El primer lienzo

El primer lienzo


16 de marzo de 2018, 23:19. Valencia.

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16 de marzo de 2018, 23:19. Valencia.

Todo ha pasado muy rápido. Tanto que Aura es incapaz de recordar con claridad lo vivido en las últimas horas. A su mente llegan imágenes disolutas, como pequeños flashbacks que le recuerdan lo ocurrido. Aunque el dolor no se marcha. Es lo único que ha permanecido aferrado a ella como un perfume caro.

Recuerda los disparos que escuchó cuando El Bosco salió huyendo. Los gritos de Daniel, de Leo. El silencio de Raúl. Su llanto desolado al ver la expresión nublada de Víctor, sin consciencia tras unos pocos minutos de tensa agonía.

Recuerda los alaridos de Daniel solicitando asistencia médica. Sus manos repletas de sangre al intentar taponar las heridas de su compañero. Sus críticas a los médicos cuando llegaron.

Recuerda la sirena de la ambulancia en su travesía hasta el hospital. También recuerda haber agarrado su mano flácida y casi sin vida. La expresión neutra de su rostro. Las instrucciones inquietas de los médicos. La reanimación que se vieron obligados a hacerle cuando sintieron que su vida se apagaba.

Pero sobre todo recuerda la sangre. Toda la sangre que vio sobre el pecho de Víctor y que hace que tema lo peor.

Su cuerpo se pasea nervioso por el pasillo donde tuvo que detener su avance y separarse de su compañero. Lleva más de una hora aguardando cualquier instrucción, pero no hay información. No hay nada, solo temor y mucho miedo.

Miedo que se ve obligada a borrar tras escuchar unos pasos acelerados que le sobrevienen. Cuando se vuelve, descubre la figura de Sonia acercándose con agilidad. También puede ver el miedo en los ojos de la mujer de Víctor. Unos ojos rojos e hinchados que delatan todas las lágrimas que ya llevan derramadas.

—Dime que está bien, por favor —suplica Sonia entre agitados y doloridos suspiros.

Aura no se atreve a responder. No mientras el nudo de su garganta le amenace con hacer temblar la voz. Quiere ser fuerte, como siempre ha sido ella. Necesita volver a ser la Aura firme y serena que siempre ha sido.

—Se pondrá bien —responde con suavidad, controlando el tono y abrazando a la mujer tan fuerte como puede.

Sonia viste un abigarrado conjunto manchado de salsa de tomate que muestra la urgencia con la que ha escapado de casa. El pelo recogido y la cara lavada por sus lágrimas son la definición perfecta de que muchas veces el dolor llega sin previo aviso.

—¿Qué ha pasado? —intenta averiguar ella.

Aura prefiere no contestar. No quiere alarmarla sin tener novedades. No quiere decirle que El Bosco ha abierto fuego contra Daniel y Víctor, cuando estos se interpusieron en su huida. No quiere decirle que tiene, al menos, dos impactos de bala en el pecho. Tampoco quiere decirle que entró con el pulso débil y con una enorme pérdida de sangre que lo había dejado inconsciente ya antes de que los servicios médicos se lo llevaran. En vez de eso, responde:

—Víctor es fuerte. Se pondrá bien.

Quizá esa respuesta le hubiera valido a una persona normal. A Sonia, en cambio, le reporta más miedo. Ella, que siempre ha estado rodeada de policías, sabe que es la respuesta tipo de todo agente que se aferra a una esperanza nimia, sin valor ni sustento. Cierra los ojos y vuelve a llorar, desesperada por no poder entrar a ver a su marido.

Durante media hora más, las dos mujeres aguardan en un silencio roto solo por los pasos inquietos de ambas, hasta que al fin la puerta de la sala de quirófanos se abre. Del interior sale un hombre todavía oculto bajo toda la indumentaria necesaria, con la mirada cansada y la expresión seria. Mira a las dos mujeres y se acerca en una lenta travesía.

—¿Son ustedes familiares del señor López?

Sonia se adelanta para identificarse.

—¿Cómo está?

El doctor traga saliva, mira a Aura y vuelve a dirigirse a Sonia, que no es capaz de controlar el tremor que sacude todo su cuerpo.

—Todavía es pronto para dar ningún diagnóstico. Está estable, pero esta noche es crucial. Hemos tenido que trabajar sobre dos heridas de bala, una de ellas, sin orificio de salida, es la que más daño ha hecho. La bala ha quedado detenida en la escápula, creando una hemorragia que ha afectado sobre todo a uno de los pulmones. Hemos extraído la bala y detenido el sangrado, pero estaba muy débil debido a la enorme pérdida de sangre. La otra bala, por suerte, solo ha causado heridas en tejidos.

—¿Podemos verlo? —suplica Sonia con los ojos anegados en lágrimas.

—Puede quedarse una persona con él si lo desean. No tardarán en bajarlo a planta.

Tras eso, el doctor se aleja con la barbilla alta y el orgullo renovado al haber podido salvar una vida, mientras que Aura y Sonia esperan la salida de la camilla. Eso ocurre más de diez eternos minutos después.

Aura sonríe al ver a Víctor dormido y repleto de tubos que rodean su cara, con algo más de color y vendas por todo el pecho. Sonia, en cambio, llora desangelada junto a la camilla mientras se aleja sin despedirse de Aura, que se queda sonriendo hasta que todos se han marchado. Entiende que Sonia no ha vivido lo mismo que ella, por eso no es capaz de respirar como lo hace ella.

Cuando esa sensación se acaba, una nueva resurge como un recuerdo repentino. Respira hondo y sale en dirección a la Jefatura en una marcha apresurada. Cuando saca el teléfono para volver a la realidad, se topa con más de veinte llamadas; todas de Daniel y Leo.

Todos siguen esperando allí la información de Víctor mientras buscan sin descanso los detalles necesarios para dar con El Bosco.

Los rostros de sus compañeros están casi tan deformados como los de ella misma. Leo muestra su rostro sin sus típicas gafas, dejando ver el contorno oscuro de sus ojeras. Daniel sigue con la misma expresión desencajada que Aura vio antes de marchar con Víctor hacia el hospital. Y Raúl no parece estar en el mismo mundo que ellos. Él se ha perdido entre los incontables papeles que ya amenazan con romper en dos la mesa. Busca en cada uno de ellos como si quisiera encontrar una frase oculta, un mensaje cifrado.

—¿Cómo está? —pregunta Leo cuando llega la subinspectora.

—Se pondrá bien. Víctor es fuerte —responde con un atisbo de esperanza. Una esperanza que necesita más ella que sus compañeros.

Todos asienten. Todos menos Daniel, que sigue con la mirada perdida y repitiendo cada poco tiempo la misma frase.

—No lo vi caer. Cuando lo vimos, pensamos que era el doctor. No pudimos reaccionar a tiempo cuando disparó. Víctor estaba más cerca. Tendría que haber ido yo primero. —La culpa no deja avanzar a Daniel. Lo subvierte como un pensamiento derrotista.

—Podría haberle pasado a cualquiera, Dani. No tienes que culparte. —Aura intenta consolarlo con pretextos que ni ella llega a creer, aunque desea entenderlos de la misma forma—. ¿Sabemos algo?

Leo es quién se ofrece a responder, puesto que ni Raúl ni Daniel parecen escuchar a la agente.

—Junto a la silla El Bosco había dejado el extracto que faltaba. El extracto de Gaspar. Tal y cómo imaginamos. Creo que se nos acaban las opciones. Ya queda poco.

—¿Tenemos alguna información sobre El Bosco? —Aura alza la voz para llamar la atención de Raúl, que se vuelve hacia ella.

—Estamos revisando las grabaciones de las casas colindantes. Varios vecinos escucharon los disparos y vieron un coche negro salir a gran velocidad de la zona en dirección a la ciudad. —El inspector jefe agacha la mirada mientras termina de imprimir las fotografías nuevas, y suspira—. Vamos a revisar las grabaciones de tráfico de la zona, pero es buscar una aguja en un pajar sin datos del vehículo.

Cuando termina de hablar, cuelga en la pizarra la nueva fotografía; la nueva víctima. Apenas queda espacio para más información, pero Aura se centra en la imagen que se incorpora al dédalo que tienen frente a ellos. En la fotografía puede ver el cuerpo de Pedro Puig. Ve el enorme charco de sangre formado junto a sus pies salpicados por la decantación de la sangre que mana de su frente. Ve también la foto del extracto del cuadro de la Adoración de los magos. Ve la zona por donde huyó. Y por un momento ve toda la información al completo. Las anteriores víctimas; los documentos encontrados, los ancianos del centro.

Aura no lo duda. Coge su teléfono móvil y llama de nuevo al experto en arte; al señor Nobles. Su voz, aunque algo ronca y soñolienta, no tarda en sonar en el auricular de la subinspectora.

—¿Ha visto la hora? —inquiere con un pequeño tono de reproche el profesor.

—Lo siento mucho, señor Nobles, pero necesito que investigue algo. Ha aparecido el último extracto de la zona central. Nos queda el Anticristo y los ejércitos de Herodes.

—¿Y qué puedo hacer por usted?

—¿Sabría decirme si existe algo en el cuadro de La Adoración de los Magos que sirva de enlace con El Jardín de las Delicias?

Nobles guarda un momento de silencio para pensar.

—Solo los elementos comunes en la vida del autor. Elementos como los sapos, la lechuza. Todo ello son símbolos del pecado, de lo maligno. ¿Qué se le ha ocurrido?

Ahora es Aura la que no responde de inmediato.

—Hoy hemos encontrado al asesino, y me ha dicho que Javier no era más que un instrumento. No le dio sentido a su implicación con estos crímenes.

—Eso explicaría que no hayáis encontrado su cuerpo, pero sí su extracto. Si no recuerdo mal, en su caso no había ningún nombre.

—Dejó una frase. Era lo habitual en los casos que tuvimos con el primer lienzo. Con Javier dijo: El ojo que lo veía, ya no lo ve, y su lugar no lo contempla más.

—No se me ocurre que pueda significar, agente. Deberá seguir investigando.

Ofendida, Aura decide colgar sin despedirse siquiera. Apenas da un gracias escueto y se aparta de su teléfono como si aquel objeto quemara su piel. Cuando acaba, encuentra la mirada de Raúl sobre ella.

—Creo que aquí ya no hacemos nada. Vamos a descansar. Mañana veremos si hay novedades.

Pero Aura no está dispuesta a esperar a mañana. Se marcha sin convicción, suplicando a su mente para que le aporte alguna respuesta.

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