El placebo eres tú
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2Breve historia sobre el placebo
Como dice el proverbio, los momentos desesperados requieren medidas desesperadas. Cuando Henry Beecher, un cirujano estadounidense licenciado por la Universidad de Harvard, estaba sirviendo en la Segunda Guerra Mundial, se quedó sin morfina. Hacia el final de la guerra, los hospitales de campaña militares apenas disponían de morfina, por lo que esta situación era muy habitual. En aquella época Beecher estaba a punto de operar a un soldado herido de gravedad. Temía que al hacerlo sin un analgésico sufriera un colapso cardiovascular mortal. Pero lo que sucedió a continuación lo dejó anonadado.
Sin titubear, una de las enfermeras llenó una jeringuilla con una solución salina y se la inyectó al soldado como si le estuviera inyectando morfina. El soldado se calmó al instante. Reaccionó como si hubiera recibido el fármaco, aunque solo le hubieran inyectado agua con sal. Beecher realizó la intervención quirúrgica haciéndole un corte en el cuerpo y curándole las heridas, y luego se las suturó, todo ello sin anestesia. El soldado sintió un poco de dolor, pero no sufrió el colapso. ¿Cómo era posible, se preguntó Beecher, que el agua salina hubiera actuado como la morfina?
Después de aquel asombroso éxito, siempre que en el hospital de campaña se quedaban sin morfina, Beecher volvía a hacer lo mismo: inyectaba una solución salina como si estuviera inyectando morfina. La experiencia le convenció del poder de los placebos y al volver a Estados Unidos tras finalizar la guerra, empezó a estudiar este fenómeno.
En 1955, Beecher hizo historia al publicar un artículo basado en 15 estudios en la revista Journal of the American Medical Association en el que además de hablar de la gran importancia de los placebos, sugería un nuevo modelo de investigación médica que dividiera al azar a los participantes de los estudios en dos grupos para que recibieran medicamentos activos o placebos —lo que en la actualidad se denomina ensayo clínico randomizado—, a fin de que el poderoso efecto placebo no alterara los resultados[1].
La idea de que podemos alterar la realidad física con los pensamientos, las creencias y las expectativas (tanto si somos conscientes de ello como si no), no surgió sin duda en aquel hospital de campaña durante la Segunda Guerra Mundial. La Biblia está repleta de historias de curaciones milagrosas e incluso en los tiempos modernos las multitudes acuden a lugares como Lourdes, en el sur de Francia (donde Bernadette, una campesina de 14 años, vio a la Virgen María en 1858), y la gente deja allí las muletas, los aparatos ortopédicos y las sillas de ruedas como prueba de haberse curado. También se sabe que ocurrieron otros milagros parecidos en Fátima, Portugal (donde tres pastorcitos vieron aparecerse a la Virgen María en 1917), y también otros relacionados con la imagen itinerante de la Virgen María esculpida para conmemorar el 30.º aniversario de la aparición. La estatua se basa en la descripción que dio la mayor de los tres pastorcitos, una niña que para entonces ya era monja, y el papa Pío XII bendijo la estatua antes de que la fueran llevando de un lugar a otro por todo el mundo.
La curación por la fe no se da solo en la tradición cristiana. Al difunto gurú Sathya Sai Baba, considerado por sus seguidores como un avatar — la manifestación de una deidad—, se le conocía por materializar la ceniza sagrada llamada vibhuti en la palma de sus manos. Se dice que esta fina ceniza gris tiene el poder de curar muchas enfermedades físicas, mentales y espirituales al ingerirla o aplicarla en la piel como una pasta. Y los lamas tibetanos, de los que también se dice que tienen poderes curativos, usan su aliento echándolo sobre los enfermos para curarlos.
Incluso los reyes franceses e ingleses que reinaron desde el siglo cuatro al nueve curaban a sus súbditos a través de la imposición de manos. El rey Carlos II de Inglaterra era conocido por ser adepto a esta práctica, y la llegó a realizar cerca de cien mil veces.
¿Qué es lo que causa estas curaciones milagrosas, tanto si se deben a la fe en una deidad o en los poderes extraordinarios de una persona, un objeto o incluso un lugar considerado sagrado o santo? ¿Cuál es el proceso por el que la fe o una creencia producen esta clase de profundos efectos? ¿El hecho de otorgarle significado a un ritual —ya sea al de rezar el rosario, aplicar un poco de ceniza sagrada en la piel o tomar un nuevo fármaco milagroso recetado por un médico en el que confiamos— podría jugar un papel en el efecto placebo? ¿Y es posible que el estado mental de quienes recibieron estas curas estuviera influido o alterado por las condiciones de su entorno exterior (una persona, un lugar o un objeto en el momento idóneo) hasta el punto de haber hecho que sus cuerpos cambiaran físicamente?
Del magnetismo al hipnotismo
En la década de 1770 el médico vienés Franz Anton Mesmer se hizo famoso al desarrollar y demostrar lo que en aquellos tiempos se consideraba un modelo médico de curación milagrosa. Desarrollando la idea de sir Isaac Newton sobre los efectos de la gravitación planetaria en el cuerpo humano, Mesmer estaba convencido de que el cuerpo contenía unos fluidos invisibles que se podían manipular para curar a las personas usando una fuerza a la que llamó «magnetismo animal».
Su técnica consistía en pedir a los pacientes que le miraran fijamente a los ojos antes de pasarles unos imanes por el cuerpo para dirigir y equilibrar esos fluidos magnéticos. Más tarde descubrió que solo con pasar sus manos por encima del cuerpo (sin los imanes) de los pacientes ya producía el mismo efecto. Al cabo de poco de empezar la sesión, los pacientes se ponían a temblar y a agitarse antes de ser presas de convulsiones que Mesmer consideraba terapéuticas. Mesmer seguía equilibrando los fluidos hasta que los pacientes se calmaban de nuevo. Usaba esta técnica para curar una variedad de enfermedades, desde dolencias graves como la parálisis y los trastornos convulsivos hasta afecciones menores, como problemas menstruales y hemorroides.
En uno de sus casos más famosos, Mesmer le curó parcialmente a Maria-Theresia von Paradis, una pianista adolescente que daba conciertos, la «ceguera histérica», un trastorno psicosomático que llevaba sufriendo desde los 3 años. Maria-Theresia se quedó varias semanas en el hogar de Mesmer mientras él la trataba, hasta lograr ayudarla a percibir los movimientos y a distinguir los colores. Pero a los padres de Maria-Theresia no les hacía ninguna gracia los progresos de su hija, porque si se curaba perderían la pensión real que recibían. Además, al recuperar la visión dejó de tocar el piano tan bien como antes, porque ya podía ver sus dedos deslizarse por el teclado. Empezaron a correr rumores, que nunca llegaron a demostrarse, de que la relación que Mesmer mantenía con su paciente era indecorosa. Los padres de Maria-Theresia obligaron a su hija a abandonar el hogar de Mesmer, ella se quedó ciega de nuevo y la reputación del galeno disminuyó considerablemente.
Armand-Marie-Jacques de Chastenet, un aristócrata francés conocido como el marqués de Puységur, se interesó en lo que hacía Mesmer y llevó sus ideas al siguiente nivel. Puységur inducía un profundo estado al que llamaba «sonambulismo magnético» (parecido al de caminar dormido) en el que sus pacientes entraban en contacto con sus pensamientos profundos e incluso tenían corazonadas sobre su propia salud o la de otras personas. En ese estado eran sumamente sugestionables y seguían las instrucciones de Puységur, aunque en cuanto se despertaban no se acordaban de nada. Mesmer creía que el poder residía en el efecto del médico sobre el paciente. En cambio, Puységur afirmaba que residía en el efecto que los pensamientos del paciente (dirigidos por el médico) le producían en el propio cuerpo. Este fue quizá uno de los primeros intentos de explorar la relación mente-cuerpo.
En la primera década del siglo diecinueve el cirujano escocés James Braid llevó la idea del mesmerismo incluso más lejos aún, creando un concepto al que llamó neurohipnotismo (en la actualidad se conoce como hipnotismo). A Braid le llamó la atención la idea cuando un día al llegar tarde a una cita, encontró al paciente que le esperaba contemplando fascinado la llama de una lámpara de aceite. Braid descubrió que su paciente permanecería en un estado sumamente sugestionable mientras siguiera tan concentrado en algo, «fatigando» así ciertas zonas de su cerebro.
Después de realizar muchos experimentos, Braid decidió pedirles a los pacientes que se concentraran en una sola idea mientras miraban fijamente un objeto para hacerlos entrar en una especie de trance, ya que creía que esta técnica le permitiría curar diversos trastornos, como la artritis reumatoide crónica, los problemas sensoriales y diversas complicaciones procedentes de lesiones medulares y derrames cerebrales. En Neurypnology, el libro que escribió, detalla muchos de sus éxitos, como la historia de cómo curó a una mujer de 33 años con las piernas paralizadas y a otra de 54 con problemas cutáneos y dolores de cabeza muy fuertes. En aquel tiempo el reputado neurólogo francés Jean-Martin Charcot criticó la obra de Braid afirmando que solo podían entrar en esa clase de trance las personas aquejadas de histeria, que según él era un trastorno neurológico hereditario irreversible. Usaba la hipnosis no para curar a los pacientes, sino para estudiar sus síntomas. Al final, el médico Hippolyte Bernheim de la Universidad de Nancy, rival de Charcot, insistió en que la sugestionabilidad que tan fundamental era en el hipnotismo, no solo se presentaba en las personas histéricas, sino que era algo natural en todos los humanos. Implantaba ideas a sus pacientes diciéndoles que cuando despertaran de su estado de trance se sentirían mejor y que sus síntomas habrían desaparecido, usando el poder de la sugestión como herramienta terapéutica. El método de Bernheim se siguió aplicando hasta la primera década del siglo veinte.
Si bien el enfoque y la técnica de aquellos primeros exploradores de la sugestionabilidad eran ligeramente distintos de los de los otros, ayudaron a miles de pacientes a curarse de una gran variedad de problemas físicos y mentales al cambiar su visión de sus enfermedades y su forma de expresarlas a través de su cuerpo.
Durante las dos primeras guerras mundiales, los médicos militares, sobre todo el psiquiatra Benjamin Simon, que prestaba sus servicios en el ejército de Estados Unidos, usaron el concepto de la sugestionabilidad hipnótica (del que hablaré más tarde), para ayudar a los soldados que regresaban a casa acarreando un trauma que al principio se llamó neurosis de guerra y que ahora se conoce como trastorno por estrés postraumático (TEPT). Estos veteranos habían sufrido en la guerra experiencias tan traumáticas que muchos bloqueaban sus emociones para no sufrir, desarrollando una amnesia relacionada con esos terribles sucesos o, peor aún, reviviendo esas experiencias en flashbacks, lo cual les hacía enfermar físicamente debido al estrés. Simon y sus colegas descubrieron que la hipnosis era sumamente útil para ayudar a los veteranos a reconocer sus traumas y a afrontarlos para que no afloraran en forma de ansiedad y trastornos físicos (como náuseas, hipertensión y otros problemas cardiovasculares, e incluso inmunodeficiencia). Al igual que los médicos del siglo anterior al suyo, esos médicos militares usaban la hipnosis para ayudar a los pacientes a cambiar sus hábitos mentales y a recuperar así la salud mental y física.
Estas técnicas de hipnosis tuvieron tanto éxito que los médicos civiles empezaron a interesarse por el uso de la sugestionabilidad, aunque muchos de ellos en lugar de hacer que sus pacientes entraran en trance, les daban pastillas de azúcar y otros placebos diciéndoles que esas «medicinas» les ayudarían a sentirse mejor. Y los pacientes se sentían mejor, respondiendo a la sugestionabilidad de la misma forma que los soldados heridos de Beecher respondían al creer que les estaban inyectando morfina. Esto ocurría en la época de Beecher y después de escribir su artículo pionero en 1955, en el que pedía que se realizaran ensayos clínicos controlados y randomizados, esto es, asignados de manera aleatoria, con placebos para experimentar con los fármacos, los placebos se convirtieron en una parte importante de la investigación médica.
La idea de Beecher tuvo muy buena acogida. Al principio los investigadores esperaban que el grupo de control de un estudio (el grupo que tomaba el placebo) siguiera siendo neutral para que las comparaciones entre el grupo de control y el que recibía el tratamiento activo revelaran lo bien que funcionaba el tratamiento. Pero en muchos estudios el grupo de control mejoraba por esperar y creer que aquel fármaco o tratamiento les ayudaría a mejorar. Aunque el placebo en sí fuera inactivo, producía unos efectos muy reales, y esas expectativas y creencias demostraban lo poderosas que eran. Así que de algún modo esos efectos debían eliminarse de la información para que los resultados fueran fidedignos.
Con este propósito, y haciendo caso de la petición de Beecher, los investigadores empezaron a realizar como norma ensayos clínicos randomizados de doble ciego, asignando al azar los pacientes al grupo activo o al del placebo, y asegurándose de que ninguno de los participantes ni de los investigadores supiera quiénes tomaban el fármaco y quiénes, el placebo. De esta forma el efecto placebo se podría producir en cualquiera de los grupos y se eliminaría cualquier posibilidad de que los investigadores trataran a los participantes de distinta forma según el grupo al que pertenecieran. (En la actualidad, los estudios pueden ser incluso de triple ciego, es decir, no solo los participantes y los investigadores ignoran quiénes están tomando qué hasta el final del estudio, sino que también lo desconocen los estadísticos que analizan la información, hasta que terminan su trabajo.)
El efecto nocebo
Por supuesto, siempre existe la otra cara de la moneda. Mientras la su- gestionabilidad acaparaba cada vez más atención por su capacidad curativa, también se hizo aparente que el mismo fenómeno se podía usar para hacer daño a los demás. Prácticas como los maleficios y los hechizos vudú ilustraban el aspecto negativo de la sugestionabilidad.
En la década de 1940, el psicólogo de la Universidad de Harvard Walter Bradford Cannon (que en 1932 había acuñado el término reacción de lucha o huida), estudió la respuesta nocebo, un fenómeno al que llamó «muerte por vudú»[2]. Cannon examinó una serie de informes anecdóticos de personas que creían firmemente, debido a su cultura, en el poder de brujos o sacerdotes vudú, y que de pronto enfermaban y morían —pese a no tener lesiones, no haber tomado ningún veneno ni sufrir infección alguna— después de haber sido objeto de un maleficio o una maldición. Sus investigaciones constituirían el trabajo preliminar de lo que en la actualidad se conoce como los sistemas de respuesta fisiológica que permiten a las emociones (en concreto al miedo) causar enfermedades. La creencia de la víctima en el poder letal de un maleficio solo era un elemento psicológico más que le provocaba la muerte, afirmaba Cannon. Otro elemento era los efectos de ser aislado y rechazado socialmente, incluso por los propios familiares de la víctima. Esta clase de sujetos se convertían rápidamente en muertos vivientes.
Los efectos dañinos procedentes de fuentes inocuas no se limitan al vudú. Los científicos acuñaron en la década de 1960 el término nocebo (que significa «dañar» en latín, lo opuesto de «dar placer», el significado de placebo), refiriéndose a una sustancia inerte que produce efectos perjudiciales simplemente porque alguien cree o espera que le haga daño[3]. El efecto nocebo suele darse en estudios sobre fármacos cuando los participantes que están tomando placebos esperan que el fármaco experimental les cause efectos secundarios, o cuando les advierten de los posibles efectos secundarios, y entonces los experimentan al asociar al fármaco con estos, aunque en realidad no lo estén tomando.
Por evidentes razones éticas existen pocos estudios concebidos para estudiar este fenómeno, aunque hay algunos. Un famoso ejemplo es el estudio realizado en 1962 en Japón con un grupo de niños sumamente alérgicos a la hiedra venenosa[4]. Los investigadores les frotaron el antebrazo con una hoja de esta planta, pero les dijeron que la hoja era inofensiva. Luego les frotaron el otro antebrazo con una hoja inofensiva diciéndoles que era hiedra venenosa. A todos los niños les salió un sarpullido en el brazo donde les aplicaron la hoja que ellos creían era hiedra venenosa, pese a ser inofensiva. A 11 de los 13 niños no les salió ninguna erupción en el brazo donde les habían frotado la hiedra venenosa.
Este hallazgo dejó atónitos a los investigadores. ¿Cómo era posible que a unos niños sumamente alérgicos a la hiedra venenosa no les saliera ninguna erupción al entrar en contacto con ella? ¿Y por qué una hoja inofensiva les había producido alergia? La hiedra venenosa no les había causado ningún daño porque el nuevo pensamiento de que la hoja era inofensiva había anulado sus recuerdos y su creencia en su alergia. Y la segunda parte del experimento produjo el efecto contrario. Una hoja inofensiva se convirtió en dañina al creer que lo era. En ambos casos, el cuerpo de los niños respondió al instante a su nuevo estado mental.
En este ejemplo se podría decir que a esos niños los liberaron de algún modo de sus expectativas sobre la reacción física que les causaría la hoja tóxica, basadas en sus experiencias pasadas de ser alérgicos a ella. De hecho, de algún modo trascendieron una previsible línea de tiempo. Esto también sugiere que por alguna razón se volvieron más fuertes que las condiciones de su entorno (la hoja de hiedra venenosa). Al final fueron capaces de alterar y controlar su fisiología al cambiar simplemente un pensamiento. Esta asombrosa prueba sobre que un pensamiento (en forma de expectativa) pudo producir un efecto más fuerte en el cuerpo que el del entorno físico «real», ayudó a marcar el nacimiento de un nuevo campo científico, el de la psiconeuroinmunología: el efecto que los pensamientos y las emociones producen en el sistema inmunológico, una parte importante de la conexión mente-cuerpo.
Otro notable estudio sobre el nocebo de la década de 1960 analizó a sujetos con asma[5]. Los investigadores dieron a 40 pacientes asmáticos inhaladores que no contenían más que vapor de agua, pero les dijeron que contenían alergénicos o irritantes: 19 de ellos (el 48 por ciento) experimentaron síntomas asmáticos, como la contracción de las vías respiratorias, y 12 (el 30 por ciento) del grupo sufrieron ataques asmáticos en toda regla. Los investigadores les dieron más tarde inhaladores diciéndoles que contenían una medicina que les aliviaría los síntomas y las vías respiratorias se les volvieron a abrir a todos, aunque los inhaladores contuvieran solo vapor de agua.
En ambas situaciones —la de provocarles síntomas asmáticos y la de eliminarlos de manera espectacular—, los pacientes respondieron a la sugestión al implantarles los investigadores el pensamiento en la mente, obteniendo exactamente el efecto esperado. Sufrieron un ataque de asma cuando creyeron estar inhalando algo perjudicial y se pusieron mejor cuando pensaron estar inhalando un medicamento, y estos pensamientos fueron más poderosos que el propio entorno y que la realidad. Se podría decir que sus pensamientos crearon una realidad totalmente nueva.
¿Qué es lo que esto nos muestra sobre las creencias que albergamos y los pensamientos que tenemos a diario? ¿Estamos más predispuestos a pillar la gripe porque a lo largo del invierno por todas partes no vemos más que artículos relacionados con la estación gripal y carteles sobre vacunas, recordándonos que si no nos vacunamos enfermaremos? ¿Es posible que al ver a alguien con los síntomas de la gripe, enfermemos al pensar de la misma forma que los niños del estudio sobre la hiedra venenosa a los que una hoja inofensiva les provocó un sarpullido o que los asmáticos que tuvieron una reacción bronquial importante después de inhalar solamente vapor de agua?
¿Somos más proclives a sufrir artritis, rigidez articular, falta de memoria, poca energía y baja libido a medida que envejecemos simplemente porque esta es la versión de la verdad con la que nos bombardean los anuncios, los programas televisivos y los medios de comunicación? ¿Qué otras profecías que acarrean su propio cumplimiento estamos creando en nuestra mente sin darnos cuenta? ¿Y qué «verdades inevitables» podemos cambiar simplemente al tener nuevos pensamientos y adoptar nuevas creencias?
El primer gran avance
Un estudio pionero realizado a finales de la década de 1970 demostró por primera vez que un placebo podía activar la liberación de endorfinas (los analgésicos naturales del cuerpo), al igual que ciertos fármacos activos. En el estudio, Jon Levine, de la Universidad de California en San Francisco, dio placebos en lugar de medicamentos para el dolor a cuarenta pacientes a los que les acababan de extraer una muela del juicio[6]. Como era de esperar, al creer que estaban recibiendo un analgésico la mayoría afirmó sentirse mejor. Pero después los investigadores les dieron naloxona, un antídoto para la morfina que bloquea químicamente los sitios receptores tanto de la morfina como de las endorfinas (la morfina endógena) en el cerebro. Cuando los investigadores se la administraron, los pacientes ¡volvieron a sentir dolor! Lo cual demostró que al tomar los placebos los pacientes habían estado fabricando sus propias endorfinas: sus propios analgésicos naturales. Marcó un hito en la investigación de los placebos, porque significó que el alivio experimentado por los sujetos del estudio no era solo mental, sino también físico, lo había provocado su estado del ser.
Si el cuerpo humano puede actuar como si fuera su propia farmacia, produciendo sus propios analgésicos, en ese caso quizá sea también verdad que pueda proporcionarnos otros medicamentos naturales cuando los necesitemos procedentes de la infinita combinación de sustancias químicas y de compuestos medicinales que almacena: fármacos que actúen como los recetados por los médicos o incluso mejor todavía.
Otro estudio llevado a cabo en la década de 1970 por el psicólogo Robert Ader de la Universidad de Rochester, añadió una fascinante nueva dimensión al tema de los placebos: el elemento conocido como condicionamiento. El condicionamiento, una idea que se hizo famosa gracias al fisiólogo ruso Ivan Pavlov, consiste en asociar una cosa con otra, como los perros pavlovianos asociando el sonido de la campanilla con la comida después de que Pavlov la hiciera sonar cada día antes de alimentarlos. Con el paso del tiempo, los perros condicionados salivaban automáticamente al esperar recibir comida siempre que oían la campanilla. Debido a esta clase de condicionamiento, sus cuerpos habían aprendido a responder fisiológicamente a un nuevo estímulo del entorno (en ese caso, la campanilla) incluso sin que el estímulo original que desencadenaba la respuesta (la comida) estuviera presente.
Cuando se da una respuesta condicionada, se puede decir por tanto que un programa subconsciente, almacenado en el cuerpo (hablaré más a fondo sobre ello en los siguientes capítulos), toma el mando anulando la mente consciente. De esta manera, el cuerpo está condicionado a convertirse en mente porque los pensamientos conscientes ya no son los que tienen el control.
En el caso de Pavlov, estuvo exponiendo repetidamente a los perros al olor, la vista y el sabor de la comida mientras tocaba la campanilla. Con el paso del tiempo, el mero sonido de la campanilla hacía que los perros cambiaran de manera automática su estado fisiológico y químico sin percatarse de ello.
Su sistema nervioso autónomo —el sistema subconsciente del cuerpo que funciona sin que nos demos cuenta— tomaba el mando. El condicionamiento crea cambios internos subconscientes en el cuerpo al asociar recuerdos del pasado con la expectativa de unos efectos internos (lo que se llama memoria asociativa) hasta que esos resultados esperados o anticipados ocurren de manera automática. Cuanto más fuerte sea el condicionamiento, menos podremos controlar de manera consciente esos procesos y más automática se volverá la programación subconsciente.
Ader intentó estudiar cuánto duraban esa dase de respuestas condicionadas. Alimentó a ratas de laboratorio con agua endulzada con sacarina mezclada con ciclofosfamida, un fármaco que produce dolor de estómago. Después de condicionar a las ratas a asociar el sabor dulce del agua con el dolor de barriga, esperaba que al poco tiempo se negaran a bebería. Su intención era ver hasta cuándo la rechazaban para medir la duración de su respuesta condicionada al agua endulzada.
Pero lo que Ader ignoraba es que la ciclofosfamida también inhibe el sistema inmunitario, de modo que se quedó de una pieza cuando sus ratas empezaron a morir inesperadamente de infecciones bacterianas y víricas. Haciendo un cambio en su investigación, les siguió dando agua endulzada con sacarina (les obligaba a tomársela a la fuerza con un cuentagotas), pero sin añadir la ciclofosfamida. Aunque ya no recibieran el fármaco inhibidor del sistema inmunitario, las ratas seguían muriéndose de infecciones (en cambio el grupo de control que había recibido solo el agua endulzada seguía perfectamente). Asociándose con el inmunólogo Nicholas Cohen de la Universidad de Rochester, Ader descubrió que cuando condicionaba a las ratas de laboratorio a asociar el sabor del agua endulzada con el efecto inmunosupresor del fármaco, la asociación era tan fuerte que el mero hecho de pensar en el agua endulzada ya les producía el mismo efecto fisiológico que el propio fármaco, enviando el mensaje al sistema nervioso para que inhibiera el sistema inmunitario[7].
Como le ocurrió a Sam Londe, cuya historia aparece en el primer capítulo, las ratas murieron a causa de un mero pensamiento. Los investigadores empezaron a ver que la mente podía activar subconscientemente el cuerpo de varias poderosas maneras que nunca habían imaginado.
El encuentro de Occidente con Oriente
En aquella época la práctica oriental de la meditación trascendental (MT), enseñada por el gurú hindú Maharishi Mahesh Yogi, se había vuelto famosa en Estados Unidos, avivada por la entusiasta participación de varias celebridades (empezando por los Beatles en la década de 1960). El objetivo de esta técnica, que consistía en aquietar la mente y repetir un mantra durante una sesión de meditación de veinte minutos, dos veces al día, era alcanzar la iluminación espiritual. Pero la práctica le llamó la atención al cardiólogo de Harvard Herbert Benson al ver que podía ayudar a reducir el estrés y los factores de riesgo cardiovascular. Desmitificando el proceso, Benson creó una técnica similar a la que llamó «respuesta de relajación», descrita en el libro que escribió en 1975 bajo el mismo título[8]. Benson descubrió que cuando la gente cambiaba sus hábitos mentales, podía desactivar la respuesta de estrés, y entonces les bajaba la tensión arterial, se les normalizaba el ritmo cardíaco y entraban en un profundo estado de relajación.
Aunque la meditación consistiera en mantener una actitud neutral, en ella también se recalcaba los beneficiosos efectos de cultivar una actitud y emociones más positivas. En 1952 el ex pastor evangelista Norman Vincent Peale allanó el camino de la conexión mente-cuerpo al publicar El poder del pensamiento positivo, un libro que popularizó la idea de que aquello que pensamos produce en nuestra vida efectos reales, tanto en el sentido positivo como negativo[9]. Esta idea llamó la atención de la comunidad médica en 1976, cuando Norman Cousins, analista político y editor de una revista, publicó un artículo en el New England Journal of Medicine sobre cómo había usado la risa para revertir una enfermedad que podía haber sido mortal[10]. Cousins también contó su historia en el libro que se convirtió en supervenías Anatomía de una enfermedad, publicado al cabo de varios años[11].
El médico de Cousins le había diagnosticado espondilitis anquilosante, una enfermedad degenerativa, una forma de artritis que causa la descomposición del colágeno, las proteínas fibrosas que mantienen unidas las células del cuerpo, y le había dado 1 posibilidad entre 500 de curarse. Cousins sufría un tremendo dolor y le costaba tanto mover los miembros que apenas se podía girar en la cama. Le aparecieron nódulos granulados bajo la piel y en su peor época las mandíbulas se le estuvieron a punto de trabar.
Convencido de que su persistente estado emocional negativo había contribuido a su enfermedad, decidió que también era posible que un estado emocional más positivo revirtiera los daños. Mientras seguía visitando a su médico, Cousins empezó un régimen de dosis masivas de vitamina C y de películas de los Hermanos Marx (así como otras películas de humor y programas cómicos). Descubrió que diez minutos de reír a mandíbula batiente le permitían dormir dos horas sin sentir dolor. Al final consiguió recuperarse del todo. Cousins se curó simplemente a base de desternillarse de risa.
¿Cómo fue esto posible? Aunque los científicos de aquella época no pudieran entender o explicar semejante recuperación milagrosa, las investigaciones nos muestran en la actualidad que lo más probable es que se debiera a procesos epigenéticos. El cambio de actitud de Cousins le cambió la química del cuerpo, y esta a su vez alteró su estado interno, permitiéndole programar nuevos genes de nuevas formas: simplemente re-silenció (o desactivó) los genes que causaban su enfermedad y reactivó (o activó) los responsables de su recuperación. (En los siguientes capítulos hablaré con más detalle sobre la activación y la desactivación de los genes.)
Muchos años más tarde, una investigación llevada a cabo por Keiko Hayashi, de la Universidad de Tsukuba en Japón, reveló lo mismo[12]. En el estudio de Hayashi, los pacientes diabéticos que miraron durante una hora un programa cómico reactivaron un total de 39 genes, 14 de los cuales estaban relacionados con la actividad de las células asesinas naturales. Si bien ninguno de esos genes participó directamente en la regulación de la glucosa en la sangre, los niveles de glucosa de los pacientes mejoraron más después de ver el programa cómico que de asistir otro día a una conferencia sobre cómo llevar una vida saludable y la diabetes. Los investigadores concluyeron que las risas habían influido en muchos genes implicados en la respuesta inmunológica, lo cual a su vez contribuyó a controlar mejor la glucosa en la sangre. Las emociones positivas, producidas por el cerebro de los pacientes, fomentaron las variaciones genéticas que activaron a su vez las células asesinas naturales y mejoraron también de algún modo su respuesta a la glucosa, probablemente además de crear muchos otros efectos beneficiosos.
Como Cousins dijo sobre los placebos en 1979: «El proceso no funciona por ningún efecto mágico de las pastillas, sino porque el cuerpo humano es el mejor boticario y porque las mejores medicinas las receta el propio cuerpo»[13].
Inspirándose en la experiencia de Cousins y en la medicina alternativa y la de mente-cuerpo que en aquella época estaba en pleno desarrollo, el cirujano de la Universidad de Yale, Bernie Siegel, empezó a estudiar por qué algunos de sus pacientes con cáncer con pocas probabilidades de superarlo sobrevivían, y en cambio otros con mejores probabilidades se morían. A raíz de sus investigaciones Siegel definió a los sobrevivientes de cáncer sobre todo como aquellos que mantenían un espíritu optimista y luchador, y concluyó que no había enfermedades incurables, sino solo pacientes incurables. Siegel también empezó a escribir sobre la esperanza como una poderosa fuerza curativa, y sobre el amor incondicional —con la farmacia natural de los elixires que proporciona—, como el estimulante más poderoso del sistema inmunitario[14].
Los placebos superan a los antidepresivos
La profusión de nuevos antidepresivos que aparecieron en el mercado a finales de la década de 1980 y en los noventa provocó una polémica que acabó aumentando (aunque no de inmediato) el respeto por el poder de los placebos. Al realizar en 1998 un metaanálisis de los estudios publicados sobre fármacos antidepresivos, el psicólogo Irving Kirsch, que en aquella época trabajaba en la Universidad de Connecticut, se quedó atónito al descubrir que de los 19 ensayos clínicos randomizados y de doble ciego efectuados a más de dos mil trescientos pacientes, la mayoría de las mejorías no se debieron a los antidepresivos, sino a los placebos[15].
Kirsch decidió a continuación utilizar el Acta de la Libertad de Información para acceder a la información sin publicar de los ensayos clínicos de las compañías farmacéuticas, que por ley se debía entregar a la agencia reguladora de alimentos y medicamentos estadounidense. Kirsch y sus colegas llevaron a cabo un segundo metaanálisis, en esta ocasión de 35 ensayos clínicos realizados, para analizar cuatro de los seis antidepresivos más recetados aprobados entre 1987 y 1999[16]. Al examinar la información procedente de más de cinco mil pacientes, descubrieron que los placebos habían funcionado igual de bien que antidepresivos tan populares como el Prozac, el Effexor, el Serzone y el Paxil en un asombroso 81 por ciento de los casos. En la mayoría de los casos restantes en los que el antidepresivo había sido más eficaz, las ventajas eran tan pequeñas que estadísticamente no tenían importancia. Los antidepresivos solo funcionaron mejor que los placebos en los pacientes aquejados de depresiones graves.
Como era de esperar, el estudio de Kirsch causó un gran revuelo, y muchos investigadores poniéndose a la defensiva parecían estar dispuestos a arremeter contra los placebos. Si bien la mayor parte de la disputa se centraba en que estos antidepresivos no eran mejores que los placebos, los pacientes de los ensayos clínicos mejoraban al tomárselos de todos modos. Es decir, los fármacos funcionaban. Pero los que tomaban placebos también mejoraban. En lugar de ver el estudio de Kirsch como una prueba de que los antidepresivos fallaban, algunos investigadores eligieron ver el vaso medio lleno y señalaron la información como prueba de que los placebos funcionaban.
Después de todo, los ensayos clínicos aportaban la asombrosa prueba de que al pensar que mejoraremos de una depresión, nos podemos curar de ella como si nos hubiéramos tomado un fármaco. Los sujetos del estudio que mejoraron con los placebos habían producido sus propios antidepresivos naturales, como los pacientes de Levine en la década de 1970 que crearon sus propios analgésicos naturales después de extraerles la muela del juicio. Lo que Kirsch había puesto de manifiesto eran más pruebas de que nuestro cuerpo tiene una inteligencia innata que le permite proporcionarnos toda una serie de componentes químicos con propiedades medicinales naturales. Curiosamente, el porcentaje de personas aquejadas de depresión que mejoran al tomar un placebo en los ensayos clínicos sobre esta dolencia ha ido aumentando con el paso de los años, al igual que el de la respuesta al medicamento activo. Algunos investigadores han sugerido que se debe a que en la actualidad la gente tiene mayores expectativas en cuanto a los antidepresivos, lo cual hace a su vez que los placebos sean más eficaces en esta clase de ensayos clínicos de doble ciego[17].
La neurobiología del placebo
Era solo cuestión de tiempo que los neurocientíficos empezaran a usar sofisticados escáneres cerebrales para observar las complejidades de lo que sucede neuroquímicamente cuando se administra un placebo. Un ejemplo es el estudio del 2001 sobre pacientes con párkinson que recuperaron el control motor tras recibir una inyección con una solución salina creyendo que era un medicamento (se describe en el capítulo l)[18]. El investigador italiano Fabrizio Benedetti, pionero en la investigación de los placebos, realizó un estudio parecido sobre el párkinson varios años más tarde y por primera vez fue capaz de mostrar los efectos de un placebo en las neuronas de los sujetos[19].
Sus estudios no solo exploraron la neurobiología de las expectativas, como en el caso de los pacientes con párkinson, sino también la neurobiología en el condicionamiento clásico, algo que Ader había logrado entrever años atrás en sus ratas de laboratorio aquejadas de náuseas. En un experimento, Benedetti les dio a los sujetos del estudio sumatriptán para estimular la hormona del crecimiento e inhibir la secreción de cortisol, y luego, sin que lo supieran, reemplazó el fármaco por un placebo. Benedetti descubrió que las mismas zonas del cerebro de los pacientes seguían activándose como cuando tomaban sumatriptán. Era la prueba de que el cerebro estaba produciendo la misma sustancia —en ese caso la hormona del crecimiento— por sí solo[20].
Lo mismo sucedió con otras combinaciones de fármaco-placebo. Las sustancias químicas elaboradas en el cerebro actuaban como las de los fármacos que los sujetos habían tomado para tratar trastornos del sistema inmunológico, problemas motores y depresiones[21]. En realidad, Benedetti incluso demostró que los placebos causaban los mismos efectos secundarios que los fármacos. Por ejemplo, en un estudio sobre placebos realizado con narcóticos, los sujetos al tomar un placebo sufrieron los mismos efectos secundarios consistentes en una respiración lenta y superficial que provocaba el fármaco[22].
Lo cierto es que nuestro cuerpo puede crear un montón de sustancias químicas que pueden curarnos, protegernos del dolor, ayudarnos a dormir profundamente, fortalecer el sistema inmunológico, hacernos sentir placer e incluso animarnos a enamorarnos. Reflexiona un poco sobre ello: si un gen en particular ya se expresó para fabricar esas sustancias químicas en concreto en un determinado momento de nuestra vida, pero luego dejamos de elaborarlas debido a algún tipo de estrés o de enfermedad que desactivó ese gen, tal vez podamos volver a activarlo, porque nuestro cuerpo ya sabe cómo hacerlo de esa experiencia pasada. (Sigue leyendo para no perderte las pruebas de los estudios que lo demuestran.)
Empecemos viendo cómo ocurre. Las investigaciones neurológicas revelan algo realmente asombroso: si una persona sigue tomando la misma sustancia, su cerebro seguirá activando los mismos circuitos de la misma forma, memorizando lo que hace la sustancia. Y puede acabar condicionada por el efecto de una pastilla o una inyección en particular al asociarlo con un cambio interno que ya ha experimentado. Debido a esta clase de condicionamiento, cuando tomamos luego un placebo, se activan los mismos circuitos que si tomáramos el medicamento. La memoria asociativa pone en marcha un programa subconsciente que asocia la pastilla o la inyección con los cambios hormonales en el cuerpo, y entonces el programa envía automáticamente las señales al cuerpo para que elabore las mismas sustancias químicas que contiene el fármaco… es asombroso, ¿verdad?
La investigación de Benedetti también destaca otro punto con gran claridad: distintos tipos de tratamientos con placebos funcionan mejor con distintos objetivos. Por ejemplo, en el estudio realizado con el sumatriptán, las primeras indicaciones verbales sobre que el placebo funcionaría no consiguieron que los participantes produjeran en su interior la hormona del crecimiento. Para que los placebos afecten las respuestas fisiológicas inconscientes por medio de la memoria asociativa (como la de liberar hormonas o alterar el funcionamiento del sistema inmunológico), debe darse el condicionamiento. En cambio cuando se usan los placebos para cambiar unas respuestas más conscientes (como para aliviar el dolor o reducir una depresión), basta con una simple sugestión o expectativa. Así que no hay solo una respuesta placebo, insistía Benedetti, sino varias.
Haz que tu mente influya en la materia
En el 2010 un estudio piloto realizado por Ted Kaptchuk en Harvard, hizo que las investigaciones sobre los placebos dieran un sorprendente giro al demostrar que los placebos actuaban incluso cuando los participantes sabían que los estaban tomando[23]. En el estudio, Kaptchuk y sus colegas dieron un placebo a 40 pacientes con el síndrome del intestino irritable (SII). Cada paciente recibió un frasco en el que ponía con claridad en la etiqueta «pastillas placebo», y les dijeron que contenía «pastillas placebo hechas con una sustancia inerte, como pastillas de azúcar, y que en los ensayos clínicos se había demostrado que iban muy bien para mejorar los síntomas del SII a través de los procesos mente-cuerpo y el autocurativo». Un segundo grupo de 40 pacientes aquejados de SII, el grupo de control, no recibió pastillas.
Al cabo de tres semanas, en el grupo que tomaba los placebos los síntomas habían mejorado el doble que los del grupo que no los tomaba, una diferencia que Kaptchuk señaló que se podía comparar al resultado de los mejores fármacos para el SIL A esos pacientes no les habían engañado para que se autocuraran. Sabían perfectamente que no estaban tomando un medicamento y, sin embargo, después de oír la sugestión de que los placebos aliviarían sus síntomas y creer en el resultado independientemente de la causa, su cuerpo fue influenciado para hacer que ocurriera.
Mientras tanto, otros estudios paralelos que estaban analizando los efectos de la actitud, las percepciones y las creencias, allanaban el camino a las investigaciones actuales sobre la conexión mente-cuerpo, revelando que a través de las creencias incluso se podía afectar algo tan concreto como los beneficios físicos del ejercicio. Como lo demuestra el estudio del 2007 de la Universidad de Harvard realizado por las psicólogas Alia Crum y Ellen Langer, en el que participaron 84 limpiadoras de hoteles[24].
Al inicio del estudio ninguna de las limpiadoras sabía que el trabajo rutinario que realizaba excedía las recomendaciones del jefe del Servicio Federal de Sanidad sobre la cantidad saludable de ejercicio diario (treinta minutos). De hecho, el 67 por ciento de las mujeres dijeron a los investigadores que no hacían ejercicio con regularidad, y el 37 por ciento afirmó no hacer ningún tipo de ejercicio. Después de esta evaluación inicial, Crum y Langer dividieron a las limpiadoras en dos grupos. Al primero le explicaron que su actividad estaba ligada a una cantidad de calorías quemadas y que por el mero hecho de realizar su trabajo ya estaban haciendo suficiente ejercicio diario. En cambio, al segundo grupo no le dieron esta dase de información (como trabajaban en hoteles distintos a los de las limpiadoras del primer grupo, al no poder conversar entre ellas no se beneficiarían de estos conocimientos).
Un mes más tarde los investigadores descubrieron que las mujeres del primer grupo habían perdido por término medio 1 kilo, el porcentaje de su grasa corporal había disminuido y la tensión arterial sistólica les había bajado en general 10 puntos, aunque no hubieran hecho ninguna otra clase de ejercicio adicional fuera del trabajo ni cambiado sus hábitos alimenticios. Sin embargo, las mujeres del grupo de control que realizaban el mismo trabajo que las del primero no experimentaron ningún cambio.
También ocurrió algo parecido en otra investigación llevada a cabo con anterioridad en Quebec, donde un grupo de 48 jóvenes adultos participaron en un programa de ejercicios aeróbicos de diez semanas de duración, asistiendo a tres sesiones de ejercicios semanales de noventa minutos[25]. Dividieron a los participantes en dos grupos. Los instructores les dijeron a los del primero, los sujetos de la prueba, que el estudio estaba concebido tanto para mejorar su capacidad aeróbica como su bienestar psicológico. A los del segundo en cambio, el grupo de control, solo les mencionaron los beneficios físicos de los ejercicios aeróbicos. Al finalizar las diez semanas, los investigadores descubrieron que en ambos grupos había aumentado la capacidad aeróbica, pero solo a los sujetos de la prueba, y no a los del grupo de control, les había mejorado considerablemente la autoestima (un indicador del bienestar).
Como estos estudios demuestran, el mero hecho de ser conscientes de algo puede producir un efecto físico en nuestro cuerpo y nuestra salud de manera importante. Lo que aprendemos, el lenguaje usado para definir lo que experimentaremos y el significado que le damos a las explicaciones que nos ofrecen, todo ello afecta a nuestra intención, y cuando hacemos algo estando más motivados, obtenemos mejores resultados.
Es decir, cuanto más aprendas sobre el «qué» y el «porqué», más fácil y eficaz se volverá el «cómo». (Espero que este libro te ayude a lograrlo: cuanto más sepas lo que estás haciendo y por qué lo haces, mejores resultados conseguirás.)
También le damos un significado a factores más sutiles, como el color del medicamento que tomamos o la cantidad de pastillas que ingerimos, como lo demuestra un estudio más antiguo, aunque clásico, de la Universidad de Cincinnati. En este estudio los investigadores dieron a 57 estudiantes de medicina una o dos cápsulas de color rosa o azul, todas ellas inertes, aunque les dijeron que las rosas eran estimulantes y las azules, sedantes[26]. Los investigadores concluyeron: «Dos cápsulas produjeron cambios más evidentes que una sola, y las azules se asociaron con efectos más sedantes que las rosas». Los estudiantes consideraron que las azules eran dos veces y medio más eficaces como sedantes que las rosas, aunque todas las pastillas fueran placebos.
Una investigación más reciente revela que las creencias y las percepciones también pueden afectar a la puntuación obtenida en las pruebas estandarizadas de rendimiento mental. En un estudio canadiense de 2006, a doscientos veinte estudiantes del sexo femenino les dieron a leer unos artículos falsos sobre una investigación que afirmaba que los varones tenían un 5 por ciento más de ventaja sobre las mujeres en cuanto al rendimiento matemático[27]. Dividieron al grupo en dos, a un grupo se le informó que la ventaja se debía a factores genéticos recién descubiertos, y al otro, que la ventaja se debía a la forma en que los profesores de educación primaria estereotipaban a los chicos y las chicas. A continuación les hicieron una prueba de matemáticas. Las chicas que habían leído que los hombres tenían una ventaja genética sacaron una nota más baja que las que leyeron que la ventaja de los hombres se debía a los estereotipos inculcados. Es decir, cuando les hicieron creer que su desventaja era inevitable, las chicas se comportaron como si realmente tuvieran esa desventaja.