El primer lienzo
16 de marzo de 2018, 16:11. Valencia
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16 de marzo de 2018, 16:11. Valencia
—¡Espera! —exclama Víctor asiendo por el brazo a Aura. Ella lo mira con un gesto interrogante arrugando el entrecejo—. Lo mejor será que hable yo.
—¿Y eso por qué?
—Pues porque analizando un poco a Manuel, a lo mejor, si te enfrentas tú a él, se cierra en banda y no dice nada. Se ve claramente que es un narcisista y un misógino. El hecho de que seas tú quien lo interrogue podría alterarlo.
—Creo que Víctor tiene razón —dice Daniel mientras lleva su mirada hacia el interior de la sala. Manuel sigue con una expresión serena, con los brazos cruzados y retrepado en su silla.
Aura intenta disimular el orgullo que siente al escuchar las palabras de Víctor, pero se convence cuando entiende sus razones. Se gira hacia la sala y observa al sospechoso.
—Está bien, habla tú. Yo iré provocándolo de forma sutil para que se encienda y a ver si así se le escapa algo.
Ambos asienten y Víctor toma la delantera. Cuando entra en la sala el gesto de Manuel no se inmuta. Impertérrito en su silla, apenas dedica una mirada de soslayo a los dos agentes.
Con la tranquilidad de un francotirador que aguarda a la llegada de su víctima, los dos policías toman asiento. Víctor respira con calma, intenta contener los nervios, entrecierra los ojos y relaja los músculos de la cara. Eso fue un truco que le enseñaron en su época de noches enteras jugando al póker. Sabe que para ocultar sus emociones tiene que relajar los músculos de la cara, fruncir con levedad el ceño y procurar centrar la mirada en un espacio pequeño, pero evitando mirar a un punto fijo, además de parpadear poco y de forma lenta.
Manuel, en cambio, no quiere negar sus sentimientos. Su mirada es firme, iracunda y casi abrasiva. Desafía en silencio a Víctor, que decide abrir el debate.
—¿Necesita algo? —se preocupa, primero. Como todo protocolo de actuación, no se puede empezar agrediendo.
—Para empezar, necesito saber por qué me habéis traído.
—Bueno, creo que mis compañeros han sido claros cuando lo fueron a buscar. Necesitamos aclarar ciertas dudas que han ido surgiendo en el transcurso de la investigación.
—¿Y tengo que venir obligado? ¿Acaso me estáis arrestando?
—Nada de eso. Le hemos citado para una entrevista. No queremos inculparlo por ningún delito todavía.
Manuel no deja pasar la última palabra de Víctor, lanzada con descaro. Aquel es el primer ataque que el subinspector tiene guardado.
Víctor siempre ha sido la mano derecha, el escudo, el protector. El payaso jocoso que alegra las fiestas. Pero eso solo es la superficie del agente. Si sus compañeros hubieran arañado y ahondado en las profundidades de ese hombre, hubiesen encontrado una persona meticulosa, observadora e inteligente. Víctor es mucho más de lo que aparenta, y ahora quiere demostrarlo.
—¿Todavía? —inquiere Manuel, decidido a no dejar pasar ese pequeño ataque. Él también es un lobo viejo y sabe reconocer a los corderitos disfrazados.
—Sí, bueno. Nadie sabe lo que puede pasar más adelante y no me gustaría prometerle algo ahora que no pueda cumplir más adelante. No puedo jurarle que, si sale por esa puerta sin esposas, no vaya a volver a entrar.
—¿Estás insinuando algo?
—De momento estoy siendo franco. Y, con toda la sinceridad, me gustaría entender por qué un padre que sabe que su hija ha sido asesinada, y entiende el motivo, guarda silencio.
Los ojos de Manuel crecen y se vuelven rojos casi al instante. Su piel también se sonroja mientras aprieta con fuerza los puños.
—Pienso hacer que os quiten las placas a todos. Os lo juro por mi vida ahora mismo que, cuando todo esto acabe, hablaré con quien tenga que hablar —dice escupiendo toda la rabia que su tranquilidad le permite.
—Bien, pero hasta ese momento tendrá que rendir cuentas ante nosotros. Y ahora mismo nos gustaría saber a qué se dedica el laboratorio Beinnet. ¿Qué tipo de pruebas hacen?
El hombre los mira con desprecio, pero intenta dibujar una sonrisa sarcástica que ofende a los dos agentes por igual.
—No sé si lo entenderíais. Para ser lo más vulgar posible, hasta hace poco, el laboratorio hacía pruebas para buscar nuevos fármacos contra el asma.
—¿Hasta hace poco? ¿Y ahora qué hacen?
—Pues no lo sé. ¿Por qué no se lo preguntáis a ellos? Yo ya no tengo nada que ver.
Aura se remueve en su asiento.
—Tenemos entendido que posee una buena cantidad de acciones de la empresa. Así que imagino que estará al tanto de lo que hacen allí.
Manuel mira con rabia a Aura, que se limita a lanzar una sonrisa furtiva y descarada.
—Pues sí, pero no me paso todos los días allí. No sé qué estarán haciendo ahora. Suelen tener varios equipos médicos para cada ensayo.
—¿Cómo puede ser un ensayo contra el Alzheimer y otro contra el sida?
El señor Frutos levanta la barbilla como si aquellas palabras trajeran a su memoria recuerdos dolorosos. Como si las palabras de Víctor hubiesen abierto una herida que jamás dejó de sangrar. A pesar de ello vuelve a controlar su gesto y sonríe.
—Por ejemplo —responde sin más.
—Tengo entendido que, por la década de los noventa, el laboratorio del que usted era el presidente del comité ético se dedicaba a ensayos para combatir el Alzheimer. También sabemos que su hija murió a causa de una sobredosis de Galantamina, y que este fármaco se usa para prevenir el desarrollo del Alzheimer. ¿No le resulta una coincidencia abrumadora?
Manuel traga saliva. Su cuerpo comienza a sudar y cada vez le cuesta más soportar la presión a la que el subinspector lo está sometiendo.
—No lo sé. Sois vosotros los encargados de encontrar las pruebas. Sería muy extraño que cerrarais un caso solo por coincidencias. Aunque vista la profesionalidad de la que hacéis gala, no me extrañaría.
Víctor ríe con descaro, como si ese hubiese sido el mejor chiste del día. Como si estuviera divirtiéndose con Manuel en la terraza de un bar, aunque esta vez no corre una brisa fresca de primavera. No hay cervezas ni papas. No se oye el murmullo de la ciudad. No hay fiesta ni jolgorio. No hay risas verdaderas.
—Sí, bueno. Tenemos las pruebas necesarias para acusarlo por negligencia médica en ensayos clínicos con pacientes en fase inicial de Alzheimer. También sabemos que contrataron los servicios de varias mujeres portadoras de sida a las que practicaron una inseminación artificial para luego hacer pruebas con esos menores. No sé, pero a mí todo esto me suena a un relato del Holocausto nazi.
A Manuel le tiembla el labio superior. Le pican las manos, le suda el cuello y apenas es capaz de pronunciar palabra alguna.
—¿De dónde habéis sacado semejante superchería?
—Señor Frutos. El tiempo corre y nos estamos jugando la vida de muchas personas mientras estamos aquí discutiendo quién hizo qué. Sabemos que su laboratorio hacía ensayos clínicos no legitimados con ancianos, así como con niños y mujeres. Dígame, ¿qué salió mal para que dejaran de hacerlo?
El hombre mira a Víctor, pero no dice nada.
—¿De verdad va a dejar que su hija haya muerto para nada? —Intercede Aura, que se está viendo superada por la rabia.
A pesar de su dura intromisión, y de que Manuel haya reaccionado clavando una mirada de odio en sus pupilas, el hombre se incorpora sobre su silla.
—La Galantamina fue el fármaco que más daño causó en todos los ensayos. Probaron con Tacrina también, pero no tenía los mismos efectos. Yo nunca participé en los ensayos, me limitaba a dar el visto bueno a buen precio. El dinero y la comodidad convencen a cualquiera.
Víctor lo mira en silencio, analizando cada palabra, estudiando cada gesto. Por un momento comprende que su dolor es producto de su culpa, y su ira sirve para disimularla.
—¿Lo sobornaron para que aceptara los ensayos?
Manuel asiente ante la pregunta de Víctor.
—Con los ancianos pude compartir la idea de buscar una solución. Al principio me ocultaron que los ancianos habían muerto. Fue cuando sospeché que empezaban con pacientes nuevos y los viejos ya no volvían. Ahí descubrí la verdad. Pero con los niños fue diferente.
—¿Qué puede contarnos de ellos?
El viejo director del comité niega en un principio. No quiere seguir hablando y se encierra en un silencio que parece levantar un muro entre ellos. Un silencio que se clava en las paredes.
—¿Era el doctor Pons el encargado de los ensayos?
—El doctor Pons era quien llevaba los ensayos con los ancianos. Los ensayos con los menores no los llevaba él. Era otro doctor.
Víctor mira a Aura, que se remueve en su silla.
—¿Quiere decir que había otro doctor con ustedes?
Manuel asiente con serenidad. Dedica una mirada lenta a sus manos trémulas y vuelve a mirar a los agentes.
—El doctor Pons era un buen hombre. Cuando pasó lo de los críos, decidió marcharse. Pero nadie podía irse con tanta facilidad, por lo que tuvo que escapar a Brasil. Sé que estuvo un tiempo trabajando allí y luego, cuando todo pasó, volvió a España para dedicarse a otra especialidad.
—¿Qué ocurrió, señor Frutos?
Ambos agentes aguardan, pero el silencio de Manuel es demasiado denso, se dilata en el tiempo como la mala fortuna. Su expresión muestra dudas, resignación. Niega con velocidad.
—Señor Frutos —vuelve a pronunciar Aura—. Hay un compañero nuestro desaparecido y el tiempo corre. Sabemos que usted no es mala persona, demuestre que tenemos razón. Que acertamos a la hora de confiar en usted.
Manuel suspira con dolor mientras cierra los ojos.
—Todo empezó a venirse abajo con la prostituta. Al principio el ensayo se inició cuando llegó una mujer con bastante poder económico que había contraído el sida. Había quedado embarazada y quería un tratamiento para combatir la enfermedad. Fue entonces cuando el doctor Gil se obsesionó con esta situación. Sobra decir que el ensayo con esta mujer no funcionó y el bebé no fue capaz de repeler el virus.
Aura no le quita el ojo de encima mientras el hombre revive aquella dura época con dolor.
—A partir de entonces empezó un ensayo con otras mujeres portadoras. Buscó entre drogadictas y prostitutas, y las utilizaba para sus ensayos.
—¿Recuerda el nombre del doctor?
—Solo su apellido, lo siento. Siempre me dirigía a él por su apellido y eso nunca lo he olvidado. Doctor Gil es todo lo que puedo decir. Era un hombre cinco años más joven que yo, moreno y de corte de pelo militar. Siempre vestía holgado y su rostro ya delataba sus malas intenciones.
—Señor Frutos. Sabemos que Cristóbal le ofreció a una prostituta cerca de doscientas mil pesetas para ofrecerse a las pruebas. ¿Quién financiaba todos los ensayos? —investiga Aura.
—Los presupuestos los dirigían ellos. El director del centro junto al gabinete administrativo. No sé quién estaba detrás de todo puesto que Cristóbal era el único que solía hablar con sus, digamos, socios.
—¿Qué pasó con las prostitutas? —pregunta Víctor volviendo al tema.
—Fueron varios ensayos. En casi todos el niño nació con alguna malformación. En el primero murieron tanto la madre como el niño. Solo hubo un caso. Uno en el que el niño nació libre del virus.
Víctor mira a su compañera, que sabe, por el gesto de este, que han dado con El Bosco. Ahora el caso cobra sentido. Se llena de una vida paradójica, puesto que esta vida solo trae muerte.
Por un momento, Aura revive la conversación que tuvo con el mismo asesino. Esa en la que le exigía que buscara el primer cuadro.
—¿Qué pasó con ese niño?
Manuel se muerde el labio. Todos allí saben que lo que va a decir no le va a gustar a nadie, pero es necesario.
—Ese niño fue el ensayo del doctor Gil. Se aprovechó de que su madre apenas podía mantenerlo para hacerse con él. Desde que nació pasó a formar parte de sus pruebas. El doctor Gil intentó utilizar su sangre para elaborar un fármaco capaz de anular el sida en caso de embarazo. En aquella época todavía no estaban muy avanzados los estudios con esta enfermedad y no se sabía con certeza las causas por las que el bebé nacía sano siendo su madre portadora del VIH. Pero ese niño pasó su infancia rodeado de agujas y electrodos. De pruebas que lo dejaban exhausto. De dolor y llantos. Lo privaron del contacto materno, de cualquier posibilidad de integración social, del cariño, del afecto.
—Lo convirtieron en un monstruo —afirma Víctor, sin querer desvelar que ese niño es el asesino de El Bosco.
Manuel asiente con pesar.
—Pasó muchos años encerrado en una pequeña habitación con apenas una televisión y poco más. Hasta que un día desapareció.
—¿Cómo que desapareció? —pregunta Aura con verdadero interés.
—Nadie sabe qué pasó con él. De vez en cuando, la madre solía visitarlo y se lo llevaba de paseo. Un día se lo llevó y no lo volvimos a ver. Algunos piensan que la madre lo asesinó y se deshizo del cuerpo. Otros que lo crio en secreto. Lo único cierto es que no se supo nada más de ese pequeño.
—¿Nadie investigó lo que le pasó?
El hombre se encoge de hombros.
—Los ensayos estaban estancados. No sé si entendéis cómo funciona este mundo, pero, en cuanto a ensayos experimentales, es una carrera. Muchos laboratorios suelen participar, cuando uno llega a la meta, la carrera se acaba. Nosotros no pudimos llegar los primeros, así que decidimos aparcar el proyecto. A nadie le interesó seguir gastando en ese muchacho. Total, nadie más sabía de él.
—¿Podría decirme qué pasó con el doctor Gil?
—Abandonó el laboratorio años después para dedicarse a trabajar por su cuenta en un centro privado, pero no recuerdo cuál.
—Sabe usted si sigue con vida este doctor.
Manuel se encoge de hombros. Su testimonio ya ha finalizado. Se ha vaciado por completo y ahora parece que flota en la sala, liberado, en paz consigo mismo. Por un momento incluso se percibe una ligera sonrisa. Sonrisa que borra cuando los agentes deciden poner fin a la reunión y marcharse.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunta con nervios.
Víctor lo mira desde la puerta y suspira.
—Ahora tendrán que ser conscientes de lo que hicieron y remediarlo en la medida de lo posible. Esperemos que podamos encontrar a tiempo al asesino.
Cuando Víctor cierra la puerta, no puede negarse al dolor que oprime su pecho.
—Ya sabemos qué pasó con El Bosco —sentencia con un tono de voz débil. Con culpa.
—Pero sigo sin entender algo. ¿Qué pinta Mateo en todo esto? Si El Bosco quería vengarse de la clínica, ¿por qué usó a Mateo? ¿Por qué esa inquina con Javier? ¿Qué significado tienen ellos en todo esto?
Nadie responde. No lo hacen porque están centrados en la figura estática de Raúl, que ha escuchado todo lo que han dicho en la sala. Sus ojos blancos van del rostro de Aura hasta su teléfono móvil, y vuelven a ella. Cuando se percata de que todos lo miran, reacciona.
—Han llamado los del laboratorio de documentos. Tienen todos los archivos de Ricardo Pons. Nos esperan.
—¿Han encontrado algo? —inquiere Víctor.
Raúl lo mira con indolencia.
—Eso parece.