El primer lienzo

El primer lienzo


16 de marzo de 2018, 19:15. Valencia

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16 de marzo de 2018, 19:15. Valencia

—¡Se ha terminado! Suelta la pistola y apártate de la silla —ordena Raúl apretando los dientes con tanta fuerza que incluso sus palabras salen deformadas de su boca.

El Bosco sonríe. No parece tener miedo. No tiene intención de huir. Ni siquiera se muestra impaciente o dubitativo. Sus ojos se clavan en el rostro encendido de Raúl mientras le dedica una ligera mueca de desdén que se mezcla con una expresión que Aura no llega a definir. Podría ser odio o quizá frustración.

—Inspector Donato, veo que al fin se decide a actuar. Aunque, como podrá comprobar, ya llega tarde.

La expresión del doctor Puig se congela en un gesto de temor. Intenta hablar, pero apenas logra balbucear palabras sueltas. Perdidas todas ellas y sin sentido. Solo una frase se repite en sus labios. Una frase que cae con levedad en el suelo mientras su cuerpo tiembla a causa de un profundo miedo cerval.

—Salvad a Rosa, por favor. Salvad a Rosa —repite una y otra vez con unos ojos rojos e hinchados.

—Todo saldrá bien —contesta Raúl, apretando con fuerza la pistola.

—¿No se cansa nunca de mentir? —inquiere El Bosco con la mirada fija en los ojos de Raúl, que parece estar dominado por un odio irracional.

—Calla la puta boca y baja la pistola. Se acabó la partida y has perdido, así que no lo hagas más difícil.

El Bosco sonríe.

—Usted no va a cambiar. No se olvide que llevo con ustedes muchos años. Sé cómo piensan, cómo actúan, y puedo imaginar cada paso que vayan a dar antes incluso que lleguen a planteárselo. ¿Que se acabó la partida dice? Si ni siquiera saben a qué juego están jugando. —La carcajada esta vez es más profunda y siniestra. Tanto que su risa provoca un leve picor en el cuerpo de Aura, que comienza a notar cómo resbala el sudor por su espalda. Junto a ella, Leo tampoco parece estar disfrutando.

Raúl, en cambio, empieza a perder el control de sus emociones. Su mirada se ha encendido y el arma comienza a temblar en sus manos. Ella entiende que está esperando el mínimo descuido por parte de El Bosco para actuar.

—Nos la jugaste muy bien con el caso de Mateo, pero ahora no vas a escapar tan fácilmente. Suelta el arma y ríndete. No tienes escapatoria, estás rodeado.

—Esto no se trata de rendirse o seguir adelante. No busco labrar un camino de sangre y muerte. Mi objetivo es mostrar al mundo las mentiras que todos ocultan. ¿Acaso piensa que todo esto es solo por venganza?

—¿Por qué si no?

—Por justicia, inspector. Por justicia. Porque hemos construido una sociedad acostumbrada a juzgar por lo que le dicen, por lo que le muestran. Una sociedad que no piensa por sí misma. Hemos creado un mundo en el que el castigo es acorde al crimen, y nos olvidamos de que el crimen muchas veces lo cometen los mismos que juraron, en su día, protegernos. ¿Qué pasa cuando quien nos tiene que defender es el malo? ¿Quién nos protege de los buenos? ¿A quién denunciamos cuando el delincuente lleva traje? —El Bosco no puede evitar detenerse tras sus palabras mientras una risa funesta resbala de sus labios—. ¿Es usted el que se va a encargar de cumplir con lo que juró cuando le dieron la placa? No es usted quien tiene que venir a exigirme que me rinda.

Raúl se revuelve, inquieto. Busca con la mirada una posición mejor, una oportunidad para desarmar al asesino, que sigue con el cañón de su pistola clavado en la sien del doctor. El rostro del hombre se deforma cada vez que siente la presión fría del arma sobre su cabeza.

Aura, en cambio, se centra en todo lo demás. En el acople que la pistola lleva en su cañón para silenciar el disparo. En las gotas de sudor que El Bosco deja caer por su rostro. En la ventana abierta. En el temblor inquieto de las manos de Raúl.

—No hables de justicia cuando todo esto es tu cruzada personal. No pienso repetirlo más veces. ¡Suelta la pistola!

Pero El Bosco no parece tener intención de hacerlo. Vuelve a mostrar su típica expresión alegre y lleva su mirada hacia Aura, que detiene su corazón cuando siente el peso de esos ojos vacíos sobre ella.

Es entonces cuando no puede evitar comparar esa mirada con la que acaba de ver hace menos de una hora, plasmada en la fotografía que Daniel había encontrado. Esos ojos son los mismos. Sin vida, sin paz. Ojos sin alma que no parecen arrepentirse de nada.

—Sabemos que ese hombre te utilizó, pero acabar con él no te dará paz. No te sentirás realizado por seguir llevándote por delante a todos los que te hicieron daño.

El Bosco la mira con dulzura. Incluso podría decirse que muestra cierta compasión.

—¿De verdad cree que todo esto lo hago por sentirme mejor? Subinspectora, no ha entendido nada. Mi vida no va más allá de esta obra. ¿Cree que yo soy un monstruo por acabar con la vida de estas personas? Usted ha estado investigando el caso y, si ha llegado hasta aquí, es porque ha dado con la respuesta. No con toda, por lo que veo, pero ha entendido una parte de la historia. Ahora dígame. ¿Quién es el monstruo aquí?

Aura traga saliva. Las palabras del asesino se le clavan en el pecho y hacen que tenga que buscar en la mirada de sus compañeros el alivio que El Bosco no le aporta. ¿Quién es el monstruo? Una pregunta muy sincera en el punto en el que están. Una pregunta que pronto encuentra respuesta.

—Y Javier. ¿Él era un monstruo? —pregunta ella volcando parte del dolor sobre su voz. Dolor que escupe transformado en rabia—. ¿Qué tenía él que ver con todo esto?

El Bosco se muerde el labio mientras dibuja su sonrisa todavía más oscura. Mira a Raúl y pasea su vista por el resto del equipo, hasta volver con Aura.

—Todavía es pronto para darle esa respuesta. No ha llegado a conocer toda la historia. Cuando llegue el momento, volveremos a hablar.

—¡Calla! —Explota el inspector jefe sacudiendo el arma, gesto que provoca la reacción de El Bosco, que se hace pequeño tras la figura del doctor mientras clava con más fuerza la pistola en su cabeza—. ¡Ríndete ya! No tienes a dónde ir. No hay opción de escapatoria. Estás rodeado, así que deja ya el arma y dinos dónde está Javier, antes de que decida volarte la puta cabeza.

Poco a poco, El Bosco vuelve a recuperar la posición sin borrar esa expresión alegre de su cara. Expresión que altera a Raúl, que inquieta a Aura y enfurece a Leo. Este está algo más alejado, justo por detrás de Aura y rozando el marco de la puerta. Al igual que Raúl. El único cuerpo que ha entrado en la habitación es el de Aura, y con cada minuto que pasa ella va ganando unos centímetros, bordeando la pared.

—Lástima que el inspector Reinoso haya tenido que depender de ustedes. Como ya les dije, no me correspondía a mí decidir sobre su futuro. Para dar con él solo tenían que guardar silencio y prestar atención. Fui claro con las pistas que les di para llegar hasta él. Imagino que ahora ya será tarde.

Esas palabras hunden a Aura, que lanza un gemido de dolor mientras aprieta los dientes y dirige su arma hacia el asesino. El Bosco vuelve a reaccionar moviendo la pistola sobre la cabeza del doctor, que se queja al sentir la presión.

—Pienso matarte si le has hecho algo —gruñe ella. El odio se derrama por sus labios y hace que apriete el arma con rabia. Puede sentir el gatillo cediendo ante el contacto con su dedo índice. Traga saliva antes de volver a relajar la mano.

—Les repito que yo no le he hecho nada al inspector. Su participación en esta obra ha sido necesaria. Al igual que yo, él fue un mero instrumento para conseguir un fin mayor. Es lo que somos, ¿no, inspector? Instrumentos. Somos juguetes rotos en manos de niños malcriados, caprichosos. Juguetes que reciben todos los mimos y cuidados mientras sienten interés por ellos, pero que luego acaban en la basura cuando llega uno nuevo. Uno mejor.

Raúl levanta la barbilla mientras le dedica una mirada encendida que no necesita respuesta. Sus ojos hablan por él. Escruta la habitación buscando un ángulo de disparo mejor, aunque no va a tener fácil caminar los dos metros que lo acercan a un blanco fácil. Cuando da el primer paso, El Bosco reacciona moviendo la pistola.

—No sé lo que quieres, pero no vas a salirte con la tuya —anuncia Raúl.

El Bosco sonríe y se incorpora tras el doctor, que vuelve a susurrar una súplica perdida. Una súplica que nadie oye, pues ni él se esfuerza en levantar la voz, ni los demás están prestándole atención. Todos observan al Bosco mientras este vuelve a hacerse grande en la habitación.

—¿Salirme con la mía? Inspector, todos se han salido con la suya durante muchos años. Si ambos estamos aquí ahora mismo, es precisamente porque todos se salieron con la suya. ¿No lo cree? —De nuevo vuelve a mostrar su afilado gesto de triunfo mientras desvía su mirada hacia Aura—. Tal vez haya llegado el momento de que dejemos de hacerlo. Puede que yo haya llegado hasta aquí para desmontar ese castillo de naipes que se levantó con mentiras y sangre. No, todavía no me he salido con la mía, pero falta poco. —Su mirada se apaga de repente. Su rostro alegre se borra para consumirse en uno más oscuro, lleno de odio y rencor—. Pronto acabará todo, y será entonces cuando comprendan la realidad de mi obra.

En ese momento, Aura entiende lo que va a pasar. Lo entiende cuando ve cómo El Bosco aparta la pistola de la cabeza del doctor para dirigirla hacia ellos. Es entonces cuando el tiempo se detiene.

Nunca pensó que pasaría por eso, aunque siempre se sintió preparada. Pero la realidad le muestra que nadie está preparado para enfrentarse a una muerte prematura. Nadie puede estarlo.

Cuando ve cómo El Bosco mueve el arma, intenta dirigir la suya hacia él, pero ya no hay tiempo y el riesgo de acabar con la vida del doctor es muy grande. Lo único que puede hacer es abrir los ojos y rezar por que acabe pronto.

—¡Aura!

Ella escucha la voz de Leo. Aunque en su mente ha sonado como la voz de Javier. Al sonido de la voz se une un fuerte tirón que la lleva hasta el suelo. Leo la ha tomado por el brazo cuando El Bosco ha dirigido el arma hacia ellos, pero todavía no ha caído del todo cuando la primera detonación se oye, como un leve zumbido que apenas rompe la calma.

Raúl, en cambio, sí reacciona. Tras gritar con resignación, y ver que no ha surtido efecto, se encoge mientras da varios pasos hacia atrás. No lo duda. Él sí hace retumbar la habitación con dos disparos que pasan rozando el cuerpo del doctor, pero acaban estrellándose contra la pared.

Tras eso, El Bosco sigue disparando: dos, tres, cuatro veces. Aura puede sentir el calor del latón de las balas acariciando su piel. Leo sigue tirando de ella mientras las balas pasan junto a su cuerpo. Dos de ellas se estrellan en la madera de la puerta, otra pasa rozando su cara y una cuarta hace saltar varios trozos del yeso de las paredes, que acaban impactando en su mano derecha.

Cuando Leo consigue apartarla del peligro, encuentra a Raúl apoyado en la pared, respirando con agitación y sin mirar a nadie más.

Aura mira al interior y ve al Bosco. Todavía ha descerrajado dos tiros más y cuando siente que ya no hay peligro se detiene. Puede ver en sus ojos la mirada de quien no tiene nada que perder. Sonríe y sin dudarlo apoya la pistola en la nuca del doctor.

—¡NO! —grita Aura con todas sus fuerzas.

No puede hacer nada para evitar que El Bosco apriete el gatillo. Esta vez la detonación apenas se oye, silenciada por la cabeza del hombre, que cierra los ojos un segundo antes, al presentir su destino.

Todavía la sangre de Pedro Gil está salpicando las paredes cuando El Bosco no duda en saltar por la ventana que tenía abierta tras de sí.

—¡Quieto! —grita Aura intentando seguirlo, pero ya es tarde. Su cuerpo se ha perdido tras la penumbra que cae afuera como el telón de un teatro.

Un segundo más tarde, otros gritos se oyen desde el exterior. Unos gritos que preceden a varios disparos. Aura pierde la cuenta después del séptimo.

—¡Víctor! ¡Joder, Víctor! —La voz de Daniel llega a la habitación. Esa voz de desesperación, de temor. El mismo temor que siente Aura cuando lo escucha.

Se incorpora con celeridad y corre hacia la ventana. Cuando se asoma, todo su mundo se viene abajo al ver el cuerpo de Víctor tendido en el suelo y a Daniel junto a él.

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