El primer lienzo
16 de marzo de 2018, 12:44. Valencia
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16 de marzo de 2018, 12:44. Valencia
Aura intenta soportar el dolor que atraviesa su pecho. Las palabras del detective han sido como un disparo a bocajarro y su silencio, ahora, le está retorciendo el estómago.
Juan Ramón ha dejado de hablar cuando le han servido la copa de coñac que demandó. Ahora se limita a observar el líquido mientras mece la copa con suavidad. Inhala, primero, para sentir el aroma del alcohol, y luego introduce un pequeño sorbo. Lo paladea para sentir su sabor, lo saborea cuando tiene que tragar y, cuando lo hace, deja escapar un suspiro caliente que atufa el ambiente.
—Por favor, señor Astur. ¿Qué ha querido decir con las prostitutas? —insiste Aura cuando su paciencia empieza a desaparecer.
—Me interesé por una en concreto, pero tengo entendido que fueron más de dos las mujeres que contrataron. No sé si las tres eran putas. La que yo digo sí lo era, una drogadicta bastante dependiente. Su caso fue el que más interés me suscitó porque cuando la conocí ya había dado a luz al pequeño. Aproveché que sabía dónde quedaba la calle para interrogarla en alguna ocasión. Fue ella la que me contó que el doctor que encontraron ayer le ofreció cerca de doscientas mil pesetas por prestarse al experimento.
Víctor y Aura no son capaces de creer lo que está pasando. ¿Experimento? ¿Prostituta? ¿Estará hablando de la madre de El Bosco?
—¿Sabe el nombre de esa prostituta?
—No tengo ni idea. Sé que me contó que el doctor este junto con el director del laboratorio la convencieron para prestarse a tener un bebé controlado por ellos. Lo extraordinario de este caso es que ese bebé nació libre de la enfermedad, por lo que el laboratorio insistió en hacerle todo tipo de pruebas.
—¿Y la madre lo permitió? —pregunta Víctor con una rabia que nace en su pecho y desfigura su rostro.
—La madre se pasaba la mitad del día colocada, y la otra mitad con alguna polla en la boca o entre las piernas. Creo que el hecho de que ese niño estuviera en la clínica le salvó la vida.
—¿Sabe algo de ese niño? —investiga ahora Aura.
El detective niega con la cabeza mientras degusta otro sorbo del coñac.
—Al poco de meterme más a fondo empezaron las amenazas. Las inspecciones repentinas, las cartas intimidatorias. Primero aduciendo que me quitarían la licencia y no podría trabajar más. Luego ya revolvieron en mi vida íntima y tuve que parar. Ya les digo que, si van a entrar en ese juego, más les vale cubrirse bien las espaldas. Aseguren a sus familiares y limpien sus historiales. Cuando se lucha contra un fantasma, es muy difícil esquivar los golpes.
—¿Y después de todo aquello no volvieron a molestarle?
El anciano ríe con descaro mientras remata la copa con un profundo trago que lo obliga a rugir para liberar el escozor que le produce el alcohol en la garganta.
—Nunca se olvidaron de mí. Cada cierto tiempo me llegaba alguna carta. Inspecciones sorpresa a la agencia. Seguramente la semana que viene tenga alguna sorpresa más gracias a vuestra visita. Se acabará cuando descanse para siempre. —Ahora su rostro no es el del irónico anciano que ha estado presente durante toda la conversación. Su gesto ha mudado en otro más resignado, más triste.
—Sabemos que hace un tiempo recibió la visita de un familiar de alguno de esos ancianos fallecidos. ¿La recuerda?
—Como si fuera ayer. Pero ¿quién le ha dicho que fuera un familiar?
Aura abre los ojos y se ruboriza al entender el desliz que acaba de cometer. Sin pretenderlo, ha mostrado que Amparo está detrás de toda esa información.
—Bueno, cuando vimos tu foto, fuimos a ver a Amparo Fuster. Ella nos dijo que usted la llamó diciendo que uno de los familiares lo había estado investigando.
El detective se ríe con soltura mientras busca cambiar de posición sobre su asiento.
—Sí, eso me dijo el hombre, pero no era ningún familiar. Yo seré viejo, pero tengo una memoria prodigiosa. Y para las caras todavía más. No se me escapa ni una. Quien vino a verme no fue ningún familiar.
Todos guardan silencio. Un silencio que adensa el ambiente al ser testigos de que Juan Ramón se ha detenido en su explicación. Mira fijamente hacia la puerta sin decir nada.
—¿Quién fue la persona que lo visitó?
—El hombre que vino a verme era el que trabajaba en aquella época llevando a los viejos al laboratorio. Conducía una pequeña furgoneta de Servicios Vitales Mínimos.
Víctor y Aura no responden, boquiabiertos y congelados ante la información del detective no son capaces de disimular la mirada que se dedican el uno al otro.
—¿Ramón Silvano? —pregunta Aura en un tono agudo que apenas deja escapar aire de sus pulmones.
—No recuerdo bien su nombre. Creo que sí, era él. Solo había un conductor en aquella época y era él. Ramón Silvano, sí, bueno, supongo.
—¿Qué es lo que quería ese hombre cuando vino a buscarlo?
—Nada concreto. Intentaba sonsacarme qué sabía del caso. Si recordaba el nombre del doctor que pagó a la prostituta. También me preguntó por el viejo director del centro. Nos reunimos en esta misma mesa. La única diferencia es que él se marchó mucho más rápido.
Aura todavía está asimilando la información. Intentando deducir por qué Ramón no les había confesado que él también estaba involucrado con el laboratorio.
—¿Está seguro de que Ramón llevaba a los ancianos al laboratorio?
—Lo pueden confirmar en los expedientes. Fíjense en la última salida al centro médico y verán quién firmó como responsable del traslado.
Todo se vuelve siniestramente tenso. El silencio se apodera de los tres por un momento mientras Aura digiere esa batería de información que ha destrozado su estómago. Víctor tampoco es capaz de articular palabra alguna, y Juan Ramón sigue dibujando su rostro serio.
—¿Tiene algún nombre de las personas que fueron objeto de estudio en aquella época? De otras mujeres como la prostituta —intenta seguir deduciendo Aura.
—Nombres no tengo ninguno. Hasta donde yo llegué, la prostituta que investigué me decía que había dos mujeres más como ella. Pero ella había sido la única en dar a luz un bebé sano.
—Si recuerda algo más, por favor, llámenos.
Aura no espera ni siquiera a su compañero. Se lanza en una frenética carrera hasta el coche mientras pide por mensaje a Leo que le mande la ubicación de Ramón Silvano. Cuando Víctor llega al coche, ella ya ha hablado también con Raúl para pedir la orden contra Ramón.
—¡Vamos a por ese hijo de perra! —gruñe ella con una rabia que calienta sus manos.
El inspector jefe le ha prometido tener todo preparado para cuando llegue el detenido, y Leo apenas ha tardado dos minutos en mandarle la ubicación del sospechoso.
El trayecto se vuelve lento, atropellado debido al desesperante tráfico que congestiona las calles de una Valencia en fallas. Tras más de veinte minutos de recorrido se topan con dos patrullas que se dirigen a la misma dirección: a la calle Isaac Peral, junto al barrio del Cabañal.
Las sirenas rompen el jolgorio habitual de unas calles encendidas, hasta que llegan a la zona donde les ha marcado Leo. Las calles están cortadas debido a que, en la calle paralela, se alza el monumento fallero de la Sección primera A. Ninguno de los agentes duda en sus intenciones. Todos se bajan y se disponen a escuchar las instrucciones precisas de Aura. Ella y Víctor van por el acceso sur de la calle, mientras que los otros cuatro agentes se dirigen al acceso norte y este de la zona.
—¿Crees que ha hablado de El Bosco? —pregunta Víctor mientras caminan de forma apresurada a través de toda la melé que se aglomera en el asfalto.
—No lo sé. Mateo siempre lo trató como su hermano. Decían que eran hijos del mismo padre.
Víctor niega con la cabeza, incapaz de entender nada de lo que está pasando. Al fin sus pensamientos se disipan cuando enfilan la calle.
No es necesario llegar a la vivienda de Ramón, pues este se encuentra frente al portal del edificio donde vive, hablando relajadamente con otro hombre de una edad similar a la suya. En un principio no se percata de la llegada de los dos agentes, hasta que Víctor lo nombra desde la distancia. Es cuando sus miradas chocan, cuando Ramón abre los ojos sorprendidos.
Su cuerpo se yerga y se tensa por un momento mientras que, con la cabeza, revisa varios puntos concretos.
—Algo trama —dice Víctor cuando sospecha de esa actitud.
Pronto sus palabras se vuelven una certeza cuando, en un movimiento rápido, Ramón comienza a correr en la dirección contraria por la que se acercan los subinspectores.
—¡Joder! ¡Quieto! —grita Víctor lanzándose tras él.
Aura también comienza a correr al ver la reacción del conductor, que no tiene pinta de querer detenerse.
La carrera comienza con el impacto de Ramón contra dos jóvenes que ríen de forma ingenua en mitad de la calle con un cubata en las manos. Cubata que acaba mojando el asfalto cuando el cuerpo de uno de ellos impacta contra el suelo.
Víctor salta por encima del chaval que intenta recomponerse y Aura pasa veloz, por un lado, sin mirar siquiera su estado.
—¡Quieto, Ramón! —vuelve a gritar Víctor, pero el hombre no parece tener intención de detenerse.
Cuando Ramón llega a la esquina, se topa con la reacción desprevenida de los otros agentes, que comienzan a correr detrás de él cuando ven que Aura les hace un gesto furioso.
La gente se multiplica cuando giran por la esquina en dirección al puerto y, en el momento en que Aura tuerce, un estruendo acalla los gritos de los agentes. Un estruendo que hace que ella caiga al suelo.
Víctor se detiene de inmediato mientras exige a los demás que sigan la carrera y, cuando se acerca a Aura, ella se levanta casi de un salto.
—¡Joder! Putos cohetes —increpa ella cuando observa cómo el humo blanco de un petardo asciende en una marcha evanescente hacia el cielo.
Varios estruendos resuenan acto seguido, pero ya no sorprenden a los agentes, que retoman la carrera.
Ramón se ha colado entre la marabunta de gente que observa la falla ya completa, esperando a que los jueces la visiten.
Por un momento, Víctor pierde de vista a los agentes que persiguen a Ramón, pero pronto los vuelve a ver. Han cruzado la calle y se alejan de la falla.
—Vamos, van hacia la avenida. Por aquí —sugiere él.
Los dos agentes toman una calle que sigue de forma paralela a la que ha tomado Ramón, y cuando llegan a la avenida lo ven corriendo en su dirección. Víctor no lo duda, se lanza hacia él como un defensa que intenta impedir el gol del empate en el minuto noventa. Ramón, a pesar de mostrarse sorprendido por la repentina aparición del agente, logra esquivar el primer ataque de este. No pasa lo mismo con Aura que, a pesar de poseer un cuerpo bastante más ligero que el del conductor, sus habilidades hacen que, tras clavar una pierna entre las del hombre, este se precipite en un planeo duro hasta el suelo.
El golpe seco arranca un jadeo a Ramón, que se retuerce de dolor en el suelo cuando su carrera concluye.
—¡Joder! Me has roto el codo —gime revolviéndose en el suelo.
Aura no responde. Lo mira con desprecio y espera a que los compañeros lleguen para esposarlo. Tienen mucho de lo que hablar.