tan graves si tenemos en cuenta la exposición a la que el cuerpo se vio sometido.

—Bueno. Ya sabemos que el asesino tiene toda la información que Cristóbal le haya querido dar. Así que podemos esperar cualquier cosa. —Raúl sigue abatido, con la cabeza agachada y la mirada sin rumbo, cansado y triste—. Tenemos trabajo por hacer…

—Esperad. Hay algo más —injiere Héctor para que todos le presten atención—. Ya les dije que este examen ha sido el más perturbador, y es aquí donde llega lo terrorífico. Cuando he abierto su estómago, he encontrado esto. —Del mismo escritorio saca una muestra sellada en una bolsa hermética y marcada para que el laboratorio de química lo analice.

—¿Qué es eso? —investiga Aura alargando la mano para tomar la bolsa. En su interior una pequeña muestra oscura y viscosa se pega a las paredes del plástico.

—Paja.

Todos sacuden la cabeza ante esa repentina observación.

—¿Paja? —se atreve a preguntar Víctor, incapaz de salir de su aturdimiento.

—Así es. Paja. El estómago de la víctima estaba lleno de paja. Y no poca. Al menos doscientos gramos de paja he extraído.

—¿Lo obligaría a comer paja? —Aura se muestra inquieta, nerviosa, temblorosa—. ¿Por qué querría hacerlo comer paja?

Héctor solo se atreve a encoger los hombros mientras sonríe con desgana. El cansancio de su rostro también es apreciable y su tenacidad se reblandece como el hierro bajo una llama enfurecida.

—¿Del cuerpo de Álvaro sabes algo?

Héctor niega con un suspiro de derrota.

—Demasiado trabajo. La autopsia la ha hecho un compañero. Yo haré la segunda esta tarde. Ahora voy a descansar un poco. Lo único que sé es que me ha comentado que ha visto algo raro.

Víctor no puede evitar mirar a su compañera, pero ella está absorta en las palabras del forense. Este no parece tener intención de detener su evaluación.

—Según el informe, el hombre cae desde unos treinta y dos metros de altura y el impacto deja su cuerpo clavado en el suelo en decúbito prono. No hay más impactos ni otras fuentes de contacto. Lo extraño es que ha encontrado un pequeño hematoma en la zona parietal del cráneo. Como si alguien lo hubiese golpeado con fuerza en la nuca. Es un hematoma antemortem, lo que quiere decir que se lo hizo antes de morir. Cuando lo analice, podré ser más preciso.

Una vez más el silencio los acompaña hasta la salida, pero, cuando llegan al barullo de las calles abarrotadas en hora punta de Valencia, Raúl se adelanta.

—¿Qué pasó en casa de Álvaro Ferrer?

Víctor mira a su compañera, que asiente con la cabeza como si quisiera ofrecer su rendición. Sabe que no tienen salida y no es lícito que sigan ocultándolo.

—Álvaro no nos entregó nada. Lo encontramos nosotros —dice Víctor ante el asombro del inspector jefe.

Ir a la siguiente página

Report Page