El primer lienzo
17 de marzo de 2018, 11:58. Valencia
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17 de marzo de 2018, 11:58. Valencia
De nuevo, la subinspectora ve pasar las horas sin ser capaz de detener el reloj. Su mente viaja mucho más lenta que el resto del mundo. Es como si todo quisiera dejarla atrás. Abandonarla en sus propias limitaciones. Hundirla en su fracaso más estrepitoso.
En poco más de una hora, el apartamento se ha visto inundado por una marea de monos blancos, bandas policiales y focos intensos que aportan calor y verdad. La verdad de dos cuerpos teñidos de sangre.
El de Manuel es, quizá, el más pulcro. Se encuentra tumbado boca arriba con un agujero que atraviesa su cabeza desde la mandíbula hasta el cráneo. La sangre llega hasta el techo, dejando pequeñas salpicaduras en las paredes y junto a la lámpara del techo.
Su mujer, a unos pocos metros de él, tiene peor pinta. El charco de sangre bajo su cuerpo es mucho más grande y varias manchas en la espalda delatan que las balas encontraron una salida.
Héctor ha llegado hace un rato, al igual que Daniel y Leo, que acompañan a Aura en su viaje por sus pensamientos.
—¿Cómo has sabido que Manuel podría estar en peligro? —investiga Daniel. En sus ojos se atisba un trazo de incredulidad. Una pequeña estela de duda hacia los últimos actos de su compañera.
Aura no responde de inmediato. La pregunta tarda en llegar a su mente atribulada. Cuando lo hace, se queda unos segundos más ahí, siendo procesada.
—No lo sabía. Solo sabía que tenía que hablar con él.
—¿Y por qué? ¿No tuviste ayer tiempo?
—No tenía todas las preguntas.
—¿Y ahora sí? —Daniel se muestra tenso. Lanza preguntas en un tono de reproche. Cuestiona las respuestas. Niega con asiduidad.
—Ahora sí —responde ella con orgullo. Con un pequeño halo de furia en sus palabras—. Hoy he visto al detective que investigó al laboratorio en su día. Me ha confesado que había varios agentes implicados. Quería que me dijera quiénes eran esos agentes.
Daniel reacciona. Durante los primeros segundos muestra un rostro ofendido ante la actuación de Aura, pero pronto se le esfuma cuando conoce sus motivos.
—¿El detective no te los dio?
Aura niega con la cabeza. No responde a la pregunta de Daniel. No lo hace porque Héctor ya está colocado junto a ellos, quitándose los guantes y preparando su diagnóstico.
—¿Qué has visto? —pregunta Leo, dejando que Daniel y Aura se repongan del enfrentamiento que también él ha tenido que vivir.
—He visto que ya no tengo espacio en la morgue para tantos cuerpos. O acabáis con esto ya, o tendré que pedir un ayudante más.
Daniel lo mira con displicencia. Con esa mirada que no acepta la broma, que no se ríe de los chistes. Esa mirada que, sin decir nada, exige redención.
—Bien, veo que hoy está el asunto espeso. ¿Raúl está?
—Se ha quedado en comisaría —responde Daniel con sequedad—. De momento estoy yo a cargo. ¿Qué has podido encontrar?
—Bueno. Por mi experiencia esto es un flagrante caso de asesinato encubierto. Han querido que parezca un asunto de violencia machista, pero a mí no me engañan.
—¿Cómo estás tan seguro de que…?
—Bueno, seguro estoy de que están muertos —responde sin dejar que Daniel termine su pregunta—. Lo que más me llama la atención es el recorrido de la bala. En casos de suicidio, cuando el sujeto decide dispararse desde el músculo milohioideo, la posición del cañón no es tan interna. La víctima tiende a alzar la barbilla por lo que la bala suele salir por el hueso frontal del cráneo. Se han dado casos en los que la bala ha salido por la cavidad ocular.
—¿Y con Manuel? —insiste el subcomisario.
—Con Manuel la bala ha salido por el hueso parietal, casi en el punto de unión con el occipital. Es un ángulo poco habitual en casos de suicidio.
—¿Insinúas que han acabado con él?
—Yo digo lo que veo en los cuerpos. El motivo y el autor es cosa vuestra. Por lo que he visto en estos cuerpos, para mí está claro que es un doble asesinato. La mujer tenía tres heridas de bala, las tres en el pecho. Son tres disparos bastante precisos. No hay más signos de violencia en su cuerpo. En la autopsia seré más claro, pero, a simple vista, parece que discutieron y él le pegó tres tiros, y luego se quitó la vida. No me encaja —dice Héctor tras sacarse las gafas para limpiar los cristales. Cuando se las vuelve a colocar, mira a Daniel y niega con la cabeza—. Además, en las manos de Manuel he encontrado muy poca pólvora como para haber disparado cuatro veces.
—¿Tenemos hora de la muerte?
—Yo diría que no hará más de doce horas. Entre las once de la noche y las dos de la madrugada.
—Bien, gracias —se despide Daniel mientras se aparta unos pasos y se rasca la cara en un acto impulsivo de nerviosismo. Cuando ve que Héctor se ha alejado, vuelve con sus compañeros—. Por lo que me ha llegado de los agentes que están preguntando a los vecinos, nadie oyó nada raro. El conserje acaba la jornada a las siete de la tarde y dice que suele cerrar la puerta. Nadie más ha cogido las llaves excepto Aura. Vamos a revisar las grabaciones por si se ve algo.
—¿Dónde está Raúl? —Aura se ha guardado esa pregunta desde que vio llegar a Daniel y Leo. Había aguardado el momento perfecto para lanzarla, pero la precipitada interacción de Héctor ha obligado a la subinspectora a adelantarse.
—Dice que está cerca de encontrar al Bosco. Se ha quedado analizando unos papeles. Estamos a punto de acabar con todo, Aura.
Ella no acaba de creerlo. No porque dude de Daniel, que duda. Ahora mismo ya duda de todos sus compañeros. Duda incluso del mismo Javier y no porque quiera hacerlo. Sus dudas van más allá de sus propias creencias o esperanzas. Sus dudas son como pequeñas astillas que no puedes arrancarte y que, de vez en cuando, te recuerdan el leve dolor que estas producen.
—Juan Ramón me advirtió. Si alguien sospecha que han podido hablar, lo van a liquidar. Tenemos que encontrar a Ramón Silvano.
—No te preocupes por eso. Sigue en el calabozo. Lo van a soltar en unas horas. Raúl pensó que podía ser bueno retenerlo un tiempo. Ya sabes, para eliminar cualquier duda.
—Si tanto sabe ese detective, ¿por qué no te dio ningún nombre? —inquiere Leo, ofuscado ante las pistas a medias que se repiten ya demasiado en ese caso.
Aura lo mira y entiende que puede llegar a una respuesta de todo eso.
—Las denuncias. —No dice nada más. Vuelve a salir apresurada sin despedirse siquiera. Aunque esta vez es distinto. Leo corre tras ella mientras que Daniel asiente, confirmando su retirada y aguardando él para dejar todo claro allí.
—¿Dónde vas? —pregunta Leo corriendo junto a ella.
—Juan Ramón dijo que en las denuncias que tenía en sus investigaciones figuraba el nombre de alguien que podría estar implicado. Tenemos que encontrar esas denuncias.
El viaje hasta la comisaría ha sido lento a pesar de los pocos minutos que ha durado. Lento debido al silencio en el que se han visto imbuidos ambos agentes. Los dos inquietos, angustiados, nerviosos. Un silencio que sigue presente ya en el interior del edificio, prácticamente vacío.
En el despacho del inspector jefe no hay nadie. La sala está desierta y la mesa revuelta por completo. Los papeles se distribuyen por el escritorio dejando un puzle difícil de recomponer. Hay papeles sobre el teclado del ordenador, sobre el teléfono. Incluso en el suelo Aura detecta varias hojas.
A pesar de ello, no hace caso del desorden de la sala, ni de la ausencia de Raúl. Ella tiene otro objetivo en mente. Acudir a la sala de reuniones. Allí están todas las pruebas encontradas. Incluso las denuncias que el detective le dio.
—¿Qué buscamos? —pregunta Leo cuando ve que Aura comienza a rebuscar entre todos los documentos y papeleos.
—Hay que buscar las denuncias que hicieron en la década de los noventa, dirigidas al laboratorio o a la residencia.
Leo asiente y comienza a remover las hojas en busca de cualquier denuncia que halle entre tanto papeleo. Aura hace lo propio.
Durante más de tres minutos, los dos agentes se hunden en la cansada tarea de revivir cada una de las pistas halladas hasta el momento. Al fin, después de otros dos minutos más, Aura da con varios papeles.
—¡Aquí! —dice con cierta euforia escapando de sus manos, que sacuden las hojas sin control. Reparte varias hojas a Leo y analiza ella unas cuantas más.
—Estas son referidas a la residencia —informa Leo, cuando acaba con las dos denuncias que Aura le ha dado.
—Y estas tres también. —Ella deja dos hojas en la mesa, y junta las que ha mencionado con las de Leo.
Con cierto temor confirman que las palabras del detective podrían tener un fundamento real. Ese hombre podría estar cerca de cerrar el caso.
—El instructor de la denuncia es el mismo en todas. —Leo traga saliva mientras dice eso. El miedo, por un momento, se vuelve real, tangible. Podrían estar a punto de encontrar a la persona que actuaba desde las sombras en aquella época.
Ambos suspiran ante los nuevos detalles.
—Busca el número. Vamos a averiguar quién es —pide Aura con cierta diligencia. Por un lado, necesita saber a quién se enfrenta. Por otro, teme descubrir esa identidad.
Leo asiente y se acerca con calma al ordenador. Respira hondo antes de acceder a la base de datos de la Policía Nacional. Antes de pulsar en la búsqueda de funcionarios. Antes de colocar el número identificativo que figura en todas las denuncias.
Cuando pulsa el botón, todo su mundo se viene abajo. El suyo y el de Aura, que observa con terror la imagen que nace en la pantalla.
—No es posible —dice ella.
Nadie dice nada durante más de un minuto. Ambos se encuentran congelados frente a una imagen tan familiar que se hace imposible poder deducir que él sea capaz de estar involucrado.
—Tenemos que llamar a Navacaño —aduce Leo todavía sin tono en su voz.
Aura asiente y toma su móvil, pero en ese momento una llamada corta sus intenciones. Es Ignacio Nobles quien la reclama.
Necesita responder.
—Buenos días, ¿puede hablar, subinspectora? —pregunta Nobles con una voz algo más viva que la que lo dominó la noche anterior.
—¿Qué necesita, señor Nobles? Es un mal momento —inquiere Aura con cierto desagrado.
—Creo que podría tener algo con respecto a su compañero.
La joven abre los ojos, traga saliva y por un segundo no sabe si seguir escuchando o colgar el teléfono. No sabe si quiere enfrentarse a esa llamada. No quiere aferrarse a una esperanza que luego pueda volver a hundirla. Eso sería su fin.
A pesar de todo, cierra los ojos y se deja llevar.
—Cuando me dijo ayer la frase que dejó en casa de su compañero, estuve gran parte de la noche intentando analizarla. Llevar esa frase al contexto artístico más que al plano bíblico.
—¿Qué ha averiguado?
—Bien. Hoy he leído el contexto de esa frase. Es de Job y dice: Los ojos de los que me ven, no me verán más; fijarás en mí tus ojos, y dejaré de ser. Y más adelante continúa: No volverá más a su casa, ni su lugar le conocerá más.
—Así es. Eso ya lo investigamos y no nos dijo nada…
—Espere —corta Ignacio—. Cuando leí esto recordé algo. El Bosco siempre fue una persona muy meticulosa y en sus obras se puede observar. Hay algo que los restauradores hacen cuando reparan un cuadro y es hacerles una radiografía. En ella se pueden apreciar los cambios que quedan ocultos bajo el acabado final. Suele llamarse arrepentimiento a esas siluetas que el autor ocultó o bien porque no quedaba bien o por cualquier cambio en su diseño.
—Señor Nobles, tenemos cierta urgencia. Si es tan amable.
—Ya acabo. Es importante. Cuando vi el extracto que el asesino dejó en el hogar del inspector, recordé algo. Justo en esa zona hay un arrepentimiento. Se lo envío por WhatsApp.
Y cuelga.
Aura no acaba de entender lo que ha querido decir ni tampoco está en disposición para enfrentarse a un nuevo dilema. Es por eso por lo que apenas muestra interés por la imagen que le envía el profesor de arte. Desinterés que se esfuma de inmediato cuando ve lo que oculta aquella imagen.
—Leo. Sé dónde está Javi —dice con la voz entrecortada y un temblor que se inicia en sus manos.