El primer lienzo
16 de marzo de 2018, 15:03. Valencia
Página 42 de 57
16 de marzo de 2018, 15:03. Valencia
El equipo se ha reunido frente a los despachos que utilizan para interrogar a los sospechosos. En un momento, el caso ha pasado de la más dura incertidumbre a la complejidad de elegir dos caminos. Dos son las puertas que los separan de una realidad que será tan sincera como las palabras que ellos quieran asimilar. Dos puertas con dos historias que prometen ser muy distintas.
A un lado se encuentra Ramón Silvano; nervioso; sudado y hablando con su propia sombra, dibujada sobre la mesa de madera. Todo ha cambiado en él. Ahora su cuerpo es el reflejo del temor a lo desconocido, de la culpa y el autocastigo que él mismo se impone.
Al otro, Manuel Frutos está sentado en una silla. Su rostro imperturbable permanece inmóvil, contemplando un punto de la pared. No se mueve, apenas pestañea y mucho menos muestra gestos de debilidad. Cuanto mucho, de furia contenida. De rabia por tener que soportar un momento que no debería. No entiende qué hace allí, y ha jurado a los dos agentes que lo han traído casi esposado que va a pedir que los degraden o expulsen del cuerpo. «Esto no quedará así», se atrevió a decir cuando lo transportaban hasta la Jefatura.
Afuera está la otra cara de la moneda. Los agentes mantienen un silencio impreciso que rebota en las miradas inquietas de los agentes. La incertidumbre es la peor de las enemistades. Se convierte en un pozo oscuro sin fondo en el que solo hay un aluvión de preguntas que no hallan respuestas. Y donde esas respuestas que sí obtienen cada vez se vuelven más inexactas, menos esperanzadoras. Si algo puede acabar con la tenacidad de los agentes de la UDEV es la incertidumbre. Las preguntas se acumulan y todavía intentan elaborar la estrategia adecuada.
—¿Por quién empezamos? —pregunta Víctor, que se asoma con cuidado por el cristal de la puerta donde espera Ramón.
—Manuel no nos va a decir nada. —Aura muestra su tono más serio desde que empezó el caso. Su mirada se ha endurecido y su cuerpo casi no tiembla ya.
—Desde que ha llegado ha dicho que nos vamos a arrepentir de todo —informa Daniel. Su rostro, en cambio, apenas ha sufrido modificación en los últimos días. Sigue siendo el mismo hombre consumido por las malas decisiones. Se apoya en la pared dejando caer el peso de su cuerpo sobre uno de los brazos, y con las manos en los bolsillos.
—Pues entonces deberíamos ir a por Ramón. Sabemos que este transportaba a los ancianos al laboratorio. Y, si ha escapado, es porque algo se huele. Una persona no huye si no tiene nada que esconder. —Víctor se convence de sus palabras cuando observa los ojos de Ramón—. No es trigo limpio este hombre.
—Hay que sacarle todo lo que podamos a Ramón, para luego intentar utilizarlo contra Manuel. Creo que será la mejor solución —concluye Daniel.
Aura asiente y se prepara para entrar cuando la mano de Víctor la sujeta por el hombro.
—¿Estás a tope para esto?
Ella asiente con un rostro pétreo y toma la manecilla de la puerta. Cuando siente el tacto helado del metal, aspira con fuerza antes de entrar decidida al encuentro con Ramón. Víctor la sigue de cerca.
Nadie dice nada hasta que todos están sentados. Nadie dice nada durante más de un minuto de siniestras miradas y desafíos constantes.
Y nadie dice nada cuando Ramón carraspea, víctima de unos nervios que traicionan su voluntad.
Al fin es ella la que habla, rompiendo así un tenso momento que ha durado más de tres minutos.
—¿Está usted bien?
Ramón se acaricia el brazo dolorido. Se puede apreciar la sangre seca alrededor de una pequeña herida de rozamiento a la altura del codo. Él sigue en silencio.
—Nos gustaría entender por qué ha huido cuando hemos ido a hablar con usted.
Silencio de nuevo es lo que recibe, esta vez Víctor, como respuesta. Un silencio que ambos agentes dejan que se extinga lentamente mientras cavilan sobre las siguientes preguntas. Es de nuevo Aura quien se adelanta.
—Bien, viendo la negativa a cooperar, vamos a tomar su conducta como un intento de fuga. Tenemos motivos para sospechar que usted fue una parte involucrada en los crímenes que el laboratorio Beinnet cometió en la década de los noventa. Al igual que sabemos que la residencia La Esperanza actuó como cooperador necesario en estos actos. Adoptando su silencio como respuesta, nuestro deber es informarle de que se le va a acusar de cooperador necesario a usted también y se abrirá investigación para procesarlo por los asesinatos de doce ancianos. Hasta el momento.
Los ojos de Ramón crecen por completo mientras escucha la retahíla de acusaciones sobre su persona. Su cuerpo empieza a moverse cada vez más, y la tensión de sus labios aumenta como el volumen indiscriminado de una película de acción en su clímax.
—No tienen nada contra mí —se defiende con una voz ronca y áspera, víctima de su propio letargo.
La subinspectora sonríe. Sabe que su estrategia funciona y se complace de volver a tener razón. Aunque sea por una vez en los últimos días.
—No estamos de acuerdo con esa afirmación. Tenemos fotografías que lo colocan como conductor. Imágenes de los últimos traslados de esos ancianos y el testimonio de un testigo que afirma que usted los dejaba en la clínica.
—Es un farol. Conozco vuestros juegos. Sé que me estáis tendiendo una trampa para que confiese algo que no he hecho.
—Si no lo ha hecho, no tendría por qué guardar silencio. Si usted no fuera culpable, no tendría por qué huir de la policía.
Ramón suspira resignado. Se lleva las manos a la cara y se seca el sudor que crea una fina pátina sobre su frente. Sus cabellos siguen igual de sucios que siempre.
—No tenéis ni idea de nada. Os pensáis que vais por delante y, cuando menos os queráis dar cuenta, el tren os va a pasar por arriba.
—¿Qué quiere decir? —pregunta Aura con el entrecejo fruncido. No le ha gustado el comentario de Ramón y no se molesta en disimularlo.
De nuevo, el viejo taxista se encierra en un mutismo defensivo. Aunque ahora Víctor se adelanta con la intención de no regalarle ni un segundo para pensar.
—¿Por qué visitó al detective que estuvo a punto de desmantelar lo que hacíais en la clínica?
Ramón entrecierra los ojos mientras sacude la cabeza con levedad para intentar negar con cierto disimulo.
—Yo no… Yo no visité a nadie… No sé de qué detective habláis.
—¿Quería saber si ese detective tenía su nombre? ¿Tiene usted miedo de ser el siguiente? ¿De que El Bosco lo encuentre y decida hacerle lo mismo que ha hecho con el resto de los responsables? ¿Acaso intuía lo que iba a pasar y se adelantó para sonsacar algo de información de aquella época? ¿Cómo supo lo que iba a pasar antes de que apareciera de nuevo El Bosco?
—Yo no supe nada. Yo…
Aura observa cómo el sospechoso inicia un siniestro ritual que inicia rascándose la nuca. Poco a poco pasa la mano hasta la parte frontal de la cabeza y sigue rascándose la cara, el cuello y los brazos.
—¿Está nervioso? —pregunta ella.
—¿Cómo queréis que esté? No dejáis de acusarme tontamente de cosas que no tengo nada que ver, y encima queréis que me relaje. No, así no funciona esto.
—Esto funciona diciendo la verdad, señor Silvano. Cuando comience a decir la verdad, verá cómo deja de picarle todo el cuerpo. ¿Por qué huyó de nosotros si no tiene nada que ver con esa clínica?
El hombre duda. Se muerde el labio inferior para luego acariciar con la lengua el superior. Intenta contener la verborrea que amenaza con escapar de su boca tanto como puede, pero al fin es incapaz de controlarse.
—Porque no me puedo fiar de nadie ya. Están muriendo todos los que trabajaban conmigo en esa época y no sé en quién confiar. Solo puedo fiarme de mí mismo.
Aura se sorprende. A pesar de tener ya la sospecha de que Ramón era parte importante en el plan de la clínica, no es capaz de disimular la sorpresa que ocasiona su declaración.
—¿Miedo a quién? ¿Al asesino?
—A todos, ¿vale? A todos. No tenéis ni idea de lo que se cuece en esa clínica. Yo tuve que joderme la vida para, al menos, no morir por culpa de todo aquello.
—¿Qué quiere decir? —investiga Aura cuando entiende que todos los que no defienden los actos de esa clínica aducen que hay fuerzas mayores involucradas.
—Pues que no es algo solo de la clínica. No puedo decirte quién, pero, cuando se hacen cosas de estas, los que realmente mueven los hilos ni siquiera se dejan ver.
—¿Le amenazaron para que transportara a los ancianos?
Ramón sacude la cabeza. Niega con intensidad, con fuerza.
—Yo no tenía ni idea de lo que hacían con los ancianos. Mi trabajo era llevarlos de la residencia al centro médico y luego traerlos de vuelta. En alguna ocasión me tocó hacer traslados más largos, nada más.
—¿Y cuándo empezó a llevarlos a la clínica?
—No recuerdo la fecha. Era por el 1993, creo. Al principio no sospeché nada. Eran visitas rutinarias como todas las demás. Pero, a medida que pasaban los meses y veía que siempre viajaban los mismos viejos a la clínica, me puse más nervioso. Sabía que algo raro pasaba y comencé a investigar.
—¿Qué fue lo que encontró?
—Solo sé que los tenían en camillas completamente cableados y no dejaban de tomar anotaciones. Cuando uno de ellos me descubrió, no supo cómo reaccionar. Me preguntó si había visto algo y muchas más cosas. Claro que lo había visto. Quise dejarlo, huir de allí. —No es capaz de seguir. Su voz se bloquea al evocar aquella dura época, según relata. Traga saliva y suspira antes de continuar—. ¿Sabe lo que son las mafias? Pues eso mismo era la clínica. Al tiempo de aquello recibí una visita.
—¿Sabe quién lo visitó?
Ramón asiente.
—El director de la clínica. El que ha aparecido muerto hace poco. Me dijo que quería que fuera yo quien transportara a los ancianos y que me pagarían mejor. Seguiría trabajando para la residencia, pero estaría a sus órdenes. Al principio me negué y fue entonces cuando comencé a recibir amenazas. Me dijeron que no podía abandonar la empresa y que tenía que trabajar para ellos. O si no…
Aura se vuelve hacia Víctor, que parece estar hipnotizado por la historia de Ramón. Tanto que ni se ha percatado del gesto de su compañera. Lo hace cuando el silencio lo devuelve a la realidad.
—¿Cuáles eran sus funciones? —pregunta Víctor al ver que Aura se ha bloqueado.
—Solo transportaba a los ancianos. Los recogía en la residencia y los llevaba a la clínica.
—¿Cuántas veces viajaban los ancianos?
—Uno por día, todos los días menos el fin de semana.
—¿Y qué hacía cuando los transportaba?
Ramón se encoge de hombros. No acaba de entender la pregunta de Víctor y se somete al juicio de la verdad relativa.
—Pues nada. Esperaba en el coche.
De nuevo, el silencio es el compañero aguafiestas de la sala. Ahora se impone al entender que ninguno de los tres sabe qué más decir. Un silencio inteligente, de esos que aportan ideas, que permiten a uno rehacerse. Un silencio que le regala a Aura las últimas preguntas.
—¿Solo transportaba a los ancianos? —El sospechoso arruga la frente al escuchar la pregunta de Aura—. Tenemos entendido que en ese laboratorio también hacían pruebas de VIH con mujeres embarazadas y menores. ¿Nunca tuvo que transportar a ninguna mujer joven?
Los ojos del hombre se agrandan como si aquella pregunta le hubiera castigado sin razón.
—¿Cómo saben…?
—Responda a la pregunta, por favor.
Ramón levanta la barbilla y lleva su mirada al techo como suplicando una salida de aquel lugar. Una salida que no va a obtener tan fácil.
—Esa fue la razón por la que decidí escapar de aquello. Cuando supe que también hacían pruebas a niños pequeños, supe que tenía que huir.
—¿Qué clases de pruebas les hacían?
—Nunca vi ninguna. Solo recuerdo que vi llegar varias veces a mujeres con sus hijos. Y muchas veces esos niños solos. No todo está permitido. No siempre el fin justifica los medios. Y, cuando vi que esa clínica no tenía escrúpulos, intenté dejarlo.
—¿Pudo escapar?
Es entonces cuando la expresión de falso júbilo del sospechoso delata su realidad.
—Jamás he escapado. Pude dejarlo jurando que nunca diría nada. Pero ellos se han encargado de hacerme saber que siempre han estado ahí. Y a lo mejor, después de esto, sea yo quien aparezca en una cuneta, o no aparezca tal vez. Todo gracias a vosotros. Ahora ya sabéis por qué decidí salir corriendo.
Ahora las dudas de los agentes son las que provocan el mutismo que se genera de nuevo. Unas dudas que hieren, que abrasan. Unas dudas que se disfrazan de culpa y someten a los dos agentes.
—No le va a pasar nada. Es una promesa que yo le hago —jura Aura. No para él. Jura como un intento de convencerse a sí misma de que no puede fallar.
—Permíteme que lo dude. Ni siquiera tú sabes en quién puedes confiar.
La subinspectora digiere las palabras de Ramón con dificultad, como si comiera un trozo de pescado todavía con espinas.
—¿Qué quiere decir? —inquiere con dureza, ofendida ante el comentario amenazante del conductor.
—Lo que has oído, es sencillo. ¿Pondrías la mano en el fuego por cualquiera de tus compañeros?
Aura quiere responder que sí. Intenta dibujar esa palabra en sus labios. Su mirada se apaga cuando descubre un interior lleno de dudas. En su mente aparecen todos sus compañeros bajo un telón negro que le impide ver nada más allá. Ese telón son sus dudas.
Sus miedos.
—Una última pregunta. ¿Por qué fue a ver al detective? Tenemos entendido que cuando realizó su visita ni siquiera se sabía que El Bosco estaba activo.
—No lo sabríais vosotros.
Ahora son los ojos de Aura los que crecen hasta casi salirse de las órbitas. Mira a Ramón y tuerce el rostro para rebatir su comentario.
—¿Usted sí lo sabía?
—Hace un mes aproximadamente comencé a recibir unas notas. No eran amenazas. Sabía que no eran de los mismos de siempre. Estas notas venían de alguien que quería acabar con la clínica, y estaba asegurándose de que yo lo supiera.
—¿Recuerda qué tipo de notas eran?
—Eran papeles con una simple frase. Decía: «En ocasiones la esperanza no es nuestra aliada. A veces, es nuestra enemiga».
—¿Tiene las notas? —pregunta Aura con nerviosismo, excitada por la información que está recibiendo.
Ramón niega con la cabeza mientras suspira con pesar.
—Tiré los papeles. ¿Qué mierda iba a imaginar que esas notas serían una declaración de intenciones? Para mi eran un papelucho de mierda, así que lo rompí y lo tiré.
—¿Por qué visitó al detective si ni siquiera sabía que el asesino estaba planeando acabar con los responsables?
—Porque en un principio pensé que eran los de siempre. Y quise averiguar si ese detective sabía algún nombre que yo no conociera. Pero fue en vano.
Tras eso, el silencio vuelve a reinar. Aunque esta vez es un silencio de despedida, prefacio duro de que algo se acaba. Cuando pasa un minuto Aura sonríe, mira a Víctor y, tras captar su gesto de conformidad, se despide de Ramón, que queda en la sala cuando ellos salen.
—¿Vamos a por Manuel? —incita Víctor.