El primer lienzo

El primer lienzo


16 de marzo de 2018, 17:25. Valencia

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16 de marzo de 2018, 17:25. Valencia

La tensión se respira en el equipo.

Nadie habla. Nadie se mira e incluso muchos de ellos procuran respirar con levedad para no distorsionar esa realidad que se ha formado alrededor.

Junto a un pequeño escritorio esperan Aura y el resto del equipo la llegada de Raúl, que ha ido a buscar al subinspector Romero, encargado de la información que tiene para ellos.

Tras más de cinco minutos aparecen los dos, hablando con un gesto serio. Raúl gesticula con descaro mientras que el subinspector David Romero asiente con un gesto que raya la pena, el lamento.

—Bien, muchachos. Esto es lo que tenemos. Vamos a repartir las hojas entre todos, ya que hay mucha información —informa el inspector jefe—. David nos ha clasificado los archivos importantes.

—Sí, tenéis por un lado los que estaban dentro de una carpeta bastante oculta, pero no secreta. La carpeta tenía el nombre de recuerdos. Hay otra que contenía bastantes archivos doc que creo que pueden ser útiles. Y luego varias carpetas más con fotos y recortes que debía de resultarle atractivos al dueño del ordenador. —David reparte las hojas a los agentes, que empiezan a analizar sin dilación todo el contenido posible.

—¿Hemos ordenado la búsqueda del doctor Gil? —inquiere Aura sin dejar de mirar las hojas que le ha tocado revisar a ella.

—Es difícil encontrar a alguien por su apellido. De todas formas, he ordenado buscar a todos los médicos con apellido Gil que hayan nacido entre los años 1950 y 1955. Por lo que dijo Manuel de que era cinco años menor que él.

—¿Hay novedades con eso?

Raúl niega con resignación. Apenas ha pasado media hora desde que han salido del despacho de la Jefatura. Demasiado poco tiempo para hacer semejante criba. Todos lo saben.

—Espero que en unas horas nos digan…

—Chicos —interrumpe Daniel—. Creo que tengo algo.

Su rostro se ha congelado con una imagen aferrada a su mano. Sus ojos se tornan blancos, su piel nívea. Sus labios se resecan y apenas es capaz de soltar la fotografía cuando Raúl la intenta sustraer de su mano.

Aura se asoma, haciendo puntillas, por encima del hombro del inspector jefe para comprobar la magnitud de aquella información.

Nadie habla durante casi un minuto.

Todos observan en silencio la imagen que Daniel ha encontrado, entendiendo que en ella se plasma el origen de todo lo que están viviendo.

Aura recuerda entonces las palabras del asesino. Había llegado al principio de todo. Ahora ella entendía que la finalidad de El Bosco era llegar a su propio verdugo. Tiene ante ella al propio Víctor Frankenstein creando a su monstruo particular.

—¿Ese es…? —intenta deducir Víctor.

Nadie responde.

No lo hacen porque no es necesario. Esa mirada sin expresión lo delata. Esos ojos vacuos, sin alma, traspasan el papel para mostrar al mismísimo asesino de El Bosco en sus inicios.

—Son ellos —dice Raúl, convencido de haber llegado al misterio que tanto los envolvía.

En la imagen se aprecia a Cristóbal junto con Ricardo Pons y otro hombre que encaja a la perfección con la descripción que Manuel había hecho del doctor Gil. Los tres hombres se hallan de pie, justo por detrás de un niño al que el doctor Gil toma por los hombros. El muchacho no sonríe, apenas mira a la cámara.

—Debajo de la foto pone algo —anuncia Aura al ver un pequeño texto.

El texto anuncia una fecha: 22 de mayo de 1995, entrevista a los investigadores del laboratorio Beinnet.

—Leo —ordena Daniel casi de inmediato—. Busca la fecha. Algún diario publicó un artículo sobre este laboratorio. Necesitamos encontrarlo.

Leo asiente y comienza a teclear en el ordenador. Apenas tarda unos segundos en dar con la respuesta que Daniel le ha exigido. Sonríe y se acomoda en el sillón.

—Aquí está. Se trata de una entrevista hecha por Las Provincias a los responsables. Tengo algo más.

Leo señala una línea dentro del texto que acompaña a la misma foto que ellos tienen entre las manos.

—¡Lo tenemos! —grita Víctor.

Raúl permanece inmóvil. Sigue analizando la fotografía, como si aquella imagen lo hubiese congelado. Es solo cuando recibe el pequeño golpe que Aura le dedica en su hombro que reacciona.

—Necesitamos una orden para ir a por Pedro Gil Puig. Leo, ve localizando la dirección. Voy a preparar la visita. Nos vamos todos.

Nadie más dice nada. Todos salen corriendo mientras David se queda reorganizando todos los papeles que los agentes han dejado esparcidos por el mueble, el suelo y varios lugares más que han improvisado como perfectos escritorios.

Ya en el coche, es Aura la que se deja llevar por sus emociones.

—Ese hijo de puta siempre ha estado buscando esto. Su objetivo no era desmantelar los trapos sucios del laboratorio. Buscaba venganza.

Víctor no responde de inmediato. Su mirada se centra en la calzada mientras espera la llegada de los otros vehículos. Cuando el Mercedes de Raúl pasa por su lateral, acelera para colocarse a su retaguardia.

Las sirenas comienzan a mezclarse con la alegría de unas fiestas tan deseadas como disfrutadas en esa ciudad. La noche ha caído con fuerza y apenas unos pocos rayos de sol clarean ya un horizonte consumido por la penumbra y el frío húmedo que azota con fuerza a esas horas.

 

El recorrido ha sido lento y apresurado al mismo tiempo. Apresurado por la necesidad de los agentes de llegar a la dirección que Leo había conseguido en tiempo récord. Lento por los enormes atascos y calles cortadas que convierten cualquier traslado en coche en una odisea. Pero al fin han llegado a Campolivar, una de las zonas más tranquilas del extrarradio de Valencia, con casas de jardines enormes y altos muros que invitan a la privacidad.

Su objetivo está en la esquina de la calle Fundador con el camino de Camarena. Ahí se encuentra la casa registrada a nombre de Pedro Gil. Una pequeña casa rodeada de un amplio jardín. Una casa bastante rústica y consumida por las humedades y el maltrato que el tiempo provoca.

Todos los coches habían cesado en sus reclamos hacía varios minutos y, cuando aparcan frente a la casa, los cinco agentes se reúnen junto a la puerta principal.

—Dejadme hablar a mí —ordena Raúl mientras se dirige a llamar al timbre.

Algo hace que no llegue a su destino.

Justo en el momento en que va a pulsar el interruptor, la mano de Aura detiene su avance con un fuerte apretón. Los ojos de la subinspectora se han puesto blancos y mira un punto fijo a través del vallado de la puerta. Entre las rejas se aprecia el cuerpo inmóvil de un enorme perro.

—¡Espera! —exclama ella, y señala al animal—. Algo pasa.

El Rottweiler no se mueve. Su rollizo cuerpo está tumbado y, desde la distancia, se aprecia un pequeño reguero de sangre que mana de su cabeza. Aunque entre la penumbra que va creciendo en la zona, y los más de cinco metros que separan al animal de los agentes, puede ser todo fruto de la imaginación.

No obstante, Raúl golpea la puerta metálica con cuidado para no llamar demasiado la atención, pero buscando la reacción del animal.

El perro no se mueve.

Tampoco respira.

El equipo se altera.

Los nervios se disparan y es entonces cuando Raúl se prepara. Saca su arma y ordena a Víctor y Daniel a separarse.

—Id por detrás —exige mientras intenta abrir la puerta. Esta cede en el primer intento, por lo que, Raúl, Aura y Leo, se precipitan en una marcha lenta a través del camino empedrado que lleva hasta la puerta de acceso.

Cuando pasan por el lado del animal, Raúl se agacha e intenta acariciarlo. El perro está muerto. De su enorme y cuadrada cabeza se puede ver un agujero lleno de sangre y con restos de sus propios sesos.

—Todavía está caliente —argumenta él, que acelera el paso hacia la puerta principal.

Una vez frente a la puerta saca su teléfono móvil y llama a Daniel para coordinar la entrada en la vivienda. Y es solo, cuando el inspector avisa de que han llegado a su posición, cuando Raúl fuerza la puerta principal.

El marco de madera cede con un crepitar lento, y se abre casi sin esfuerzo dejando varios fragmentos esparcidos por el suelo.

La oscuridad de una vivienda triste los recibe. Justo frente a la entrada los agentes se topan con una foto de Pedro con una mujer de pelo casi blanco y largo. Ambos sonríen. Le dan la bienvenida.

Los tres siguen caminando con pasos lentos, con sus pistolas calentando sus manos, con sus piernas quejándose del esfuerzo de caminar a hurtadillas. Con sus corazones angustiados por la expectación. Pero la oscuridad se hace más densa en el salón. Allí Raúl se detiene y observa la sala devorada por las sombras y el temor.

—¡Allí! —susurra Leo, que ha visto algo.

Su mano señala un punto al fondo de la sala. Justo en el marco que da acceso a otra de las habitaciones. Ahí un bulto se acomoda en el suelo. Un bulto menudo e inerte. Un bulto que hace que todo el equipo alce las armas.

Aura traga saliva y camina en dirección a esa sombra que poco a poco toma forma. Es un cuerpo, tirado en el suelo y sin vida aparente. Aura se lamenta por la situación. Siente que llega tarde a todos los lugares. Pero la realidad la sorprende cuando escucha un crujido en el piso superior.

Todos se detienen de golpe. Raúl se agacha para comprobar que aquella sombra es el cuerpo de la mujer que vieron en la entrada. Cuando la mueve para analizar su estado, entiende que no es necesario. El enorme charco de sangre que yace bajo ella le convence de que no hay nada que hacer.

—Pedid refuerzos —exige con la voz trémula.

Es en ese momento cuando un gorjeo nervioso llama su atención. Alguien ha gruñido en el piso de arriba. Alguien se halla con ellos y todavía respira.

Sin pensarlo, Raúl se aferra a su arma y se lanza en una precipitada carrera hacia el piso superior, seguido por Aura y Leo, que también corren con sus armas listas para castigar el mal.

Cuando llegan al primer piso, la penumbra solo se rompe por un pequeño resquicio de luz que sale de una de las habitaciones.

Es el inspector jefe quien, tras sacudir la cabeza para que sus compañeros revisen las habitaciones que él va dejando atrás, se acerca hasta la puerta que le separa de la claridad.

Cuando Aura y Leo se colocan tras él, y entiende que solo resta comprobar esa habitación, toma con fuerza el pomo y respira hondo. No va a abrir de golpe, no está preparado. Necesita una señal, un momento indicado para abalanzarse hacia la realidad. Cuenta hasta tres. Respira de nuevo, cierra los ojos mientras susurra el número uno. Con el dos aprieta los dientes y las manos para sentir el frío del metal en su piel.

—¡Tres! —grita con fuerza cuando entiende que ha llegado el momento. Gira el pomo y cuando la puerta cede un milímetro le propina una patada que hace que la estructura golpee con fuerza contra la pared. Al ruido seco del impacto se le une el de su arma siendo amartillada.

Sus ojos crecen cuando descubre lo que hay tras esa puerta. Traga saliva y lleva su otra mano a la pistola. La sujeta con fuerza antes de enfrentarse a él.

—¡Quieto!

En el interior de la sala encuentra al doctor Puig, con la mirada casi perdida, los ojos hinchados y un pequeño rastro de sangre que se escapa de su boca. Está sentado en una silla y amordazado por completo. Tras él, El Bosco sonríe mientras clava en la nuca del doctor una Beretta 98 A1.

—Vaya, no me esperaba esta visita —dice El Bosco sin borrar su sonrisa deformada de su rostro consumido por las llamas. Parece otra persona distinta a la que Aura puede dibujar en su mente. Ya no se aprecia ese brillo sarcástico en sus ojos azules. Su sonrisa, que antes brillaba de egocentrismo, ahora tiene que esforzarse para mantener la saliva en el interior de la boca. Su cabello castaño casi ha desaparecido, devorado por un fuego que le derrite media cara. Incluso su voz parece distinta.

Aura se coloca al lado de Raúl y su corazón se detiene. El miedo pasa a devorar su calma y no es capaz de articular palabra. Apenas es consciente de que no ha pestañeado desde que ha entrado en esa habitación.

El Bosco, en cambio, parece disfrutar del momento. Mira en derredor, pero solo tiene una ventana tras él, y varios muebles. Muebles que ha apartado premeditadamente.

—Subinspectora. Ha hecho un buen trabajo.

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