El primer lienzo
16 de marzo de 2018, 11:27. Valencia.
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16 de marzo de 2018, 11:27. Valencia.
Los dos agentes aguardan la embestida de Raúl. En especial Víctor, que apenas ha hablado desde que han llegado a comisaría. Aura sigue con el nudo en el estómago, incapaz de pensar, de sentir. Víctor el estómago lo tiene lleno de empanadillas, Coca Cola y papas, pero la ansiedad no se ha ido del todo.
Y Raúl todavía no ha parado de andar de un lado al otro de la sala de reuniones, con una mano en la barbilla y la otra de apoyadura para la primera, cruzada sobre su pecho. Busca las palabras oportunas, la cadencia exacta, el tono adecuado. Pero su mente solo dibuja improperios.
—A ver si me he enterado de la historia —dice tras haber escuchado toda la versión de sus agentes—. Llegáis a casa de Álvaro, este os niega el acceso y bloqueáis la puerta para que no os cierre en la cara. Sin orden del juez, sin amenazas previas ni sospechas de ningún tipo por sobre el individuo. Bloqueáis la puerta por vuestra santa gana. Luego Víctor. Porque es Víctor, ¿no?
El subinspector asiente en silencio con el pecho dolorido, la cara ruborizada y un sudor que se escurre por su espalda.
—Yo también sujeto la puerta con la mano —miente Aura para intentar repartir el castigo.
—Vale. Bloqueáis la puta puerta. Bien, hasta ahí bien. Álvaro se enfada más y quiere cerrar. Y es ahí cuando Víctor lo empuja haciendo que el anciano pierda el equilibrio.
—No lo empujo —se defiende Víctor—. Solo intento que no me aplaste la pierna. Álvaro pierde el equilibrio solo.
—Vale. Pierde el equilibrio cuando tú, en un acto heroico, golpeas la puerta para salvar un pie que no debería haber estado ahí. Y, en vez de ayudarlo y pedir asistencia médica, os ponéis a buscar pruebas por dentro de la casa.
Aura intenta contenerse, pero sus palabras son más fuertes y acaban por taladrar su garganta, escapando de su boca a pesar de su esfuerzo.
—Álvaro no iba a colaborar y sabíamos que era él quien estaba entorpeciendo el caso. Era la única persona que podía saber dónde guardaban los expedientes de esos ancianos.
—¡Me da igual! —Estalla Raúl en un grito que enmudece la sala.
Víctor observa el exterior para comprobar cómo sus compañeros se vuelven ante el grito que lanza el inspector jefe.
—Me da igual si el sospechoso colabora o no colabora. Si está más o menos reacio. Si se enfada o salta de alegría. Las cosas se hacen bien. ¡Joder! ¿Estamos en la academia o qué cojones pasa? ¿Sabéis en el lío que os acabáis de meter? —Raúl vuelve a dar una vuelta al circuito improvisado que se ha montado mientras se pasa las manos por la cabeza en un inequívoco gesto de autocontrol—. Si por cualquier cosa se sabe que vosotros os habéis llevado una prueba sin su consentimiento, que lo agredisteis, y que minutos más tarde se quitó la vida, vuestro trabajo penderá de un hilo. ¿Es que no pensáis?
—Solo sé que, si seguimos haciendo las cosas como dictan las normas, cuando lleguemos a Javier ya estará muerto. —Ahora es el grito desesperado de Aura el que se impone en la sala. Raúl no responde. Aprieta la mandíbula y mira con rabia a la subinspectora, que sabe lo que acaba de hacer, pero no piensa retirarse. Se ha levantado de su silla y está dispuesta a enfrentarse a quien sea por defender su verdad.
Pero la verdad de Raúl es la misma que la de Aura, por eso no le responde. Intenta relajar la expresión y, aunque mal dibujada, lanza una sonrisa de rendición.
—Está bien. Ahora ya está. Solo quiero que sepáis que, si en algún momento, alguien descubre lo que pasó, no pienso defenderos. Habéis decidido llevar una investigación paralela para encontrar a Javier y lo respeto, pero estáis solos —sentencia con su tono más firme y cruel—. Así que haced lo que creáis conveniente hasta que llegue Manuel Frutos. Sé que tenéis mucho trabajo por delante.
No insiste más. Raúl se marcha dejando parte de la investigación encerrada en las mentes de los agentes, que observan la retirada del inspector jefe. Cuando todo ha pasado, Víctor se planta frente a su compañera.
—No sé qué coño le está pasando, pero está cada vez más subnormal —dice en un susurro que apenas acaricia los tímpanos de Aura.
—Este caso nos está llevando al límite a todos.
Y no miente.
Tras las ventanas puede ver a Leo, que juraría que está algo más flaco. A Daniel, que no ha vuelto a ser el mismo después de lo que pasó con Mateo y con Javier. Incluso ella misma y Víctor han cambiado. El natural sentido del humor de Víctor ha ido deteriorándose con el paso de los días. El irreductible sentido de los valores de Aura se está borrando poco a poco. De todas formas, el tiempo es uno de los pocos elementos que no ha variado en esta ecuación. Sigue siendo algo escaso y necesario.
—¿Qué hacemos ahora? —investiga Víctor.
—Tenemos que ir a ver al detective.
Aura no espera la confirmación de su compañero para salir de la sala donde ya reposan los nuevos datos recabados. Avanzan a través de una sala casi desierta en donde la mayoría de los escritorios están vacíos.
—Es siniestro caminar a la hora del almuerzo por aquí —comenta Víctor, que hace resonar sus pasos cada vez que el silencio se interpone.
Aura no responde. Sus ojos se clavan en la presencia disoluta que se dibuja tras la puerta de acceso al edificio. Por un momento duda, pero luego reconoce de quién se trata y acelera el ritmo para llegar veloz hasta él.
Cuando abre, se topa de frente con un hombre desgastado, desnutrido y casi al borde del desmayo. Las ojeras en su rostro son demasiado grandes como para disimular el sufrimiento por el que está pasando. Aura intenta esconder, bajo una leve sonrisa, el repentino dolor que se abraza a su pecho.
Es Paco quién se halla frente ella, el padrastro de Javier y su único apoyo durante los últimos años.
—¿Qué hace aquí, Paco? —pregunta la subinspectora permitiéndose la cercanía con aquel hombre.
Este la mira e intenta dedicarle una sonrisa sincera, pero pronto se ve nublada como el mismo cielo, que poco a poco se va enturbiando.
—Solo pasaba por aquí para ver si ya se sabe algo de Javi.
Ella aprieta las manos para disimular la angustia que le supone tener que mentir a ese hombre que ha sido como un padre más en todo el tiempo que ella ha pasado en Valencia. El recuerdo de todas las barbacoas compartidas sacude su cabeza. Intenta hablar justo cuando Víctor sale y se topa de frente con los dos.
—Estamos en ello, Paco. Lo mejor que puede hacer ahora es esperar en casa y descansar.
—No me hables de usted, Aura. Por favor. Puedes ser sincera, muchas noches me he temido tener que escuchar estas cosas. ¿Está vivo?
Ninguno de los presentes allí se atreve a ofrecer la esperanza que tal vez todos necesitan. Ninguno quiere aferrarse a esa posibilidad nimia.
—Lo encontraremos. Eso es lo que sí puedo prometerte. No voy a descansar hasta dar con él.
Francisco intenta sonreír, pero los labios le tiemblan. Sus manos tampoco pueden permanecer quietas y su cuerpo desprende ese olor a desdén típico en personas al borde de una depresión. Su rostro es un compendio de imperfecciones; una libreta llena de tachones: ojos enrojecidos, ojeras marcadas, labios resecos y barba descuidada es lo que completa la apariencia de un ser semidestruido, esperando la estocada final.
—Ayer fui a su casa. Es difícil recorrer esos pasillos en silencio. Es más, juraría que hasta lo escuché. Pude escuchar su voz resonando en las habitaciones. Tuve que irme. Solo te pido que encuentres a ese malnacido y que hagas que pague por todo lo que está haciendo.
—Te prometo que pagará por todo. Eso es algo de lo que estoy totalmente segura.
Ahora sí, Paco lanza una pequeña sonrisa. Una sonrisa cómplice. Una que guarda cierto compañerismo. Como la sonrisa de quien escucha una confesión real y solo puede agradecer el comentario. Cuando acaba, se vuelve hacia la calle y comienza a marcharse con pasos lentos.
Durante los más de veinte minutos que ha durado la travesía hasta la dirección que Amparo le dio, Aura no ha podido borrar de su mente la última imagen de Francisco. Esa mirada triste de quien sabe que todo se ha acabado.
—¿Es aquí? —pregunta Víctor devolviendo a la joven de su aletargamiento.
Ella observa la fachada y confirma que es la dirección que la mujer le dio la noche anterior. El pequeño cartel que informa de la agencia también delata la ubicación.
—Espera en el coche. Voy a preguntar —dice ella bajando a toda prisa y sin esperar respuesta de su compañero, que se queda observando la marcha apresurada de la subinspectora.
Cuando entra en el despacho, la decoración en la agencia brilla por su ausencia. Muebles desvencijados y unos cuantos detalles vetustos es todo cuanto rodea el apartamento de treinta metros cuadrados con dos pequeñas salas. En una de ellas una mujer que aparenta sumar diez años más que Aura la observa en silencio.
—¿Puedo ayudarla? —inquiere la mujer con una sonrisa forzada que muestra más dientes que labios.
—Busco al detective Juan Ramón Astur. Me gustaría hablar con él un momento —responde ella mostrando la placa que la identifica como agente de la UDEV.
La mujer se detiene a analizar la documentación de Aura y, cuando confirma su identificativo, vuelve a forzar el gesto.
—El señor Astur ya no trabaja aquí. Si quiere, le puedo dar el contacto del detective Durán. Emilio es muy bueno también y seguro que le ayuda muchísimo.
Aura ríe con hastío.
—Quiero hablar con Juan Ramón. Tengo entendido que sigue siendo el propietario de esta agencia.
—Así es, pero él ya está jubilado. Pasa una o dos veces a la semana. Pero como comprenderá hoy viernes no creo que venga. Aunque… —La mujer duda un instante. Se mira el pequeño reloj con la correa negra desgastada que adorna su muñeca y vuelve a observar a la subinspectora—. A estas horas es fácil que esté almorzando en el bar de Pere. Está en la siguiente esquina, a cincuenta metros de aquí. Almuerza allí todos los días.
Tras asentir, Aura vuelve a la calle y busca a Víctor entre la marea de metal y caucho que se amontona en la calle, y lo encuentra, aparcado en doble fila y degustando otro pequeño paquete de papas. Con un gesto le indica el bar que ella misma detecta desde la distancia, y comienza a caminar en esa dirección.
El olor a coñac se le clava en los ojos cuando entra en el pequeño local cargado de un bochorno extraño.
Varios hombres vestidos de falleros conversan acaloradamente en la barra. A su derecha, en una mesa, dos ancianos juegan al Dominó. Y más adelante, en una mesa amplia y acompañado por otros tres hombres, encuentra a su objetivo. Su apariencia es la misma que la que recuerda de las fotos, aunque con muchas más arrugas derritiendo su rostro, y menos pelo decorando su cabeza, ahora adornada con una pequeña boina oscura.
La puerta se abre y aparece Víctor tras ella, y es con la presencia de su compañero cuando Juan Ramón se percata de ellos. Su mirada férrea se posa en ambos, deteniéndose a analizar cada detalle. Comprobando cómo los dos agentes inician su periplo hasta él. Dejando las cartas que tiene en su posición sobre la mesa, boca abajo para evitar que los otros tres jugadores puedan corromper su mano. Y espera su llegada.
—¿Es usted Juan Ramón Astur? —inquiere Aura cuando sus miradas chocan.
—¿Quién pregunta?
—Él es Víctor López y yo soy Aura Casado. Subinspectores de la UDEV. Nos gustaría hablar con usted.
—¿Subinspectores? ¿Tan mal está el cuerpo que ya no son capaces de respetar los rangos? —pregunta el anciano con gesto displicente—. En fin, sí que debe de ser grave si han venido ustedes. ¿Han venido solos o también están los de la UCO? —dice el hombre mostrando su experiencia en el campo. Dando por sabido que cuando se trata de desapariciones la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil suele tomar el control junto con los compañeros de la UDEV.
—De momento estamos llevando el caso nosotros.
—Me parece una idea acertada. Nunca he compartido que dos departamentos distintos tengan que dirigir un mismo caso. Y bien. ¿De qué quieren hablar?
Aura no responde. Intenta convencer, con su silencio, de que la presencia de los otros tres ancianos ahí es un estorbo. Pero, ante la falta de colaboración por parte de Juan Ramón, decide hablar.
—De la residencia La Esperanza.
Descubre en la mirada del detective el miedo repentino a esa palabra. Sus ojos crecen una fracción de segundo, para volverse hacia la mesa después. Su actitud cambia. Lo delata el temblor que se origina en sus manos.
—No conozco ninguna residencia con ese nombre. Ahora, si me disculpan, me gustaría acabar la partida. —Intenta coger nuevamente las cartas, pero, ante la inmovilidad de Aura, vuelve a mirarla.
—Tengo entendido que usted la investigó hace ya mucho tiempo.
Una risa profunda cae de la boca de Juan Ramón, que muestra con su gesto una incipiente rabia que crece por momentos.
—Mira que se lo dije… —susurra entre dientes—. Pues se equivocan. Yo jamás he investigado residencia alguna.
Los otros tres ancianos comienzan a dialogar entre ellos, en un galimatías casi inaudible.
—Sabemos que por la década de los noventa estuvo inmerso en una investigación que tenía como objetivo esa residencia. También que dejó el caso de forma repentina y no volvió a hablar del tema.
—Demasiadas cosas saben —responde con desprecio.
—¿Recibió alguna amenaza? ¿Un chantaje tal vez para que dejara de investigar? —Aura no le interesan las respuestas del detective. Ella sigue lanzando preguntas sobre la mesa, esperando a ver qué cartas muestra él.
El hombre se revuelve sobre la silla, nervioso, y vuelve a dejar las cartas sobre el tapete. Luego mira a los tres compañeros y con la cabeza les indica que se marchen.
Ninguno de los presentes rechista. Se levantan y dejan al detective solo, que estira la mano cuando se ve en la opción de regalar las sillas a los agentes. Ambos toman asiento.
—¿Quién les ha dado mi nombre? ¿Ha sido la hija de uno de los ancianos residentes?
—Hemos encontrado fotos suyas dentro de una caja que el director de la residencia en aquellos años guardaba en su casa. En las fotografías se lo ve bastante desprevenido, así que imagino que usted fue blanco de algún seguimiento.
Juan Ramón mira a su alrededor y luego se acerca a la mesa como si no quisiera que nadie más le oyera. Como un espía que está a punto de revelar su secreto.
—¿Qué es lo que quieren?
—Queremos saber qué averiguó en aquella época.
El hombre sonríe ante la pregunta de la subinspectora.
—Lo único que saqué en claro de aquello fue que lo mejor era no meterse. Ahí hay mucha mierda escondida y, si usted está investigando esos casos, le aconsejo que vigile mucho sus espaldas.
Víctor arruga la frente ante la amenaza implícita que acaba de lanzar el detective, luego mira a Aura, y no puede evitar entrometerse.
—¿Es alguna amenaza eso?
—Para nada. Al contrario. Es un consejo de compañero. Si están con ese caso, márchense y no vuelvan a preguntar. Será la mejor decisión que tomen.
—¿Por qué dice eso? ¿Qué fue lo que encontró?
—No puedo hablar de ello.
—Señor Astur. Hay un asesino que está acabando con todos los responsables de aquellos actos. Creo que, ahora mismo, si hay algún implicado más en el caso, debe de estar más preocupado por el asesino que por nosotros.
El anciano no responde de inmediato a las palabras de Aura. Se limita a resoplar con desdén mientras observa su copa vacía. La levanta hacia la barra y vuelve a dejarla sobre la mesa.
—Pues entonces dejen que acabe con todos, y luego lo atrapan a él. Les está haciendo un favor.
—Hay muchas vidas en juego. No podemos dejarlo pasar. Usted mejor que nadie debería saber esto. También ha jurado defender la justicia.
De nuevo la resignación se aferra al cuerpo del hombre, que parece haberle molestado escuchar a Aura recriminar su vocación.
—No solo se trataba de ancianos. Lo de los ancianos era una muestra más de toda la mierda que hacían en ese laboratorio. Pero lo verdaderamente cruel era lo que hacían con ellos. Hasta donde pude ver, que no fue mucho, a los ancianos los sometían a pruebas con todo tipo de fármacos. Los que no murieron tampoco quedaron mucho mejor. Pero había algo más que no pude investigar porque se me echaron encima antes de llegar a la verdad.
Aura lo mira con expectación.
—Nadie ha dicho nada de un laboratorio.
—Vamos, señorita. Si están aquí es porque ya saben que la residencia La Esperanza y el laboratorio Beinnet están involucrados. Es más, las mismas víctimas ya os habrán llevado a esta conclusión.
Las palabras del hombre hacen ver a Aura que el detective no surcaba por aguas muy profundas. Sabe perfectamente la actualidad del caso y conoce la relación entre los crímenes.
—Entonces sabe de lo que estamos hablando. Está al día del caso —responde ella con cierto enfado por ver cómo pasan las horas.
—No sería un buen detective si no. Ahora, yo les pregunto, ¿saben todos los ensayos que ese laboratorio hacía?
Aura niega con la cabeza.
—Estamos a la espera de interrogar a Manuel Frutos.
—Manuel no va a hablar. Está muy vigilado. Y ahora que su hija ha muerto ya no tiene nada que perder. Es su única hija, así que lo ha perdido todo como aquel que dice. En fin… —Juan Ramón suspira como si aquello fuese una liberación. Como si disfrutara desgranando cada detalle de lo que averiguó—. Ese laboratorio estuvo, durante mucho tiempo, a la cabeza en cuanto a los estudios contra el VIH. Muchos de sus experimentos se centraban en el sida. Tengo entendido que buscaban mujeres con esta enfermedad y les ofrecían grandes sumas de dinero para someterlas a ciertas pruebas, la mayoría de las pruebas estaban orientadas a la gestación de bebés sanos por parte mujeres con esta enfermedad. Lo de los ancianos fue otra de sus patrañas médicas. Yo empecé investigando a los ancianos, pero luego descubrí que había mucho más detrás de todo eso.
—¿Quiere decir que buscaban mujeres embarazadas que tuvieran sida para hacer pruebas?
—No puedo decírselo con exactitud. Hasta donde yo llegué, hubo varias mujeres que fueron inseminadas. Una especie de gestación subrogada.
Aura mira a Víctor con asombro, incapaz de creer lo que está escuchando. Incapaz de asumir que toda la realidad que envuelve su caso pueda estar tambaleándose.
—¿Llegó a conocer a alguna de las pacientes?
—Personalmente no. Pero, antes de abandonar la investigación, estuve siguiendo un caso en particular. Se trataba de una prostituta.