El primer lienzo
17 de marzo de 2018, 08:48. Valencia
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17 de marzo de 2018, 08:48. Valencia
La noche ha sido muy larga y Aura es incapaz de liberarse del dolor que se ha aferrado a su cuello, como un mordisco inapreciable. Un dolor que la atenaza cada vez que intenta moverlo. Un dolor intenso, profundo. Un dolor que es producto de una noche de sueños cortos sobre una mesa plagada de papeles y fotografías. Varias de ellas han dejado una marca rectangular en la mejilla sonrosada de la subinspectora, que ha decidido darse un baño para aliviar parte de esa tensión que le retuerce el estómago.
Su mente sigue fija en los documentos de los casos. En los nombres de las víctimas. En los crímenes. Durante toda la noche ha intentado buscar un nexo común entre Mateo y el pasado del asesino de El Bosco. Un nexo que no es capaz de hallar. No encuentra la relación que llevó a Mateo a toparse con alguien que decía ser su hermano, pero que resultó ser una estrategia.
«¿Qué pasó para que El Bosco acabara por convencer a Mateo?». «¿Por qué?». Son las preguntas que más se han repetido en su cabeza. Son las preguntas que necesita responder. Y todavía no sabe cómo llegar a esas respuestas. Cuando ha terminado de ducharse, revisa su teléfono móvil y su rostro se relaja por un segundo. Es Sonia quien le notifica que Víctor sigue estable. Está despierto, pero todavía no le dejan recibir visitas.
Así que, tras recuperar un poco de resuello, recoge sus pertenencias y se marcha de casa. Sabe a quién buscar.
La llamada que ha hecho minutos antes de llegar ha merecido la pena. Le ha valido para poder asegurarse de que Juan Ramón esté en el mismo bar de la última vez. En la misma mesa. El anciano ya sujeta un carajillo cuando Aura llega y, a pesar del horario tan intempestivo, su actitud muestra a un hombre de recias costumbres y rutina inquebrantable.
—¿Qué se le ofrece con tanta urgencia? —pregunta a modo de saludo el viejo detective.
Aura se detiene un momento a observar el local. A pesar del clareado haz de luz dorado que ya atraviesa el cristal de la entrada, la luz allí dentro brilla por su ausencia. Entre las sombras del local resurgen varios cuerpos casi estáticos, apoyados en la barra y clavando los codos sobre el acero inoxidable. Las mesas están vacías, salvo la que ocupa Juan Ramón. Su mirada todavía es serena a pesar del aroma intenso que emana de ese café, y que se clava en la nariz y los ojos de la joven agente.
—Creo que al fin hemos descubierto qué hacían en ese laboratorio. Usted tenía razón cuando sospechó que allí se cocían muchas cosas. Utilizaban al niño de la prostituta como conejillo de indias para sus pruebas.
Juan Ramón arruga la frente, como si aquella revelación le doliera. Como si ese recuerdo quemara su alma.
—Que sucios rastreros —masculla con rabia.
—¿Recuerda las fechas en que usted estuvo investigando a esas prostitutas?
—En el noventa y cinco…, seis como mucho. No estoy del todo seguro.
—Entonces fue todo después de que hicieran ensayos con nuestro sospechoso. Puede que lo usaran para sacar algún fármaco con el que controlar la enfermedad.
El detective se encoge de hombros y da un último sorbo de su carajillo. Aura no parece prestarle atención. No busca juzgarlo, no le interesa crear valoraciones con respecto al modo de vida del anciano. Solo quiere acabar cuanto antes y volver a la normalidad. Una normalidad que no parece estar cerca de hallarse.
—Anoche tuvimos un enfrentamiento con el asesino —confiesa en un acto altruista de información—. Nos dijo algo como que él estaba para juzgar a aquellos que debían juzgar a los malos. Preguntó también qué pasa cuando el malo es el que se supone que debe ser bueno. ¿Se le ocurre qué pudo querer decir?
El anciano sonríe con ironía. Quizá lo hace porque sabe que Aura también lo entendió, y deduce que ella quiere algo más que una respuesta vaga y generalizada. Quiere algo más específico. A pesar de ello sonríe.
—¿A usted no se le ocurre? —pregunta con sorna.
—Sí. Sé que se refería a que seguramente había algún cuerpo de seguridad implicado en todo esto. Lo que quiero saber es si usted pudo averiguar de qué comisaría procedía o algún nombre concreto.
—Nombres concretos es muy difícil conocer puesto que, quien los conoce, acaba muerto. Las personas que realmente están detrás de todo esto van a asegurarse de seguir estando en las sombras. Si en algún momento sospechan que alguien pueda irse de la lengua, harán lo que sea para silenciarlo.
—Sé que usted sabe más de lo que calla. Por eso insisto, detective. Tenemos un compañero ingresado con dos disparos en el pecho y otro desaparecido. No estaría aquí si no fuera realmente necesario.
Sus palabras aplacan la ironía del detective, que suspira con fuerza mientras aparta la mirada del rostro apagado de Aura. Se rasca la cabeza y resopla.
—No recuerdo los nombres ya. Solo sé que investigué la comisaría de Ruzafa. Allí el comisario tenía bastante relación con la clínica, y casi todas las denuncias hacia el laboratorio pasaban por él. Si no recuerdo mal, en mis informes incluí varias denuncias que se hicieron, y que todas las firmaba él. Siempre que había denuncias acababan en nada, y en aquella época sospechaba que era por culpa de esa comisaría. Ahora, no puedo darte certezas de esto. No tengo claro si era el comisario quién estaba implicado o alguno de sus hombres.
Aura asiente con energía. Al menos puede seguir investigando. Y no duda en lanzarse en una carrera nerviosa hacia la Jefatura cuando se marcha tras agradecer la información del detective.
El interior de la comisaría es una función triste. Pocos comentarios se escuchan en una sala apagada. No hay movimiento de agentes, solo los que les ha tocado trabajar ese sábado. Esa escasa afluencia ayuda a Aura a encontrar a sus compañeros con rapidez. Todos están frente al despacho de Raúl.
Cuando llega junto a Leo, apenas dedica un saludo que no es correspondido. Tanto Leo como Daniel esperan en silencio la salida de Raúl, que se ha encerrado en su despacho y no parece dar muestras de vida.
—¿Qué pasa? —inquiere Aura cuando la incertidumbre supera su respeto.
—Ni idea. Hemos llegado los tres juntos y un compañero le ha dicho que tenía correo. Cuando lo ha leído, nos ha pedido que esperáramos fuera y todavía estamos aquí. Hace más de un cuarto de hora que lleva sin decir nada ahí dentro.
Aura abre los ojos, asustada por aquella sombría información. Mira a la puerta y guarda silencio. Eso mismo es lo que obtiene como respuesta durante demasiado tiempo.
—¿Habéis llamado a la puerta? ¿Está bien? —pregunta nerviosa.
Leo se encoge de hombros. Daniel niega con la cabeza.
Ella, al entender que el silencio de Raúl es demasiado sospechoso, se lanza hacia la puerta, golpea dos veces con intensidad y, sin esperar respuesta, abre.
Su reclamo apenas ha causado un ligero sobresalto en Raúl, que la mira sorprendido mientras lleva sus manos sobre un sobre que descansa en el escritorio. Con celeridad lo guarda en un cajón y mira a la subinspectora.
—Creo que he dicho que esperaseis afuera —gruñe con cierta indiferencia. Su rostro cargado de ojeras delata la decadencia del hombre, que no puede disimular el sufrimiento por el que está pasando.
—Pensábamos que…
—¡Fuera! —grita, desbordado por su nerviosismo.
Aura da un respingo ante el alarido repentino de Raúl, agacha la mirada y sale del despacho ante la mirada apenada de sus compañeros. Nadie dice nada.
—Todos estamos agobiados. No le hagas caso —dice Daniel, al fin, en un vano intento de defensa ineficaz. Sus palabras resbalan por la cabeza de Aura, que no va a esperar más.
—Tenemos que hablar con Manuel otra vez —informa Aura.
Leo la mira, sorprendido, como si no entendiera el repentino ataque de la subinspectora, que comienza a andar sin esperar respuesta.
—¿A dónde vas? —investiga Daniel.
—A buscarlo.
Y no se oye nada más salvo los pasos acelerados de ella, que se aleja de la comisaría a gran velocidad, dispuesta a averiguar por ella misma todos los vericuetos de un caso cada vez más enquistado.
La carrera hasta el apartamento de Manuel es una carrera entre el tráfico y sus indecisiones. Entre las dudas y las bocinas. Entre el miedo y la tensión de una marcha lenta y poco constante.
Al fin, más de cuarenta minutos después, llega al apartamento, en la calle Periodista Badía. Allí aparca sin meditar y sube al décimo piso, donde se supone que vive el hombre.
Durante más de dos minutos se dedica a llamar al timbre con insistencia, pero no consigue respuesta. En el interior tampoco se aprecia movimiento.
Nerviosa, decide volver al portal, al pequeño descansillo donde trabaja el conserje. En concreto, este conserje es un hombre de unos cuarenta años, moreno y con la mirada fría, de las que no dicen nada. De esas miradas que uno prefiere evitar. Pero Aura no suele intimidarse.
—Buenos días. ¿Qué pasa? —pregunta con la voz ruda el hombre, que apenas puede abrocharse con comodidad el traje negro que lo identifica como conserje.
—¿Tenéis aquí las copias de las llaves de los apartamentos?
—¿Para qué quieres saber eso? —La mirada del hombre se torna oscura, con sombras de incertidumbre y retazos de dudas.
Aura muestra su placa para deleite del conserje, que automáticamente cambia el rostro. Traga saliva y agacha la barbilla en un acto de sumisión.
—Me gustaría acceder al décimo hache.
—¿Al apartamento de Manuel? ¿Para qué quieres entrar ahí?
—Eso es asunto mío. ¿Tienes las llaves o no? —Aura empieza a molestarse por la actitud chulesca del hombre. Su tono ha bajado un punto, pero su arrogancia no se borra por muchas placas que vea.
—Sin una orden, no puedo abrir.
En ese momento, Aura explota. Quizá su temperamento le juega una mala pasada. Acostumbrada a enfrentarse siempre a los matones, ahora encuentra en la actitud del conserje, con el nombre de Pablo en la chapa identificativa, un motivo para responder. Tal vez porque, tras muchos días de intensidad, haya llegado a su límite. Puede que, porque Pablo le recuerde a José Luis, el muchacho que siempre le hacía la vida imposible en el colegio. O simplemente porque está cansada de soportar estupideces.
Lo toma por el cuello de la camisa y tira de él hasta que su oronda panza se estampa contra el mueble de la recepción.
—Mira, o coges ahora mismo las putas llaves y me abres la puerta de Manuel, o las cojo yo después de reventarte los huevos a patadas. —Tras su amenaza lo vuelve a soltar, no sin antes comprobar el brillo de sus ojos nerviosos.
El hombre tensa el cuerpo y se deshace con las manos las arrugas que la agente le ha dejado en el traje.
—¡Estás loca! No pienso darte las llaves sin una…
Pero no termina la frase. Aura le propina un golpe en la cara que hace que el hombre retroceda hasta caer de espaldas en un rincón del pequeño cuarto. Sin pensarlo, aprovecha el momento en que el conserje se recupera para sacar la llave con el número del apartamento del cajetín que tiene colgado de la pared. Tras eso pone rumbo de nuevo hacia el ascensor sin escuchar los reclamos del hombre, que se incorpora y se dispone a seguirla. Cierra la recepción con llave y sale tras ella, pero no llega antes de que el ascensor se cierre. Lo último que Pablo ve es la mirada pétrea de Aura.
Cuando llega frente a la puerta introduce la llave y abre. El interior se muestra ante ella. Un interior oscuro. Un olor ácido bastante incómodo. Un apartamento sumido en una penumbra que todavía no ha despertado. Aura respira con fuerza y entra.
—¿Señor Frutos? —pregunta nerviosa.
No hay respuesta.
No hay movimiento.
Lo que sí hay es un miedo a la incertidumbre que se introduce por la espalda de la subinspectora y crece con cada nueva pregunta sin respuesta. Con cada habitación oscura. Con cada nuevo paso que la acerca cada vez más a ese olor a encierro.
Cuando llega al pasillo, se topa con una puerta entornada. Se acerca a ella con precaución, con el corazón queriendo escapar por su boca. Con su boca queriendo gritar. Con sus gritos rebotando en su cabeza, y esta fija en un pensamiento claro; abrir la puerta.
Cuando toma el picaporte, se dedica un segundo para reflexionar.
—¿Señor Frutos?
De nuevo silencio.
Es entonces cuando decide empujar la madera, pero un sonido impide su movimiento. Un crujido que hace crepitar el parqué que decora la casa la obliga a tomar su arma y prepararse. Se vuelve y alza la pistola en dirección al sonido.
—¡Eh, eh! —grita Pablo cuando siente la amenaza sobre su cuerpo, volviendo a esconderse tras la pared del pasillo—. Soy yo.
Aura no responde. Respira con fuerza y vuelve a tomar el picaporte. Ahora no duda tanto. Cuando siente el frío algo más templado del metal, empuja con decisión, para que el interior le revele la verdad.
Una verdad que se muestra enseguida. Una verdad que no necesita luz para poder ser comprendida.
En cuanto la puerta llega a su tope, el interior refleja dos cuerpos tirados en el suelo y un olor todavía más intenso que sale al pasillo cuando siente que es liberado.
Aura cierra los ojos. Sabe que ha llegado tarde. Pablo, en cambio, los abre tanto que parece que van a caerse en cualquier momento. Lanza un exabrupto al aire y se tapa la boca debido a la arcada que le produce la escena.
Pronto todo queda en silencio mientras Aura se prepara para informar de dos nuevas muertes.
El cuerpo de Manuel es uno de ellos.